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Accidentes del alma

¿Hasta dónde te puede llevar el deseo? ¿y la pasión? ¿y el dolor? Una de las cosas buenas de ser cirujano es que, de vez en cuando, compruebas de primera mano que te pueden llevar a cualquier sitio. Bueno o malo. Matar o morir. Imaginen a una mujer joven, al principio de la treintena, que por un enfrentamiento con el hombre al que ama decide tomar una medida radical: beberse un vaso de ácido sulfúrico para terminar c
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¿Han perdido un paciente alguna vez?

A Rafa. Todavía tengo tu teléfono Seguro que todos hemos perdido a un ser querido, bien sea por accidente o enfermedad. Pero pese a la proximidad emocional, ustedes no se habrán sentido directamente responsables. A los cirujanos eso no nos pasa. Casi todos, si nos dedicamos a esto de verdad, tarde o temprano, experimentamos personalmente la angustia de perder un paciente. Puede ser alguien muy conocido y próximo. O n
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Klint, Gustavo Klint

El vuelo de 10:30 horas en un Airbus 340 desde Madrid a Sao Paulo me dio para conocer a mi compañera de asiento, una joven suiza que viajaba desde Ginebra. La conversación empezó por algo normal; al irme a pasar la comida, la azafata golpeó mi copa de Rioja y todo el vino se me derramó por encima de los pantalones. Empezaron las risas, las lamentaciones y los gestos de complicidad. Por supuesto que no dejé que me lim
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La soledad del cirujano

¿Se han sentido alguna vez solos? No me refiero a faltos de compañía afectiva. Me refiero a solos ante lo imposible. Es esa sensación de vacio y silencio, en el momento en el que ya no valen las guías ni las sesiones clínicas, ni las opiniones de sus compañeros más expertos. Es la soledad de un individuo que tiene que tomar una decisión sobre la vida de otro, en cuestión de segundos, cuando pasa lo que nunca debería
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El hombre que quería ser una mujer lesbiana

Dios no se portó bien con él. Porque era creyente. Resultó evidente, desde un principio, que su vida sería un infierno. Así lo pensó la madre que lo parió mientras le sujetaba por primera vez entre los brazos. Si la infancia fue dura de soportar, ante la crueldad vestida de inocencia de los demás niños del colegio, la adolescencia fue el infierno. Su cuerpo creció cada vez más deforme. El se escondía mientras el dese
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iPhone 5

Me quedé mirándolo. No sabía qué hacer. Estaba con toda la ropa en la mano, intentando hacerme sitio en el probador. No podía apartar mi vista del flamante iPhone 5 que alguien había olvidado encima del taburete. Decidido. Cogí el dispositivo y miré hacia atrás. Quería asegurarme de que nadie me veía. Nada, nadie, ni una cámara camuflada sería testigo. Pero, a la vez, el corazón amenazaba con abandonarme. Estaba a pu
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Dañados

Escrito en Mayo de 2006 En los dos últimos meses he tenido que intervenir en dos casos de intento de suicidio. Es una situación recurrente en la primavera. Eran dos seres humanos muy distintos en edad y situación, una en plena adolescencia y el otro en la madurez. Ambos decidieron – quizás sólo ellos sepan el motivo – saltar al vacio para solucionar sus problemas. Tuvimos que arreglar sus cuerpos dañados,
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Macarito

Vino la enfermera corriendo para avisarle de que había un niño “baleado” que acababa de llegar al consultorio. “Mierda” pensó. Lo último que le faltaba, tal como estaba la consulta, era tener que atender a un pequeño desangrándose. No era un problema de inexperiencia, porque afortunadamente el hospital de DF había tenido una sobredosis de adolescentes acribillados. Es que en este pequeño consultorio con una sala de h
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Hugo

Me llamo Hugo de Andrés y tengo 50 años. Llevo aquí dentro desde los cuarenta y cinco, un diez por ciento del total de mi vida. Soy moreno, aunque ya tengo el pelo blanco. Ni alto ni bajo, ni gordo ni delgado. Uso gafas desde la infancia porque tengo miopía. Siempre me han dicho que mis ojos son diminutos, como dos puñaladas en un tomate. Pero no es cierto, porque si fueran pequeños no sería miope, sería hipermétrope
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Klint, Dr. Klint. Por supuesto

Era el verano de 1970. Sí, hace justo 39 años. El actual hospital de la Princesa tenía por nombre entonces “de la Beneficencia”. Eramos dos críos y coincidimos casualmente en la quinta planta, en uno de los Servicios de Cirugía, recuperándonos de dos intervenciones de urgencia (bueno, no exactamente, él una y yo dos). Como el hospital estaba en obras, y aunque los dos teníamos siete años, nos metieron en una gran sal
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