Jaque a la reina

Mientras se descargaba el vídeo, concluí que la solución más conveniente, e inmediata, era dejar de darle vueltas y presentarme en una comisaría.

Todo problema complejo tiene una solución evidentemente simple y terriblemente errónea, porque «Señor agente, vengo a denunciar que he encontrado tres fotografías mías, en situación comprometida en Nueva Orleans, en un teléfono que estaba en el probador de una tienda. Ya no están porque las he borrado. Y además he recibido estos mensajes..» no parecía una sólida historia. Era más bien ridícula. Patética. Se reirían de mi cuando me diera la vuelta, después de soportar sus comentarios condescendientes.

No me quedaba otra que arreglármelas por mi cuenta. O esperar. Pero no soy mujer de actitud contemplativa.

Los días de pasión en Nueva Orleans quedaron en el pasado. Como mi trabajo en el departamento de recursos humanos de una gran petrolera «posh» que hacia extracciones en el Golfo de México. Y como el bobo aquel, que se creía la pasión entre Lestat y Louis como una acto de fe y repetía, monótonamente, el «llevo escuchando la misma historia durante siglos». Rememorándolo, me sorprendo a mi misma. No sé en qué estaba pensando entonces para dedicarle mi atención. Que era extraordinariamente hermoso ayudaba, pero lo mismo que una estatua, y se comportaba como tal. Por eso dejarle no supuso una tragedia. Casi ni se enteró. Yo tampoco. Estaba frío.

Sin embargo, en los clubs de Nueva Orleans era un cebo irresistible. Su carne llamaba la atención en el French Quarter. Igual que les ocurre a tantos otros que, disfrazados, recorren sus calles. Pero el bobo no necesitaba cubrirse con nada. Ni fingir que le gustaba el jazz.

El vídeo era breve, quince segundos, y mostraba la animada conversación de dos hombres en Bourbon Street. Sus rasgos no me eran desconocidos.

– No puedes imaginar quién soy – me volvió a escribir. Y luego vino una cadena de 6 mensajes. Uno detrás de otro, con su correspondiente vibración.

«No me has visto nunca»
«Pero llevo mucho tiempo observándote»
«Me has ignorado»
«Pero ahora ya no puedes hacerlo»
«Meralgia, sé todo de ti»
«Tengo las pruebas»

El final del vídeo era una imagen estática de un club. Esa fotografía también la tomó el bobo justo antes del fin de semana de Halloween de 2004. Pero, sorprendentemente, me había quitado del encuadre. Y ya se sabe que la perspectiva crea el orden, como la mirada la realidad.

Invisible

Aparqué el coche en el garaje y subí a la carrera. El ascensor estaba ocupado y yo tenía prisa por llegar a casa, encender el ordenador y empezar a buscar pistas. O explicaciones que me tranquilizaran.

No me encontré a nadie por la escalera, afortunadamente, porque su estrechez hace que no se pueda evitar mirar a la otra persona y saludarla. Me desagrada. Mucho. Soy socialmente una inadaptada pero, para mi tranquilidad, mis vecinos son pocos y raramente se dejan ver por el edificio de lofts en el barrio de Justicia de Madrid. Hay un pintor maduro y hippy, con muchas amantes jóvenes. Lo intuyo por las música, los grititos y los golpes recurrentes, pero breves, del mobiliario contra la pared que compartimos. Además, hay un poeta cinéfilo, de los que escriben críticas en revistas marginales y toman cafés en Fuencarral. O en Hortaleza. Y dos matrimonios jóvenes, de esos profesionales de éxito, con pinta de bohemios pero que conducen un Aston Martin. O un Jaguar.

Encendí el Mac, me aseguré de que la VPN estaba conectada y comencé a navegar de manera invisible. Una paradoja para una mujer que temía que sus fotos desnuda inundaran la red. De nuevo, sonó el teléfono con otro nuevo mensaje.

– ¿Me estás buscando? Ve a www.reddit.com y revisa las entradas con tu nombre.

Lo hice, incomprensiblemente, pero lo hice. Estaba segura de que mis movimientos no iban a ser seguidos. La IP de mi ordenador estaba oculta detrás de algún servidor localizado en cualquiera de 19 países y al que se conectaba aleatoriamente. Además, mis datos estaban siendo cifrados con una clave de 256 bits. Pero era poco probable que eso detuviera los ataques.

Primero pensé que no merecía la pena. Pero no aguantaba más. Sin pensarlo, tecleé «¿Quién eres?» y después de dudar durante unos breves instantes apreté «Enviar».

No recibí contestación inmediata. Tiré el teléfono encima de la cama y continué la búsqueda en reddit. Si me había enviado allí, es porque encontraría algo, alguna pista. Para mi sorpresa, había dos páginas que listaban entradas que incluían la palabra «meralgia».

De repente, sentí la urgencia de mirar si había respondido. Cogí el iPhone con manos temblorosas. Abrí Whatsapp. Nada. No había globito rojo en el icono de la aplicación. Decidí no insistir. Esperaría

Al revisar de nuevo Reddit, me encontré con una entrada con seis comentarios que me llamó la atención, «Nobody should have to go through the amount of pain I have been through»

Volví a coger el terminal para comprobar los mensajes de Whatsapp. Mi respiración se aceleró. Esta vez si. Tenía un mensaje. Lo abrí. Era un vídeo. La imagen estaba borrosa, tenía que descargarlo.

Derecho al olvido

Pese a que en ese instante deseaba desesperadamente, y con todas las fuerzas que podía juntar, deshacer mis acciones, era en vano. Inútil. Una frustrante obsesión.

No se puede desandar el camino, aunque se intente. La realidad es tozuda. Nuestra vida siempre va hacia adelante. Cuando quieres volver y «desandas» los pasos que diste, el sitio al que llegas es distinto al de partida. Aunque parezcan lo mismo, aunque se llamen igual. Es mentira. Ha pasado el tiempo, han ocurrido cosas. Da igual que Tony Braxton pidiera que la «desrompieran» el corazón.

Eso mismo pasaba ahora con las fotografías que había compartido o mandado por todo tipo de conexiones digitales. Al hacerlo y confiar en otros, había perdido su control y ahora podían estar siendo usadas para satisfacer a cualquiera, en cualquier sitio, en cualquier momento. Sólo eran tres de muchas, pero mis imágenes, por obscenas y grotescas que pareciesen, más allá del placer que hubiera sentido al ser tomadas, no podían ser retiradas. Ni por mi ni por nadie.

El derecho al olvido sólo existe cuando una tiene acceso a los recuerdos de los demás. De todos los demás. Para editarlos, modificarlos o borrarlos. No resulta difícil con una persona. Incluso con dos, o tres. Pero en este mundo digital es imposible. No hay manera de que yo apriete un botón y destruya cualquier traza de mi, de toda mi vida, en miles de servidores o terminales. O en millones. Casi de manera infantil, había estado segura de que a mi no me pasaría.

Lamentablemente, las palabras en los mensajes funcionan igual. Cuando se escriben en un texto y se lanza, se convierten en armas que entran directamente en el centro del cerebro que controla las emociones de quien lo lee. No poseemos un cortafuegos que las frene, o al menos desvíe. Entran sin filtrar y nos condicionan. A veces nos dañan, otras nos dan placer. También miedo.

«Te tengo. Ahora es mi turno» decía el último.

Y parece mentira que yo, Meralgia, una mujer tan familiarizada con el dolor como para tenerlo por nombre, no hubiera sido capaz de entender que mi pequeño delito no lo era, y que la trampa tendría consecuencias. Y que el dolor lleva a la ira, la ira lleva al odio…

Mis fotos, desnuda, en una fiesta en un local de Bourbon Street. En Nueva Orleans. No debí compartirlas. No debí confiar en aquel bobo. No es su culpa. Es la mía. Yo había dejado la puerta abierta para que me convirtieran en un deseo ubicuo. A la vez, mi miedo al juicio de los demás era la más potente herramienta de chantaje.

Mensajes

Temblaba, sobrecogida por el temor, por la ignorancia de cómo, quién o por qué estaban esas fotos mías en un iPhone que había encontrado en un probador de una tienda cualquiera. Mi pequeño delito.

No podía ser aleatorio. No era casualidad. ¿Alguien próximo? ¿Alguien que me conocía muy bien? ¿El fotógrafo? Era la ansiedad, el exceso de futuro dentro de mi. Y quizá la depresión por la abundancia de pasado. Quién fuera sabía que me quedaría con el iPhone, que no resistiría la tentación y lo manipularía buscando algo «secreto».

Pero el hombre que tomó esas fotos mías no podía ser. Era demasiado simple, carente de la imaginación suficiente para tenderme una trampa así. Ni siquiera tenía motivos. Jugué con él. Le tomé y le dejé como un peluche, flácido. No le imaginaba queriendo hacerme daño.

Unas pocas personas con las que había chocado en la vida si que estaban sobradamente equipadas con la motivación, la inteligencia y la determinación para devolverme el dolor que les causé. «No te olvidarás de mi, Meralgia». Y era verdad, porque nunca olvido. Ni perdono. Pero también podía ser alguien desconocido, que quisiera simplemente jugar conmigo. O chantajearme.

Estaba concentrada obsesivamente en esos pensamientos cuando noté una vibración. Era un nuevo aviso de mensaje, un marcador rojo en el icono de whatsapp.

En el mundo actual, no recibir mensajes significa que has muerto para los demás. Pero que te lleguen cuando no los quieres, puede aterrorizar.

Entré en pánico. Empecé a morderme los dedos, alrededor de las uñas, una costumbre olvidada de mi infancia, cuando me los desollaba al despertarme entre pesadillas.

– Has visto las fotos? – temblé un poco más

Sin dudarlo, contesté mintiendo, como hacemos todos, siempre.

– Qué fotos?

– No me engañas, las has visto.

Con mis dedos rápidos, volví a abrir la aplicación del iPhone y las borré. Al hacerlas desaparecer creí convertir en verdad mi falsa afirmación anterior. Si no están, no las pude ver. Es un tipo de razonamiento muy común. Lo usamos con frecuencia.

– No conseguirás nada borrándolas – era un nuevo mensaje

En la red

Me quedé mirándolo. No sabía qué hacer. Estaba con toda la ropa en la mano, intentando hacerme sitio en el probador. No podía apartar mi vista del flamante iPhone 7 que alguien había olvidado encima del taburete.

No hizo falta mucho para que me decidiera. Cogí el dispositivo y miré hacia atrás. Quería asegurarme de que nadie me veía. Nada, nadie, ni una cámara camuflada sería testigo. Pero, a la vez, el corazón me galopaba en el pecho. Estaba a punto de cometer mi pequeño gran delito. Algo que cambiaría mi vida en formas y con consecuencias que entonces ignoraba.

Iba a vivir la vida de la persona a la que le había robado el iPhone 7.

Salí de la tienda lo más rápido que pude, sin dejar de mirar a mi alrededor, como sí así pudiera evitar que alguien se diera cuenta de que me había quedado con un iPhone olvidado.

No pensaba devolverlo. Eso lo tuve claro desde que lo vi. No me importaba soportar esa leve sensación de culpabilidad. Era un pequeño precio a pagar. Muy pequeño si lo comparaba con los más de 600 euros en la Apple Store.

Una vez fuera, caminé deprisa, poco más de 50 metros. Lo saqué del bolsillo y me lo puse en la palma de la mano. Me asaltó una duda: reiniciarlo con mi tarjeta o probar a usarlo tal como estaba.

Mi tarjeta no era micro. El móvil que llevaba era una birria. Mi viejo 5s me lo había dejado en casa. Así qué esa opción descartada. Podía ir a que me hicieran un duplicado, pero me llevaría tiempo y estaba ansiosa por hacerlo funcionar. Entonces pensé, “No pasará nada por usarlo tal como está. Para probarlo. Luego me deshago de la tarjeta y no podrán localizarme”.

Apreté el pulpejo del dedo pulgar de mi mano derecha contra el botón central. Todos utilizamos ese dedo, como en las comisarías, cuando nos identifican. Pero estaba de suerte. No había ninguna huella digital de bloqueo. Aquella maravilla iba a ser toda mía. Mi joya. Tanta alegría me produjo algo parecido a un orgasmo, amplificado por el hecho de que no iba a tener que controlar mi curiosidad. Un universo de sensaciones se abría ante mi.

Es mi naturaleza la que me condujo directamente al icono de la cámara. Luego al carrete. Quería ver el mundo a través de otra mirada. La incertidumbre de una vida distinta. Quizá ordinaria, quizá secreta. A lo mejor una doble vida, promiscua, pecaminosa, escondida a los demás por la oscuridad.

En ese preciso momento el iPhone 7 empezó a vibrar. Me sobresalté. No sonaba ninguna música, afortunadamente. Era un aviso de mensaje entrante.

“Ni se te ocurra manipularlo”

En serio. Esto tenía que ir en serio. El mensaje había sido enviado desde un teléfono público, de los pocos que quedan. Así que no era un error. O sí. Un error en una de esas teclas y el mensaje llegaba al terminal equivocado. No iba a ser la primera vez que, por error, alguien mandaba un texto improcedente a la persona menos indicada.

Una cosa si me quedaba clara. La remitente no quería ser reconocida. No había manera de contestar. No había manera de preguntarle si era a la dueña y, cortésmente, anunciarle que estaba intentando localizarle para devolvérselo. Aún así lo intenté. Podía tener suerte, como con la huella. Me lo pensé un par de minutos. Devolví la llamada al número que aparecía en el mensaje. Pero nada. No había línea disponible con ese número.

También cabía la posibilidad de que yo no fuera la destinataria del mensaje. Podría ir dirigido a quien olvidó el iPhone 7 en H&M, pero la emisora era ajeno a aquel pequeño hurto. O apropiación indebida.

No se me ocurrió otra cosa que buscar en el iPhone alguna pista que me llevara a la dueña. En la segunda pantalla vi whatsapp. Lo abrí.

Nada en whatsapp. Ni un mísero mensaje que diera una pista. Esto me parecía más sorprendente aún.

Recordé que en “ajustes” estaba toda la información sobre el teléfono. Era donde podría encontrar algo que me ayudara a calmar la angustia que empezaba a sentir. Y sería más rápido que intentar deducir la identidad del propietario a través de sus contactos.

Claro que había corrido demasiado al deducir quien me enviaba el mensaje. Porque, ¿para qué iba a mandarme la propietaria un mensaje desde una cabina para ocultar su identidad? ¿Por qué debía ser una mujer? ¿Sólo porque me había encontrado el dispositivo en un probador de «señoras»? Mi forma de pensar estaba siendo algo convencional.

Me daba igual. ¡A la mierda el iPhone 7! Quería devolvérselo a su dueña y quería hacerlo ¡Ya!

Busqué “ajustes”, luego “general”… ¡Por fin! “información”. Apreté el icono con el pulpejo del pulgar derecho.

Nombre: iPhone
Red: vodafone
Canciones:0
Vídeos: 0
Fotos: 3
Aplicaciones: 23
Capacidad: 62,2 GB
Disponible: 60,5 GB
…….

El resto, como si fuera sánscrito. Ininteligible para mi. Un intento vano. Pero antes de que me diera tiempo a buscar alternativas, el iPhone 7 volvió a vibrar. Y está vez no importó la sorpresa; pasé a sentir miedo. No miré la pantalla. Me temblaban las manos, las piernas. No quería leer.

En ocasiones la ignorancia es una bendición. ¿Mi maldición? Haber sucumbido a la tentación. A la de hacerme con un iPhone 7, a la de hurtar lo que no me pertenecía, a la de intentar escapar con ello. Y lo estaba pagando.

Podía borrar el mensaje, apagar el terminal y esperar a tener mi microsim. Sólo tendría que cambiarla y me libraría de sentir la persecución de un extraño. Pero algo dentro me hizo superar el miedo. La curiosidad. O una tormenta en mi interior con leves toques de placer. Quería saber más.

“Pregúntale a Siri”. Eso, sólo eso, decía el mensaje. “Pregúntale a Siri”. “Pregúntale a Siri”. “Pregúntale a Siri”. ¿Qué le tenía que preguntar a Siri?

Si fuera una persona, podría esperar respuestas. Pero tan sólo es una aplicación con funciones de asistente personal por reconocimiento de lenguaje natural. Poco más útil que teclear unas palabras en el buscador de Google. Así que ¿Qué me querría decir con “Pregúntale a Siri”?

Fui hasta el parking y, después de pagar en el cajero automático, me monté en el coche. Dejé el teléfono en un hueco junto al freno de mano, encendí la radio y puse el coche en marcha. No sabía muy bien qué hacer. Me dirigí a casa.

No dejaba de darle vueltas a todo cuanto me llevaba pasando desde que vi el iPhone en el probador. Tenía que ser una broma, muy pesada. Pero no imaginaba a ninguno de mis amigos tomándose todas estas molestias. Tampoco había hecho yo nada lo suficientemente malo a nadie para que hubiera ideado todo esta tortura. O deseara causarme daño de alguna forma remota.

Y de repente, mientras estaba esperando en un semáforo, un sonido inconfundible resonó en el coche. Di un bote de sorpresa. Era el iPhone 7 con su clásico sonido de teléfono antiguo que, conectado mediante el BlueTooth, se escuchaba a través de los altavoces.

Ni me lo pensé. Extendí la mano. Instintivamente.

Entre el nerviosismo y el miedo, que te hacen sudar, casi se me cae el iPhone de las manos. Aún así, tuve reflejos para detener el coche en una zona de aparcamiento vigilado, mientras intentaba pegarme el teléfono a la oreja derecha. Ni se me pasó por la cabeza que podía utilizar el manos libres. ¡Para manos libres estaba yo!

– ¿Hablo con el propietario de la línea?

¡Joder! Por primera vez me interesaba una llamada de una operadora de telefonía. Me habían llamado de día, de noche, mientras dormía, mientras follaba, o cuando estaba preparándome para… Vamos, siempre me habían llamado para molestarme. Pero esta vez, la voz femenina anónima, pero con acento, era mi única esperanza de escapar de la prisión sin paredes en la que me había metido.

Y, de repente, me asaltó la duda. Y la angustia de nuevo. ¿Qué digo? ¿Sí? ¿No? ¿Es de una amiga? ¿O de un amigo?

– No, no soy la titular. Muchas gracias – le respondí con desgana. Quería colgar lo más rápido posible

– ¿A qué hora puedo encontrar…

Ya no escuché nada más. Había interrumpido la comunicación. Marqué con el intermitente mi intención de incorporarme al tráfico. Me dejaron pasar. Me alejé de Azca. Subí el volumen a tope. Quería no pensar.

Stop calling, Stop calling , I don’t wanna think anymore

Lo recordé de repente. Cuando busqué la información del iPhone 7, había visto que el dispositivo contenía tres fotografías. No me había dado tiempo a ver las fotos; pero ahora, quizás, podrían aportarme alguna información valiosa.

De nuevo, tomé el teléfono con la mano derecha, mientras esperaba en un semáforo en rojo. Apreté el botón con el dedo pulgar y apareció la pantalla. En la esquina superior izquierda estaba el icono de la cámara y en la inferior derecha un icono con una imagen multicolor. Que digo yo que es un poli-trebol. LGTB. Porque no me parece una margarita. Todas de las margaritas son amarillas. Y no sé si eso se le ocurrió a Steve Jobs o a Tim Cook. Me refiero a poner un poli-trebol LGTB como símbolo de fotos.

Daba igual ahora. Apreté la pantalla y aparecieron tres fotografías reducidas, con tres fechas de días consecutivos.

Trust is like a mirror. You can fix it if it’s broke. But you can still see the cracks in the motherfucker reflection”

Era yo, desnuda, completamente desnuda. Me bloqueé, porque recordaba muy bien cómo me las hice y quién me las hizo. Tres fotos hechas en un momento que ahora mismo desearía que no hubiera ocurrido.

Toni Calero

«Me llamo Toni Calero y soy alcohólico»

Cuarenta años después del estreno de Fiebre del Sábado Noche, Antonio Márquez Calero, Toni Calero para los amigos, se atrevía a confesar la realidad delante del grupo de terapia de AA.

«Mi vida es la continuación de la de Tony, no la de John Travolta. Afortunada o desafortunadamente» comentó Calero; y del tirón les soltó un rollo.

«Cierto que me presenté varias veces a las pruebas de La Juventud Baila en Televisión Española. Incluso llegué a bailar Night Fever delante de Jose Luís Fradejas. No tuve éxito. No me cogieron. Pero me dio igual. Me conseguí un trabajillo en los veranos, yendo por las discotecas de los pueblos imitando a Travolta. Eso me sirvió para sacarme algún dinerillo adicional, porque mi trabajo de mozo de almacen no daba mucho. Ahora lo llaman reponedor, creo. Y también me dio para follar.¡Lo que follé! No os lo podéis imaginar. En los pueblos el Travolta tenía un tirón increíble, que yo no podía desperdiciar. Tampoco me conformé siendo un perdedor en el amor. Perseguí a mi Stephanie Mangano, que era secretaria de una ejecutiva de un banco. Y me casé con ella. ¡Qué error! De los dos. A mi Stephanie no le gustaban los hombres. Le gustaba su jefa. Pero por pena, y por su madre que no quería una «bollera» en casa, se casó conmigo. Duramos tres meses. Después de aquello no me repuse. Fui de trabajo en trabajo, sin encontrarme, sin explicarme por qué me pasaba todo eso a mi y no a Tony Manero. A Travolta lo del dinero tampoco le pasó. Lo demás no lo tengo tan claro. Aunque la calvicie la tenemos los dos igual, el se puede pagar a alguien que le dibuje el pelo».

En Hollywood son unos cabrones. La vida en las películas se acaba cuando se acaban y Fiebre del Sábado Noche se acabó cuando Robert Stigwood dio el vistobueno al montaje final que John Badham había hecho antes de salir disparado para dirigir primero Drácula y luego Juegos de Guerra. Y en Youtube, Tony Manero sigue hipnotizado con su magnífico pelazo al viento de un secador, Stephanie Mangano dándole calabazas y Farrah Fawcett con su póster de mirada lujuriosa.

Nota del autor: El protagonista es un personaje de ficción y cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia

Anti-aging

Tengo un conocido absolutamente motivado en la lucha contra el envejecimiento y la cronicidad. Y aún más contra la fragilidad. Contra la suya, para ser preciso.

Acaba de entrar en la cincuentena y en su cumpleaños me dijo, «no quiero asistir pasivamente al deterioro irremediable de mi cuerpo, esa fuente inagotable de placer». Propio, pienso yo para mis adentros. Ese cuerpo que, a su entender, llevó a tantas y tantos al pecado, aunque sólo fuera en pensamiento o palabra. El, que es muy liberal, incluye en su concepto de placer los «que te den por culo» de cuantos han estado bajo su responsabilidad en sus múltiples trabajos. Porque es un incapaz. Y también de sus superiores, por increíble que parezca. Pero mi amigo, que es muy suyo, todo lo genital lo disfruta igual.

En la cruzada por el bienestar y la salud ha pasado incontables horas viendo muchos programas de canales temáticos y leyendo muchas revistas de fitness. Sigue las recomendaciones como si fueran dogma. También ha comprado el mejor material para convertir su cuerpo en una máquina de crear salud; en Estados Unidos, por supuesto. Tiene ropa interior personalizada a sus medidas, para evitar rozaduras, mallas, camisetas inteligentes y zapatillas de ultradiseño.

Así que todos los fines de semana se levanta temprano. Como vive sólo, no molesta a nadie. Enciende las luces de la habitación y se enfrenta, frente al espejo, a su propio y autodenominado glorioso cuerpo desnudo.

«¿Todo esto es mío?» suele preguntarse presuntuosamente, mientras torsiona parcialmente su tronco, a la vez que se pone de puntillas. Le estiliza.

Como nadie le escucha no hay problema de que le tachen de exhibicionista. Ni de egocentrico. Ni siquiera de imbécil. A continuación, verifica que el vello no le ha crecido. Se rasura meticulosamente cada dos días. No quiere que eso le reste velocidad. Por la resistencia aerodinamica. Para él, la calvicie, además de un símbolo, es una bendición que optimiza sus coeficientes de rozamiento.

Religiosamente, y sin perder de vista el espejo, va enfundándose todas las prendas que necesita. Al acabar, se sienta en la cama, se coloca sus zapatillas ASICS GEL MAX PULSE AIR PRO RUN FUJI PREDATOR IV y, después de asegurarse de que no olvida las llaves de casa, se baja a por churros.

En el vestuario

No se sorprenderá nadie si les cuento que nado. Es una buena manera de mantenerme en forma.

Sí, diariamente hago ejercicio desplazándome durante más de una hora en un fluido tibio, porque es una piscina de invierno, compuesto por H2O, cloro, urea y creatinina. Se han dado casos en los que va añadido algún medicamento, incluso psicotropos. Ya se sabe que el calorcito en el periné tiene efectos diuréticos potentes.

Suelo recorrer unos 2.000 metros por sesión, de 25 en 25. Metros. De una pared a otra, siguiendo una línea negra. Llego, toco, doy la vuelta y miro a la pared de enfrente. Y empiezo de nuevo, brazada a brazada.

Les mentiría si les dijera que me cuesta, porque no es así. De hecho, es volver a mi infancia. Un amigo dice que es como meterse en el útero materno. Pero es que el está muy enmadrado. Lo mío tiene que ver con que, entre los 5 y los 18 años, me dediqué a nadar y competir. En verano entrenaba en las piscinas que el extinto Banesto tenía en Pinar del Rey, no te lo perdono Mario Conde, y en invierno en la Conce, polideportivo del Barrio de la Concepción.

¿Mis pruebas preferidas? 100 y 200 libre, 200 estilos y 100 y 200 mariposa. Aunque en mis comienzos lo que solía entrenar eran los 100 braza. De espalda no me gustaba nadar. No sé por qué, quizá por no perder de vista la pared. Nunca sabe uno con quién se va a chocar uno al llegar, en los entrenamientos.

Pero mi gran problema no es nadar, ni el cansancio, ni pasar mucho tiempo en la pileta. Mi problema es la presbicia en el vestuario, algo a lo que no prestaba atención en la adolescencia. Como decía Berto, los vestuarios de las piscinas son humilladeros. Especialmente para los nadadores. Los que bajan del gimnasio vienen vasodilatados. Y aprovechan para pasearse despendolados. Pero los que salimos del agua venimos vasoconstreñidos y con los cremásteres como cuerdas de guitarra. A los de 50 nos da todo igual. What you see is what you get. Pero a los que no llegan a los 30 les ves haciendo piruetas para intentar cambiarse el bañador sin que se note que se les ha quedado pequeña. Adoptan posturas imposibles y penosas. Pero seguro que no les importa.

Bueno, esto tampoco tiene que ver con mi problema. Mi problema es que las taquillas se cierran con un candado con tres ruedecitas que contienen unos números. Cuando se alinean los números en un determinado orden se abre el candado. Cuando se descolocan, se bloquea. Y es por esto, precisamente, y por mi presbicia que, al volver de la ducha, repetidamente, no acierto a revertir el código de apertura. Mi vista cansada y el diminuto tamaño y contraste de los números me impide hacerlo.

Pruebo con todo lo que puedo. Primero con el tacto. Después con el agujero estenopeico que construyo con mis dedos arrugados. Cuando no me queda más remedio tengo que pedir ayuda, lo que no resulta nada cómodo en el vestuario de una piscina. Gente con ojos rojos, piel arrugada, y bañadores de lycra.

A veces me dan ganas de gritar ¿Quién es miope? Porque sé que para ellos es fácil entender lo de ver de cerca. Y además, con la excusa de su vista corta, tengo la oportunidad de explicarles el problema sin tener que decirles «ábreme el candado, por favor».

Háblame de la «mili»

Los hombres españoles de una cierta edad, cuando nos juntamos, hablamos de los días que pasamos prestando el Servicio Militar (la mili) en algún lugar del territorio nacional. Debe ser por algo. La experiencia no nos abandona nunca.

Yo me incorporé relativamente tarde. Acababa de terminar la carrera de medicina y ni me preparé el MIR; en Enero de 1989 entraba como primer remplazo del Regimiento de Artilleria de Campaña Nº 11 (RACA 11) en el acuartelamiento de Vicálvaro.

¿Recuerdan? La Vicalvarada. En 1854, las tropas del general Leopoldo O’Donnell, si el de la Calle O’Donnell, se levantaron contra el gobierno en Vicálvaro. La insurrección trajo el «bienio progresista» durante el reinado de Isabel II. Ahora el recinto es la Universidad Rey Juan Carlos, previo traslado, en la primavera de 1989, del acuartelamiento a otra ubicación en Fuencarral. Justo frente a los estudios de Telecinco. Ahora el RACA 11 está en Burgos.

Para una persona como yo, tan resistente a la disciplina, ir voluntario no había sido una opción. Ir a la milicia universitaria tampoco. Lo hice porque no me quedó más remedio. Y ahí empezó mi brillante carrera «chusquera».

Sin verlo venir, de una manera meteórica, me convertí en Cabo y luego en Cabo Primero, conductor de TOA (transporte oruga acorazado), calculador de la mesa de tiro de los ATP 203-M110 (eso sí que era un cañón y no lo de Nacho Vidal, ni asociándose con Rocco Siffredi), médico del Grupo II, fui mencionado en la Orden del Día por Santa Bárbara por algo que pasó durante unas maniobras en Zaragoza y que no les voy a relatar, pero, sobre todo, fui miembro del escuadrón de tiro.

Mi acceso a este grupo de élite es digno de cualquier película española de la época. O de algún director italiano.

Mientras hacía la instrucción, en el mes de Febrero de 1989, nos llevaron a una base en la sierra madrileña, muy cerca de Colmenar Viejo. Teníamos que pasar todo el día allí realizando unos ejercicios de instrucción y tiro. Yo iba todo compungido, como siempre esos días. Lo que estaba haciendo iba contra mis naturales instintos. Pero no quedaba otro remedio. Totalmente vestido de verde, cargaba con una mochila a la espalda, un casco de Kevlar y un CETME. El cielo era gris, plomizo, y llovía. Bastante. Así que todos íbamos cubiertos por un chubasquero, también verde. Ya saben que en estos sitios, «one size fits all». Daba igual lo que midieras, la prenda era igual para todos.

Soy de corta estatura. Bajito es la manera cariñosa de llamarlo. Así que el chubasquero me arrastraba por el suelo, sin poder evitarlo. No había posibilidad de remangármelo. Esto entorpecía algo mis movimientos. Especialmente cuando nos hicieron subir a una pequeña colina.

De repente, empezaron las órdenes.

– Tenéis que bajar corriendo esta colina. Cuando lleguéis abajo, os tiráis al suelo.

-¡Sí, señor! – respondimos todos al sargento.

– ¿Veis los puestos de tiro?

– ¡Sí, señor!

– Pues desde ahí tenéis que apuntar y disparar a las dianas que tenéis enfrente.

Y así ocurrió. Fueron dando la salida en grupos de cinco. Uno tras otro, los reclutas bajaban a la carrera, se tiraban al suelo, apuntaban al blanco y disparaban. Después de cada grupo, un cabo primero se acercaba y verificaba la puntería de los reclutas. Hasta que le tocó a mi grupo.

– Reclutas, ¡Adelante! – fue la señal de salida.

Empezamos a correr sin control. Cuesta abajo, con el suelo resbaladizo y el chubasquero hasta los pies, fue cuestión de tiempo que me lo pisara, tropezara y fuera a caer, afortunadamente de bruces, en el puesto de tiro, en posición idónea para disparar, lo que hice sin solución de continuidad. Había tenido la mala fortuna de que se me desplazara el casco hacia adelante, con lo que mi visión de la diana había quedado completamente bloqueada, y en la caída había pasado la forma de disparo de mi fusil a ráfaga.

Sonó como si todos los Navy Seal se hubieran confabulado para vaciar sus cargadores contra mi diana. Su color blanco central se fundió a negro, sin que yo hubiera tenido la más mínima voluntad de hacerlo.

Sus miradas me asustaron. «Me levantan consejo de guerra» pensé. Al menos, me quitarían los permisos y encerrarían en el cuartel. Pero no. Para mi sorpresa, me dieron la enhorabuena y me anunciaron que entraba a formar parte del grupo de tiradores de élite del Regimiento. Había agrupado todos los impactos en el centro de la diana.

Y así todo. Siempre termino haciendo lo que no quiero…

Whoa, sex!

Decir que la vida de Giorgios Kyriacos Panayotiou es parte de mi vida sería mentir. O mejor dicho, sería un completo “overstatement”, una exageración.

Daría demasiada importancia emotiva al hecho de que ambos hubiéramos nacido con menos de un mes de diferencia, a unos 2000 km de distancia y que, por tanto, compartiéramos bastantes claves y referentes culturales. O sobrevalorar mi capacidad para mantener grabadas en la memoria todas las letras de sus canciones, que no sólo puedo recitar sin el menor esfuerzo, sino reproducir mentalmente las imágenes de los vídeos con las que se corresponden. Al fin y al cabo, crecí en los tiempos gloriosos de la MTV.

Lo admito, resulta enternecedor, cándido, y en gran medida “hortera”, buscar un sentido de la vida propia en la vida de una megaestrella del pop, hasta tal punto de que, cuando muere, porque las megaestrellas tienen que morir y melodramáticamente, te impulse a reflexionar sobre el significado de tu existencia.

Esa sintonía semántica entre admirador e imagen del admirado también podría ser el resultado de una imperfecta socialización adolescente, con el déficit emocional pertinentemente sobrecompensado, y sus desengaños amorosos, o con el sentimiento juvenil de inadecuación, resuelto mediante la asimilación con un patrón oro. Dicho de otra manera, él representaba quien uno querría ser.

El caso es que la muerte del Sr. Michael el 25 de diciembre de 2016 me ha enfrentado conmigo mismo, voluntaria e involuntariamente. Me enteré del fallecimiento antes de que acabara el día, por un tuit de “breaking news” de la cuenta de la BBC. Y lo comenté a mi familia que, aún incrédulos, me dieron el «pésame» porque, con la muerte de George Michael a los 53 años, desaparecía el dulce pájaro de juventud que me sobrevoló entre 1984 y 1987.

La primera vez que escuché a Wham! teníamos casi 21 años. Los dos, el Sr. Michael y yo. Era la primavera de 1984 y el Gobierno de Felipe González no lleva ni dos años en el poder. La canción, Club Tropicana («where strangers take you by the hand,
and welcome you to wonderland…»), se presentaba con un vídeo que promocionaba el hedonismo ibicenco. En la portada del álbum aparecía un tipo notablemente bronceado, sonriente, con un anillo dorado en la oreja izquierda, vestido de blanco inmaculado, junto a Andrew Ridgely. Un dúo que mezclaba música, chicas en bañador, placer y playa no era una mala apuesta para su agente, ni para Sony, ni para la MTV, aunque se intuía lo artificial. No hacía falta ninguna declaración para entender la historia detrás de la imagen.

Yo era un estudiante de Medicina que se dedicaba a trabajar durante los veranos como socorrista en una piscina. Había sol, agua, bañadores, carne expuesta… Pero difícilmente podía aspirar al éxito del que gozaba el Sr. Michael a tan temprana edad; ni después; ni siquiera en el mejor sueño de los yuppies del thatcherismo, o en las novelas de Bret Easton Ellis, otro coetáneo, uno podía disfrutar de tanta sensación de libertad. Después de todo, España llevaba metida menos de 10 años en la Transición.

Y, de repente, surgió la madurez forzada. El solo de saxo de Careless Whisper no apuntaba nada bueno («To the heart and mind, ignorance is kind, there is no comfort in the truth, pain is all you find…»). Había que entender la historia detrás de la imagen: el sexo y el sentimiento de pérdida. Era muy evidente que George Michael era homosexual. Pero parecía que él no lo tenía tan claro. La bisexualidad da mucho más juego.

Intencionalmente, sin duda, el Sr. Michael explotó un talento especial para transformar la provocación del sexo en una potente herramienta de marketing global antes de la llegada de internet.

¿Quién, con 24 años, se había atrevido a componer, producir, tocar todos los instrumentos y cantar una canción que llevara por título «I want your sex» (con tres partes)? ¿Quién no recuerda a Eddie Murphy entrando en un bar de strip-tease de Beverly Hills, mientras sonaba una lúbrica melodía interpretada por George Michael?

Era 1987. Había llegado el hedonismo a la «beautiful people» también en España.

El impacto fue devastador; incluso para un joven español de veinticuatro años de turismo por el Reino Unido. Una noche, con un gin-tonic en la mano, estaba forzando al máximo mi capacidad para la conversación con dos chicas inglesas (english roses, turn-up noses), porque la mayoría de los mortales si no hablamos estamos perdidos. Pero pese a dar lo mejor de mi, nada pude hacer para retener su atención cuando en las pantallas de vídeo de un bar de Southport sonó «Whoa! Sex!», mientras George Michael cruzaba los antebrazos formando una X delante de su rostro.

El Sr. Michael sufrió los efectos. Le duraron hasta el 25 de diciembre de 2016. Yo también. Pero eso lo contarán en unas memorias no autorizadas.