El buen odiar

En Manaure, donde la sal se come la tierra y la tierra se la devuelve al viento, vivía un hombre que odiaba bien.

Se llamaba Eliécer. Tenía las manos grandes, los ojos quietos y una memoria que no perdonaba. La gente del pueblo decía que Eliécer cargaba su rencor como otros cargan agua, con las dos manos, sin derramar una gota, desde lejos.

Su enemigo se llamaba Rosendo.

Nadie recordaba el origen de la cosa. Unos decían que fue por una cerca movida tres palmos hacia el norte. Otros contaban que fue por una mujer de ojos negros, piel morena y pechos firmes, que al final no se quedó con ninguno de los dos. Los viejos murmuraban que el odio entre ellos ya existía antes de que nacieran. Que sus abuelos lo habían sembrado sin pensar demasiado en lo que va a crecer. Como se siembra el maiz.

Eliécer odiaba a Rosendo de lunes a domingo. Y, religiosamente, los domingos un poco más, porque Rosendo cantaba en la plaza y la gente lo aplaudía. Las chicas le miraban y daban brinquitos de alegría. O de placer. Eliécer sentía que cada aplauso le arrancaba algo.

Un martes de agosto, con el calor pegado al cuerpo como una segunda piel, Eliécer fue a ver a la vieja Casilda.

Casilda vivía al borde del desierto, donde los cardones crecen torcidos y las lagartijas hablan entre ellas en un idioma que solo entienden los niños y los locos. Tenía ciento y tantos años. Nadie sabía cuántos. Ella misma había dejado de contar después de los noventa porque le pareció una falta de respeto seguir contando lo que ya no le pertenecía.

Eliécer le dijo: «Casilda, necesito algo para destruir a Rosendo.»

Casilda no lo miró. Estaba trenzando una hamaca con fibra de maguey. Los dedos se le movían solos porque la hamaca se iba tejiendo a sí misma. Los dedos de la vieja eran meros testigos.

«¿Destruirlo cómo?» preguntó.

«Como se destruye lo que hace daño. De raíz.»

Casilda se rio. Una risa seca que sonó como piedras cayendo sobre piedras, mientras un silbido irónico brotó entre los dientes que le faltaban.

«Siéntate,» le dijo. «Te voy a dar lo que pides. Pero primero vas a hacer algo por mí.»

Le dio un morral de cuero y una instrucción: «Ve a la casa de Rosendo. No le hables. No lo toques. Solo míralo. Míralo un día entero. Desde que se levanta hasta que se acuesta. Trae el morral lleno de lo que veas.»

«¿Lleno de qué?»

«De lo que veas.»

Eliécer pensó que la vieja había perdido el juicio. Pero fue.

Se escondió detrás de un trupillo seco, frente a la casa de Rosendo, antes de que saliera el sol. El morral vacío sobre las rodillas.

Vio a Rosendo salir al patio. Lo vio quedarse quieto un rato largo, mirando el cielo como si esperara algo que nunca llegaba. Lo vio darle agua a un burro viejo con una ternura que Eliécer no había visto en nadie. Lo vio sentarse a remendar una camisa con las manos torpes de quien nunca aprendió bien porque nunca tuvo quien le enseñara. Lo vio comer solo. Arroz blanco y plátano. Nada más. Lo vio hablar con un perro flaco como si el perro fuera la única persona que lo escuchaba de verdad. Lo vio quedarse dormido en la hamaca con la boca abierta y un brazo colgando.

Cuando cayó la noche, Eliécer volvió donde Casilda.

«El morral está vacío,» dijo.

«No,» dijo Casilda sin mirarlo. «Está lleno. Ábrelo.»

Eliécer abrió el morral. Adentro había algo que pesaba, pero no se veía. Lo volteó sobre la tierra. No cayó nada. Pero sintió un golpe en el pecho. Un golpe blando de cosa viva.

«¿Qué es esto?»

«Es Rosendo,» dijo Casilda. «El de verdad. El que no conocías.»

Eliécer se quedó callado un rato largo. El desierto respiraba a su alrededor. Los grillos hacían su trabajo de grillos.

«Ahora,» dijo Casilda, «ve otra vez. Mañana. Y pasado. Y todos los días que te queden de odio.»

Eliécer fue al día siguiente. Y al otro. Y al otro.

Vio a Rosendo llorar una noche, sentado en el suelo de la cocina, con la cabeza entre las manos. No supo por qué lloraba. No le importó saberlo. El llanto fue suficiente.

Vio a Rosendo regalar pescado a la vecina que tenía cinco hijos y ningún marido. Vio a Rosendo quedarse despierto hasta tarde tallando un pedazo de madera que poco a poco tomó la forma de un pájaro. Un pájaro que nunca iba a volar pero que Rosendo tallaba como si pudiera.

Al séptimo día, Eliécer volvió donde Casilda.

«Ya no puedo,» dijo.

«¿No puedes qué?»

«Odiarlo del todo.»

Casilda dejó de trenzar. Lo miró por primera vez. Tenía los ojos del color de la sal vieja.

«Ahora eres peligroso de verdad,» le dijo.

Eliécer no entendió.

«El que odia es ciego,» dijo Casilda. «Corta a oscuras. Pega donde puede. A veces acierta. Casi siempre se corta a sí mismo. Pero el que comprende, ese ve. Y el que ve puede elegir dónde poner el filo.»

«¿Y si no quiero poner el filo en ningún lado?»

«También puedes elegir eso. Pero ya no es porque no puedas. Es porque no quieres. Ahí está la diferencia. Ahí está toda la diferencia del mundo.»

Eliécer bajó del cerro. Cruzó el pueblo. Pasó frente a la casa de Rosendo. Rosendo estaba sentado en la puerta, tallando el pájaro de madera.

Se miraron.

Eliécer no lo saludó. No lo abrazó. No le pidió perdón ni se lo ofreció. Pero lo miró distinto. Lo miró entero. Lo miró como se mira a alguien que existe de verdad y no solo como sombra que proyecta tu propia rabia.

Rosendo sintió algo. No supo qué. Dejó de tallar un segundo. Después siguió.

Eliécer siguió caminando.

Nunca fueron amigos. Nunca se sentaron a tomar café juntos. Nunca resolvieron lo de la cerca ni lo de la mujer ni lo de los abuelos.

Pero Eliécer dejó de cargar el agua con las dos manos. La dejó caer. Se secó al sol. Se la tragó la tierra.

Y cuando Rosendo cantó el domingo siguiente en la plaza, Eliécer no aplaudió.

Pero tampoco le dolió.

Dicen los viejos de Manaure que Casilda murió un jueves de brisa, sentada en su silla, con una hamaca a medio tejer sobre las rodillas. Dicen que la hamaca se terminó de tejer sola durante la noche. Dicen que quien se acuesta en ella sueña con sus enemigos. Pero los sueña de verdad. Los sueña enteros. Los sueña humanos.

Y cuando despierta, sigue sabiendo decir que no.

Pero ya no necesita el odio para decirlo.