Adia

Terminamos de desayunar. De pie en la cocina.

Cogimos las maletas, nos despedimos de su familia y montamos en el SUV.

Sara McLachlan empezó a sonar en el programa despertador de la radio. Con ese eco tan característico de la música en los monovolúmenes norteamericanos. Ibamos al aeropuerto.

La pequeña, con un liso y largo pelo negro, y sin dos dientes en su sonrisa, agitó la mano en lo alto. Desde la puerta.

No olvido la escena.

Después de unos cuantos caminos serpenteantes, entre casas de madera en medio del campo, llegamos a la autopista. Abandonamos Framingham.

Los commuters, como nosotros, taponaban la entrada a Boston. Tardamos una hora.

Aparcamos en Logan. Tomamos un avión de Delta. Hasta Dallas. De allí a New Orleans.

Nunca volví a ver a la pequeña de pelo negro, liso y largo, que, sin dos dientes en su sonrisa, nos dijo adiós, a su padre y a mi, desde la puerta.

La vida gira en una esquina y cambia el rumbo. Y al hacerlo nos va dejando atrás. Antes o después.

A todos.

A ella la dejó tirada junto a un árbol, con la cabeza en el agua, rodeada de nieve. Una noche de frío invierno, después de una fiesta, en el centro de Massachusetts. Para siempre.

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