La digestión del talento

Esta es otra de mis tribunas. La publicó Diario Médico el 27 de Marzo de 2008. Han pasado 7 años. Uno detrás de otro.

Si las consejerías de sanidad se funden gran parte del presupuesto de formación para financiar la difusión del EFQM entre los profesionales del sistema, en un viaje sin hoja de ruta pero con un utópico destino en la excelencia, ¿por qué tenemos tantos problemas dentro del Sistema Nacional de Salud con la formación de residentes, en atención primaria, con los recursos humanos, con la investigación, con la eficiencia, etc? Pues más que por la disfunción es por la digestión del talento.

Una característica de nuestro sistema de salud es que ocupa a gran número de individuos con un perfil personal e intelectual muy sesgado. La Administración ha invertido, durante varias décadas, ingentes cantidades de dinero para educarnos y convertirnos en líderes médicos y científicos.

Como grupo, debemos poseer una mayor capacidad intelectual que el resto. ¿Por qué? Pues porque para llegar a obtener una plaza de facultativo hay que demostrar un nivel superior durante la época preuniversitaria, en la selectividad y durante la carrera. Además, luego pasas por otro proceso selectivo -mientras que el director general de Recursos Humanos del Ministerio de Sanidad de turno no dicte resoluciones contrarias-, te especializas durante 4 ó 5 años e incluso muchos se doctoran. En resumen, los profesionales médicos del SNS son un grupo “excesivamente entrenado” para sobresalir. De hecho, ningún otro profesional, dentro de ningún escalafón del Estado, ha pasado tantos filtros de verificación de su capacidad intelectual. No es una recriminación, sólo constato los hechos.

Y ¿qué pasa diariamente? Pues que gente con un elevado nivel de talento, siendo alguno sobresaliente, afronta casi continuamente situaciones de frustración personal y profesional, como parte constitutiva de un sistema absolutamente “poco inteligente” (definida la inteligencia como la capacidad para adecuarse a situaciones nuevas mediante la interacción con el medio en el que se actúa.). Vamos, que la mayoría de las veces los médicos están mucho más dotados que los que les mandan.

La incongruencia entre administradores y administrados llega a ser de tal magnitud que al final estalla el conflicto. Así no hay excelencia que valga. De entrada, la mayoría de los facultativos carecen de retos a la altura de sus expectativas. Nada de torres de marfil del conocimiento; todo es mucho más mundano. Nos rompemos la cabeza intentando compaginar las guardias con la asistencia a congresos o las peonadas con la investigación. Y lo que es peor, los que consiguen generarse sus propios retos soportan las limitaciones burocráticas y la roma gestión por parte de los administradores, que no suelen estar a la altura de sus administrados. De manera que te conviertes en una especie de Juan Palomo:”¿Quieres excelencia? ¿Sí? Pues te la buscas tú”. Finalmente, todo choca contra la inseguridad legal derivada de la “necesaria estabilidad legal del sistema”. Siempre se presupone que la Administración actúa “de buena fe”, de manera que incluso si intentas combatir pobres decisiones -es un eufemismo- del menos que capaz administrador de turno, no del sistema, te ves abocado a una eterna lucha contra molinos de viento.

Causar frustración sistemática a personas inteligentes no es gratuito. De hecho, es un grave error, de lamentables consecuencias para la propia organización, porque los brown-eaters terminan por revelarse. Como recompensa a la pésima gestión del talento por parte de los administradores de nuestro sistema sanitario se consigue que los médicos, en quienes se han invertido tantos fondos, desarrollen cuatro grandes patrones de comportamiento claramente contrarios a la excelencia: retirada, huida, pasividad/agresividad y, finalmente, conductas peligrosas. Y no olvidemos que cuanto más inteligente es un individuo, mayor riesgo conllevan sus reacciones.

Así la retirada es la respuesta más primitiva, por la que los profesionales, que llevan años luchando sin éxito por cultivar unas capacidades muy especializadas, desisten y deciden que pasan, que les da todo lo mismo, que se dedican a comportarse como empleados por cuenta ajena y no como profesionales.

La huida, sin embargo, supone una conducta activa por parte del médico, que no está dispuesto a desaprovechar los años que ha dedicado a fomentar unas cualidades tan sobresalientes. Como no puede desarrollar sus intereses, orienta su mira hacia la ganancia económica, así que decide abandonar el sistema e irse a otro país, otra comunidad o dedicarse al ejercicio privado.

La actitud pasiva/agresiva es aún peor. En este caso, la frustración lleva a utilizar la inteligencia no sólo para evitar cumplir los naturales objetivos marcados, sino para obstaculizarlos y minar la moral de todos los que les rodean.

Finalmente, la más penosa reacción a la digestión del talento viene definida por desordenes conductuales, que suelen desembocar en actividades potencialmente lesivas: el consumo desmedido de drogas, situaciones de riesgo con los pacientes e incluso comisión de delitos dentro de la organización.

Promover el talento y reclutarlo para el sistema son medidas necesarias. Pero deben acompañarse de una gestión acorde con la calidad y el grado de exigencia que se demanda. Es decir, no sólo deben ser “excelentes” los médicos; también los gestores y los políticos. Porque si no es así, recuerden que los chicos prodigiosos pueden convertirse en jóvenes airados.

Atheism vs Religion

I must confess I enjoy Richard Dawkins’ debates and talks on atheism and religion.

Whether he is an atheist, non-theist, non-believer, or agnostic, he knows that irritation is the best kind of stimulation.

I find Dawkins highly entertaining, but there are some arguments he never uses when denying the existence of god: an omniscient, omnipotent and omnipresent god should be intellectually approachable by any means. If reason does not work to explain God… a contradiction in terms arises…

Eleanor Rigby, la gente solitaria y la historia clínica electrónica.

Eleanor Rigby entró por la gran puerta de urgencias del hospital. Desde allí miró a la gente solitaria que esperaba en una gran sala.

Cuando llegó su turno, recogió el bolso y se sentó frente al Dr. McKenzie. Ella le puso la cara que guardaba en un tarro, junto a la puerta. Nunca supo para quién la ponía.

Mientras, se preguntaba: Y toda esa gente solitaria, ¿de dónde viene? Y toda esa gente solitaria, ¿de dónde es?

El Dr. McKenzie levantó la mirada y leyó en su memoria las palabras «¿Qué le pasa?» «¿Desde cuándo?» «¿A qué lo atribuye?»

Y ella le respondió, mientras él miraba el teclado:

– Le contaré mi historia. Pero no quiero que la guarde en ese ordenador.

El Dr. McKenzie no pudo creerlo. No habían pensado en una historia clínica que no fuera electrónica. Y menos en una persona solitaria, que no quería su vida en ninguna base de datos automatizada. Pero la ley estaba de su parte. Ella podía negarse.

Eleanor Rigby murió en el hospital y la enterraron con su historia en papel. Nadie fue a su funeral. Excepto el Dr. McKenzie, que limpiaba una tumba donde se leía:

Eleanor Rigby, una persona solitaria, sin historia clínica electrónica.

¿Sigue la medicina científica basada en la fe?

Muchos hemos sido los que abrazamos la «medicina basada en la evidencia» como modelo científico del ejercicio de la medicina. Y eso a pesar de que en 1996 The Lancet se manifestó en contra.

No creencias. No prejuicios. No saltos de fe. Sólo y únicamente datos objetivos obtenidos en un modelo «cuasi-experimental».

Sin embargo, incluso la «medicina basada en la evidencia» tiene serios defectos que la convierten en una «semi-religión».

Voy a resumir cuatro grandes problemas apuntados, entre otros, por John Ioannidis:

1. La mayoría de la práctica médica no está fundamentada en datos obtenidos en estudios prospectivos aleatorizados.

2. Gran parte de la «evidencia» que apoya la práctica médica tiene defectos metodológicos

3. La mayoría de la «ciencia médica» obtenida a partir ensayos prospectivos aleatorizados no cumple los principios del método científico (raramente es reproducible)

4. Se produce un salto de fe cuando se asume que los resultados obtenidos en un ensayo clínico prospectivo aleatorizado, en unas determinadas condiciones, son exactamente los mismos resultados que se obtienen en la realidad (con otras condiciones, otros pacientes con otras comorbilidades, otros profesionales, otra institución…)

La motivación de descubrir

Hay gente que desea, busca fervientemente, necesita tener una certeza. Ya sea un dios, o un motivo, o un fin, para poder tolerar su propia existencia.

Otros, los menos, sólo tienen como necesidad la de conocer, descubrir, encontrar explicaciones transitorias que sirven para ser desacreditadas por otras nuevas. Aman la certidumbre de la incertidumbre. Es la manera de seguir avanzando.

Incentivos y motivación

Los incentivos monetarios son usados con mucha frecuencia, mucha mucha frecuencia, por políticos y gestores. Tienen el convencimiento de que así motivan a la gente para que trabaje mejor.

En la sanidad hemos tenido numerosos ejemplos: peonadas, jornadas extraordinarias, planes…

Sin embargo, la mayoría de las veces los resultados no han sido espectaculares. Incluso podría decirse que, con el paso del tiempo, han sido negativos.

En trabajos complejos, la motivación no viene de los incentivos externos. La motivación es interna. Se entronca con el deseo de los «cerebros de obra» de obtener las metas que se plantean.

Una tarde con James Costos

Acabo de llegar del Instituto Internacional, donde el embajador James Costos ha inaugurado el American Space Madrid.

En un formato de entrevista guiada por Jean Choi, el antiguo vicepresidente de HBO nos ha contado como ha sido su vida, desde su nacimiento en 1963 en Lowell, Massachusetts, en el seno de una familia de clase media baja a ser embajador de los Estados Unidos de América en España y Andorra, puesto para el que fue propuesto por el Presidente Obama.

Durante una hora ha narrado su paso de Lowell a Nueva York y de allí a Los Angeles, de un trabajo pagado a dos dólares la hora, a la creación de su propia empresa, el trabajo en una tienda de lujo los fines de semana y su viaje a Los Angeles, donde la directora de marketing de Dreamworks le ayudó a encontrar un nuevo camino laboral.

Dentro de la narración, las cuatro claves que James Costos ha resaltado a lo largo de su desarrollo profesional y personal son:

1. La interacción con otras personas
2. La superación del miedo al fracaso
3. El trabajo duro
4. Devolver a la sociedad parte de lo que se ha obtenido

Siendo alguien nacido unos pocos días antes que el embajador Costos en una familia de clase media baja en un barrio pobre de Madrid, coincido en esas cuatro ideas como esenciales, y no específicamente norteamericanas. Son principios comunes a una generación que comparte muchos referentes.

Sin ningún genero de dudas, apoyar a la juventud para que trabaje duro por sus sueños, promover la diversidad y fomentar la colaboración es la única de salir nosotros y de contribuir a sacar a nuestra sociedad de cualquier situación adversa.

Cierto que en mi caso ese punto de vista puede estar sesgado por la fuerte influencia que la cultura norteamericana ha tenido a lo largo de mi carrera profesional. Pero sigo creyendo firmemente en ellos. A veces puede parecer que soy un norteamericano con pasaporte español.

Experto en personas

Hay gente que se ve muy capaz de relacionarse.

Miran sus estadísticas, sus miles de seguidores y lectores en las redes sociales, sus RTs, sus interacciones, sus favoritos, sus «jajaja» y llegan a la conclusión de que son «expertos en personas».

Llaman a los demás por sus nombres. Son untuosos. Y se cuelan por las grietas de las personalidades de los demás, para intentar formar parte de ellos.

Y toman copas, por las noches, y se aproximan a tu oído. Derecho o izquierdo. Y te cuentan lo importante que eres para ellos…

Autopromoción

Estamos en la era de la autopromoción. Las historias personales parecen lo más importante y constituyen el centro de todo el Mundo. Bueno, del nuestro, porque como no conocemos muchos más nos parece el único que existe. Con tanta calidad de vida y tanta comunicación, muchos han llegado a creer que tienen vidas excitantes, llenas de vivencias y conocimiento.

¿No están hartos de tanto oir eso de “soy especial?” Pero no se conforman con creerselo ellos, sino que nos intentan convencer a los demás de que son los únicos que tienen experiencias únicas, diferentes, “especiales”. Las leyendas urbanas se convierten en experiencias personales y siempre aparece un amigo, un conocido o un compañero que nos las cuenta en primera del singular.

¿Quieren historias de primera mano? Pues ayer estuve de guardia, así que aquí van algunas.

A las 21:30 traen a un chino, 31 años, cosido a navajazos. Tiene un par de heridas en el abdomen y por una se exterioriza el epiplón. En el TC toraco-abdominal, nada. El resto eran heridas de defensa en el antebrazo y brazo, y en el muslo izquierdos. Le metemos al quirófano, le reparamos las heridas y listo.

Una mujer de 28 años aparece en la Urgencia a las 23:00. Una residente, amiga de la mujer, me pregunta ¿Sabes coser una nariz? “Pues va a ser que sí”…

Resulta que practicando Kenjutsu se le ha metido la punta de la espada, con muy mala suerte, en la nariz. ¿Resultado? Sección del cartílago del ala nasal izquierda y herida incisa en la punta de la nariz. Ethilon 6-0.

A las 6:00 de la mañana, una chica de 22 años viene con una amiga. Dice que se ha caído y que ha perdido el conocimiento. ¿Se les ocurre alguna explicación? Tiene una herida en el mentón. “¿Me va a quedar cicatriz?” – Sí, hija mía, sí, pero no por mi sutura, sino por haberte caído y haberte hecho una herida en el mentón yendo cargada hasta las trancas de drogas – (pienso yo para mí, en silencio).

A las 6:15 un joven de 28 años que dice que ha venido de visita y se ha quedado a dormir a casa de un amigo (trabaja en el Reino Unido). Ha sonado un despertador, se ha levantado desorientado en la buhardilla de la casa de su amigo y se ha golpeado la ceja izquierda contra una viga – si la historia es cierta, mejor que no la hubiera contado así y que se hubiera invitado otra más interesante -. Unas cuantas grapas valen.

A las 6:30 un chico de 21 años. Vigoréxico. No se acuerda de nada. Estaba en Moncloa y cree que le deben haber pegado, porque tiene el labio partido, pero no se acuerda de nada. Parte al juez. “No tomo alcohol, no me gusta”. Pues vale. Con un par de puntos de Vicryl, todo solucionado.

A las 6:35 una chica de 28 años. Dice que unos skinheads le han pegado a la salida del metro de Islas Filipinas. Parte al juez. Tiene una pequeña herida en el labio superior que no precisa de sutura.

Si a eso le añadimos que ayer por la mañana estuve en el quirófano con lo ginecólogos para tratar por laparoscopia a una mujer joven con una endometriosis del tabique recto-vaginal y que luego me bajé a nuestro quirófano para realizar una esofagogastrectomía en un paciente de 45 años con un adenocarcinoma de la unión gastroesofágica, pues voy bien servido de experiencias por un día.

Porque lo de viajar por el mundo, codearse con gobernantes poderosos o delincuentes de las alcantarillas del Estado, cenar con estrellas de las revistas y participar en espectáculos o fiestas extravagantes, aunque morboso, es siempre mucho menos fascinante que las historias de la gente que un cirujano trata diariamente en un hospital.

(Disclaimer: cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia).