Derecho al olvido

Pese a que en ese instante deseaba desesperadamente, y con todas las fuerzas que podía juntar, deshacer mis acciones, era en vano. Inútil. Una frustrante obsesión.

No se puede desandar el camino, aunque se intente. La realidad es tozuda. Nuestra vida siempre va hacia adelante. Cuando quieres volver y «desandas» los pasos que diste, el sitio al que llegas es distinto al de partida. Aunque parezcan lo mismo, aunque se llamen igual. Es mentira. Ha pasado el tiempo, han ocurrido cosas. Da igual que Tony Braxton pidiera que la «desrompieran» el corazón.

Eso mismo pasaba ahora con las fotografías que había compartido o mandado por todo tipo de conexiones digitales. Al hacerlo y confiar en otros, había perdido su control y ahora podían estar siendo usadas para satisfacer a cualquiera, en cualquier sitio, en cualquier momento. Sólo eran tres de muchas, pero mis imágenes, por obscenas y grotescas que pareciesen, más allá del placer que hubiera sentido al ser tomadas, no podían ser retiradas. Ni por mi ni por nadie.

El derecho al olvido sólo existe cuando una tiene acceso a los recuerdos de los demás. De todos los demás. Para editarlos, modificarlos o borrarlos. No resulta difícil con una persona. Incluso con dos, o tres. Pero en este mundo digital es imposible. No hay manera de que yo apriete un botón y destruya cualquier traza de mi, de toda mi vida, en miles de servidores o terminales. O en millones. Casi de manera infantil, había estado segura de que a mi no me pasaría.

Lamentablemente, las palabras en los mensajes funcionan igual. Cuando se escriben en un texto y se lanza, se convierten en armas que entran directamente en el centro del cerebro que controla las emociones de quien lo lee. No poseemos un cortafuegos que las frene, o al menos desvíe. Entran sin filtrar y nos condicionan. A veces nos dañan, otras nos dan placer. También miedo.

«Te tengo. Ahora es mi turno» decía el último.

Y parece mentira que yo, Meralgia, una mujer tan familiarizada con el dolor como para tenerlo por nombre, no hubiera sido capaz de entender que mi pequeño delito no lo era, y que la trampa tendría consecuencias. Y que el dolor lleva a la ira, la ira lleva al odio…

Mis fotos, desnuda, en una fiesta en un local de Bourbon Street. En Nueva Orleans. No debí compartirlas. No debí confiar en aquel bobo. No es su culpa. Es la mía. Yo había dejado la puerta abierta para que me convirtieran en un deseo ubicuo. A la vez, mi miedo al juicio de los demás era la más potente herramienta de chantaje.

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