Nos gusta pensarlo. Homo sapiens. El animal que analiza, sopesa alternativas, decide y actúa. La realidad, sin embargo, suele ser bastante menos elegante. Pensemos en el enamoramiento. Conoces a alguien, te gusta y no sabes muy bien por qué. Hay algo que te atrae antes de que hayas construido una sola explicación razonable. Tu cerebro ya está trabajando y, poco después, aparece la razón para redactar el informe.

Entonces descubrimos que compartimos valores, que nos complementamos, que queremos cosas parecidas. Si somos distintos, nos equilibramos. Si somos iguales, nos comprendemos profundamente. Es difícil perder con un sistema así. Después llegan las redes sociales y aquello adquiere consistencia documental: fotos, viajes, aniversarios, frases sobre encontrar a la persona adecuada. Instagram termina convertido en un enorme archivo de hipótesis sentimentales no preregistradas.
Hasta que la relación termina.
Y entonces ocurre algo fascinante. La independencia pasa a ser distancia, la espontaneidad se convierte en imprevisibilidad y la intensidad que antes demostraba pasión empieza a parecer agotamiento. Aquellas diferencias que nos enriquecían pasan a demostrar que nunca fuimos compatibles. La razón, lejos de avergonzarse por el informe anterior, abre tranquilamente un documento nuevo: “Ahora veo las señales”. “En el fondo lo sabía”.
Después llega la arqueología digital. Se borran fotos, viajes y declaraciones eternas que han sobrevivido menos que algunos yogures. No eliminamos solo imágenes. Eliminamos pruebas incómodas de que estuvimos convencidos de algo que ahora consideramos absurdo. Necesitamos que nuestro pasado sea compatible con quien creemos ser hoy, y para eso la razón resulta extraordinariamente útil.
Tal vez llevamos siglos exagerando su función. Quizá la razón no sea siempre ese juez imparcial que estudia la realidad antes de decidir, sino muchas veces el abogado que llega después para defender lo que nuestro cerebro ya ha hecho y construir una historia coherente.
Y entonces inventamos la “inteligencia emocional”. Una operación semántica admirable. Las emociones eran viscerales, primitivas y poco fiables. Les añadimos la palabra inteligencia y quedaron rehabilitadas. Ya no tenemos prejuicios, tenemos intuiciones. Ya no rechazamos a alguien, percibimos una baja sintonía emocional. Y si conseguimos explicarlo con suficiente seguridad, incluso podemos impartir un curso sobre ello.
El problema es que hacemos algo inquietantemente parecido en medicina. También nos enamoramos de tratamientos, técnicas, tecnologías, algoritmos y modelos organizativos. Buscamos artículos que los apoyan, recordamos los casos en los que funcionaron, construimos presentaciones, estrategias y grupos de trabajo. Y cuanto más públicamente hemos defendido una idea, más difícil resulta abandonarla.
Cuando los resultados empiezan a incomodar aparecen expresiones magníficas: “El contexto no era adecuado”. “La implementación fue subóptima”. “El sistema no estaba preparado”. Todo eso puede ser cierto. Pero hay una frase que en medicina, gestión y política sanitaria sigue teniendo una sorprendente dificultad fonética: “Nos equivocamos”.
Quizá por eso necesitamos la medicina basada en la evidencia. No porque seamos poco inteligentes, sino porque somos extraordinariamente buenos encontrando razones para creer aquello que ya queríamos creer.
Lo importante no es por qué creo algo. Para eso siempre tenemos una explicación. La importante es analizar qué tendría que observar para aceptar que estoy equivocado.
Porque borrar una foto de Instagram lleva treinta segundos. Borrar una idea de la que nos hemos enamorado suele costar bastante más.
