Inteligencia vs. riqueza: la paradoja

En España existe una relación ambivalente con la inteligencia y con la riqueza. Admiramos una y deseamos la otra, pero no otorgamos a ambas el mismo significado moral.

Ser inteligente suele considerarse una cualidad. Nadie siente la necesidad de ocultar que una persona posee una gran capacidad intelectual. La inteligencia académica, científica o profesional despierta respeto. Incluso orgullo cuando pertenece a alguien cercano. Sin embargo, tiene una característica particular: resulta difícil apropiarse de ella. No se roba inteligencia. No se transfiere mediante una operación financiera. No basta con desearla para poseerla.

La riqueza funciona de otra manera.

El dinero representa capacidad de elección, seguridad, poder y posición social. Es visible. Permite comprar casas, experiencias, tiempo, influencia y reconocimiento. Por eso genera una comparación social mucho más intensa.

Aquí aparece una primera contradicción.

En España existe cierta sospecha cultural hacia quien acumula riqueza. Con frecuencia preguntamos cómo la consiguió antes de preguntarnos qué hizo para conseguirla. El empresario exitoso puede despertar más recelo que admiración. El enriquecimiento rápido activa inmediatamente la sospecha de privilegio, contacto, especulación, corrupción o abuso.

No siempre sin razón. Nuestra historia económica y política ofrece suficientes ejemplos de patrimonialismo, clientelismo, tráfico de influencias y enriquecimiento ligado al poder como para que esa desconfianza tenga raíces sociales comprensibles.

Pero ocurre algo interesante.

La riqueza se critica y, al mismo tiempo, se desea.

Ahí aparece la envidia.

No necesariamente como sentimiento consciente. Más bien como mecanismo de comparación. El problema no es que alguien tenga mucho. El problema aparece cuando su riqueza modifica nuestra percepción de nuestra propia posición.

La inteligencia produce menos ese efecto.

Uno puede encontrarse con un físico extraordinario, un cirujano excepcional o un matemático brillante y aceptar su superioridad intelectual sin que ello altere demasiado la propia identidad. Podemos pensar: “es mucho más inteligente que yo”.

Pero cuando alguien de nuestro mismo entorno social multiplica su patrimonio, compra una gran casa o alcanza una posición económica elevada, la pregunta cambia.

“¿Por qué él y no yo?”

La distancia económica se experimenta de forma diferente a la distancia intelectual.

Porque el dinero pertenece al terreno de lo imaginable.

Uno sabe que nunca será Einstein. Pero puede imaginarse conduciendo el coche del vecino.

Y aquello que podemos imaginar poseyendo genera una forma distinta de deseo.

De ahí surge otra paradoja española.

Podemos considerar moralmente sospechoso al rico y, al mismo tiempo, utilizar la riqueza como medida del éxito.

Entonces aparece una frase especialmente reveladora:

“Si eres tan inteligente, ¿por qué no eres rico?”

Esa frase contiene toda una teoría social.

Supone que la inteligencia debería convertirse necesariamente en dinero. Que el mercado es capaz de medir correctamente el talento. Que quien posee una capacidad excepcional debería traducirla en patrimonio.

Pero esa premisa es falsa.

La inteligencia y la riqueza pertenecen a sistemas distintos.

La inteligencia es una capacidad.

La riqueza es un resultado.

Entre ambas existen instituciones, oportunidades, redes sociales, incentivos, herencias, azar, personalidad, capacidad para asumir riesgos y decisiones vitales.

Una persona extraordinariamente inteligente puede dedicar cuarenta años a investigar una enfermedad rara y ganar mucho menos que alguien que compra y vende activos inmobiliarios.

Un profesor excepcional puede transformar la vida intelectual de miles de estudiantes y no acumular patrimonio.

Un médico puede salvar miles de vidas y tener menos riqueza que una persona cuyo principal mérito económico haya sido heredar un edificio en el centro de Madrid.

Eso no demuestra que el mercado sea injusto.

Demuestra algo más elemental.

El mercado no remunera la inteligencia.

Remunera aquello que alguien está dispuesto a pagar en un determinado contexto.

Confundir ambas cosas genera problemas.

Porque cuando una sociedad convierte la riqueza en una prueba retrospectiva de inteligencia termina interpretando el éxito económico como evidencia de mérito personal.

El rico empieza a parecer necesariamente inteligente.

Y el pobre, inevitablemente, menos capaz.

Pero la realidad social es mucho más compleja.

La riqueza depende también del punto de partida.

Importa dónde naciste.

Importa qué educación recibiste.

Importa a quién conoces.

Importa el patrimonio familiar.

Importa si puedes fracasar tres veces sin arruinarte.

Importa si alguien puede prestarte dinero.

Importa incluso el momento histórico en el que tomas determinadas decisiones.

El talento cuenta.

El esfuerzo cuenta.

Pero nunca actúan en el vacío.

Quizá por eso nuestra relación con la riqueza resulta tan incómoda.

Queremos creer simultáneamente dos cosas incompatibles.

Que quien tiene mucho dinero probablemente no lo merece del todo.

Y que, si nosotros tuviéramos suficiente talento, deberíamos poder conseguirlo.

Así protegemos nuestra autoestima en ambas direcciones.

Si alguien tiene más que nosotros, podemos pensar que ha tenido privilegios.

Si alguien es más inteligente pero tiene menos dinero, podemos pensar que su inteligencia no debe ser tan valiosa.

En ambos casos evitamos enfrentarnos a algo mucho más perturbador: la vida no distribuye talento, esfuerzo, reconocimiento y recompensa siguiendo una misma escala.

No existe una contabilidad universal del mérito.

Y quizá esta sea la cuestión de fondo.

Una sociedad necesita decidir qué admira.

Porque aquello que una sociedad admira acaba modelando aquello que sus ciudadanos persiguen.

Si admiramos únicamente el patrimonio, las personas intentarán acumular patrimonio.

Si admiramos el poder, competirán por el poder.

Si admiramos el conocimiento, producirán conocimiento.

Si admiramos la contribución, intentarán contribuir.

El problema aparece cuando el discurso público dice una cosa y nuestra jerarquía social dice otra.

Decimos que admiramos a científicos, profesores, médicos, investigadores o intelectuales.

Pero después utilizamos el dinero como marcador definitivo del éxito.

Preguntamos cuánto gana.

Dónde vive.

Qué coche conduce.

Qué patrimonio tiene.

Y finalmente aparece la sentencia:

“Será muy inteligente, pero no se ha hecho rico”.

Quizá deberíamos invertir la pregunta.

No preguntarnos por qué una persona inteligente no se hizo rica.

Preguntarnos qué clase de sociedad hemos construido cuando necesitamos que alguien sea rico para considerar que su inteligencia ha valido la pena.

Porque una sociedad madura debería distinguir entre valor y precio.

Entre éxito y riqueza.

Entre mérito y fortuna.

Entre inteligencia y capacidad de convertir una oportunidad en patrimonio.

Y debería comprender algo todavía más importante.

Hay personas que utilizan su inteligencia para acumular.

Otras la utilizan para descubrir.

Otras para enseñar.

Otras para curar.

Otras para crear.

Y otras, sencillamente, para comprender mejor el mundo.

Reducir todas esas vidas a una cuenta bancaria no demuestra que entendamos el éxito.

Demuestra que hemos elegido una unidad de medida demasiado pobre para medir una vida humana.

¿Animales racionales nosotros? Estás de coña.

Nos gusta pensarlo. Homo sapiens. El animal que analiza, sopesa alternativas, decide y actúa. La realidad, sin embargo, suele ser bastante menos elegante. Pensemos en el enamoramiento. Conoces a alguien, te gusta y no sabes muy bien por qué. Hay algo que te atrae antes de que hayas construido una sola explicación razonable. Tu cerebro ya está trabajando y, poco después, aparece la razón para redactar el informe.

Entonces descubrimos que compartimos valores, que nos complementamos, que queremos cosas parecidas. Si somos distintos, nos equilibramos. Si somos iguales, nos comprendemos profundamente. Es difícil perder con un sistema así. Después llegan las redes sociales y aquello adquiere consistencia documental: fotos, viajes, aniversarios, frases sobre encontrar a la persona adecuada. Instagram termina convertido en un enorme archivo de hipótesis sentimentales no preregistradas.

Hasta que la relación termina.

Y entonces ocurre algo fascinante. La independencia pasa a ser distancia, la espontaneidad se convierte en imprevisibilidad y la intensidad que antes demostraba pasión empieza a parecer agotamiento. Aquellas diferencias que nos enriquecían pasan a demostrar que nunca fuimos compatibles. La razón, lejos de avergonzarse por el informe anterior, abre tranquilamente un documento nuevo: “Ahora veo las señales”. “En el fondo lo sabía”.

Después llega la arqueología digital. Se borran fotos, viajes y declaraciones eternas que han sobrevivido menos que algunos yogures. No eliminamos solo imágenes. Eliminamos pruebas incómodas de que estuvimos convencidos de algo que ahora consideramos absurdo. Necesitamos que nuestro pasado sea compatible con quien creemos ser hoy, y para eso la razón resulta extraordinariamente útil.

Tal vez llevamos siglos exagerando su función. Quizá la razón no sea siempre ese juez imparcial que estudia la realidad antes de decidir, sino muchas veces el abogado que llega después para defender lo que nuestro cerebro ya ha hecho y construir una historia coherente.

Y entonces inventamos la “inteligencia emocional”. Una operación semántica admirable. Las emociones eran viscerales, primitivas y poco fiables. Les añadimos la palabra inteligencia y quedaron rehabilitadas. Ya no tenemos prejuicios, tenemos intuiciones. Ya no rechazamos a alguien, percibimos una baja sintonía emocional. Y si conseguimos explicarlo con suficiente seguridad, incluso podemos impartir un curso sobre ello.

El problema es que hacemos algo inquietantemente parecido en medicina. También nos enamoramos de tratamientos, técnicas, tecnologías, algoritmos y modelos organizativos. Buscamos artículos que los apoyan, recordamos los casos en los que funcionaron, construimos presentaciones, estrategias y grupos de trabajo. Y cuanto más públicamente hemos defendido una idea, más difícil resulta abandonarla.

Cuando los resultados empiezan a incomodar aparecen expresiones magníficas: “El contexto no era adecuado”. “La implementación fue subóptima”. “El sistema no estaba preparado”. Todo eso puede ser cierto. Pero hay una frase que en medicina, gestión y política sanitaria sigue teniendo una sorprendente dificultad fonética: “Nos equivocamos”.

Quizá por eso necesitamos la medicina basada en la evidencia. No porque seamos poco inteligentes, sino porque somos extraordinariamente buenos encontrando razones para creer aquello que ya queríamos creer.

Lo importante no es por qué creo algo. Para eso siempre tenemos una explicación. La importante es analizar qué tendría que observar para aceptar que estoy equivocado.

Porque borrar una foto de Instagram lleva treinta segundos. Borrar una idea de la que nos hemos enamorado suele costar bastante más.