Reputación sanitaria: Location, Location, Location

Podíamos no haber reparado. Pero lo hemos hecho. Estamos en el Siglo XXI, en el siglo de la reputación online, de la reputación digital. Pero como la transformación digital lleva cierto retraso por estas tierras, los medios nacionales se han hecho eco de la reputación 1.0 de la sanidad. Aquí El País y aquí El Mundo.

A pocos no les gusta salir en la foto… «Posing for another picture, everybody’s got to sell. But when you shake your ass, they notice fast…»

Y ahí empieza el debate.

A los que nos gusta salir en la lista, nos gusta ser los primeros. El segundo es el primero de los perdedores. Lo siento por el Clinic. Pero bien es cierto que mi hospital ha quedado el noveno. Por lo menos salimos en la primera foto. Eso sí, somos el quinto de los de Madrid. ¡Bellvitge no aparece! ¡OMG! Ni Valdecilla, ni Santiago, ni, ni, ni…

¿Y qué pasa con la metodología? Pues que como toda metodología está perfectamente diseñada para ofrecer los resultados que arroja (parafraseando a Don Berwick). Si quisiéramos que diera otros resultados, tendríamos que utilizar otra metodología.

Este debate es el de siempre, el de las listas de blogueros, de twitteros, de si el El País o El Mundo… El único que no se enfada es el ganador. Pero también hay que recordar que las listas ni se crean ni se destruyen, sólo se transforman.

No tenemos que tomárnoslo tan mal. Hay que seguir buscando la mejora. Y los que estéis en la lucha por el poder, recordad, el problema de salir en la «lista» es igual que el de tener una propiedad: location, location, location. Cuánto más cerca estás de la fuente, mayor es el valor de tu propiedad.

Browning sanitario: el regreso

Cuando uno lleva un cierto tiempo metido en el gran teatro de la sanidad (pública o privada) empieza a tener conciencia del espectacular entramado organizativo que permite la asignación de las tareas más, digamos, ingratas a aquellos individuos a los que menos le corresponde. Esto, como en cualquier otra organización humana, ha venido denominándose MARRON (BROWN).

Existe un verdadero cuerpo de conocimiento (Tratado del Marrón en el que se basa este post) acerca de este problema social y de los diferentes agentes que entran en juego (browner, brown eater, browned, brown dispatcher, O Rei do Marrón, natural born browner, brown finder, brown skipper, freelance brown eater…) Por ello, me gustaría abordar primero, conceptualmente, qué es un brown o marrón:

Marrón: m. fig. “Dícese de aquella tarea, cometido, encargo o situación que resulta desagradable, tediosa o incluso ingrata para el que la ha de desempeñar o soportar. Aplícase también este término a aquella ocupación que, aún no siendo ella misma molesta, si lo son sus condicionantes y situación, tales como tiempo para realizarse o tipo de persona que la solicita”

En otras palabras, para los profesionales sanitarios un brown es todo aquella situación que obligatoriamente hay que solucionar pero de la que nadie, ni por los c*j*nes, quiere hacerse cargo y que desafortunadamente el Jefe o la mala fortuna termina por asignar a aquel a quien no le debería corresponder (brown eater).

Considerada globalmente, la sanidad pública despliega la estructura típica de una organización “enmarronada” porque no hace falta ser un etólogo experto para darse cuenta de que existen más browners (enmarronadores) que browned (enmarronados). Además, existen leyes que rigen el funcionamiento del «brown»:

Ley de Murphy
Si un colega te puede dejar un marrón para la guardia, te lo dejará

Teorema de Patrick
Si te libras de un marrón, será porque tu Jefe quiere

Postulado de los Cinco Dedos
El número de marrones asignables a un profesional aumenta proporcionalmente con el número de marrones que el mencionado sujeto haya sido capaz de comerse previamente

Ley de la Perversidad Intrínseca de la Naturaleza (Ley PIN)
Toda situación clínica, independientemente de las condiciones de partida, puede convertirse en un brown en cualquier momento, pero sobre todo un viernes a las dos de la tarde, por razones oscuras y totalmente desconocidas

Principio de la Dispersión
La accesibilidad (dependiente de la distribución topográfica de las camas) a cada uno de los marrones que un profesional debe asumir dentro de la institución es inversamente proporcional a la dificultad para solucionarlos

Principio de la Invisibilidad de la Información
La información esencial para que el “brown eater” puede dar una solución al marrón se dispone en vías o circuitos informáticos inaccesibles o que, simplemente, se han colgado. Cuando la información está disponible sólo a través de otros colegas, éstos están de vacaciones, de congreso, en una reunión urgentísima en las que no se les puede molestar, o están padeciendo una amnesia lacunar.

Ley de Gumperson
La probabilidad de que un problema clínico se convierta en un brown es directamente proporcional a la urgencia que sienta del “brown-eater” por salir de su centro de trabajo

Ley de CatrascaTM (derivada del síndrome descrito originalmente por el autor de este blog y cuyo nombre es la contracción del famoso síndrome Cagada-Tras-Cagada)
Cuando un profesional sanitario browned comete una “cagada”, el siguiente browned o enmarronado cometerá otra “cagada”, y el siguiente otra, y el siguiente otra y así hasta el final

Principio de Unificación o Big Brown (consecuencia del principio anterior)
Una vez que comienza un marrón ya nunca se sabe cuándo se acaba.

El Browning Sanitario

En el recuerdo de la tribuna en Diario Médico que publiqué hace muchos mucho muchos años…

Después de cierto tiempo en esto de la sanidad, uno empieza a tener conciencia de su espectacular entramado organizativo. Y si John Nash propuso una teoría para explicar el equilibrio en los juegos no cooperativos que le llevó al Premio Nobel de Economía, me atrevo yo desde aquí (sin la soberbia de perseguir con ello tal honor) a postular un modelo, denominado “browning”, que ordenada y sistemáticamente explica el funcionamiento gestionado del sistema nacional de salud. El término “browning” (no confundir con el cineasta del mismo apellido, director de Freaks – La parada de los monstruos, con el debido respeto) es un neologismo de raíz anglosajona que define el sistema organizativo y funcional basado en la identificación, análisis, marketing y asignación de tareas de máxima importancia y urgencia desde el punto de vista estratégico – para sus ideólogos – pero de dudosa (o incluso negativa) finalidad práctica y con una extrema sobrecarga para el/los profesional/es. Vamos, un marrón (brown). El “browning” posee una resistente coherencia interna que le hace mantenerse, regenerarse y autopropagarse a todos los niveles, pues supera a cualquier otro modelo. Extiende sus raíces desde el Ministerio a las consejerías de sanidad, y desde las gerencias a las unidades asistenciales. De hecho, cuanto más abajo se encuentra uno en el nivel de responsabilidad, mayor es la probabilidad de soportar los marrones ideados por otros. En síntesis, el “browning” responde a la lógica de que para cada solución se encuentra un problema. Justo al contrario que en toda organización inteligente.

Primer ejemplo, la ley del tabaco. Se promulga una ley para proteger a los no-fumadores ¿a todos? No, a todos no. Porque los que trabajan en un bar en el que está permitido fumar no ven sus derechos como no-fumadores protegidos. Es un claro ejemplo de un problema creado a partir de una solución. En definitiva, es un marrón con el que tienen que cargar.

Agentes del browning
En el complejo ecosistema sanitario, el proceso de selección de la especie es clave para la supervivencia del profesional, que deja de ser un médico o sanitario para convertirse en un profesional del marrón, con tres categorías básicas: browner (enmarronador), browned o brown eater (enmarronado o comedor de marrones) y brown skipper (familiarmente conocido como el-que-escurre-el-bulto). Globalmente, la sanidad pública despliega una estructura típicamente “enmarronada” porque existen más browners que browned, es decir, hay más jefes que indios. Otro ejemplo. El Supreme Browner promete un incremento del 25% anual en el presupuesto de I+D+i hasta llegar a niveles similares a los de nuestros vecinos. Los brown skippers (CSIC & Co.) intentan difuminar la responsabilidad y dicen que el aumento de la producción científica clínica ha sido en volumen pero no en calidad, porque le falta impacto. Los brown-eaters (incluidos los asesores gubernamentales) dicen que los investigadores no perciben el incremento de los presupuestos de investigación prometidos. Marrón al canto.

Leyes del browning
Como la termodinámica, el “browning” posee unas leyes que lo rigen. Y analizado individualmente, todo marrón sanitario se atiene a dichos principios.

Primera ley: Intensidad = Diferencia de Potencial/Resistencia (I=V/R). Es decir, la intensidad con la que recae un marrón sobre uno o varios profesionales es directamente proporcional al potencial con el que el superior desea lucirse e inversamente proporcional a la resistencia que se opone para afrontarlo. Como primer ejemplo, la promesa electoral de acabar con las listas de espera. El gran interés de los políticos y la nula resistencia de las organización profesionales hacen que el gran peso de dicha promesa de cara al usuario/paciente recaiga sobre los médicos. Así que, al escuchar las promesas políticas los profesionales tiemblan. Segundo ejemplo, la “urgencia política” por cubrir las plazas asistenciales vacantes como consecuencia de la mala planificación y la nula resistencia de algunas instituciones que hacen que especialistas con “dudosa homologación” ocupen dichas plazas, mientras hay especialistas adecuadamente formados en el paro. Otro marrón.

Segunda ley: Rendimiento económico = Dinero/Trabajo (R=D/T). Esta simple ley explica que la mejor manera de aumentar el rendimiento económico personal, teniendo en cuenta que el dinero percibido es fijo, es reduciendo la cantidad de trabajo. O lo que es lo mismo, cuando el trabajo realizado tiende a 0, el rendimiento económico tiende a infinito. De esto saben mucho los responsables de personal de los centros sanitarios. Como ejemplos, la sobredimensión de algunas plantillas, el absentismo laboral, las largas incapacidades temporales, los colegas que ni aparecen por su centro de trabajo…Todo ello carga el marrón sobre los más precarios (contratados, residentes…)

Tercera ley de Unificación o Big Brown: una vez que comienza un marrón ya nunca se sabe cuándo se acaba. Como primer ejemplo, la inacaba OPE que nació como consecuencia de años de interminable incumplimiento de la legalidad vigente por parte de las autoridades sanitarias. Como segundo ejemplo, la financiación del sistema nacional de salud y la coordinación del sistema en el Consejo Interterritorial.

En resumen, este modelo es aplicable a la macro y a la microgestión dentro del SNS. Afortunadamente, y por ahora, nuestro sistema nacional de salud funciona a pesar de que muchos crean problemas y pocos trabajan para solucionarlos. Eso sí, resulta imposible el progreso institucional y la prometida lucha por la “calidad” y la “excelencia”. Convendría que todos dejáramos de pasarnos los marrones de unos a otros y nos dedicáramos a solucionarlos. E insisto, incluso aunque como yo no comulguen con sus ideas políticas, lean a Rudolph Giuliani: “Los seres humanos son más importantes que los gráficos”.

Dos y dos son cuatro

Extiendo la mano y él la coge con fuerza para saludarme.
Un hombretón, pienso.
Le acompaño hasta el quirófano para prepararlo todo y empezar el procedimiento.
Abdominales empaquetados en seis porciones, muslos D&G y mirada melosa.
Estragos en los cuartos oscuros y la carga viral por las nubes.
Pero el tumor en el cuello no respeta la fama ni los focos ni las cámaras. No aceptar ni aceptarse durante diez años no suele venir sin precio.
Vivimos seguros porque dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho y ocho dieciséis.

Cuando no salen las cuentas temblamos.
La incertidumbre nos quema.
El anestésico local hace su trabajo y la hoja del bisturí también.
No hace falta demasiada disección para delimitar el perímetro y extraer el ganglio.
Aproximo el tejido con una sutura reabsorbible. Ouch.
Noto un pinchazo en el dedo.
Lo lamento en alta voz.
Lo siento doctor.
Tranquilo, es mi culpa.
Acabo el procedimiento y me despido.
Otra escultura del gimnasio le espera fuera.
En menos de una semana tendremos los resultados y le retiraré la sutura en la consulta.
Vuelvo a la sala y me quedo solo.
Empiezan las dudas.
¿Lo declaro?
Si lo hago empezarán las preguntas.
Querrán saber a quién me tiro, con qué me drogo, quién me da.
Porque si salgo positivo habrá que demostrar que fue por esto.
Me harán análisis y me ofrecerán pastillas para reducir el riesgo de infección.
Si lo cuento, me iré encontrando compañeros que me recordarán que a no-sé-quién le pasó lo mismo y que si la aguja no era hueca no me tengo que preocupar.
Si me tomo las pastillas me encontraré fatal. No podré operar, y es mi vida.

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¿Y en casa?
¿Se lo digo a la familia?
¿Me arriesgo?
No será fácil.

Claro que de follar me olvido, que los condones se rompen, que todos los fines de semana se llenan las urgencias por la noche por lo mismo.
Habrá que esperar el resultado.
Llegará el día y miraré con angustia un indicio en el gesto del mensajero que me adelante las noticias.
Si sale positivo dejo el quirófano para siempre.
No sé si me buscarán otro trabajo, porque como soy positivo no puedo poner en peligro a los pacientes. A una consulta.
O la gestión

¿Y si no lo declaro?
Maldita sea.
¿Por qué necesito saber que dos y dos son cuatro y cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho y ocho dieciséis?

Aún así, arriesgar para ayudar es un privilegio y no solidaridad. Los demás ni siquiera tuvieron opción a dudar.

Al amigo a quien no pude ayudar

Escrito en Diciembre de 2005

Otra vez me está pasando.

Sabes a lo que me refiero, eso que se me pone aquí, en el pecho, y que no, que no es un infarto.

Cuando me pasa, tú, que nos dejaste, y yo, que sigo aquí, sabemos por lo que es.

Otra vez, que todas las armas no sirven para nada. Y como aquel día en la habitación del Clínico, sólo nos quedan las palabras.

Recuerdo nuestra charla sobre el cielo que se ve desde el Pabellón Oncológico. Desde esas habitaciones el cielo de la sierra de Madrid es el horizonte del fracaso o de la liberación. Según se mire.

¿Recuerdas con que pasión hablamos del desierto? ¿Cuánto estuvimos? ¿Dos, tres horas? Hablamos de lo impresionante del cielo nocturno sobre el Sahara. Pero ni tú ni yo habíamos estado nunca allí. Y los dos sabíamos que nos estábamos engañando.

Luego cerraste los ojos y ya no volvimos a dirigirnos nunca más la palabra.

Pues siento esa angustia otra vez.

Dañados

Escrito en Mayo de 2006

En los dos últimos meses he tenido que intervenir en dos casos de intento de suicidio. Es una situación recurrente en la primavera. Eran dos seres humanos muy distintos en edad y situación, una en plena adolescencia y el otro en la madurez. Ambos decidieron – quizás sólo ellos sepan el motivo – saltar al vacio para solucionar sus problemas.

Tuvimos que arreglar sus cuerpos dañados, el tórax, el abdomen y múltiples órganos contundidos por el impacto contra el suelo. Con el esfuerzo de todo el equipo, conseguimos que los dos salieran adelante.

“¿Qué les digo yo ahora?” sueles preguntarte mientras te quitas los guantes y sales a hablar con la familia. Están desolados, angustiados, tristes. Les cuentas que todo ha salido bien y que, con un poco de suerte, pronto tendrán a sus hijos en casa. Pero da igual que los hijos sean jóvenes o mayores. En ambos casos intentas superar la idea de que esa gente, en un instante, ha pasado de una vida normal a cargar para siempre con una pena infinita. “¿En qué nos confundimos?”

Podemos arreglar esos cuerpos dañados y pretender que esas figuras que parecían en buena condición, pero que vistas de cerca contenían grandes grietas internas, vuelvan otra vez a la normalidad. Pero mi duda más grande cuando dejo a la familia y me quedo solo es: ¿Quién arreglará sus heridas invisibles?, ¿Cómo curaré yo las que me produce a mí todo esto?

Macarito

Vino la enfermera corriendo para avisarle de que había un niño “baleado” que acababa de llegar al consultorio. “Mierda” pensó. Lo último que le faltaba, tal como estaba la consulta, era tener que atender a un pequeño desangrándose. No era un problema de inexperiencia, porque afortunadamente el hospital de DF había tenido una sobredosis de adolescentes acribillados. Es que en este pequeño consultorio con una sala de hospitalización con 3 camas, donde además tenía que llevar a cabo los procedimientos quirúrgicos con la única ayuda de una enfermera, iba a ser imposible sacarle adelante.

“Bueno, vamos a ver qué es eso”

En la sala de espera no había ninguna camilla ni ningunos padres sujetando en brazos una criatura. Sólo vio a una mujer mayor y a un chaval de unos 10 años sentados tranquilamente, como esperando su turno.

– ¿Dónde está el niño baleado?- le preguntó a la enfermera mientras se encogía de hombros.
– Ese es, doc. Es Macario – le contestó apuntando con el dedo al crío tarahumara de ojos brillantes, sentado en la sala.

Los ancestros de Macario estaban emparentados con los apaches norteamericanos y su grupo habitaba en la región suroeste de Chihuahua, donde se organizaban en pequeños núcleos familiares. A los 14 años eran ya considerados adultos y celebraban fiestas tribales, de carácter cuasi-orgiastico, donde no era inusual el gran consumo de alcohol y las borracheras patológicas.

Cuando se acercó al niño, percibió un fino temblor que se extendía por todo su cuerpo, y le llamaron la atención unos ojos aún más brillantes de lo que había notado a distancia. Se inclinó levemente hacia adelante y le preguntó:

– ¿Qué te pasa? ¿Te duele algo?

El niño tarahumara no abrió la boca, sólo fijó su mirada en la cara del médico mestizo, vestido con una chaquetilla blanca, que se dirigía a él con unas palabras que no entendía. Fue la señora sentada a su lado la que se levantó y comenzó a hablar.

– Es mi sobrino, Macario, el hijo de mi hermana. Lleva varios días enfermo, con mucha temperatura y malos sueños. Debe ser grave doctor, porque ya no quiere jugar, con lo que a él le gusta. Y ni come. Pero perdónele doctor, es que Macarito casi no sabe hablar español. LLeva toda su vida en la montaña y trabajando sin ir a la escuela.

Volvió su cabeza de nuevo hacia el niño, revisó rápidamente con la mirada el pequeño cuerpo, y aún así no consiguió ver ninguna señal de una herida de bala ni en la piel al descubierto ni en sus ropas. No había sangre, no había restos de pólvora. Nada. Le pareció muy extraño, porque repasando mentalmente las palabras de la enfermera varias veces no tenía la menor duda de haber escuchado que había “un niño baleado”. Y eso significaba lo que significaba, y no otra cosa.

– ¿Qué le pasó al pequeño? ¿Me lo puede explicar él? O usted misma señora.
– Bueno doctor, me lo llevé de su casa a la mía hace diez días. Al principio Macario estaba bien, me ayudaba a subir la madera a los carros, se encargaba de limpiar el corral donde tenemos los animales. Y jugaba mucho con otros niños. Pero desde hace cinco días no se encuentra bien y ha ido empeorando – dijo la mujer.
– ¿Y no le pasó nada antes? ¿No se hizo daño o tuvo algún accidente? La enfermera me contó que le habían disparado.
– No, doctor. Fue un accidente, nada más. Pero ocurrió antes de venir a mi casa, así que no sé, no le puedo explicar, doctor.

Como no esperaba obtener más información de la tía de Macario, cogió de la mano al niño y le hizo un gesto para que le acompañara a otro cuarto. Una vez allí, la enfermera se encargó de tumbarle en una camilla, le quitó la ropa y le cubrió con una sábana en un intento inútil por evitarle la tiritona.

Acostumbrado a las evaluaciones urgentes en DF, el médico no tardó en repasar el pequeño cuerpo e identificar un orificio proyectil en la pared torácica de la axila derecha y otro orificio, más pequeño que el anterior, en la espalda, muy próximo a la escápula derecha. Sin duda, le habían disparado por la espalda. Parecía increíble que la trayectoria no hubiera dañado nada vital. El pequeño tarahumara no había visto a quien le disparó o se iba alejando.

No había signos de infección en los orificios, ni celulitis ni exudado, pero con sólo ponerle la mano encima se notaba que el crío estaba muy febril. El termómetro de mercurio, que la enfermera le había colocado previamente en la boca, confirmó la sensación con una lectura de 39ºC.

Macario no se quejaba. No decía nada, no abría la boca, no emitía el menor sonido de queja. No tenía nada que ver con lo que se podía esperar de un niño enfermo. Ni siquiera una lágrima cuando el médico aplicó desinfectante a las heridas e intentó sondar la trayectoria aún sin un poco de anestesia local.

Después de revisar la herida, sacó el estetoscopio que llevaba en el bolsillo derecho de la bata y lo aplicó a cada hemitórax del niño. En el derecho, en el mismo lado en el que había recibido el tiro, casi no se escuchaba el soplido del aire en el vértice, y sí un roce que aumentaba de intensidad con la espiración en la base. “Un hemotórax” pensó; y sin perder tiempo abandonó el cuarto, se dirigió la sala de rayos que había en el consultorio y de allí salió con un aparato portátil de rayos X.

Le llevó veinte minutos tener la placa revelada y con ello la certeza de que aquel hemotórax, seguramente producido por la lesión de un vaso de la pared costal, se había sobreinfectado y ahora Macario tenía un empiema. Casi sin pensarlo, preparó todo el equipo, sentó al crío en el borde de la cama y, con la destreza adquirida en las salas de Urgencias, realizó una pequeña incisión cutánea sobre el borde superior de la costilla inferior en el quinto espacio intercostal, a nivel de la línea axilar posterior.

La pinza de Crile fue dislacerando las fibras musculares de los músculos intercostales. El médico sabía que aquello era muy doloroso, tanto que algunos pacientes adultos gritaban y sufrían serias crisis vasovagales. Pero Macario permanecía sentado, sin inmutarse, únicamente agitado por el temblor que le causaba la fiebre. Al perforar finalmente la pleura, un liquido cremoso de color asalmonado empezó a brotar por la herida, lo que indicó el momento de introducir un tubo de toracostomía de 20F, que el médico fijó a la piel del niño con dos puntos de seda del 2 con aguja recta.

Macario quedó ingresado en la sala. El drenaje y los antibióticos fueron haciendo su efecto y día tras día fue mejorando, con menos fiebre y más apetito. Las palabras volvieron a su boca y pasaba horas jugando con la enfermera, que durante años de trabajo en la zona había aprendido lo suficiente de la lengua tarahumara. Sólo le visitaba su tía. Nadie más de su familia pasó por allí. Pero lo más sorprendente para el médico es que Macario ni lloró ni se quejó nunca.

Cuando el niño estaba casi listo para abandonar el consultorio, el médico decidió que tenía que saber lo que le había pasado y le pidió a la enfermera que le preguntara a Macario. El niño no dudó en explicar quién le había disparado.

El médico no pudo evitar la rabia. Aunque no estaba allí para juzgar a nadie, cuando la tía vino a recoger a Macario para el alta, se encaró con ella.

– ¡Me lo debía haber dicho! ¡Tenía que haberme dicho que fueron sus padres quienes les dispararon!
– Lo siento doctor. No me atreví por miedo a que usted nos denunciara. Se emborracharon todos, su papa, su mamá, la amante de su papá y un amigo. Para divertirse sacaron un rifle del 22 que tienen en casa y le dijeron a Macario que corriera. El obedeció y echó a correr entre los árboles. Le prometo doctor que yo no sabía nada. Le disparon varias veces hasta que, de repente, Macarito cayó. Yo misma le recogí del suelo, vi que tenía una herida junto al brazito derecho, lo cogí y cargué con él hasta mi casa. Pensé que se recuperaría sólo, pero cuando empezó a tener fiebre me asusté y le traje aquí.
– ¿Por qué lo permitió?
– Yo no estaba doctor. Vivo cerca de su casa pero no me gustan sus fiestas. Sólo salí a mirar cuando empecé a escuchar los disparos y fue entonces cuando vi a Macarito correr y caer al suelo tras un disparo – Y continuó casi entre sollozos – Pero le pido por favor que no nos denuncie. Si detienen a sus padres, él y sus hermanitos pequeños no tendrán quien les cuide y será peor para ellos.

Desde la puerta de la consulta se quedó mirando como los dos, la tía y el niño, se alejaban caminando de la mano. Macario había recuperado la salud física rápidamente y andaba tieso, como si no le hubiera pasado nada. Pero el médico no podía evitar preguntarse qué sentiría el niño al encontrarse de nuevo con sus padres y cómo sería su vida después de aquello.

Tecnología y naturaleza humana

Es muy descriptivo. «“Technology changes all the time, human nature hardly ever.”

Esta frase figura en el libro «The Net Delusion» (El engaño de la red) escrito por Evgeny Morozov.

Y está en nuestra naturaleza pensar que nuestras creaciones son «buenas» o «malas», que con ellas podremos conseguir una solución definitiva a todos nuestros problemas. Soluciones de calidad total para la política, la sanidad, el hambre, el placer, el amor, la muerte…

WRONGGGGGG!

No existe ningún camino que termine en la satisfacción total, absoluta y perfecta de todos nuestros deseos y necesidades.

Si buscan eso, vuélvanse hacia la Fe. Sólo el Cielo nos promote la satisfacción infinita en tiempo y forma. Pero para ello, primero tienen que morirse.

Piensa en Laura

life Nos conocimos hace ya años, cuando ella acababa de sobrepasar la veintena. Una cría, pensé la primera vez que la ví. La enviaba a mi consulta otro colega. La habían intervenido de algo aparentemente normal y resultó ser un tumor enorme que se extendía más allá de su sitio de origen.

Así que la intervine por segunda vez. Le quité parte del intestino. Y el útero y los ovarios. Así se las gastan los cirujanos oncológicos. Se llevan por delante todo lo que pillan. Laura se recuperó, se sometió a tratamientos muy intensos de quimioterapia, pero seguía viniendo a consulta cada 6 meses. Hasta que empezó a tener nuevos síntomas y hubo que decidir una nueva intervención. Esta vez hubo que quitar un implante tumoral de otra zona de su cavidad abdominal.

De nuevo Laura soportó el tratamiento, pero volvió a crecer el tumor y tuvo que aceptar una tercera intervención para intentar extirparlo. Y le quité el recto en la que no sería la última operación.

Llevamos entrando y saliendo juntos de quirófano 8 años, con una enfermedad que en otros tiempos hubiera acabado con ella en 6 meses. Ella lucha, nosotros también.

Les hablo de Laura porque la otra noche tuve que ir a Urgencias por un asunto familiar y allí estaba ella, tumbada en una camilla. A mí era difícil reconocerme, no llevaba nada identificativo. Intencionadamente. Pero Laura, al verme entrar en la sala, esbozó una sonrisa. Me dirigí a ella y me contó lo que le pasaba. No parecía nada grave, pensé.

Es una manera de aliviar la tristeza. Laura no ha llegado a los treinta todavía y sigue viviendo pendiente de nosotros, los médicos. Su vida ocurre alrededor del hospital.”

“Pienso en Laura y rio. No lloro. Sé que a ella lo prefiere así..”