Clasificación de las Hemorragias

Hoy me han recordado este post que Gustavo Klint escribió en el blog «Panorama desde el Puente», coincidiendo con un viaje a Colombia en Diciembre de 2008.

4 de diciembre de 2008 – Bogotá

Hoy Mayol ha estado a lo suyo. Después de la conferencia sobre hemorragias intraoperatorias, ha sido entrevistado para un canal de televisión en Bogotá. Y luego, mientras visitábamos el Museo del Oro, de nuevo hemos tenido que interrumpir la visita para que fuera entrevistado telefónicamente para Radio Caracol.

Pero eso no es lo que venía a contarles.

Lo interesante ha sido ver la reacción de sus colegas cirujanos cardiovasculares colombianos ante la denominada Clasificación de Mayol de la Hemorragias Intraoperatorias, que básicamente se divide en cuatro grandes grupos:

Grado I: Quién me mandaría operar a este paciente
Grado II: Quién me mandaría venir hoy
Grado III: Quién me mandaría hacerme cirujano
Grado IV: Quién me mandaría nacer…

Esta clasificación ha sido modificada, durante su conferencia, en lo que vendremos a llamar Clasificación de Mayol Modificada o Clasificación de Bogotá de la Hemorragia Intraoperatoria, para contemplar un quinto y dramático grado:

Grado V: Qué pena no haberme muerto chiquito.

Bueno, dejando las bromas a parte, empiezo a estar cansado.

Mayol no parece sufrir pero yo ahora puedo entender como se siente la gente que sale de gira.

Cada día una cara nueva, una actividad nueva, un hotel diferente, una sonrisa más que marcar en la cara…

Me aburro

Escribo
Invento
Corrijo
Lo dejo
Me aburro
¿De qué va el vídeo?
Lo busco
Lo veo
Monótono
Plano
Me aburro
Algo que leer
Dos páginas
Rimbombantes
No avanza
Me aburro
Música
La escucho
Canto
Me aburro
Ideas
Tuiteo
Contestan
Debate
Me aburro
Dolor
Recuerdo
Escribo
Invento
Corrijo
Lo dejo
Me aburro

Alexandra

Pensé en llamar a Alexandra.

Tan desesperado estaba como para que se me ocurriera hacerme con uno de los móviles de mis compañeros de huída, que ahora también eran mis secuestradores, discretamente, y marcar su número, que sólo guardo en la memoria para que nadie más lo conozca. Luego restauraría el teléfono a su configuración original. Seguro que levantaba sospechas, pero no podía arriesgarme a que cualquiera de ellos revisara el historial de llamadas y pudiera identificarla.

Afortunadamente, no había posibilidad de que no recordara las cifras. No las olvidaría nunca. Ese teléfono era para nuestro uso exclusivo. Nadie más conocía su existencia. Y prometimos usarlo en situaciones desesperadas. Pero ¿acaso esta no lo era?

¿Y qué le diría? «Dile a tu marido que hable con el Cónsul o con el Embajador y que sepan que me han secuestrado, pero no del todo. O no secuestrado, sino retenido en contra de mi voluntad» no me parecía apropiado. «Llama a tu amiga, la mujer del Cónsul, y dile que necesito cobijo en la embajada de Austria» era un doble tiro en el estómago. O una ruleta rusa, porque era mejor que no supiera que la mujer del Cónsul me conocía, ni que yo estaba al tanto de los juegos que se traía Andrea con el bronceado embajador austriaco.

Rápidamente, concluí que de decidirme por algo era mejor escapar y fracasar, o morir acribillado en un callejón romano, que hacerla pasar por eso.

Nadie podía albergar la más mínima sospecha de que Alexandra della Rovere y yo nos conociéramos, más allá de ver como nos dábamos unos breves besos protocolarios, cuando coincidíamos en la Embajada de España en Roma durante alguna de las fiestas. Ella siempre aparecía ingrávida, envuelta en sorprendentes vestidos largos, monocromáticos, negros, o rojos o blancos, con un largo pelo castaño apoyado sobre uno de sus hombros hasta el pecho, el cuello alargado y esbelto, el rostro simétrico con ojos brillantes y claros, y esos voluptuosos y prominentes pómulos, su boca de amplios labios rosados marcada por una sonrisa. Sería ingenuo pensar que alguien podría fijarse en mi estando en su presencia. Yo sólo me acercaba a ella, apoyaba mis mejillas en las suyas, alternándolas, y susurraba en su oído, «Te amo». Su cuerpo no respondía con gestos reconocibles para nadie de los que nos rodeaban. Ni siquiera su marido. O eso me parecía. En ocasiones, me convencía a mi mismo que Valeria me superaba en la capacidad de control emocional. En otras ocasiones dudaba; cabía la posibilidad de que no se contuviese en absoluto y que, simplemente, no me amase a mi.

Esa mujer no era una persona convencional, aunque sí una dedicada madre con tres guapísimos críos tras diez años de matrimonio con el agregado cultural, un abogado experto en arte, de una familia española muy tradicional. Los della Rovere descendían de una estirpe noble cuyos orígenes estaban en la ciudad de Savona. Y solía contar, orgullosa, que entre sus antepasados estaba el Papa Julio II, Giuliano della Rovere. Eso les abrió las puertas del Vaticano para su boda. Subió las escalinatas con un vestido blanco marfil con una cola de dos metros. La bajó con un anillo marcado con su nombre y la fecha. A la familia de él la trajeron desde España. Los de ella vinieron de todos los rincones de Italia. Y lo celebraron durante dos días y dos noches, sin descanso.

Pero sobre todo y primero de nada, Alexandra era la única persona que me ayudaba secretamente a no desesperar, a cualquier hora, en cualquier situación, en cualquier lugar del mundo. No había en ella nada más bello que lo que me transmitía con su voz, como música para mi alma en tiempos de insoportable soledad. Mi gusto por el tono y el ritmo de las voces femeninas viene, sin duda, de las tardes que pasamos en la Opera de Viena, cuando mis padres me obligaban a acompañarles y luego íbamos al café del Hotel Sacher, justo enfrente, a comer tarta. El chocolate me encantaba y de ello daban fe mis mofletes embadurnados de negro, pero no soportaba las conversaciones de mis padres sobre las actuaciones de las divas. Me parecían horrendas. Es más, nunca he sabido identificar los distintos tipos de voces, ni diferenciar una contralto de una mezzosoprano o de una soprano. O me seducían o me parecían estridentes. Como con Valeria. En su caso, lo único importantes es que al escucharla se calmaba mi ansiedad y se aclaraban mis ideas. Las ordenaba casi espontáneamente. El sonido de sus palabras aumentaba mi amor por ella y su imagen en mi fantasía se expandía ilimitadamente.

Nuestro primer encuentro fue por pura casualidad. O una broma del destino.

– ¿Me podría indicar dónde está la Embajada de España? – pregunté, sin esforzarme lo más mínimo en intentar hacerlo en italiano, a una mujer vestida toda de negro y con el pelo recogido en un moño tirante, que resaltaba la perfección de sus rasgos. Me crucé con ella en la vía dei Due Macelli. Me habían indicado que la Embajada se encontraba por allí.

– ¿La Embajada de España en la República Italiana o ante la Santa Sede? – y al escucharla responder en castellano me desconcerté.

– Pues, la de la República Italiana – dudé al contestar

– Entonces acompáñeme. Tenemos que ir a la Piazza Borghese – y con su mirada me provocó une escalofrío que aún se repite en las noches en que recibo alguno de sus mensajes de voz.

Mientras recorríamos los 700 metros de distancia que separaban ambas plazas a lo largo de la vía Condotti, nos presentamos. Más bien, ella se presentó y yo la admiré.

– Y usted, señor Klint, ¿a qué se dedica? – susurró. Y como Dickens en David Cooperfield, le narré que nací y crecí, me hice cirujano, me manché las manos de sangre…. pero no supe lo que era la vida hasta encontrarla a ella.

– Dr. Klint es usted un zalamero. ¡No hace ni diez minutos que nos conocemos! Seguro que con su aspecto austriaco y sus palabras envenenadas, habrá miles de señoras Klint por el mundo pensando «¿Seré yo señor, seré yo?» y dispuestas a seguirle hasta el infinito y más allá, como repite mi hijo mayor cuando termina de ver Toy Story.

Al verla caminar por la estrecha acera de Condotti, mientras me regañaba por mi atrevimiento, me preguntaba a mi mismo cómo Alexandra della Rovere podía mantener el equilibrio con unos zapatos de tacón de alfiler. Pronto me di cuenta de que no los apoyaba. Casi flotaba, de puntillas. La falda, muy estrecha, le impedía dar pasos largos.

También me pregunté, mientras se despedía de mi, cómo podría seguir viéndola. O cómo no verla nunca más y no volverme loco.

Pasó el tiempo rápido, entre visitas a escondidas, llamadas sin rastro, VPNs que derivaban mi señal de internet para que nadie pudiera rastrear desde donde le mandaba mis mensajes, y mucho deseo contenido, al menos por mi parte. Pasó el tiempo hasta llegar a hoy. Y no me he vuelto loco, porque me contuve como nunca hubiera hecho una diva de cualquier ópera de Giacomo Puccini. Lo primero. Y porque no nos dejamos de ver ya nunca, desde ese primer encuentro.

Alexandra se convirtió en mi guía por el mundo de la diplomacia en Roma y en el Vaticano, y en mi fuente de información, sensible e insensible, que resultaba imprescindible para simplificar mi plan de acoso y derribo al gobierno italiano. Esa tarea que tanto me excitó terminó siendo la pesadilla que me tenía ahora sujeto por cuerdas invisibles, como una marioneta, manejada por el Il Cavaliere y los suyos.

Mientras estaba en esa situación, retenido, prefería evitar sus recuerdos, cualquier mínimo detalle que me hiciera echarla de menos. Porque lo intenté obstinadamente, le fui sincero. No cabía duda, por ella lo hubiera dejado todo. Le di la oportunidad de retirarme, sólo tenía que hacer una señal. Y no quiso. Ella cargará con la culpa de todo el sufrimiento que se desató. Durante el resto de sus días. Porque reconozco que fui yo quien la convirtió en la medida de todas las cosas. Pero a partir de ese momento, no dejé de preguntarme si alguna vez había sido amado.

De repente, me di cuenta de que estaba bloqueado, metido en un círculo que sólo empeoraba con cada nuevo pensamiento. Me dije a mi mismo «No pienses en ella. Cuenta.. uno, dos, tres, cuatro… Elimina los recuerdos» Lo hacía desde pequeño, y eso me daba un toque frío y calculador. Pero o los borraba o sería muy improbable que saliera de ésta. Era momento de pensar y luchar por la supervivencia, porque los otros tres, Pietro, Chiara y Michaella, no parecían tan perturbados por el asunto como a mi me parecía que debieran.

El mundo nunca es suficiente

Ella tiene una vida perfecta, pero a veces el mundo no es suficiente. Ni siquiera para ella.

Cuando se levanta por las mañanas piensa que sólo es un día más. Toma su café y sale a vivir la vida.

En su casa, con su marido, con sus hijos. Lindos. Rebosantes de energía. Que corren, saltan, gritan, cantan, juegan.

Y su profesión, llena de responsabilidades, de reuniones y de compromisos.

Los retos son diarios, pero se ahoga en el sitio en el que está.

En su presente.

En la certidumbre de la lógica.

Los que la rodean la matan de cotidianidad. De más de lo mismo. Paz y amor, hermanos.

El mundo no es suficiente para ella, aunque es el sitio perfecto para empezar una nueva vida.

Y un nuevo amor.

Después de mucho buscar, encontró alguien que la lleva por el mundo.

Sin salir de casa.

Sus ojos son los de ella.

Comparten las palabras y los sonidos que salen por su boca.

Piensan juntos, actúan juntos.

Incluso sufren juntos.

«No tiene sentido vivir si no te sientes vivo»

Némesis

El tiempo que pasamos en Nueva Orleans nos desquició a las dos. Trabajar bajo tanta presión, controlando a miles de personas como si sus vidas no valiesen nada, decidiendo cuando entraban o salían despedidos sin misericordia, fue causando pequeñas heridas internas, que confluyeron más en mi interior que en el de Rut. A ella le dolían, y tomaba su tiempo y las medidas adecuadas para curarlas. Luego intentaba ayudarme a mi. Pero yo no experimentaba dolor, por la maldita anodinia; sí sentía que con cada despido masivo me arrancaban grandes pedazos de carne, como si fuera la presa de un depredador insaciable. Mi cuota de sufrimiento era proyectada en «el bobo», humillándole a su gusto, o en decenas de hombres como él, de los que frecuentaban los clubs. No era difícil prever que en algún momento todo saltaría en pedazos.

Mi jefe me había reclutado en Londres, tras un ejercicio de selección que más pareció una rueda de reconocimiento del IRA. No me extrañaría que de ahí vinieran sus capacidades. Las mías las probó hasta que no quedó duda de que mi formación no se podía comparar con nada. La mujer perfecta, tomando decisiones sin sentir remordimientos. Entonces fue cuando me propuso irme a la sede de la petrolera en Louisiana, porque quería que alguien de la máxima capacidad y confianza supervisará sobre el terreno toda la política de personal de las plantas del Golfo de México.

No confiaban en los «locals». Los británicos tienen una larga tradición de no confiar en los «locals». En muchas ocasiones, incluso sembraron la duda y el odio interno para controlarlos.

Y fríamente me lo comunicó, con su acento posh de Eaton, cuando me entregó un billete para Estados Unidos. Y añadió algo más.

– Puedes elegir a una persona de confianza para que te acompañe y te ayude. Es todo lo que te concedemos.

Elegí a Rut, la compañera fiel, mi compañera de estudios de psicología avanzada. No sabíamos, al empezar el viaje, que viviríamos intensamente, una junto a la otra, durante años; ni que yo descubriría una parte oculta de mi, que permanecía aletargada hasta entonces; ni que yo conocería al bobo, cuyo cadáver encontrarían en el Mississippi, junto a un centro comercial; ni que yo heredaría la fortuna del bobo, un chico aburrido de familia rica de la Costa Este.

Tampoco yo sabía que un día, después de aquel concierto de Alejandro Fernández, desaparecería sin explicaciones, dejando de estar disponible. Me temí lo peor, sin tener ninguna pista.

Y ahora, a través de ese teléfono móvil, era mi némesis.

Rut

Rut, por qué me haces esto? √√

Me abandonaste, como a un pobre
animal

No tuve la culpa √√

Ya no valen las excusas

Deja este estúpido juego √√

Fui tu compañera fiel

Olvídate de mi √√

De ninguna manera

Sabes lo que te juegas? √√

Me quedé esperando su contestación durante un tiempo interminable, pero sin recibir ningún mensaje. Por más que miraba la pantalla, no había ninguna señal que indicara que estaba conectada a la aplicación. Me empezó a doler la cabeza mientras amontonaba dentro, a un ritmo frenético, todo tipo de posibles explicaciones y alternativas.

Rut, compañera fiel en hebreo, una mujer rubia, proprocionadamente alta y desproporcionamente inteligente, había sido la única persona en la que había confiado desde que coincidimos en un curso de predictive programming, nada más terminar la universidad. Sin contar con mis padres. Afortunadamente, conseguí que viniera conmigo cuando la petrolera me puso al frente de su departamento de recursos humanos en el Golfo de México. Vivimos mucho y bien, durante muchos años. Me ayudó a mantener el equilibrio cuando todo parecía tambalearse y a deshacerme de tantos hombres que no terminaban de entender que los juegos juegos son, una vez que me quitaba la peluca negra y soltaba las cadenas. Fuimos inseparables hasta justo después de aquel concierto de Alejandro Fernández en Madrid.

Bruscamente cambió. Empezó a juzgarme. Me recriminaba un estilo de vida con el que ella había sido cómplice.

Satanás

Y llegó una nueva vibración.

«No hay nada más triste que
el silencio y el dolor»

¡Eres tú! √√

Ya no pude contestar más. Habían desaparecido todas mis dudas, mágicamente, porque sólo una persona utilizaría un mensaje así para desvelarme su identidad y, simultáneamente, desarmarme. Era irrelevante preguntar cómo había dado conmigo, ni quién le había dado mi número de teléfono. No cambiaría nada.

Esa línea de una canción que cantó Miguel Gallardo hace tanto tiempo, «No hay nada más triste que el silencio y el dolor», a mi sólo me recordaba la voz de Alejandro Fernández. «Nada más amargo que saber que te perdí». Me daba igual la presencia de Christina en el vídeo.

Ese mensaje me llevaba de vuelta al 19 de Julio de 2014. Hacía mucho calor por las calles de Madrid, pero no tan agobiante como el que padecimos en Miami, sin esa humedad que asfixia porque hace denso el aire. Habíamos estado disfrutando una semana allí antes, entre «Plastic fantastic» y Art Decó. Desde que nos separamos en Nueva Orleans, sólo coincidíamos para estas aventuras.

Habíamos atravesado la península de la Florida en un Ford Mustang descapotable, a toda velocidad. Entre charcas, pueblos escondidos, prisiones de alta seguridad y carreteras a medio asfaltar. De Orlando a Coral Gables, pasando por Kissimmee. De Daytona Beach a South Miami Beach.

Teníamos un plan perfecto. Lo habíamos estado preparando durante días entre risas y cocktails, con noches de fiesta interminables y cirujanos plásticos con la mano de dios. Unos amigos comunes nos sirvieron de guía por la ciudad y llave de entrada a sitios donde no brilla el sol.

Habíamos coordinado nuestros vuelos, el hotel, los desayunos, las comidas y las cenas, incluso nuestras visitas a la familia, los besos, los abrazos y las lágrimas.

Nos habíamos empeñado en asistir al primer concierto de Alejandro Fernández en el Palacio de Deportes en Madrid, entre miles de otras mujeres que no disimularían su pasión por el Potrillo, la misma que sentíamos por lo que íbamos a hacer.

No te has olvidado?

Te recuerdo cada día √√ – me costó responder. Tenía un terrible sensación de opresión en la garganta.

Ahora estás en mi poder

No te entiendo √√

Ahora lo tengo todo de ti.
No podrás abandonar.

Lo siguiente fue un archivo. Era una foto del aeropuerto de Orlando antes de embarcar.

Dame tormento

Por mucho que me gusten los juegos, éste me intranquilizaba; desconocía las reglas. Y no era un maldito juego. ¡Joder! ¿Por qué? ¿Sólo por haberme apropiado de un iPhone 7? De ninguna manera. No era una broma inocente. Ni un error. Con mis fotos, las que nadie debería tener. Nunca he sido una mujer temerosa. Ni tímida. Ni condicionada por la vergüenza a exponerse. Lo mío es más un asunto de control.

La incertidumbre sobre la naturaleza de la partida era causa suficiente para que me encontrara incómoda y perdida. Peor era el hecho de no saber con quién estaba tratando. Me atormentaba

¿Debía abandonar? Seguro. Pero no podía porque ni siquiera dependía de mi. A la vez, algo dentro me impulsaba a seguir investigando para conocer la verdad. Porque si no, nunca descansaría, no habría un momento de paz en mi cabeza.

¿Un hombre? ¿Una mujer? ¿Quién? Quizá debía volver mi memoria hacia Nueva Orleans, a aquellos años en los que vivía sólo para experimentar. ¿Cómo recordar algo que se remonta casi quince años atrás?

La memoria la guardo en cajas exóticas, como los zapatos, mis pendientes, los suéter, las fotografías en el ordenador o los expedientes sobre todas las personas que he entrevistado a lo largo de mi vida profesional. Todo, menos mis recuerdos, está en mi casa. Bueno, lo digital tampoco. En realidad reside deslocalizadamente en algún lugar de la República Checa, Brasil, Bélgica o la República Srpska. Todo codificado y clasificado. Incluso con una fotografía en el exterior de las cajas de zapatos, para saber lo que se esconde dentro sin tener que abrirlas.

Mis recuerdos son imágenes. No tienen texto, pero si contexto emocional, que resulta imprescindible para la atribución de significado. Y para hacerlos accesibles a los demás, si decido compartirlos. Además, todo tiene su orden. Cada caja está en mi armario mental. Son cajas de marfil, serigrafiadas con motivos que aluden a la naturaleza de los eventos que almacenan. Eso me hace muy fácil localizarlas en las estanterías que distribuyo en cuatro de mis lóbulos cerebrales, temporal derecho e izquierdo y parietal derecho e izquierdo. Los frontales los dejo libres. Esos son para crear y disfrutar. Allí sólo mezclo y elaboro conexiones para fabricar nuevas situaciones. No me gustan que me restrinjan, por ello simulo el futuro. Y al hacerlo, lo creo. Sólo vivo lo que ya ha funcionado en mi cerebro. De esa manera, no hay frustración, ni fracaso, ni desilusión.

Cualquier cosa que me ocurra, ya la he vivido antes. Por eso este juego me descentra…. ¡Dame tormento!

Sin dolor

Seguro que sabes que no es lo
mismo no sentir dolor que no
sentir
2:10

No entiendo lo que me dices
2:12 √

No sé quién eres. Ni dónde nos
conocimos
2:12 √

Me dices tu nombre?
2:12 √

Había llegado el mensaje justo después de que me hubiera quedado dormida encima del teclado. Agotada, tras pasar horas buscando pistas en servidores, en archivos compañías telefónicas y, también, en el «deep internet».

Me había despertado con la vibración. Y eso suele exaltarme. Las respuestas me salieron sin pensar. Estaba empezando a hartarme, a desesperarme, a rendirme.

La frustración fue creciendo según veía que no aparecían los dos «checks» en mis mensajes enviados. No habían sido entregados al dispositivo y el estado había desaparecido de la parte superior de la aplicación, justo debajo del número. Quien fuera, había apagado su teléfono. O se había quedado sin batería. O, simplemente, me estaba ignorando para que perdiera el control.Estaba perdida.

No me dolía nada, como siempre desde que recuerdo, pero podía sentir que me costaba meter suficiente aire en los pulmones.

De repente, me llegó una nueva fotografía.

Intercambio de piezas

Los mensajes me llevaban de regreso a Nueva Orleans, con el bobo, mi juguete para las fiestas en las que nosotras paseábamos a los corderos, desnudos, en silencio, con las pupilas dilatadas y centelleantes. En la oscuridad.

Una compañera de la Facultad de Psicología, con la que compartí tardes de estudio y noches de fiesta, solía decirme al darse cuenta de que me gustaba un chico, «Meralgia, no hay nada de malo en tropezar dos o más veces con la misma piedra. Lo malo es que te termines encariñando con ella».

Nunca me había pasado con las personas, desconfiaba. De hecho, a las que habían sido importantes en mi vida no les tenía especial aprecio, descontando a mis padres. Sin embargo, estaba empezando a sentir algo con esos malditos mensajes. O por lo que contenían. Me iban obsesionando cada vez más. Y como dice la canción: «Cuando crees en cosas que no entiendes, sufres».

Repentinamente, me sentí liberada. Hice lo contrario a lo que había estado pensando, teclee un mensaje en Whatsapp, «Qué quieres de mi?».

Es más simple preguntar lo que desconoces que torturarse imaginando. Ser directa tiene sus riesgos, pero esconderse muchos más.

– Lo que tú quieras darme – apareció en la pantalla bloqueada de mi iPhone 7, porque ya lo sentía mío.

– Cómo puede ser eso? – No esperé para contestar. Quería que aquello fuese algo más que el intercambio de mensajes inconexos. Si conseguía una conversación, mis habilidades, desarrolladas a lo largo de años de entrevistas profesionales, me ayudarían a descifrar el misterio.

– Es lo que llevas tú haciendo a los demás

– A qué te refieres?

– A que te conviertes en lo que los demás desean. Por eso eres tan buena en tu trabajo.

– Cómo conoces mi trabajo?

– Lo he experimentado – Por fin una clave. Había un vínculo por el que poder investigar.

– Pero qué tiene que ver eso con mis fotografías? y este teléfono?

– Lo irás descubriendo, porque ninguno de los dos queremos dejar de mandarnos mensajes.

– Me dirás tu nombre, al menos – estaba intrigada

– Nómbrame tú 🙂