Alexandra

Pensé en llamar a Alexandra.

Tan desesperado estaba como para que se me ocurriera hacerme con uno de los móviles de mis compañeros de huída, que ahora también eran mis secuestradores, discretamente, y marcar su número, que sólo guardo en la memoria para que nadie más lo conozca. Luego restauraría el teléfono a su configuración original. Seguro que levantaba sospechas, pero no podía arriesgarme a que cualquiera de ellos revisara el historial de llamadas y pudiera identificarla.

Afortunadamente, no había posibilidad de que no recordara las cifras. No las olvidaría nunca. Ese teléfono era para nuestro uso exclusivo. Nadie más conocía su existencia. Y prometimos usarlo en situaciones desesperadas. Pero ¿acaso esta no lo era?

¿Y qué le diría? «Dile a tu marido que hable con el Cónsul o con el Embajador y que sepan que me han secuestrado, pero no del todo. O no secuestrado, sino retenido en contra de mi voluntad» no me parecía apropiado. «Llama a tu amiga, la mujer del Cónsul, y dile que necesito cobijo en la embajada de Austria» era un doble tiro en el estómago. O una ruleta rusa, porque era mejor que no supiera que la mujer del Cónsul me conocía, ni que yo estaba al tanto de los juegos que se traía Andrea con el bronceado embajador austriaco.

Rápidamente, concluí que de decidirme por algo era mejor escapar y fracasar, o morir acribillado en un callejón romano, que hacerla pasar por eso.

Nadie podía albergar la más mínima sospecha de que Alexandra della Rovere y yo nos conociéramos, más allá de ver como nos dábamos unos breves besos protocolarios, cuando coincidíamos en la Embajada de España en Roma durante alguna de las fiestas. Ella siempre aparecía ingrávida, envuelta en sorprendentes vestidos largos, monocromáticos, negros, o rojos o blancos, con un largo pelo castaño apoyado sobre uno de sus hombros hasta el pecho, el cuello alargado y esbelto, el rostro simétrico con ojos brillantes y claros, y esos voluptuosos y prominentes pómulos, su boca de amplios labios rosados marcada por una sonrisa. Sería ingenuo pensar que alguien podría fijarse en mi estando en su presencia. Yo sólo me acercaba a ella, apoyaba mis mejillas en las suyas, alternándolas, y susurraba en su oído, «Te amo». Su cuerpo no respondía con gestos reconocibles para nadie de los que nos rodeaban. Ni siquiera su marido. O eso me parecía. En ocasiones, me convencía a mi mismo que Valeria me superaba en la capacidad de control emocional. En otras ocasiones dudaba; cabía la posibilidad de que no se contuviese en absoluto y que, simplemente, no me amase a mi.

Esa mujer no era una persona convencional, aunque sí una dedicada madre con tres guapísimos críos tras diez años de matrimonio con el agregado cultural, un abogado experto en arte, de una familia española muy tradicional. Los della Rovere descendían de una estirpe noble cuyos orígenes estaban en la ciudad de Savona. Y solía contar, orgullosa, que entre sus antepasados estaba el Papa Julio II, Giuliano della Rovere. Eso les abrió las puertas del Vaticano para su boda. Subió las escalinatas con un vestido blanco marfil con una cola de dos metros. La bajó con un anillo marcado con su nombre y la fecha. A la familia de él la trajeron desde España. Los de ella vinieron de todos los rincones de Italia. Y lo celebraron durante dos días y dos noches, sin descanso.

Pero sobre todo y primero de nada, Alexandra era la única persona que me ayudaba secretamente a no desesperar, a cualquier hora, en cualquier situación, en cualquier lugar del mundo. No había en ella nada más bello que lo que me transmitía con su voz, como música para mi alma en tiempos de insoportable soledad. Mi gusto por el tono y el ritmo de las voces femeninas viene, sin duda, de las tardes que pasamos en la Opera de Viena, cuando mis padres me obligaban a acompañarles y luego íbamos al café del Hotel Sacher, justo enfrente, a comer tarta. El chocolate me encantaba y de ello daban fe mis mofletes embadurnados de negro, pero no soportaba las conversaciones de mis padres sobre las actuaciones de las divas. Me parecían horrendas. Es más, nunca he sabido identificar los distintos tipos de voces, ni diferenciar una contralto de una mezzosoprano o de una soprano. O me seducían o me parecían estridentes. Como con Valeria. En su caso, lo único importantes es que al escucharla se calmaba mi ansiedad y se aclaraban mis ideas. Las ordenaba casi espontáneamente. El sonido de sus palabras aumentaba mi amor por ella y su imagen en mi fantasía se expandía ilimitadamente.

Nuestro primer encuentro fue por pura casualidad. O una broma del destino.

– ¿Me podría indicar dónde está la Embajada de España? – pregunté, sin esforzarme lo más mínimo en intentar hacerlo en italiano, a una mujer vestida toda de negro y con el pelo recogido en un moño tirante, que resaltaba la perfección de sus rasgos. Me crucé con ella en la vía dei Due Macelli. Me habían indicado que la Embajada se encontraba por allí.

– ¿La Embajada de España en la República Italiana o ante la Santa Sede? – y al escucharla responder en castellano me desconcerté.

– Pues, la de la República Italiana – dudé al contestar

– Entonces acompáñeme. Tenemos que ir a la Piazza Borghese – y con su mirada me provocó une escalofrío que aún se repite en las noches en que recibo alguno de sus mensajes de voz.

Mientras recorríamos los 700 metros de distancia que separaban ambas plazas a lo largo de la vía Condotti, nos presentamos. Más bien, ella se presentó y yo la admiré.

– Y usted, señor Klint, ¿a qué se dedica? – susurró. Y como Dickens en David Cooperfield, le narré que nací y crecí, me hice cirujano, me manché las manos de sangre…. pero no supe lo que era la vida hasta encontrarla a ella.

– Dr. Klint es usted un zalamero. ¡No hace ni diez minutos que nos conocemos! Seguro que con su aspecto austriaco y sus palabras envenenadas, habrá miles de señoras Klint por el mundo pensando «¿Seré yo señor, seré yo?» y dispuestas a seguirle hasta el infinito y más allá, como repite mi hijo mayor cuando termina de ver Toy Story.

Al verla caminar por la estrecha acera de Condotti, mientras me regañaba por mi atrevimiento, me preguntaba a mi mismo cómo Alexandra della Rovere podía mantener el equilibrio con unos zapatos de tacón de alfiler. Pronto me di cuenta de que no los apoyaba. Casi flotaba, de puntillas. La falda, muy estrecha, le impedía dar pasos largos.

También me pregunté, mientras se despedía de mi, cómo podría seguir viéndola. O cómo no verla nunca más y no volverme loco.

Pasó el tiempo rápido, entre visitas a escondidas, llamadas sin rastro, VPNs que derivaban mi señal de internet para que nadie pudiera rastrear desde donde le mandaba mis mensajes, y mucho deseo contenido, al menos por mi parte. Pasó el tiempo hasta llegar a hoy. Y no me he vuelto loco, porque me contuve como nunca hubiera hecho una diva de cualquier ópera de Giacomo Puccini. Lo primero. Y porque no nos dejamos de ver ya nunca, desde ese primer encuentro.

Alexandra se convirtió en mi guía por el mundo de la diplomacia en Roma y en el Vaticano, y en mi fuente de información, sensible e insensible, que resultaba imprescindible para simplificar mi plan de acoso y derribo al gobierno italiano. Esa tarea que tanto me excitó terminó siendo la pesadilla que me tenía ahora sujeto por cuerdas invisibles, como una marioneta, manejada por el Il Cavaliere y los suyos.

Mientras estaba en esa situación, retenido, prefería evitar sus recuerdos, cualquier mínimo detalle que me hiciera echarla de menos. Porque lo intenté obstinadamente, le fui sincero. No cabía duda, por ella lo hubiera dejado todo. Le di la oportunidad de retirarme, sólo tenía que hacer una señal. Y no quiso. Ella cargará con la culpa de todo el sufrimiento que se desató. Durante el resto de sus días. Porque reconozco que fui yo quien la convirtió en la medida de todas las cosas. Pero a partir de ese momento, no dejé de preguntarme si alguna vez había sido amado.

De repente, me di cuenta de que estaba bloqueado, metido en un círculo que sólo empeoraba con cada nuevo pensamiento. Me dije a mi mismo «No pienses en ella. Cuenta.. uno, dos, tres, cuatro… Elimina los recuerdos» Lo hacía desde pequeño, y eso me daba un toque frío y calculador. Pero o los borraba o sería muy improbable que saliera de ésta. Era momento de pensar y luchar por la supervivencia, porque los otros tres, Pietro, Chiara y Michaella, no parecían tan perturbados por el asunto como a mi me parecía que debieran.

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