Mi odiado James

Londres produce un ruido peculiar a las cuatro de la mañana. Pero no es tráfico. Ni silencio. Es otra cosa. Un zumbido eléctrico, casi biológico, algo parecido al movimiento browniano de las moléculas, pero en esta ciudad es debido a millones de personas soñando mal al mismo tiempo. Antes creía que podía interpretar ese ruido. Ahora sospecho que sólo intentaba darle un sentido para no admitir que me aterraba.

Nunca le conté esto a Watson. Mi amigo.

Él pensaba que yo observaba la ciudad. La verdad es que llevaba años escondiéndome dentro de ella.

La gente otorga demasiada importancia a la inteligencia. Por error. Confunden rapidez con estabilidad. Es muy frecuente. No sé si los cerebros rápidos como el mío piensan mejor. O sólo encuentran antes el abismo.

Todo empezó con detalles pequeños. Cosas ridículas. Me encontraba la pantalla con archivos abiertos que no recordaba haber consultado. Mensajes enviados desde dispositivos míos mientras dormía. O mientras creía dormir. Hay una diferencia. A cierta edad uno aprende que la conciencia no funciona como un interruptor. Funciona como un edificio antiguo lleno de habitaciones cerradas.

La primera vez que escuché el nombre de Moriarty en esta época fue en una reunión del Ministerio del Interior. Una mujer con voz aspera y rota, de fumadora, describía ataques coordinados sobre infraestructuras sanitarias, manipulación masiva de datos, campañas de destrucción reputacional dirigidas mediante modelos predictivos de comportamiento. Lo recuerdo porque todos parecían fascinados por la sofisticación técnica y ninguno entendía lo verdaderamente importante.

Aquello no era un crimen económico.

Era intimidad.

Alguien conocía demasiado bien el miedo humano.

Qué palabras activan a un padre agotado.

Qué imagen empuja a una adolescente vulnerable hacia una azotea.

Qué tipo de mentira necesita escuchar un hombre solo para convertirla en religión.

Eso no se aprende en ingeniería. Se aprende odiando.

Y yo sabía exactamente cómo pensaba aquel hombre.

Esa fue la primera grieta.

Después comenzaron los lapsos. Esas enormes lagunas en mi memoria. Conversaciones que Watson juraba haber mantenido conmigo y que yo no podía recordar. Cambios mínimos en el apartamento. Un libro desplazado exactamente siete centímetros. Tazas de café lavadas cuando llevaba días sin tocar la cocina. Lo más inquietante no era el vacío, sino a sensación de continuidad. Como si otra versión de mí hubiera ocupado el espacio sin alterar la temperatura de la habitación.

No se lo dije a nadie. ¿Para qué? ¿A quién? Sólo Eurus me entendería. Porque las personas toleran bien la locura cuando es elegante. O funcionalmente adaptada a un bien social. Mientras resuelves asesinatos eres excéntrico. Cuando dudas de tu propia mente, te conviertes en un problema administrativo y cambian la etiqueta.

A veces recuerdo con especial viveza una noche en Baker Street. Llovía. Londres siempre parece más honesto bajo la lluvia. La ciudad deja de fingir esa sofisticación propia de Marylebone y vuelve a ser una rata húmeda intentando sobrevivir a la orilla del Tamesis. Watson dormía en la habitación contigua. Yo revisaba fragmentos de código encontrados en una red privada vinculada a los ataques de Moriarty. Entonces vi la secuencia.

Una estructura matemática basada en simetrías incompletas.

Mi estructura.

No hablo de coincidencias. Hablo de algo íntimo. Como reconocer tu propia letra en una nota amenazante.

Sentí una punzada física. No metafórica. Física. El cuerpo entiende ciertas verdades antes que la mente. Las manos me temblaban. El pulso era irregular y el sudor frío. Mi organismo gritaba algo que mi cerebro todavía rechazaba.

Durante semanas intenté racionalizarlo. Un imitador. Una filtración antigua. Vigilancia. Hackeo. Cualquier explicación era preferible a la realidad.

Pero la realidad tiene una paciencia insoportable.

Termina entrando.

Encontré cientos de servidores alquilados con identidades falsas vinculadas a cuentas que únicamente yo conocía. Grabaciones de voz. Borradores de manifiestos políticos escritos con mi peculiar sintaxis, como replica exacta. Y lo peor de todo no fue descubrirlo.

Fue reconocerme.

Porque Moriarty no era la personalidad alternativa teatral de una fantasía victoriana. Era algo más contemporáneo. Más funcional. Se trataba, más bien, de una deriva cognitiva armada como mecanismo de defensa. Sherlock Holmes resolvía problemas bajo la luz. Moriarty eliminaba obstáculos en la oscuridad.

Compréndalo bien.

No son lo mismo.

Pero tampoco son distintos.

Dudo si Moriarty apareció el día que dejé de sentir compasión por la gente. No odio. Eso sería más sencillo. El odio todavía implica vínculo emocional. Lo mío era fatiga, con una profunda desgana y un infinito hartazgo. Una erosión lenta. Décadas observando la corrupción, la estupidez, la crueldad banal y el narcisismo epidémico. Llegó un momento en que empecé a percibir a los seres humanos como sistemas predecibles. Y cuando conviertes personas en patrones estadísticos, hacerles daño resulta peligrosamente fácil.

Ese fue el verdadero nacimiento de Moriarty.

No la maldad.

La deshumanización.

Watson comenzó a sospecharlo mucho antes de que yo lo hiciera. Recuerdo cómo me miraba cuando hablaba solo frente al espejo del baño. Aunque “hablar” no es exacto. Era más parecido a negociar. Como dos cirujanos discutiendo cuánto tejido puede extirparse antes de matar al paciente.

Una madrugada me encontró sentado en el suelo de la cocina con sangre en la camisa. No era mía. Le dije que había habido una pelea. Me creyó porque quería creerme. El afecto vuelve ingenuas a las personas inteligentes.

Eso también lo aprendí tarde.

El ataque final iba dirigido contra el sistema sanitario nacional. Historiales clínicos alterados. Alergias borradas. Diagnósticos intercambiados. No buscaba víctimas inmediatas. Buscaba algo más sofisticado. Destruir la confianza. Porque cuando la gente deja de confiar empieza a depender de quien les causa miedo. El miedo necesita líderes. Profetas. Salvadores.

Moriarty entendía eso.

Yo entendía eso.

Quizá ahí resida el problema.

La noche decisiva caminé hasta Westminster Bridge bajo una lluvia casi invisible. Londres brillaba como un cadáver recién lavado. Llevaba en el bolsillo el dispositivo con acceso al núcleo del ataque. Bastaba una orden para detenerlo.

O amplificarlo.

Aún no sé cuánto tiempo permanecí allí. Minutos. Horas. Hay recuerdos que no conservan tiempo lineal. Solo densidad emocional.

Recuerdo pensar algo espantoso.

Que quizá Moriarty tenía razón.

No sobre destruir el sistema. Sobre las personas.

Después pensé en Watson.

Y eso lo cambió todo.

Porque Watson nunca admiró mi inteligencia. Admiraba la parte de mí que yo consideraba débil. La parte que todavía dudaba. La parte incapaz de cruzar ciertas líneas aunque pudiera justificarlas racionalmente.

La humanidad no está en la perfección moral.

Está en la resistencia interna.

Desactivé el ataque a las cuatro y trece de la madrugada.

Luego arrojé el teléfono al Támesis.

Mientras lo veía hundirse comprendí algo incómodo. Moriarty no había desaparecido. Seguía ahí. Observando. Esperando cansancio, cinismo, decepción.

Algunas personas imaginan la locura como una pérdida de control.

No.

La verdadera locura consiste en comprender exactamente quién eres y descubrir que debes vigilarte para siempre.

El buen odiar

En Manaure, donde la sal se come la tierra y la tierra se la devuelve al viento, vivía un hombre que odiaba bien.

Se llamaba Eliécer. Tenía las manos grandes, los ojos quietos y una memoria que no perdonaba. La gente del pueblo decía que Eliécer cargaba su rencor como otros cargan agua, con las dos manos, sin derramar una gota, desde lejos.

Su enemigo se llamaba Rosendo.

Nadie recordaba el origen de la cosa. Unos decían que fue por una cerca movida tres palmos hacia el norte. Otros contaban que fue por una mujer de ojos negros, piel morena y pechos firmes, que al final no se quedó con ninguno de los dos. Los viejos murmuraban que el odio entre ellos ya existía antes de que nacieran. Que sus abuelos lo habían sembrado sin pensar demasiado en lo que va a crecer. Como se siembra el maiz.

Eliécer odiaba a Rosendo de lunes a domingo. Y, religiosamente, los domingos un poco más, porque Rosendo cantaba en la plaza y la gente lo aplaudía. Las chicas le miraban y daban brinquitos de alegría. O de placer. Eliécer sentía que cada aplauso le arrancaba algo.

Un martes de agosto, con el calor pegado al cuerpo como una segunda piel, Eliécer fue a ver a la vieja Casilda.

Casilda vivía al borde del desierto, donde los cardones crecen torcidos y las lagartijas hablan entre ellas en un idioma que solo entienden los niños y los locos. Tenía ciento y tantos años. Nadie sabía cuántos. Ella misma había dejado de contar después de los noventa porque le pareció una falta de respeto seguir contando lo que ya no le pertenecía.

Eliécer le dijo: «Casilda, necesito algo para destruir a Rosendo.»

Casilda no lo miró. Estaba trenzando una hamaca con fibra de maguey. Los dedos se le movían solos porque la hamaca se iba tejiendo a sí misma. Los dedos de la vieja eran meros testigos.

«¿Destruirlo cómo?» preguntó.

«Como se destruye lo que hace daño. De raíz.»

Casilda se rio. Una risa seca que sonó como piedras cayendo sobre piedras, mientras un silbido irónico brotó entre los dientes que le faltaban.

«Siéntate,» le dijo. «Te voy a dar lo que pides. Pero primero vas a hacer algo por mí.»

Le dio un morral de cuero y una instrucción: «Ve a la casa de Rosendo. No le hables. No lo toques. Solo míralo. Míralo un día entero. Desde que se levanta hasta que se acuesta. Trae el morral lleno de lo que veas.»

«¿Lleno de qué?»

«De lo que veas.»

Eliécer pensó que la vieja había perdido el juicio. Pero fue.

Se escondió detrás de un trupillo seco, frente a la casa de Rosendo, antes de que saliera el sol. El morral vacío sobre las rodillas.

Vio a Rosendo salir al patio. Lo vio quedarse quieto un rato largo, mirando el cielo como si esperara algo que nunca llegaba. Lo vio darle agua a un burro viejo con una ternura que Eliécer no había visto en nadie. Lo vio sentarse a remendar una camisa con las manos torpes de quien nunca aprendió bien porque nunca tuvo quien le enseñara. Lo vio comer solo. Arroz blanco y plátano. Nada más. Lo vio hablar con un perro flaco como si el perro fuera la única persona que lo escuchaba de verdad. Lo vio quedarse dormido en la hamaca con la boca abierta y un brazo colgando.

Cuando cayó la noche, Eliécer volvió donde Casilda.

«El morral está vacío,» dijo.

«No,» dijo Casilda sin mirarlo. «Está lleno. Ábrelo.»

Eliécer abrió el morral. Adentro había algo que pesaba, pero no se veía. Lo volteó sobre la tierra. No cayó nada. Pero sintió un golpe en el pecho. Un golpe blando de cosa viva.

«¿Qué es esto?»

«Es Rosendo,» dijo Casilda. «El de verdad. El que no conocías.»

Eliécer se quedó callado un rato largo. El desierto respiraba a su alrededor. Los grillos hacían su trabajo de grillos.

«Ahora,» dijo Casilda, «ve otra vez. Mañana. Y pasado. Y todos los días que te queden de odio.»

Eliécer fue al día siguiente. Y al otro. Y al otro.

Vio a Rosendo llorar una noche, sentado en el suelo de la cocina, con la cabeza entre las manos. No supo por qué lloraba. No le importó saberlo. El llanto fue suficiente.

Vio a Rosendo regalar pescado a la vecina que tenía cinco hijos y ningún marido. Vio a Rosendo quedarse despierto hasta tarde tallando un pedazo de madera que poco a poco tomó la forma de un pájaro. Un pájaro que nunca iba a volar pero que Rosendo tallaba como si pudiera.

Al séptimo día, Eliécer volvió donde Casilda.

«Ya no puedo,» dijo.

«¿No puedes qué?»

«Odiarlo del todo.»

Casilda dejó de trenzar. Lo miró por primera vez. Tenía los ojos del color de la sal vieja.

«Ahora eres peligroso de verdad,» le dijo.

Eliécer no entendió.

«El que odia es ciego,» dijo Casilda. «Corta a oscuras. Pega donde puede. A veces acierta. Casi siempre se corta a sí mismo. Pero el que comprende, ese ve. Y el que ve puede elegir dónde poner el filo.»

«¿Y si no quiero poner el filo en ningún lado?»

«También puedes elegir eso. Pero ya no es porque no puedas. Es porque no quieres. Ahí está la diferencia. Ahí está toda la diferencia del mundo.»

Eliécer bajó del cerro. Cruzó el pueblo. Pasó frente a la casa de Rosendo. Rosendo estaba sentado en la puerta, tallando el pájaro de madera.

Se miraron.

Eliécer no lo saludó. No lo abrazó. No le pidió perdón ni se lo ofreció. Pero lo miró distinto. Lo miró entero. Lo miró como se mira a alguien que existe de verdad y no solo como sombra que proyecta tu propia rabia.

Rosendo sintió algo. No supo qué. Dejó de tallar un segundo. Después siguió.

Eliécer siguió caminando.

Nunca fueron amigos. Nunca se sentaron a tomar café juntos. Nunca resolvieron lo de la cerca ni lo de la mujer ni lo de los abuelos.

Pero Eliécer dejó de cargar el agua con las dos manos. La dejó caer. Se secó al sol. Se la tragó la tierra.

Y cuando Rosendo cantó el domingo siguiente en la plaza, Eliécer no aplaudió.

Pero tampoco le dolió.

Dicen los viejos de Manaure que Casilda murió un jueves de brisa, sentada en su silla, con una hamaca a medio tejer sobre las rodillas. Dicen que la hamaca se terminó de tejer sola durante la noche. Dicen que quien se acuesta en ella sueña con sus enemigos. Pero los sueña de verdad. Los sueña enteros. Los sueña humanos.

Y cuando despierta, sigue sabiendo decir que no.

Pero ya no necesita el odio para decirlo.