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Relatos cortos

Fascinación

– ¡No! – gritó Pietro al ver a Chiara abalanzándose sobre la mesa. Pietro Occhiobuono me había acompañado durante todas mis visitas a Roma en el último año. Se había ganado mi confianza incondicional; y sin temor a reconocerlo, me había fascinado. Por su belleza, que envidiaba. Por su cultura, que compartía. Por su interés en mi, que también compartía. Nunca rechazaba una oportunidad para encontrarnos, ch
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Boulevard Charlemagne

“Te envidio porque me tienes” le había dicho yo a Michaella antes de salir del hotel esa misma noche. Y a lo mejor iba a tener que lamentarlo, porque no parecía improbable que mi envidia terminara ahí, esa noche, en la Ostería. “¿Estará ella detrás de todo esto?” llegué a preguntarme. No podía contestarme negativamente. De hecho, me parecía muy plausible aquella conjetura. Nos habíamos encontr
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Zron

De repente, Pietro se olvidó de los “negocios” y comenzó a burlarse cruelmente de Vicenzo, de sus andanzas por la ciudad, de los accidentes de tráfico que acabaron con la vida de respetables miembros de la sociedad y la política italiana, de los robos y estafas que había llevado a cabo un hombre tan imbécil. – ¡Mira que intentar meterte en la cárcel por seis millones de euros! ¡Con todos los delitos
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Chiara

Me puse a rebuscar en la memoria. Quizá entre los recuerdos podría encontrar detalles que me sirvieran para rellenar los espacios en blanco. ¿Era Pietro real o sólo fachada? Por lo que me había dicho esa misma noche, Michaella le había puesto sobre mi pista; sin embargo, no nos habíamos encontrado por su mediación. Ni ella ni su nombre aparecieron en la primera conversación. Fue mucho más simple. Pietro acudió a una
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Hablemos en voz baja

Vicenzo hizo un gesto con su mano derecha en el aire. Le miré desconcertado. No entendía que significaba aquello. Debí ser el único, porque inmediata y simultáneamente, la camarera que nos había atendido se aproximó a la puerta para cerrarla desde dentro y las dos parejas dejaron de hablar entre ellos, se levantaron de su mesa y se sentaron en la nuestra. – Noi parliamo en bassa voce – me advirtió. Il Pro
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Francesca y Vincenzo

– La mejor, y yo diría única, manera de dominar a un hombre, cualquier hombre, no es el deporte, o los coches, o el trabajo, o el sexo – le susurré antes de llevarme una lámina de carne a la boca. Nadie nos miraba. Y continué – Si quieres acaparar su atención y tener una opción para controlar su voluntad, háblale con indisimulada admiración de él mismo. Aunque sea mentira, invéntate cualidades, atri
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Mozzarella, carpaccio, pasta y chianti

Alargué tanto la pausa ante su pregunta que la camarera tuvo tiempo de interesarse por nuestra selección del menú. – ¿Qué desean? – dijo, mirando a Pietro. – Necesitamos algo más de tiempo para poder elegir, si nos disculpa – contesté admirándola desde el desnivel de mi asiento. – Naturalmente – me dijo, no sé si en italiano o en español, volviéndose hacia mi. Sonaba igual. Casi co
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Rojos relativos

– Pietro, un gobierno de centroizquierda en Italia no podía resistir mucho. Son rojos relativos – le dije nada más colgar el teléfono. El me sonrió. Le sonaba a Tiziano, Rosso Relativo. – Eso decían en la Cámara, pero Prodi había soportado bien la situación hasta el otro día. Por eso le llamamos, doctor Klint. Nos habían informado de que usted era la persona ideal para mover todas las cuerdas a la v
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Tor Vergata

– Te invito a cenar. ¡Quiero que me cuentes más! – exclamó entusiasmado, con los ojos brillando, como un niño con un juguete nuevo entre sus manos – Será un placer, porque no me espera nadie y es triste cenar sólo en Roma – mentí; y según lo hacía, me di cuenta de que mis palabras podían estar resultándole ofensivas, aunque era cierto que prefería cenar con él. – ¿Dónde prefieres ir? 
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Klint y la navaja de Ockham

En la Piazza Navona había obras, como es normal en Roma. Y entre los materiales, de manera discreta, me había citado con un miembro del círculo íntimo de Il Profesore. – Pensé que te habías asustado y no vendrías – me susurró con un suave acento romano, a la vez que me arrastró por la chaqueta para apartarme de un foco que, con una luz de tono marfil, iluminaba el lugar. No era conveniente que nos vieran
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