En pie para despedir a una periodista

Isabel Díez dejó de trabajar en el Hospital Clínico San Carlos el 31 de diciembre de 2015.

Se ha ido dejando un enorme vacío alrededor. Todos los hemos trabajado con ella lo notamos. Pero nos alegramos de que pueda vivir en plenitud, sin ataduras diarias, antes de que la vida decida por ella.

¿Se preguntarán quién es Isabel Díez? No es enfermera, ni médica, ni auxiliar, ni gerente, ni directora médica o de enfermería. Tampoco es gestora.

Isabel es una excelente profesional del periodismo, con una enorme experiencia de comunicación en sectores clave de nuestra sociedad, que quiso ser invisible porque sabía perfectamente dónde se juega los cuartos su profesión.

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Sin embargo, durante algo más de una década y sin ser noticia, ha hecho por el Hospital Clínico, por la sanidad madrileña y por los pacientes más que muchos.

Porque si hay algo importante en nuestra sociedad y en el sector sanitario es comunicar. Ya saben, «La curación empieza por la comunicación«. E Isabel Díez se ha encargado, durante el tiempo que ocupó el Gabinete de Prensa del Hospital Clínico, de que los profesionales comunicáramos con la sociedad, que explicáramos a ciudadanos y pacientes, con total claridad, lo que supone nuestro trabajo o las expectativas que de manera realista se pueden tener.

Ella, no sin esfuerzo, consiguió transformar la reputación de un centro que, hace décadas, era despreciado por «universitario» y que actualmente es valorado nacionalmente como «clínico». Al fin y al cabo, somos uno de los 10 con mejor reputación.

También he de reconocer públicamente que Isabel ha sido una excelente compañera para todos, dentro y fuera de los medios de comunicación. Personalmente, le debo gratitud infinita por cuanta ayuda me ha prestado hasta hoy. Afortunadamente, puedo seguir contando con su consejo para el futuro.

Así que, Isabel, live long and prosper!

PD: Isabel era tan invisible que me ha costado encontrar fotos suyas. Afortunadamente, apareció en el suplemento de A Tu Lado de la Razón, con el Dr. Pedro Villarroel, en la celebración de los Premios A Tu Salud 2015.

Empatía

«Empatía» es una palabra que se utiliza últimamente con mucha frecuencia, especialmente si se refiere a los profesionales sanitarios.

La empatía es la capacidad de entender (empatía cognitiva) o sentir (empatía afectiva) lo que otro ser experimenta. (RAE: Identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro).

Desde que Daniel Goleman puso bajo el foco eso de la «inteligencia emocional», parece que es un «bien» ser muy empático. Tener mucha empatía aparentemente añade valor. Lo cierto es que cada vez que lo leo o lo escucho me llama la atención. Pienso «¿realmente querrán decir lo que dicen cuando hablan de empatía?»

Entre los que menos empatía tenemos, según los observadores, nos encontramos los cirujanos, que como es bien sabido somos «psicópatas sublimados que se han orientado al bien social». Aunque creo que eso también afecta a otras profesiones sanitarias (a juzgar por sus comportamientos. No por lo del «bien»).

Sin embargo, no son los psicópatas, y mucho menos los cirujanos, personas a las que les falte empatía, de manera genérica.

Un buen profesional sanitario debe tener una adecuada dosis de empatía afectiva, de compasión. Pero sin llegar a convertirse en el paciente. Ya decía El Gordo en La Casa de Dios que «enfermo es el que tiene la enfermedad».

Por otro lado, la empatía cognitiva puede ser extremadamente útil. Nos ayuda a «entender» cómo se siente el otro, a valorar sus necesidades en el contexto en el que se encuentra y a tomar decisiones de manera consensuada.

Por cierto, los psicópatas suelen tener una alta empatía cognitiva. Entienden perfectamente cómo se sienten los demás. Pero no les afecta.

¿Imaginan a un cirujano inmerso en un ataque de empatía cuando tiene medio litro de sangre en la cavidad abdominal, porque acaba de rasgar la vena suprahepática derecha?

Para leer un buen análisis de la empatía, la depresión y la sobrecarga moral, (en la que se sugiere la relación con lo sanitario), recomiendo esta entrada en el blog de Paco Traver. El sí que sabe.

Adiós 2015: Ain’t no stopping us now

Un día como hoy, el 31 de diciembre de 1995, salía del Hospital Clínico con una bolsa llena de cosas. Había terminado mi última guardia como residente en la Recuperación Quirúrgica y, a la vez, los cinco años de formación especializada. A partir del 1 de enero de 1996 me podría llamar, oficialmente, «cirujano».

Aún hoy, 31 de diciembre de 2015, recuerdo con total claridad mi recorrido hasta el coche, que estaba aparcado en Isaac Peral, casi esquina con Julián Romea. Abrí la puerta, dejé mis cosas en el asiento trasero y me senté al volante.

Antes de abrocharme el cinturón, eché un último vistazo al edificio en el que había estudiado la carrera, escrito mi tesis doctoral y completado la formación como cirujano general y del aparato digestivo. Intenté, como hago casi siempre, fijar la imagen por si nunca tenía ocasión de volver a trabajar allí. Quería llevármelo como recuerdo para siempre en la memoria.

Ya sabía cual era mi siguiente destino. El Fondo de Investigación Sanitaria del Instituto de Salud Carlos III me había concedido una Beca de Ampliación de Estudios para irme un año a Boston, al Departamento de Cirugía del Hospital Beth Israel.

Eso sí que iba a ser un gran cambio.

Nada de zonas de confort.

Empaquetar un par de maletas y marcharnos, todavía sin un apartamento alquilado. En 1996 la administración norteamericana cerró por los enfrentamientos de Clinton con el Congreso. Y cayó la famosa blizzard del 96.

Hay que recordar que en 1995 no había posibilidad de hacer visitas virtuales o alquilar un apartamento on-line. Sólo me servía la experiencia previa en la ciudad, durante la rotación como residente en 1994: una habitación alquilada en Coolidge Corner hasta que encontrara un apartamento lo más próximo posible al hospital (que luego resultaría ser uno en la torre del Children’s en la Longwood Galleria).

Me resultaba imposible predecir lo que iba a pasar. Pero pasó. Y he llegado hasta el ahora en unos 20 años magníficos. He conocido a personas extraordinarias, he visitado lugares increíbles, he tenido opciones inimaginables para estar absolutamente satisfecho con mi vida personal y profesional.

Pero ahora quiero pensar en los próximos 20 años. Y lo cierto es que el 31 de diciembre de 2035, en el mejor de los escenarios posibles, estaré jubilado.

Así que no voy a dejar pasar ni una de las oportunidades de hacer cosas distintas y que resulten interesantes. No voy a decir que no si se me presentan. Me da igual lo que me digan. Sigo dispuesto a probar y confundirme. A ensayar y rectificar. No me resignaré a pasar los próximos 20 años de mi vida viendo crecer un árbol. Salvo que me haya incorporado yo mismo al paisaje. En ese caso, no me quedará otra.

PD: Y seguiré intentando enviar el ascensor para abajo

I can’t get no..

El próximo lunes 14 de diciembre se acaba un ciclo de tres meses que, hasta donde recuerdo, ha sido el más intenso de mi vida profesional. Le he puesto nombre a esa gira que va llegando al final…. «I can’t get no…»

En estos tres meses he pasado por más de una docena de ciudades. Visitas de variable duración a Barcelona, Santiago, Bilbao, Valencia, Sevilla, Málaga, Toledo, Valladolid, Granada, Oviedo, Manchester, Dublín, Londres o Munich, entremezcladas con conferencias y congresos en Madrid o apariciones en televisión, en La Mañana, con Mariló Montero y mi «partner in crime», Alejandra Vallejo-Nágera.

Como en cualquier gira, me veo impulsado a hacer un balance de cierre. No entiendo muy bien el por qué de está necesidad interior de reflexión y análisis de lo que ha ido pasando durante este tiempo. Es una autodemanda de auditoría sobre lo que he ganado y perdido en el camino.

Claro que eso no viene sin un precio. El diagnóstico que me ha hecho un amigo radiólogo es «parálisis por sobreanálisis en un punto de incertidumbre en un obsesivo del control»

Aún así me voy a atrever, y lo primero que me pregunto es ¿por qué lo he hecho?

Y las respuestas que uno tiene para justificarse, más o menos elaboradas, suelen ser mentira. Construimos grandes discursos sobre una misión transcendente, altruista, de contribución a la sociedad. Y sí, vale. Pero en realidad, cualquiera que se ponga a trabajar tan intensamente en un proyecto así lo hace por cuestiones relacionadas con el «yo». Por el placer que produce mostrar a otros cómo mirar el mundo desde una nueva perspectiva. O por el gusto de que las ideas sean escuchadas y encuentren su lugar en el cerebro de la audiencia. Y por sentirte válido o validado, después de años de intentar escribir una historia.

Son esas pequeñas miserias de cualquier ser humano.

La siguiente pregunta que me surge es ¿cómo lo he hecho?.

Esta es más simple de responder: con organización desorganizada, incertidumbre, sacrificio personal y familiar, tiempo de no dormir y mucho mucho mucho equipo. El coste de oportunidad ha sido elevado, sin dudarlo. Porque además, durante este tiempo, le he dado vueltas a la cabeza lo suficiente como para ejecutar un deseo que llevaba arrastrando desde la adolescencia, aquel día en que cogí cuaderno y bolígrafo, y empecé a escribir una historia.

Finalmente, ¿qué he conseguido?

Pues sé lo que he perdido, que ha sido mucho, muchísimo e irrecuperable. ¿Qué he ganado? Conocer a gente interesante y escuchar buenas ideas. O algunas malas, muy malas o malísimas. También tengo un libro terminado, que puede que se publique el año que viene.

Ahora bien, si algún día tiene éxito el gran objetivo final con que me planteé esta gira de tres meses, es muy posible que no lo vea.

Recortar la formación médica

El pasado jueves 17/09/2015 participé en las CEMTalks, invitado por los estudiantes de Medicina que celebraban su congreso anual en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid.

Era un día como pocos, en la facultad a la que pertenezco, hablando delante de estudiantes, que en buen número acudieron a la primera charla de la mañana. El título lo había decidido hace tiempo «Más de lo mismo«, diseñado para provocar una tormenta de ideas. Para inducir reflexiones.

Pasó poco tiempo antes de que Redacción Médica se hiciera eco de mi provocación: «Debe plantearse un grado de dos años»

No cabe duda. Era una provocación por el sitio, el tipo de encuentro, o el momento. Pero no era una provocación irracional, con el simple objetivo de hacerlo. Mi propósito era iniciar una reflexión sobre la formación médica y su duración. Quería ponerlo en la agenda.

CEMtalks

¿Por qué la carrera de Medicina tiene que ser de 6 años? ¿Por lo mismo que desde pequeños nos dicen que tenemos esta u otra religión, esta u otra nacionalidad? ¿O que los niños los trae la cigüeña? ¿O porque una rosa es una rosa es una rosa?

Como suelo repetir, el cerebro de los seres humanos no se siente cómodo si tiene que pensar que lo que cree puede no ser cierto. Y parece que eso también ocurre con la duración de los estudios del grado de Medicina.

En otros países, con sistemas de formación distintos, también se han planteado si es necesario recortar la carrera de Medicina en un 30%; de hecho, Ezekiel Emanuel y Victor Fuchs lo propusieron para Estados Unidos en JAMA en 2012.

Hay datos históricos que demuestran que acortar el programa de una carrera no tiene los efectos negativos que se le suponen. Harvard lo hizo durante la Segunda Guerra Mundial. Y no pasó nada. Por ello, no es sorprendente que el debate sobre la aceleración de la formación médica esté en la agenda en Estados Unidos. Incluso el Washington Post le ha dedicado espacio.

La siguiente pregunta que me hago a mí mismo es: ¿Qué factores me llevan a pensar que se podría y se debería acortar la carrera de Medicina?

1. Visto el modelo de formación universitaria y el modelo sanitario español, un médico «habilitado» legalmente para ejercer la medicina de manera autónoma en el sistema nacional de salud tarda en estar disponible entre 11 y 12 años (mínimo). Este hecho tiene consecuencias: personales, familiares, sociales, sanitarias y económicas. Y muchas de ellas son nefastas.

2. El progreso tecnológico ha puesto a nuestra disposición herramientas que no sólo aceleran la formación, sino que nos permiten evaluarla de manera continua, de forma objetiva y comparable entre pares. Pero que no se usan de ninguna manera. Seguimos con las comisiones de apuntes, el papel, el test, las preguntas cortas y el tema a desarrollar. Y ahora, modernos que somos, una ECOE.

Claro que la resistencia al cambio, como bien explicaba Maquiavelo, es enorme. Las barreras son muchas, y no porque haya evidencia sobre lo bueno que es lo que hacemos.

La primera barrera es que siempre ha sido así. Y como ha sido así y nos han dicho que es bueno, ¿cómo vamos a osar plantearnos cambiar? Pero seamos sinceros, carecemos de pruebas sobre la duración óptima de la formación. ¿Por qué tiene que ser de 6 años y no de 15 o 18, por ejemplo, dado el crecimiento exponencial de los conocimientos que debería acumular un médico si tuviéramos como objetivo que estuviera instruido y fuera competente en todas las materias que le incumben?

La segunda de ellas es ¿y qué hacemos con la organización que tenemos?. A mi, que soy profesor titular de cirugía de la UCM, me supondría el riesgo de perder mi puesto, ganado por acreditación y oposición. Y si no lo pierdo, al menos tendría que cambiar. Lo que es muy…. «incómodo».

¿Cuál es el problema a resolver?

Los estudiantes de bachillerato de ciencias de la salud se preparan durante dos años de manera intensa en asignaturas que luego repetirán, en parte, en el primer ciclo de Medicina. Son gente brillante, bien formada, con buenas notas, competitiva.

A continuación, tres años de básicas y transición a la clínica y tres años de clínica, para estudiar apuntes, contestar exámenes y mirar como los residentes – y el que es afortunado, adjuntos – hacen cosas que ni siquiera entienden. Alguno se lava en quirófano. Alguno finge que va a una guardia. Algún otro da puntos en Urgencias.

Como todos hemos pasado por eso, deberíamos ser sinceros y reconocer que al terminar la carrera, la mayoría no teníamos ni idea del ejercicio profesional de la medicina. Ni se espera que la tengamos. Porque ahora viene otro proceso selectivo, el MIR.

Toca pasar un año de tortura física y psíquica, entrenándose a contestar exámenes tipo test y hacer cálculos y simulacros para pasar el examen MIR. Eso sí, después del examen un viaje a las playas de la costa de México, en algo parecido a lo que los americanos desmadrados llaman «Springbreak».

Y luego vienen 4-5 años de aprender (próximamente en un tronco y luego especialidad), a ejercer la medicina. Se hacen cursos de metodología de la investigación, de RCP, seminarios de I+D, cursos de preventiva, de infecciones, de escritura de artículos científicos, de lectura crítica…. Y se evalúa anualmente, de manera semicuantitativa (por ponerlo de alguna forma) por parte de los tutores y los miembros del servicio. Y al final de estos años se da un papel que dice «especialista en».

Claro que si hay que superespecializarse, viene el «fellowship». Aquí o fuera. Otro año/dos años más….

Cuando verbalizo todo esto, percibo una sensación particular. De repente, entiendo que la formación médica es una enfermedad crónica, con gran carga de enfermedad en el grupo de edad en el que más años de vida ajustados por calidad se pierde, y para la que no queremos encontrar solución.

No hemos definido qué es ser médico en el siglo XXI, menos aún qué es ser un buen médico. O un buen especialista. Por tanto, no lo medimos. Lo que obtenemos es absolutamente ignorado. Es lo que es porque somos «kantianos», porque tenemos buenas intenciones y aplicamos el imperativo categórico…

Seamos sensatos, reflexionemos, actuemos y dejemos de creer que formamos personas para convertirse en dioses. Ese es el pecado y el que nos lleva a la penitencia.

PD (21-09-2015): ¿Qué tal un ensayo clínico? 20 estudiantes con una distribución normal de notas de bachillerato y que pasen la selectividad. Primero y segundo con menos asignaturas que el plan actual (eliminamos las ya dadas). En tercero dejamos las de fisiopatología, propedéutica y entrevista clínica. En el cuarto, preparación del MIR (examen por ECOE de manera «ciega» para el evaluador) y examen MIR. Si no sacan notas iguales o mejores que los examinandos convencionales, les volvemos a meter en el curso normal….

En Agosto de 2014, el New England Journal of Medicine ya publicaba un artículo de Asch y Weinstein en el que se afirmaba que, entre otras cosas, la duración de la formación médica es el resultado de la tradición y no de la evidencia (gracias a @danielmorenoz por hacérmelo notar)

Lives lost like tears in rain

As you like it…

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All the world’s a stage,
And all the men and women merely players;
They have their exits and their entrances,
And one man in his time plays many parts,
His acts being seven ages. At first, the infant,
Mewling and puking in the nurse’s arms.
Then the whining schoolboy, with his satchel
And shining morning face, creeping like snail
Unwillingly to school. And then the lover,
Sighing like furnace, with a woeful ballad
Made to his mistress’ eyebrow. Then a soldier,
Full of strange oaths and bearded like the pard,
Jealous in honor, sudden and quick in quarrel,
Seeking the bubble reputation
Even in the cannon’s mouth. And then the justice,
In fair round belly with good capon lined,
With eyes severe and beard of formal cut,
Full of wise saws and modern instances;
And so he plays his part. The sixth age shifts
Into the lean and slippered pantaloon,
With spectacles on nose and pouch on side;
His youthful hose, well saved, a world too wide
For his shrunk shank, and his big manly voice,
Turning again toward childish treble, pipes
And whistles in his sound. Last scene of all,
That ends this strange eventful history,
Is second childishness and mere oblivion,
Sans teeth, sans eyes, sans taste, sans everything.

Jeff DeGraff en la SSAT

Ayer 17 de Mayo, la conferencia Doris y John L. Cameron del encuentro anual de la SSAT durante la Digestive Disease Week estaba dedicada a la innovación.

El encargado de la presentación era Jeff DeGraff: Leading Innovation in the Age of Health Care Transformation. Evidentemente, el título me hacía presuponer que resultaría de mi interés. Y no me defraudó.

DeGraff mezcla sus conocimientos de economía con una puesta en escena radical. Una de sus primeras frases fue «La innovación sólo se produce cuando tu vida es una mierda». Y a partir de ahí fue un martillo pilón destrozando los «mantras» y las «vacas sagradas» de la sanidad y su pretendida actividad innovadora.

Sus recomendaciones son variadas, como no pensar linealmente, innovar en los extremos de la campana de Gauss, mezclar creatividad, competición, colaboración y control, asumir que la innovación es momentánea…

Para que os podáis hacer una idea, os dejo uno de sus vídeos.

¿Regular el amor?

Hoy he salido a cenar por Washington DC y camino de Dupont Circle me he encontrado con este mural. Perturbador. No por su apoyo a la igualdad o al amor. Sino por las preguntas que me ha hecho hacerme.

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Se habla de «parejas que se aman», «igualdad», «matrimonio» y «el amor no puede esperar». Al leerlo, se me ha disparado el centro de ideas descabelladas.

¿Qué sentido tiene en el siglo XXI que el estado regule el amor entre personas?

¿Por qué tiene que regularse el amor únicamente entre dos personas?

¿Qué derecho adicional otorga a un ser humano que le ame otro? ¿Y por qué le debe importar eso al Estado?

Si el amor es el bien importante que intenta preservar el Estado, ¿por qué no regula el amor entre tres, cuatro, cinco o n número de personas?

¿Cómo diferencia el Estado el amor que debe proteger?

¿Y qué pasa con las parejas que no se aman, pero se casan?

Tantas preguntas que no tienen sentido. Tantos sentidos que no tienen contestación…

Y no me vengan con cuentos, pensar que el amor sólo se puede dar entre dos personas es un prejuicio

El cuerpo medicalizado o el retorno de Frankenstein

Este artículo me lo publicaron en 2011 en la revista Barcelona Metrópolis, gracias a la invitación de una gran amiga, la historiadora del arte Estrella de Diego….

La medicalización del cuerpo humano en los países occidentales se inició en el siglo XVIII con la medicina urbana, tal como lo describió Michel Foucault en su Historia de la medicalización, para culminar en la última mitad del siglo XX, impulsada desde el corazón de las urbes globales.

Los ciudadanos se han entregado a la promoción y el desarrollo del conocimiento biomédico y de la cultura centrada en la potenciación biológica del individuo. Todos andamos a la búsqueda de un Shangri-La del perfecto bienestar, garantizado por la medicina moderna. El concepto de “salud total”, que se puso por escrito en la declaración de Alma Ata de 1978 (primera Conferencia Internacional sobre Atención Primaria de Salud), ha sido una de las características culturales definitorias del moderno proceso global de urbanización, que hace tiempo que dejó de ser una mera acumulación demográfica y de recursos para pasar a ser un conglomerado de difusión de estilos culturales y redes sociales.

“[…] la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solo la ausencia de enfermedad; es un derecho humano fundamental y la consecución del nivel de salud más alto posible […] es un objetivo social prioritario en todo el mundo, cuya realización requiere la acción de muchos otros sectores sociales y económicos, además del sector sanitario”.

Solo hay que observar el corazón de las urbes desde las que se dictan las tendencias culturales. En todas encontramos masivas ciudades sanitarias y tupidas redes de atención primaria en las que se acumulan cerebros de obra y biotecnología. Todo ello ofrece al ciudadano posibilidades nunca imaginadas previamente para atender sus necesidades, que se pretenden extender a todo el planeta bajo el lema de “salud para todos”.

El paradigma occidental de salud se construye en esas grandes ciudades que marcan tendencia. Allí, las necesidades humanas han ido evolucionando en divergencia con las del medio rural. No sólo se busca la prolongación de la vida productiva luchando contra la enfermedad. Existe el deseo de adquirir un físico vibrante y en continua remodelación. Se persigue obtener un cuerpo urbano cuyas funciones y pulsiones internas se sincronicen con la apariencia exterior; un cuerpo que se mimetice con el asfalto cuando nos convenga. O sobresalga en él, cuando se persiga la notoriedad.

Ahora, cuando vas andando por una calle en cualquier ciudad, te cruzas con otras personas aparentemente iguales. Van con prisa, hablando por sus teléfonos, con unos pequeños artilugios metidos en las orejas o discutiendo con sus acompañantes. Se miran entre ellas. Como se han mirado siempre. Se reconocen como miembros de una misma especie. Una persona, un cuerpo. Una persona, un sexo. Una persona es una identidad corporal singular, en constante deterioro hasta el final. O eso era antes. Ya no lo será nunca más. Las urbes actuales, que extienden su influencia cultural a través de los medios de comunicación de masas, hasta la aniquilación de lo rural, han convertido el cuerpo humano en una quimera, como el animal mitológico, hijo de Tifón y Equidna, formado por partes de otros tres seres: un león, un macho cabrío y un dragón.

Aunque las bases se sentaron antes, el primer gran hito en la carrera hacia la medicalización masiva del cuerpo tomó forma en una de esas ciudades globales, definidas como aquellas que tienen capacidad para influir no solo socioeconómica, sino también cultural y políticamente. En los años cincuenta del pasado siglo, en Boston, también conocida como The Hub of the Universe, los cirujanos del hospital Peter Bent Brigham, de la Facultad de Medicina de Harvard, crearon la primera quimera viable. El complejo biosanitario conocido como Longwood Medical Area ha sido la fuente del saber médico occidental durante todo el siglo XX.

En aquella empresa de síntesis corporal se embarcaron dos mujeres, dos hermanas gemelas. Eran dos cuerpos de lo más idéntico que se podía conseguir. Una donó una víscera a la otra para que supliera su falta de función en los riñones. Fue el sueño del doctor Frankenstein hecho realidad y convertido en premio Nobel de Medicina para el doctor Murray. Desde entonces, no ha habido fin. Para los urbanitas, la muerte aparenta no existir. Ya no siempre es el final de un organismo. Puede ser el comienzo de un nuevo cuerpo multiorgánico.

Desde esas ciudades globales distribuidas por todo el planeta, Nueva York, Londres, París, Barcelona o Madrid, y desde las grandes industrias biosanitarias que las vertebran hasta constituir uno de sus motores socioeconómicos más poderosos, los médicos nos hemos puesto a producir un nuevo orden. Hebra a hebra de hilo sintético, a base de polímeros de hidrocarburos, cosemos dos cuerpos diferentes con la intención de conseguir la funcionalidad de uno solo. Nos aplicamos por la fuerza a unir singularidades que habitualmente, después de reconocerse como distintas, tienden a rechazarse. Pero a pesar de la tensión aplicada para unirlos, nuestra fuerza no es suficiente para mantener varios individuos en uno. Y crece la insurrección. La batalla entre organismos distintos ocurre sin trincheras a escala celular. Sin prisioneros. Hasta el exterminio final. Si les dejáramos, los cuerpos se eliminarían entre ellos. No solo lucha el cuerpo receptor contra el cuerpo injertado, sino que también este rechaza a su huésped (graft-vs-host disease). Así que ha habido que desarrollar drogas capaces de engañarles. El sistema inmune del cuerpo receptor es el objetivo de los fármacos inmunosupresores, que lo adormecen hasta suprimir su capacidad de reconocer el origen ajeno de las células del nuevo cuerpo injertado. Pero no todo son ventajas, porque aunque la reacción de rechazo ha sido domada, los medicamentos no la han podido eliminar. Es necesario establecer tratamientos crónicos que conllevan riesgos, tanto para el huésped como para el injerto, debido a la toxicidad de los fármacos utilizados.

Aun con ese alto precio a pagar, después de los riñones siguieron otras partes corporales trasplantadas. Algunas de ellas tienen un significado casi espiritual. Al contrario que Woody Allen, estamos reconstruyendo a un “multiHarry” con otros trozos de corazón, hígado, pulmones, córneas, páncreas o el intestino. Los trasplantes multiorgánicos son hoy en día una realidad y se asocian los trasplantes hepáticos e intestinales, de corazón y pulmón, o de riñón y páncreas.

Y tenía que ser en California, la fábrica de los sueños, desde donde se iniciara la búsqueda de una solución creativa para esta lucha contra el deterioro anatómico y funcional del cuerpo, dirigiendo nuestra imaginación hacia los xenoinjertos. Como en King Kong, los ciudadanos de la megápolis intentan dominar al gran mono. Con todo el poder de cualquier otra superproducción salida de los estudios cinematográficos, baby Fae, una recién nacida con un defecto cardiaco incompatible con la vida, fue el primer ser humano que sobrevivió unos días con el corazón de un babuino en Loma Linda, en los años ochenta.

Treinta años después del primer fracaso, los avances en la biotecnología permiten la manipulación genética celular, lo que ha llevado a los científicos a proponer la modificación de otros animales que hagan que su cuerpo sea compatible con la especie humana. Anhelamos tener una granja permanente para el gran consumo de órganos dedicados a la reparación de nuestros cuerpos: las quimeras transgénicas.

Otro ejemplo de un área en la que la influencia urbana ha forzado la medicalización del cuerpo es en la de la apariencia externa y el vigor sexual. Desde dos de las grandes ciudades en las que reside el imperio de los sentidos, Río de Janeiro y São Paulo, se ha cultivado la reparación del cuerpo para potenciar la apariencia física y el atractivo. Ahora esa necesidad se extiende por todo el planeta.

Tell me what you don’t like about yourself” (Dime qué es lo que no te gusta de ti mismo) era la pregunta que dos cirujanos plásticos de una serie televisiva de ficción urbana dirigían a sus clientes cuando acudían a su consulta, primero en Miami y luego en Los Angeles. El culto al cuerpo. Porque en nuestras ciudades, la apariencia contiene elementos de validación propia y externa. Sin necesidad de superar la incomunicación galopante que nos amenaza, la medicina y la cirugía estética pueden divinizar el cuerpo hasta convertirlo no solo en la mejor, sino en la única tarjeta de presentación. Nos libramos a una suerte de exteriorismo quirúrgico.

Es parte de la cultura popular el uso de los implantes de biomateriales para aumentar el tamaño de las mamas, de los glúteos o de los labios. Los cuerpos siliconados abundan en los gimnasios de nuestras ciudades, en los que el individuo luce sus atributos, pagados a golpe de préstamo si es necesario, ante los ojos ajenos. Se potencia la percepción del yo exterior, tanto por parte de mujeres como de hombres. La voluptuosidad de las curvas se crea mediante prótesis colocadas quirúrgicamente en lugares estratégicos de la anatomía.

La medicalización del cuerpo llega incluso a la genitalidad. En este caso es el interiorismo quirúrgico. Hasta el rejuvenecimiento vaginal va ganando adeptas que narran sus experiencias en Youtube. Y proliferan los centros dedicados a ofrecer soluciones al problema en todas las grandes ciudades occidentales. Si no te gustan tus labios menores, si necesitas revitalizar tu vagina, un cirujano estético se ocupará de esculpir una nueva intimidad. Si tu pene es pequeño, un mínimo corte allí, una prótesis puesta allá, aumentarán tu autoestima. Incluso la disfunción eréctil, simbólico ejemplo del declive y ocaso del macho dentro del grupo, puede ser compensada o eliminada mediante el uso de biomateriales cuando la farmacología no ofrece una solución.

Finalmente, la modificación de la identidad sexual es el último paso en el cuerpo medicalizado. Cuando uno no se siente adecuadamente representado por el fenotipo, es decir, por la apariencia externa de sus genitales, la cirugía y la medicina pueden reasignarle un género. La combinación de hormonas exógenas y de reconstrucción corporal posibilitan una adecuada sincronización psíquica y fenotípica. Es decir, lo que uno siente y lo que uno parece externamente pasan a coincidir gracias a la ciencia médica.

Los trasplantes, los cuerpos reparados con biomateriales o la reasignación de sexo son tres ejemplos del avance imparable del cuerpo medicalizado en el siglo XXI. Forman parte de una historia de éxito en la investigación biomédica, en la medicina organicista, que se ha cultivado en las ciudades durante los últimos tres siglos y que desde ellas se ha sembrado por el planeta mediante la difusión a través de los medios de comunicación de masas. Ahora, cuando nos cruzamos con otros individuos por esta “aldea global”, su cuerpo ya raramente es un solo cuerpo. Incluso cuando un individuo no contenga ninguna parte ajena, los medicamentos llevarán tiempo circulando y ocupando sus dianas terapéuticas para tratar un complejo sistema expuesto a un proceso continuo y natural de deterioro. Los avances cientificotécnicos están convirtiendo los sueños en realidad y al cuerpo humano del ciudadano actual en una quimera. Luchamos por retrasar el envejecimiento y la muerte casi a cualquier precio. Aun así, uno no puede dejar de hacerse preguntas que raramente encuentran respuesta: ¿Hasta dónde queremos llegar? ¿Para qué?

La digestión del talento

Esta es otra de mis tribunas. La publicó Diario Médico el 27 de Marzo de 2008. Han pasado 7 años. Uno detrás de otro.

Si las consejerías de sanidad se funden gran parte del presupuesto de formación para financiar la difusión del EFQM entre los profesionales del sistema, en un viaje sin hoja de ruta pero con un utópico destino en la excelencia, ¿por qué tenemos tantos problemas dentro del Sistema Nacional de Salud con la formación de residentes, en atención primaria, con los recursos humanos, con la investigación, con la eficiencia, etc? Pues más que por la disfunción es por la digestión del talento.

Una característica de nuestro sistema de salud es que ocupa a gran número de individuos con un perfil personal e intelectual muy sesgado. La Administración ha invertido, durante varias décadas, ingentes cantidades de dinero para educarnos y convertirnos en líderes médicos y científicos.

Como grupo, debemos poseer una mayor capacidad intelectual que el resto. ¿Por qué? Pues porque para llegar a obtener una plaza de facultativo hay que demostrar un nivel superior durante la época preuniversitaria, en la selectividad y durante la carrera. Además, luego pasas por otro proceso selectivo -mientras que el director general de Recursos Humanos del Ministerio de Sanidad de turno no dicte resoluciones contrarias-, te especializas durante 4 ó 5 años e incluso muchos se doctoran. En resumen, los profesionales médicos del SNS son un grupo “excesivamente entrenado” para sobresalir. De hecho, ningún otro profesional, dentro de ningún escalafón del Estado, ha pasado tantos filtros de verificación de su capacidad intelectual. No es una recriminación, sólo constato los hechos.

Y ¿qué pasa diariamente? Pues que gente con un elevado nivel de talento, siendo alguno sobresaliente, afronta casi continuamente situaciones de frustración personal y profesional, como parte constitutiva de un sistema absolutamente “poco inteligente” (definida la inteligencia como la capacidad para adecuarse a situaciones nuevas mediante la interacción con el medio en el que se actúa.). Vamos, que la mayoría de las veces los médicos están mucho más dotados que los que les mandan.

La incongruencia entre administradores y administrados llega a ser de tal magnitud que al final estalla el conflicto. Así no hay excelencia que valga. De entrada, la mayoría de los facultativos carecen de retos a la altura de sus expectativas. Nada de torres de marfil del conocimiento; todo es mucho más mundano. Nos rompemos la cabeza intentando compaginar las guardias con la asistencia a congresos o las peonadas con la investigación. Y lo que es peor, los que consiguen generarse sus propios retos soportan las limitaciones burocráticas y la roma gestión por parte de los administradores, que no suelen estar a la altura de sus administrados. De manera que te conviertes en una especie de Juan Palomo:”¿Quieres excelencia? ¿Sí? Pues te la buscas tú”. Finalmente, todo choca contra la inseguridad legal derivada de la “necesaria estabilidad legal del sistema”. Siempre se presupone que la Administración actúa “de buena fe”, de manera que incluso si intentas combatir pobres decisiones -es un eufemismo- del menos que capaz administrador de turno, no del sistema, te ves abocado a una eterna lucha contra molinos de viento.

Causar frustración sistemática a personas inteligentes no es gratuito. De hecho, es un grave error, de lamentables consecuencias para la propia organización, porque los brown-eaters terminan por revelarse. Como recompensa a la pésima gestión del talento por parte de los administradores de nuestro sistema sanitario se consigue que los médicos, en quienes se han invertido tantos fondos, desarrollen cuatro grandes patrones de comportamiento claramente contrarios a la excelencia: retirada, huida, pasividad/agresividad y, finalmente, conductas peligrosas. Y no olvidemos que cuanto más inteligente es un individuo, mayor riesgo conllevan sus reacciones.

Así la retirada es la respuesta más primitiva, por la que los profesionales, que llevan años luchando sin éxito por cultivar unas capacidades muy especializadas, desisten y deciden que pasan, que les da todo lo mismo, que se dedican a comportarse como empleados por cuenta ajena y no como profesionales.

La huida, sin embargo, supone una conducta activa por parte del médico, que no está dispuesto a desaprovechar los años que ha dedicado a fomentar unas cualidades tan sobresalientes. Como no puede desarrollar sus intereses, orienta su mira hacia la ganancia económica, así que decide abandonar el sistema e irse a otro país, otra comunidad o dedicarse al ejercicio privado.

La actitud pasiva/agresiva es aún peor. En este caso, la frustración lleva a utilizar la inteligencia no sólo para evitar cumplir los naturales objetivos marcados, sino para obstaculizarlos y minar la moral de todos los que les rodean.

Finalmente, la más penosa reacción a la digestión del talento viene definida por desordenes conductuales, que suelen desembocar en actividades potencialmente lesivas: el consumo desmedido de drogas, situaciones de riesgo con los pacientes e incluso comisión de delitos dentro de la organización.

Promover el talento y reclutarlo para el sistema son medidas necesarias. Pero deben acompañarse de una gestión acorde con la calidad y el grado de exigencia que se demanda. Es decir, no sólo deben ser “excelentes” los médicos; también los gestores y los políticos. Porque si no es así, recuerden que los chicos prodigiosos pueden convertirse en jóvenes airados.