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Relatos cortos

Al amigo a quien no pude ayudar

Escrito en Diciembre de 2005 Otra vez me está pasando. Sabes a lo que me refiero, eso que se me pone aquí, en el pecho, y que no, que no es un infarto. Cuando me pasa, tú, que nos dejaste, y yo, que sigo aquí, sabemos por lo que es. Otra vez, que todas las armas no sirven para nada. Y como aquel día en la habitación del Clínico, sólo nos quedan las palabras. Recuerdo nuestra charla sobre el cielo que se ve desde el P
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Dañados

Escrito en Mayo de 2006 En los dos últimos meses he tenido que intervenir en dos casos de intento de suicidio. Es una situación recurrente en la primavera. Eran dos seres humanos muy distintos en edad y situación, una en plena adolescencia y el otro en la madurez. Ambos decidieron – quizás sólo ellos sepan el motivo – saltar al vacio para solucionar sus problemas. Tuvimos que arreglar sus cuerpos dañados,
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Macarito

Vino la enfermera corriendo para avisarle de que había un niño “baleado” que acababa de llegar al consultorio. “Mierda” pensó. Lo último que le faltaba, tal como estaba la consulta, era tener que atender a un pequeño desangrándose. No era un problema de inexperiencia, porque afortunadamente el hospital de DF había tenido una sobredosis de adolescentes acribillados. Es que en este pequeño consultorio con una sala de h
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Piensa en Laura

Nos conocimos hace ya años, cuando ella acababa de sobrepasar la veintena. Una cría, pensé la primera vez que la ví. La enviaba a mi consulta otro colega. La habían intervenido de algo aparentemente normal y resultó ser un tumor enorme que se extendía más allá de su sitio de origen. Así que la intervine por segunda vez. Le quité parte del intestino. Y el útero y los ovarios. Así se las gastan los cirujanos oncológico
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El amor

El tráfico no es intenso. Es una mañana calurosa en Madrid. Lo normal para estas fechas. Ellos llevan pantalones por debajo de las rodillas. Bombachos. Con cuerdas o hebillas que los fruncen sobre sus pantorrillas. Las camisetas son dos tallas más pequeñas de lo adecuado. No son italianos, sin embargo. Chanclas. Los bolsitos cuelgan sobre sus caderas derechas, cruzados, desde sus hombros izquierdos. Ellas casi sin ro
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Hugo

Me llamo Hugo de Andrés y tengo 50 años. Llevo aquí dentro desde los cuarenta y cinco, un diez por ciento del total de mi vida. Soy moreno, aunque ya tengo el pelo blanco. Ni alto ni bajo, ni gordo ni delgado. Uso gafas desde la infancia porque tengo miopía. Siempre me han dicho que mis ojos son diminutos, como dos puñaladas en un tomate. Pero no es cierto, porque si fueran pequeños no sería miope, sería hipermétrope
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Klint, Dr. Klint. Por supuesto

Era el verano de 1970. Sí, hace justo 39 años. El actual hospital de la Princesa tenía por nombre entonces “de la Beneficencia”. Eramos dos críos y coincidimos casualmente en la quinta planta, en uno de los Servicios de Cirugía, recuperándonos de dos intervenciones de urgencia (bueno, no exactamente, él una y yo dos). Como el hospital estaba en obras, y aunque los dos teníamos siete años, nos metieron en una gran sal
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