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Relatos cortos

Rojos relativos

– Pietro, un gobierno de centroizquierda en Italia no podía resistir mucho. Son rojos relativos – le dije nada más colgar el teléfono. El me sonrió. Le sonaba a Tiziano, Rosso Relativo. – Eso decían en la Cámara, pero Prodi había soportado bien la situación hasta el otro día. Por eso le llamamos, doctor Klint. Nos habían informado de que usted era la persona ideal para mover todas las cuerdas a la v
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Tor Vergata

– Te invito a cenar. ¡Quiero que me cuentes más! – exclamó entusiasmado, con los ojos brillando, como un niño con un juguete nuevo entre sus manos – Será un placer, porque no me espera nadie y es triste cenar sólo en Roma – mentí; y según lo hacía, me di cuenta de que mis palabras podían estar resultándole ofensivas, aunque era cierto que prefería cenar con él. – ¿Dónde prefieres ir? 
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Klint y la navaja de Ockham

En la Piazza Navona había obras, como es normal en Roma. Y entre los materiales, de manera discreta, me había citado con un miembro del círculo íntimo de Il Profesore. – Pensé que te habías asustado y no vendrías – me susurró con un suave acento romano, a la vez que me arrastró por la chaqueta para apartarme de un foco que, con una luz de tono marfil, iluminaba el lugar. No era conveniente que nos vieran
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El mundo para Klint es insuficiente

Me di la vuelta y continué por una pequeña calle, a la izquierda de la Piazza della Rotonda, con dirección a la Piazza Navona, regocijándome, como un puerco en el fango, con el recuerdo del tremendo éxito que mi intermediación tuvo en el Partido Democristiano. Sólo hablé con las personas adecuadas y les ayudé a entender que ellos estaban llamados a definir una nueva ruta hacia el destino que querían perseguir. No nec
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La vida secreta de Gustavo Klint

– Te envidio porque me tienes – fue todo lo que dije. Y me marché. No sabía el motivo por el que había pronunciado esa frase. Aparentemente, no tenía ningún sentido en ese momento en el que desfilaba hacia la puerta del Gran Hotel de la Minerve. Pero me salió así. Seguramente, sólo pretendía mantenerme en su cabeza. Si quería conocer “La vida secreta de Gustavo Klint” tendría que hacer algo má
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No me llames Dolores, llámame… Meralgia

La historia de mi vida comienza con mi bautizo; o mejor, en el bautizo que no se celebró. No me entiendan mal, mi nacimiento fue muy importante para mis padres, por no decir para mi misma, aunque de esto no fui consciente hasta que no sobrepasé la adolescencia, como le ocurre a cualquier otra persona. Pero no fue distinto al de otras niñas en la España de los años setenta. Lo que resultó diferente fue el intento fall
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Presentando a Gustavo Klint en la Feria del Libro

Y llegó el día. En un caluroso 11 de Junio de 201, las historias de Gustavo Klint me llevaron a la Feria del Libro de Madrid. En el Retiro. Hace años que Gustavo apareció en mi primer blog, dentro de la plataforma de Diario Médico. De hecho, llegó a tomar mando del mismo, dedicándose por igual a editar textos que a escribir sobre sus cosas, historias e ideas. No era de extrañar, porque cuando al doctor Klint le sale
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A Klint se le durmió la cara

Acapulco, en el Estado de Guerrero, era esta vez el destino. Había venido con la excusa de participar en otro congreso mundial de una sociedad quirúrgica. Y no hacía más que aburrirse por la reiteración “ad nausean” de las mismas presentaciones del año anterior en Sudáfrica. Nada nuevo bajo el sol. Sólo historias de “fishing buddies”. El encargo de la Compañía, sin embargo, era esta vez más ar
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Klint, soy Gustavo Klint: hit me with your rythm stick

Aquí me tienen, preparado para lo que venga. Soy Klint, Gustavo Klint, un hombre, austriaco, una persona, un psicópata sublimado, un descarado, un sinvergüenza. Y además, ante todo, un cirujano. Pronto me tendrán a su disposición. Sólo para sus ojos. No esperen la corrección política de mi. No sirvo. Me molestan los meapilas, los tibios, los adocenados, los que sonríen como si supieran cosas que se reservan. Me joden
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Adia

Terminamos de desayunar. De pie en la cocina. Cogimos las maletas, nos despedimos de su familia y montamos en el SUV. Sara McLachlan empezó a sonar en el programa despertador de la radio. Con ese eco tan característico de la música en los monovolúmenes norteamericanos. Ibamos al aeropuerto. La pequeña, con un liso y largo pelo negro, y sin dos dientes en su sonrisa, agitó la mano en lo alto. Desde la puerta. No olvid
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