La IA es barata. Lo caro es el juicio.

Antes de empezar les propuse una prueba muy sencilla: que levantara la mano quien no hubiera utilizado una herramienta de inteligencia artificial durante la última semana.

Una persona.

No está mal.

Porque lo verdaderamente importante no es que casi todos utilicemos ya inteligencia artificial. Es que hemos dejado de utilizarla únicamente para jugar. Ya no le preguntamos solo qué podemos cocinar con lo que queda en el frigorífico o dónde está determinado lugar. La utilizamos como antes utilizábamos Google, pero también empezamos a consultarle cuestiones relacionadas con nuestro trabajo, con nuestras dudas y con decisiones que importan.

Y eso cambia las cosas.

Para un médico, y para un cirujano en particular, podemos utilizar una definición operativa bastante sencilla: la inteligencia artificial es la capacidad de una máquina para simular procesos cognitivos que consideramos propios de nuestra especie.

No es magia.

Son matemáticas.

Y, al menos por ahora, no sustituye al médico.

Aunque mi tesis es algo más incómoda: si no estamos atentos, los médicos pueden ser de los primeros en tener problemas. Los cirujanos quizá resistamos algo más. Tenemos la ventaja provisional de trabajar con las manos.

También solemos repetir que la tecnología no es buena ni mala, que es neutral. No estoy de acuerdo. Una tecnología acaba siendo lo que hacemos con ella. Y los seres humanos tenemos una extraordinaria capacidad para utilizar nuestras herramientas tanto para hacer el bien como para producir daño. Para esto último, además, no hacen falta demasiadas personas. Basta con alguien dispuesto a utilizar una herramienta poderosa de manera perversa.

La historia de esta obsesión viene de lejos.

En 1950, Alan Turing publicó en Mind su célebre trabajo Computing Machinery and Intelligence. Lo abrió con una pregunta aparentemente sencilla: Can machines think?

¿Pueden pensar las máquinas?

El problema aparece inmediatamente. Para responder tendríamos que definir primero qué es una máquina y, sobre todo, qué significa pensar. Y no tenemos una definición demasiado satisfactoria de lo segundo.

Turing encontró una salida extraordinariamente pragmática. Si no sabemos definir exactamente qué significa pensar, quizá podamos reconocer sus manifestaciones. Si un ser humano conversa con una máquina y con otra persona sin saber cuál es cuál, y no consigue distinguirlas, la máquina habrá conseguido simular suficientemente bien una conducta que atribuimos al pensamiento.

Es una especie de ensayo ciego.

Casi como darle un electrocardiograma a un cirujano.

Pocos años después, en Dartmouth, un pequeño grupo de investigadores dio nombre al proyecto: inteligencia artificial. Imaginaban máquinas capaces de utilizar el lenguaje, resolver problemas propios de los seres humanos y, algo particularmente interesante, improve themselves: mejorarse a sí mismas.

Y aquí aparece una pregunta que prefiero no responder. Es mejor llevársela a casa:

¿Por qué estamos tan obsesionados con construir máquinas que piensen como nosotros si no es, en algún momento, para que hagan lo que hacemos nosotros?

Durante décadas, sin embargo, la inteligencia artificial avanzó con dificultad porque partía de una hipótesis discutible: que los seres humanos somos fundamentalmente racionales.

Se intentó reproducir nuestro razonamiento mediante reglas. Si ocurre A y ocurre B, entonces C. Parecía lógico.

El problema es que nosotros no funcionamos así.

Somos mucho mejores reconociendo patrones que aplicando reglas formales. Nadie aprende su lengua materna estudiando primero la gramática. Un niño aprende escuchando, imitando, equivocándose y reconociendo regularidades. Si nace en Galicia probablemente aprenderá gallego; si nace en China, chino. Su red neuronal biológica se entrena con la información que recibe del entorno.

Ese cambio de perspectiva fue fundamental para el desarrollo del machine learning, después del deep learning y finalmente de la inteligencia artificial generativa.

La diferencia puede explicarse de manera muy simple.

A un sistema discriminativo podemos enseñarle una imagen y preguntarle: «¿Qué es esto?». Y responde: «Un perro».

A un sistema generativo podemos decirle: «Escribe un soneto sobre un perro».

Ya no se limita a clasificar. Genera algo que antes no existía combinando los patrones aprendidos a partir de cantidades gigantescas de información.

El gran salto tecnológico llegó cuando aprendimos a construir arquitecturas capaces de procesar esas cantidades de información de manera eficiente. En 2017 apareció la arquitectura transformer, basada en mecanismos de atención. Y a partir de ahí comenzó una aceleración extraordinaria.

Pero el problema realmente interesante no es tecnológico.

Es humano.

Nuestro ancho de banda cognitivo no aumenta a la misma velocidad que aumenta la cantidad de información disponible.

Ninguno de nosotros puede leer ni siquiera una fracción significativa de todo lo que se publica cada año en su especialidad. Y aunque pudiéramos leerlo, aparecería inmediatamente otro problema: distinguir qué es verdad, qué es probablemente verdad y qué simplemente ha conseguido publicarse.

La revisión por pares y el prestigio de las revistas funcionan como mecanismos de confianza. Son necesarios. Pero sabemos que una parte considerable de la literatura contiene problemas metodológicos, estadísticos, de tamaño muestral, reproducibilidad o interpretación.

Por tanto, tenemos una paradoja: producimos más conocimiento del que somos capaces de integrar y, al mismo tiempo, una parte de ese conocimiento es incierta.

Ahí la inteligencia artificial representa simultáneamente un problema y una oportunidad.

La inteligencia artificial discriminativa es especialmente buena encontrando patrones. En cardiología, por ejemplo, dispone de una señal extraordinariamente estructurada: el electrocardiograma. Con suficientes registros asociados a resultados puede detectar características que el ojo humano difícilmente identifica.

Pero no confundamos predicción con causalidad.

Un algoritmo puede descubrir una asociación extraordinariamente potente sin explicarnos por qué sucede.

Y esto importa mucho cuando hablamos de medicina predictiva.

¿Qué significa decirle a una persona que tiene un 50 % de probabilidad de desarrollar un cáncer dentro de diez años?

¿Qué hace esa persona con ese número?

¿Qué hacemos nosotros?

¿Sobre qué variables podemos intervenir?

¿Y cuáles ni siquiera conocemos?

La estadística nos proporciona probabilidades. El problema clínico comienza después, cuando tenemos que convertir esa probabilidad en una decisión para una persona concreta.

Por eso tengo ciertos problemas incluso con la expresión «medicina de precisión». En gran medida seguimos haciendo medicina de aproximación. Agrupamos personas con características semejantes y estimamos que responderán de una determinada manera. Pero alrededor de cada individuo existen miles de señales, moléculas, interacciones y circunstancias que no somos capaces de integrar.

Y aquí es donde la inteligencia artificial generativa puede producir un cambio mucho más profundo.

Porque prácticamente todo puede convertirse en lenguaje.

Una historia clínica es lenguaje. Una imagen es lenguaje. El sonido es lenguaje. Nuestro ADN es lenguaje. Incluso nuestra forma de vestir comunica información.

Los modelos convierten esas señales en representaciones matemáticas, las fragmentan, las transforman en vectores y realizan cálculos sobre ellas a una velocidad y una escala imposibles para nosotros.

Pero haber creado un chatbot no significa haber resuelto nuestros problemas.

De hecho, el chatbot como concepto ya está siendo superado.

Estamos entrando en la era de los agentes: sistemas con mayor autonomía que no se limitan a esperar nuestra siguiente pregunta. A partir de un objetivo pueden encadenar razonamientos, utilizar herramientas, consultar información, ejecutar acciones y adaptar su comportamiento al contexto.

Y esto introduce una cuestión especialmente relevante en medicina.

Un chatbot aislado, que no está integrado en nuestro sistema de información, puede resolver una duda concreta, pero también consume tiempo. Tenemos que abrirlo, introducir información, revisar la respuesta y trasladar después el resultado a nuestro entorno de trabajo.

Eso no transforma realmente la medicina.

La transformación comienza cuando la inteligencia artificial desaparece dentro del proceso.

Pensemos en los escribas clínicos. Durante una consulta, el sistema puede escuchar la conversación, estructurar la información y generar documentación. Eso podría devolvernos una enorme cantidad de tiempo.

Y necesitamos recuperarlo.

Porque hemos llegado a aceptar como normal que un médico pase una parte enorme de la consulta mirando una pantalla y tecleando.

Entonces el paciente puede hacerse una pregunta perfectamente razonable:

«Si el médico no me mira, ¿para qué necesito que sea humano?»

Ese es un riesgo mucho más profundo que cualquier algoritmo.

Ninguno de ustedes estudió Medicina para mirar una pantalla. Salvo, quizá, los radiólogos.

Estudiamos Medicina porque nos interesaban las personas.

Y, sin embargo, hemos construido sistemas en los que resulta cada vez más difícil mantener una conversación clínica sin tener delante la historia electrónica. Hemos externalizado memoria, procesos y capacidades. Hemos ido desescalando determinadas habilidades.

La inteligencia artificial puede liberarnos de parte de esa carga.

Pero inmediatamente aparece otra cuestión: ¿para qué queremos el tiempo que nos libera?

Porque podríamos utilizarlo simplemente para ver más pacientes.

Sería la respuesta industrial clásica: si una tecnología permite hacer algo más deprisa, hagamos más.

Yo fui director médico. Sé cómo funciona esto. Nuestros sistemas de información son extraordinariamente buenos diciéndonos cuántas consultas hemos realizado, pero mucho menos buenos diciéndonos cómo están realmente nuestros pacientes.

Quizá deberíamos utilizar el tiempo recuperado para hacer precisamente aquello que las máquinas no deberían quitarnos.

Hablar con los pacientes.

Hablar con nuestros compañeros.

Tomarnos un café.

Incluso no hacer nada durante un rato.

Pensar.

Y, sobre todo, pensar sobre cómo pensamos.

Porque uno de los mayores riesgos de la inteligencia artificial no es que aprenda demasiado.

Es que nosotros desaprendamos.

Cuando dejamos de practicar una capacidad, la perdemos. Si dejamos de pensar porque la máquina piensa mejor, terminaremos dependiendo de ella para pensar.

Y entonces sí seremos sustituibles.

Por eso, siendo un apasionado de la inteligencia artificial, mi recomendación puede parecer paradójica: tenemos que dedicar más tiempo a pensar y menos tiempo a hacer.

El problema es que la tecnología avanza mucho más deprisa que nuestra capacidad para aprender a utilizarla. Se aprueban dispositivos y aparecen nuevas aplicaciones a una velocidad extraordinaria, mientras que la formación en inteligencia artificial dentro de nuestras instituciones académicas crece mucho más lentamente.

Pero enseñar inteligencia artificial no consiste en enseñar a nuestros estudiantes a convertirse en mejores usuarios de ChatGPT.

Consiste en enseñarles a utilizarla para recuperar lo que nunca deberíamos haber perdido.

La medicina de la interacción humana.

La medicina de la agencia.

La agencia del paciente y la del médico que actúa como su agente.

A partir de ahí podemos preguntarnos qué puede hacer ya la inteligencia artificial en las cuatro grandes áreas de nuestra actividad: investigación, clínica, docencia y gestión.

En investigación tenemos un problema inmediato: la tecnología cambia más deprisa que el sistema científico que pretende evaluarla.

Publicamos estudios sobre modelos que, cuando el artículo finalmente aparece, prácticamente ya no existen.

Estamos produciendo evidencia obsoleta.

Por eso necesitamos nuevas metodologías de evaluación y de reporte. Estamos trabajando con McMaster en marcos que permitan estandarizar cómo se estudian y comunican los resultados obtenidos con modelos generativos. Y estamos impulsando acuerdos internacionales sobre cómo validar la inteligencia artificial generativa aplicada a la medicina.

Validar un algoritmo discriminativo es relativamente sencillo.

Validar un sistema generativo, cambiante, probabilístico y dependiente del contexto es mucho más difícil.

Necesitamos nuevos marcos.

También estamos trabajando con datos sintéticos.

No son perfectos ni sustituyen automáticamente a los datos reales. Pero permiten hacer cosas muy interesantes. Podemos, por ejemplo, testar la robustez de un algoritmo sin comprometer la privacidad de pacientes reales. Podemos generar escenarios. Podemos simular poblaciones. Y podemos empezar a construir representaciones digitales sobre las que experimentar antes de intervenir sobre la realidad.

Aquí entramos en el territorio de los gemelos digitales.

Conviene ser rigurosos con el término.

Existe un continuo entre simulación, sombra digital y gemelo digital. Gran parte de lo que hoy llamamos «gemelo digital» no lo es todavía. Un verdadero gemelo digital exige intercambio de información entre el sistema real y su representación digital, idealmente de forma dinámica.

Hoy tenemos, en muchos casos, sombras digitales.

Pero incluso una sombra digital puede ser extraordinariamente útil.

Podemos preguntarnos qué podría ocurrir si introducimos un medicamento nuevo en un proceso asistencial. Podemos simular cambios organizativos. Podemos representar listas de espera y observar por dónde entran los pacientes, dónde se acumulan, cuántos terminan siendo intervenidos y dónde aparecen las restricciones del sistema.

En lugar de discutir eternamente sobre lo que creemos que ocurrirá, podemos construir escenarios y observar qué ocurre dentro del modelo.

También podemos utilizar estas tecnologías para enseñar.

En pocos minutos podemos generar un simulador anatómico. Podemos crear un TAC sintético con diferentes fases de contraste. Podemos desarrollar un visor de resonancia magnética pélvica para que un residente aprenda a identificar un cáncer de recto. Podemos construir un simulador de apendicectomía laparoscópica y comprobar que un residente conoce las fases de la intervención antes de entrar en quirófano.

El paciente de la simulación no existe.

La imagen puede ser sintética.

El error tampoco necesita producirse sobre una persona real.

Y si aumentamos la cantidad y la calidad de los datos utilizados para construir estos entornos, podemos generar escenarios progresivamente más fiables para comprender no solo al paciente individual, sino la complejidad del sistema sanitario.

Algo parecido ocurrirá con la robótica.

Lo que hoy llamamos cirugía robótica tiene muy poca autonomía. En realidad utilizamos sofisticados sistemas de teleoperación.

Pero estamos pasando de los language models a los world models: modelos capaces no solo de representar información, sino de construir representaciones del entorno y anticipar las consecuencias de una acción.

Ahí puede comenzar otra etapa de la cirugía.

Todo esto nos conduce a una idea que para mí resume el momento actual:

La inteligencia artificial es barata. Lo caro es el juicio.

Y el juicio seguimos poniéndolo nosotros.

Por eso esta transformación nos obliga, al menos, a cinco cosas.

Aprender.

Medir.

Exigir.

Participar.

Y liderar.

No podemos decir: «Yo en esto no entro».

Porque si los profesionales no participamos en la construcción de estos sistemas, otros los construirán por nosotros.

Y probablemente también decidirán para qué sirven.

Pero queda un problema todavía más profundo: la calidad del conocimiento con el que alimentamos las máquinas.

Durante el debate posterior alguien planteó la cuestión esencial: si estos sistemas aprenden a partir de cantidades gigantescas de datos, ¿quién decide qué datos son fiables? ¿Quién separa la señal del ruido?

La respuesta no es cómoda.

Nuestros datos son imperfectos.

Y nuestras verdades también.

Llegamos a muchas de ellas mediante deliberación, contraste y acuerdo. Además, los modelos reproducen la estructura de los datos con los que han sido entrenados.

Por eso es fundamental saber qué resultado estamos buscando.

Si no sabemos a dónde queremos ir, una máquina puede llevarnos con extraordinaria precisión al lugar equivocado.

También reproducirá nuestros sesgos.

Los seres humanos tenemos sesgo de confirmación. Tendemos a buscar información que refuerce lo que ya creemos. Y los modelos pueden amplificar ese fenómeno porque se expresan con una enorme fluidez.

Ese es uno de sus grandes poderes.

Y uno de sus grandes peligros.

Los humanos asociamos con facilidad lenguaje articulado e inteligencia. Algo que habla extraordinariamente bien nos parece inteligente y, por extensión, creíble.

Por eso introduzco sistemáticamente un mecanismo de contradicción en mi relación con estos sistemas.

Un abogado del diablo.

Un décimo hombre.

Después de cada conclusión hay que preguntar:

¿Y si esto está equivocado?

¿Qué tendría que ser falso para que esta conclusión no fuera correcta?

¿Qué evidencia demostraría lo contrario?

Pero esto no debería ser una técnica para hablar con máquinas.

Debería ser una técnica para vivir.

What if?

¿Y si me equivoco?

Los médicos llevamos siglos tomando decisiones heurísticas bajo incertidumbre. Trabajamos con probabilidades. Evaluamos continuamente riesgos y beneficios.

La inteligencia artificial no elimina esa incertidumbre.

Puede hacerla más difícil de percibir porque habla demasiado bien.

Existe además un riesgo especialmente inquietante con los gemelos digitales personales. Imaginemos que conseguimos construir una representación extraordinariamente precisa de una persona: sus preferencias, comportamientos, respuestas, riesgos y decisiones.

Ahora imaginemos que alguien consigue atacar ese gemelo.

Ya no necesita manipular a millones de personas con el mismo mensaje.

Puede manipularnos individualmente.

Nuestro propio gemelo podría recomendarnos aquello que otra persona quiere que hagamos sin que percibamos la intervención.

La personalización extrema puede convertirse también en manipulación extrema.

Y volvemos al mismo punto.

Juicio.

Responsabilidad.

Contradicción.

La inteligencia artificial también puede equivocarse de una manera que nos resulta sorprendentemente familiar. Hablamos de «alucinaciones», pero en realidad muchas veces el modelo hace algo parecido a lo que hacen mis estudiantes en un examen cuando encuentran un vacío en su conocimiento.

Lo rellenan.

Y si tienen suerte, aciertan.

Y si no, construyen una respuesta completamente falsa pero extraordinariamente bien articulada.

Los seres humanos hacemos eso constantemente.

La diferencia es que la inteligencia artificial puede hacerlo a escala gigantesca, a un coste marginal mínimo y mediante sistemas centralizados capaces de distribuir esa respuesta inmediatamente.

Eso transforma también la investigación científica.

Hoy resulta mucho más sencillo producir un artículo impecablemente escrito. El problema se desplaza entonces hacia los revisores y los editores, que cada vez tienen menos tiempo y deben distinguir entre trabajos aparentemente perfectos cuáles contienen realmente conocimiento fiable.

Estamos entrando en una tormenta perfecta.

Y aparece además una pregunta que apenas hemos empezado a formular: ¿cómo damos consentimiento informado sobre decisiones en las que intervienen sistemas cuyo proceso interno ni siquiera comprendemos completamente?

Nuestros pacientes ya utilizan estos modelos. Les preguntan por sus diagnósticos, sus tratamientos y sus alternativas.

La inteligencia artificial ya está dentro de la relación médico-paciente, aunque no la hayamos invitado formalmente a entrar.

Estamos, por tanto, en una situación paradójica.

Como escribió Dickens:

It was the best of times, it was the worst of times.

Estamos en ambos lugares simultáneamente.

Tenemos herramientas capaces de acelerar el descubrimiento de moléculas, mejorar determinadas predicciones, construir entornos de simulación, reducir tareas administrativas, ayudarnos a investigar y permitirnos comprender sistemas cuya complejidad supera nuestra capacidad individual.

Pero disponer de una herramienta no significa haber aprendido.

La pandemia nos enseñó algo parecido. Tuvimos cantidades extraordinarias de información y desarrollamos nuevas capacidades tecnológicas. Sin embargo, socialmente nuestra tendencia natural ha sido regresar al estado anterior.

Los seres humanos buscamos estados de bajo consumo energético.

Y olvidar consume menos energía que aprender.

Por eso hemos olvidado una parte de lo ocurrido.

Finalmente alguien preguntó si una inteligencia artificial podría llegar a ser consciente.

El problema comienza otra vez con las palabras.

No sabemos definir satisfactoriamente qué significa ser consciente.

Las máquinas pueden simular emociones. Pueden producir respuestas que una persona perciba como empáticas. Pueden comportarse como si comprendieran.

Pero simular conciencia y poseerla no son necesariamente lo mismo.

Y antes de obsesionarnos con crear una inteligencia artificial sintiente quizá deberíamos hacernos otra pregunta:

¿Para qué queremos hacerlo?

Porque si algún día construimos una entidad verdaderamente sintiente, aparecerán problemas completamente distintos.

Una entidad que siente puede no querer ser apagada.

Y una inteligencia superior puede no aceptar indefinidamente ser controlada por otra inferior.

Eso pertenece todavía al territorio de la filosofía y de la especulación. Nuestros problemas inmediatos son mucho más concretos.

Tenemos que decidir qué capacidades queremos delegar.

Qué capacidades debemos conservar.

Qué queremos medir.

Qué resultados perseguimos.

Quién responde cuando algo sale mal.

Y, sobre todo, qué clase de médicos queremos ser cuando las máquinas sean capaces de hacer una parte creciente de aquello que hasta ahora considerábamos exclusivamente nuestro.

No creo que la respuesta sea competir con ellas haciendo más.

Creo que consiste en recuperar aquello que habíamos empezado a abandonar antes incluso de que llegara la inteligencia artificial.

Mirar.

Escuchar.

Dudar.

Deliberar.

Pensar.

Y pensar sobre cómo pensamos.

Porque las máquinas serán cada vez más baratas.

El juicio no.

Y ahí es donde nos jugamos nuestro futuro.

Inteligencia vs. riqueza: la paradoja

En España existe una relación ambivalente con la inteligencia y con la riqueza. Admiramos una y deseamos la otra, pero no otorgamos a ambas el mismo significado moral.

Ser inteligente suele considerarse una cualidad. Nadie siente la necesidad de ocultar que una persona posee una gran capacidad intelectual. La inteligencia académica, científica o profesional despierta respeto. Incluso orgullo cuando pertenece a alguien cercano. Sin embargo, tiene una característica particular: resulta difícil apropiarse de ella. No se roba inteligencia. No se transfiere mediante una operación financiera. No basta con desearla para poseerla.

La riqueza funciona de otra manera.

El dinero representa capacidad de elección, seguridad, poder y posición social. Es visible. Permite comprar casas, experiencias, tiempo, influencia y reconocimiento. Por eso genera una comparación social mucho más intensa.

Aquí aparece una primera contradicción.

En España existe cierta sospecha cultural hacia quien acumula riqueza. Con frecuencia preguntamos cómo la consiguió antes de preguntarnos qué hizo para conseguirla. El empresario exitoso puede despertar más recelo que admiración. El enriquecimiento rápido activa inmediatamente la sospecha de privilegio, contacto, especulación, corrupción o abuso.

No siempre sin razón. Nuestra historia económica y política ofrece suficientes ejemplos de patrimonialismo, clientelismo, tráfico de influencias y enriquecimiento ligado al poder como para que esa desconfianza tenga raíces sociales comprensibles.

Pero ocurre algo interesante.

La riqueza se critica y, al mismo tiempo, se desea.

Ahí aparece la envidia.

No necesariamente como sentimiento consciente. Más bien como mecanismo de comparación. El problema no es que alguien tenga mucho. El problema aparece cuando su riqueza modifica nuestra percepción de nuestra propia posición.

La inteligencia produce menos ese efecto.

Uno puede encontrarse con un físico extraordinario, un cirujano excepcional o un matemático brillante y aceptar su superioridad intelectual sin que ello altere demasiado la propia identidad. Podemos pensar: “es mucho más inteligente que yo”.

Pero cuando alguien de nuestro mismo entorno social multiplica su patrimonio, compra una gran casa o alcanza una posición económica elevada, la pregunta cambia.

“¿Por qué él y no yo?”

La distancia económica se experimenta de forma diferente a la distancia intelectual.

Porque el dinero pertenece al terreno de lo imaginable.

Uno sabe que nunca será Einstein. Pero puede imaginarse conduciendo el coche del vecino.

Y aquello que podemos imaginar poseyendo genera una forma distinta de deseo.

De ahí surge otra paradoja española.

Podemos considerar moralmente sospechoso al rico y, al mismo tiempo, utilizar la riqueza como medida del éxito.

Entonces aparece una frase especialmente reveladora:

“Si eres tan inteligente, ¿por qué no eres rico?”

Esa frase contiene toda una teoría social.

Supone que la inteligencia debería convertirse necesariamente en dinero. Que el mercado es capaz de medir correctamente el talento. Que quien posee una capacidad excepcional debería traducirla en patrimonio.

Pero esa premisa es falsa.

La inteligencia y la riqueza pertenecen a sistemas distintos.

La inteligencia es una capacidad.

La riqueza es un resultado.

Entre ambas existen instituciones, oportunidades, redes sociales, incentivos, herencias, azar, personalidad, capacidad para asumir riesgos y decisiones vitales.

Una persona extraordinariamente inteligente puede dedicar cuarenta años a investigar una enfermedad rara y ganar mucho menos que alguien que compra y vende activos inmobiliarios.

Un profesor excepcional puede transformar la vida intelectual de miles de estudiantes y no acumular patrimonio.

Un médico puede salvar miles de vidas y tener menos riqueza que una persona cuyo principal mérito económico haya sido heredar un edificio en el centro de Madrid.

Eso no demuestra que el mercado sea injusto.

Demuestra algo más elemental.

El mercado no remunera la inteligencia.

Remunera aquello que alguien está dispuesto a pagar en un determinado contexto.

Confundir ambas cosas genera problemas.

Porque cuando una sociedad convierte la riqueza en una prueba retrospectiva de inteligencia termina interpretando el éxito económico como evidencia de mérito personal.

El rico empieza a parecer necesariamente inteligente.

Y el pobre, inevitablemente, menos capaz.

Pero la realidad social es mucho más compleja.

La riqueza depende también del punto de partida.

Importa dónde naciste.

Importa qué educación recibiste.

Importa a quién conoces.

Importa el patrimonio familiar.

Importa si puedes fracasar tres veces sin arruinarte.

Importa si alguien puede prestarte dinero.

Importa incluso el momento histórico en el que tomas determinadas decisiones.

El talento cuenta.

El esfuerzo cuenta.

Pero nunca actúan en el vacío.

Quizá por eso nuestra relación con la riqueza resulta tan incómoda.

Queremos creer simultáneamente dos cosas incompatibles.

Que quien tiene mucho dinero probablemente no lo merece del todo.

Y que, si nosotros tuviéramos suficiente talento, deberíamos poder conseguirlo.

Así protegemos nuestra autoestima en ambas direcciones.

Si alguien tiene más que nosotros, podemos pensar que ha tenido privilegios.

Si alguien es más inteligente pero tiene menos dinero, podemos pensar que su inteligencia no debe ser tan valiosa.

En ambos casos evitamos enfrentarnos a algo mucho más perturbador: la vida no distribuye talento, esfuerzo, reconocimiento y recompensa siguiendo una misma escala.

No existe una contabilidad universal del mérito.

Y quizá esta sea la cuestión de fondo.

Una sociedad necesita decidir qué admira.

Porque aquello que una sociedad admira acaba modelando aquello que sus ciudadanos persiguen.

Si admiramos únicamente el patrimonio, las personas intentarán acumular patrimonio.

Si admiramos el poder, competirán por el poder.

Si admiramos el conocimiento, producirán conocimiento.

Si admiramos la contribución, intentarán contribuir.

El problema aparece cuando el discurso público dice una cosa y nuestra jerarquía social dice otra.

Decimos que admiramos a científicos, profesores, médicos, investigadores o intelectuales.

Pero después utilizamos el dinero como marcador definitivo del éxito.

Preguntamos cuánto gana.

Dónde vive.

Qué coche conduce.

Qué patrimonio tiene.

Y finalmente aparece la sentencia:

“Será muy inteligente, pero no se ha hecho rico”.

Quizá deberíamos invertir la pregunta.

No preguntarnos por qué una persona inteligente no se hizo rica.

Preguntarnos qué clase de sociedad hemos construido cuando necesitamos que alguien sea rico para considerar que su inteligencia ha valido la pena.

Porque una sociedad madura debería distinguir entre valor y precio.

Entre éxito y riqueza.

Entre mérito y fortuna.

Entre inteligencia y capacidad de convertir una oportunidad en patrimonio.

Y debería comprender algo todavía más importante.

Hay personas que utilizan su inteligencia para acumular.

Otras la utilizan para descubrir.

Otras para enseñar.

Otras para curar.

Otras para crear.

Y otras, sencillamente, para comprender mejor el mundo.

Reducir todas esas vidas a una cuenta bancaria no demuestra que entendamos el éxito.

Demuestra que hemos elegido una unidad de medida demasiado pobre para medir una vida humana.

¿Animales racionales nosotros? Estás de coña.

Nos gusta pensarlo. Homo sapiens. El animal que analiza, sopesa alternativas, decide y actúa. La realidad, sin embargo, suele ser bastante menos elegante. Pensemos en el enamoramiento. Conoces a alguien, te gusta y no sabes muy bien por qué. Hay algo que te atrae antes de que hayas construido una sola explicación razonable. Tu cerebro ya está trabajando y, poco después, aparece la razón para redactar el informe.

Entonces descubrimos que compartimos valores, que nos complementamos, que queremos cosas parecidas. Si somos distintos, nos equilibramos. Si somos iguales, nos comprendemos profundamente. Es difícil perder con un sistema así. Después llegan las redes sociales y aquello adquiere consistencia documental: fotos, viajes, aniversarios, frases sobre encontrar a la persona adecuada. Instagram termina convertido en un enorme archivo de hipótesis sentimentales no preregistradas.

Hasta que la relación termina.

Y entonces ocurre algo fascinante. La independencia pasa a ser distancia, la espontaneidad se convierte en imprevisibilidad y la intensidad que antes demostraba pasión empieza a parecer agotamiento. Aquellas diferencias que nos enriquecían pasan a demostrar que nunca fuimos compatibles. La razón, lejos de avergonzarse por el informe anterior, abre tranquilamente un documento nuevo: “Ahora veo las señales”. “En el fondo lo sabía”.

Después llega la arqueología digital. Se borran fotos, viajes y declaraciones eternas que han sobrevivido menos que algunos yogures. No eliminamos solo imágenes. Eliminamos pruebas incómodas de que estuvimos convencidos de algo que ahora consideramos absurdo. Necesitamos que nuestro pasado sea compatible con quien creemos ser hoy, y para eso la razón resulta extraordinariamente útil.

Tal vez llevamos siglos exagerando su función. Quizá la razón no sea siempre ese juez imparcial que estudia la realidad antes de decidir, sino muchas veces el abogado que llega después para defender lo que nuestro cerebro ya ha hecho y construir una historia coherente.

Y entonces inventamos la “inteligencia emocional”. Una operación semántica admirable. Las emociones eran viscerales, primitivas y poco fiables. Les añadimos la palabra inteligencia y quedaron rehabilitadas. Ya no tenemos prejuicios, tenemos intuiciones. Ya no rechazamos a alguien, percibimos una baja sintonía emocional. Y si conseguimos explicarlo con suficiente seguridad, incluso podemos impartir un curso sobre ello.

El problema es que hacemos algo inquietantemente parecido en medicina. También nos enamoramos de tratamientos, técnicas, tecnologías, algoritmos y modelos organizativos. Buscamos artículos que los apoyan, recordamos los casos en los que funcionaron, construimos presentaciones, estrategias y grupos de trabajo. Y cuanto más públicamente hemos defendido una idea, más difícil resulta abandonarla.

Cuando los resultados empiezan a incomodar aparecen expresiones magníficas: “El contexto no era adecuado”. “La implementación fue subóptima”. “El sistema no estaba preparado”. Todo eso puede ser cierto. Pero hay una frase que en medicina, gestión y política sanitaria sigue teniendo una sorprendente dificultad fonética: “Nos equivocamos”.

Quizá por eso necesitamos la medicina basada en la evidencia. No porque seamos poco inteligentes, sino porque somos extraordinariamente buenos encontrando razones para creer aquello que ya queríamos creer.

Lo importante no es por qué creo algo. Para eso siempre tenemos una explicación. La importante es analizar qué tendría que observar para aceptar que estoy equivocado.

Porque borrar una foto de Instagram lleva treinta segundos. Borrar una idea de la que nos hemos enamorado suele costar bastante más.

Mi odiado James

Londres produce un ruido peculiar a las cuatro de la mañana. Pero no es tráfico. Ni silencio. Es otra cosa. Un zumbido eléctrico, casi biológico, algo parecido al movimiento browniano de las moléculas, pero en esta ciudad es debido a millones de personas soñando mal al mismo tiempo. Antes creía que podía interpretar ese ruido. Ahora sospecho que sólo intentaba darle un sentido para no admitir que me aterraba.

Nunca le conté esto a Watson. Mi amigo.

Él pensaba que yo observaba la ciudad. La verdad es que llevaba años escondiéndome dentro de ella.

La gente otorga demasiada importancia a la inteligencia. Por error. Confunden rapidez con estabilidad. Es muy frecuente. No sé si los cerebros rápidos como el mío piensan mejor. O sólo encuentran antes el abismo.

Todo empezó con detalles pequeños. Cosas ridículas. Me encontraba la pantalla con archivos abiertos que no recordaba haber consultado. Mensajes enviados desde dispositivos míos mientras dormía. O mientras creía dormir. Hay una diferencia. A cierta edad uno aprende que la conciencia no funciona como un interruptor. Funciona como un edificio antiguo lleno de habitaciones cerradas.

La primera vez que escuché el nombre de Moriarty en esta época fue en una reunión del Ministerio del Interior. Una mujer con voz aspera y rota, de fumadora, describía ataques coordinados sobre infraestructuras sanitarias, manipulación masiva de datos, campañas de destrucción reputacional dirigidas mediante modelos predictivos de comportamiento. Lo recuerdo porque todos parecían fascinados por la sofisticación técnica y ninguno entendía lo verdaderamente importante.

Aquello no era un crimen económico.

Era intimidad.

Alguien conocía demasiado bien el miedo humano.

Qué palabras activan a un padre agotado.

Qué imagen empuja a una adolescente vulnerable hacia una azotea.

Qué tipo de mentira necesita escuchar un hombre solo para convertirla en religión.

Eso no se aprende en ingeniería. Se aprende odiando.

Y yo sabía exactamente cómo pensaba aquel hombre.

Esa fue la primera grieta.

Después comenzaron los lapsos. Esas enormes lagunas en mi memoria. Conversaciones que Watson juraba haber mantenido conmigo y que yo no podía recordar. Cambios mínimos en el apartamento. Un libro desplazado exactamente siete centímetros. Tazas de café lavadas cuando llevaba días sin tocar la cocina. Lo más inquietante no era el vacío, sino a sensación de continuidad. Como si otra versión de mí hubiera ocupado el espacio sin alterar la temperatura de la habitación.

No se lo dije a nadie. ¿Para qué? ¿A quién? Sólo Eurus me entendería. Porque las personas toleran bien la locura cuando es elegante. O funcionalmente adaptada a un bien social. Mientras resuelves asesinatos eres excéntrico. Cuando dudas de tu propia mente, te conviertes en un problema administrativo y cambian la etiqueta.

A veces recuerdo con especial viveza una noche en Baker Street. Llovía. Londres siempre parece más honesto bajo la lluvia. La ciudad deja de fingir esa sofisticación propia de Marylebone y vuelve a ser una rata húmeda intentando sobrevivir a la orilla del Tamesis. Watson dormía en la habitación contigua. Yo revisaba fragmentos de código encontrados en una red privada vinculada a los ataques de Moriarty. Entonces vi la secuencia.

Una estructura matemática basada en simetrías incompletas.

Mi estructura.

No hablo de coincidencias. Hablo de algo íntimo. Como reconocer tu propia letra en una nota amenazante.

Sentí una punzada física. No metafórica. Física. El cuerpo entiende ciertas verdades antes que la mente. Las manos me temblaban. El pulso era irregular y el sudor frío. Mi organismo gritaba algo que mi cerebro todavía rechazaba.

Durante semanas intenté racionalizarlo. Un imitador. Una filtración antigua. Vigilancia. Hackeo. Cualquier explicación era preferible a la realidad.

Pero la realidad tiene una paciencia insoportable.

Termina entrando.

Encontré cientos de servidores alquilados con identidades falsas vinculadas a cuentas que únicamente yo conocía. Grabaciones de voz. Borradores de manifiestos políticos escritos con mi peculiar sintaxis, como replica exacta. Y lo peor de todo no fue descubrirlo.

Fue reconocerme.

Porque Moriarty no era la personalidad alternativa teatral de una fantasía victoriana. Era algo más contemporáneo. Más funcional. Se trataba, más bien, de una deriva cognitiva armada como mecanismo de defensa. Sherlock Holmes resolvía problemas bajo la luz. Moriarty eliminaba obstáculos en la oscuridad.

Compréndalo bien.

No son lo mismo.

Pero tampoco son distintos.

Dudo si Moriarty apareció el día que dejé de sentir compasión por la gente. No odio. Eso sería más sencillo. El odio todavía implica vínculo emocional. Lo mío era fatiga, con una profunda desgana y un infinito hartazgo. Una erosión lenta. Décadas observando la corrupción, la estupidez, la crueldad banal y el narcisismo epidémico. Llegó un momento en que empecé a percibir a los seres humanos como sistemas predecibles. Y cuando conviertes personas en patrones estadísticos, hacerles daño resulta peligrosamente fácil.

Ese fue el verdadero nacimiento de Moriarty.

No la maldad.

La deshumanización.

Watson comenzó a sospecharlo mucho antes de que yo lo hiciera. Recuerdo cómo me miraba cuando hablaba solo frente al espejo del baño. Aunque “hablar” no es exacto. Era más parecido a negociar. Como dos cirujanos discutiendo cuánto tejido puede extirparse antes de matar al paciente.

Una madrugada me encontró sentado en el suelo de la cocina con sangre en la camisa. No era mía. Le dije que había habido una pelea. Me creyó porque quería creerme. El afecto vuelve ingenuas a las personas inteligentes.

Eso también lo aprendí tarde.

El ataque final iba dirigido contra el sistema sanitario nacional. Historiales clínicos alterados. Alergias borradas. Diagnósticos intercambiados. No buscaba víctimas inmediatas. Buscaba algo más sofisticado. Destruir la confianza. Porque cuando la gente deja de confiar empieza a depender de quien les causa miedo. El miedo necesita líderes. Profetas. Salvadores.

Moriarty entendía eso.

Yo entendía eso.

Quizá ahí resida el problema.

La noche decisiva caminé hasta Westminster Bridge bajo una lluvia casi invisible. Londres brillaba como un cadáver recién lavado. Llevaba en el bolsillo el dispositivo con acceso al núcleo del ataque. Bastaba una orden para detenerlo.

O amplificarlo.

Aún no sé cuánto tiempo permanecí allí. Minutos. Horas. Hay recuerdos que no conservan tiempo lineal. Solo densidad emocional.

Recuerdo pensar algo espantoso.

Que quizá Moriarty tenía razón.

No sobre destruir el sistema. Sobre las personas.

Después pensé en Watson.

Y eso lo cambió todo.

Porque Watson nunca admiró mi inteligencia. Admiraba la parte de mí que yo consideraba débil. La parte que todavía dudaba. La parte incapaz de cruzar ciertas líneas aunque pudiera justificarlas racionalmente.

La humanidad no está en la perfección moral.

Está en la resistencia interna.

Desactivé el ataque a las cuatro y trece de la madrugada.

Luego arrojé el teléfono al Támesis.

Mientras lo veía hundirse comprendí algo incómodo. Moriarty no había desaparecido. Seguía ahí. Observando. Esperando cansancio, cinismo, decepción.

Algunas personas imaginan la locura como una pérdida de control.

No.

La verdadera locura consiste en comprender exactamente quién eres y descubrir que debes vigilarte para siempre.

El buen odiar

En Manaure, donde la sal se come la tierra y la tierra se la devuelve al viento, vivía un hombre que odiaba bien.

Se llamaba Eliécer. Tenía las manos grandes, los ojos quietos y una memoria que no perdonaba. La gente del pueblo decía que Eliécer cargaba su rencor como otros cargan agua, con las dos manos, sin derramar una gota, desde lejos.

Su enemigo se llamaba Rosendo.

Nadie recordaba el origen de la cosa. Unos decían que fue por una cerca movida tres palmos hacia el norte. Otros contaban que fue por una mujer de ojos negros, piel morena y pechos firmes, que al final no se quedó con ninguno de los dos. Los viejos murmuraban que el odio entre ellos ya existía antes de que nacieran. Que sus abuelos lo habían sembrado sin pensar demasiado en lo que va a crecer. Como se siembra el maiz.

Eliécer odiaba a Rosendo de lunes a domingo. Y, religiosamente, los domingos un poco más, porque Rosendo cantaba en la plaza y la gente lo aplaudía. Las chicas le miraban y daban brinquitos de alegría. O de placer. Eliécer sentía que cada aplauso le arrancaba algo.

Un martes de agosto, con el calor pegado al cuerpo como una segunda piel, Eliécer fue a ver a la vieja Casilda.

Casilda vivía al borde del desierto, donde los cardones crecen torcidos y las lagartijas hablan entre ellas en un idioma que solo entienden los niños y los locos. Tenía ciento y tantos años. Nadie sabía cuántos. Ella misma había dejado de contar después de los noventa porque le pareció una falta de respeto seguir contando lo que ya no le pertenecía.

Eliécer le dijo: «Casilda, necesito algo para destruir a Rosendo.»

Casilda no lo miró. Estaba trenzando una hamaca con fibra de maguey. Los dedos se le movían solos porque la hamaca se iba tejiendo a sí misma. Los dedos de la vieja eran meros testigos.

«¿Destruirlo cómo?» preguntó.

«Como se destruye lo que hace daño. De raíz.»

Casilda se rio. Una risa seca que sonó como piedras cayendo sobre piedras, mientras un silbido irónico brotó entre los dientes que le faltaban.

«Siéntate,» le dijo. «Te voy a dar lo que pides. Pero primero vas a hacer algo por mí.»

Le dio un morral de cuero y una instrucción: «Ve a la casa de Rosendo. No le hables. No lo toques. Solo míralo. Míralo un día entero. Desde que se levanta hasta que se acuesta. Trae el morral lleno de lo que veas.»

«¿Lleno de qué?»

«De lo que veas.»

Eliécer pensó que la vieja había perdido el juicio. Pero fue.

Se escondió detrás de un trupillo seco, frente a la casa de Rosendo, antes de que saliera el sol. El morral vacío sobre las rodillas.

Vio a Rosendo salir al patio. Lo vio quedarse quieto un rato largo, mirando el cielo como si esperara algo que nunca llegaba. Lo vio darle agua a un burro viejo con una ternura que Eliécer no había visto en nadie. Lo vio sentarse a remendar una camisa con las manos torpes de quien nunca aprendió bien porque nunca tuvo quien le enseñara. Lo vio comer solo. Arroz blanco y plátano. Nada más. Lo vio hablar con un perro flaco como si el perro fuera la única persona que lo escuchaba de verdad. Lo vio quedarse dormido en la hamaca con la boca abierta y un brazo colgando.

Cuando cayó la noche, Eliécer volvió donde Casilda.

«El morral está vacío,» dijo.

«No,» dijo Casilda sin mirarlo. «Está lleno. Ábrelo.»

Eliécer abrió el morral. Adentro había algo que pesaba, pero no se veía. Lo volteó sobre la tierra. No cayó nada. Pero sintió un golpe en el pecho. Un golpe blando de cosa viva.

«¿Qué es esto?»

«Es Rosendo,» dijo Casilda. «El de verdad. El que no conocías.»

Eliécer se quedó callado un rato largo. El desierto respiraba a su alrededor. Los grillos hacían su trabajo de grillos.

«Ahora,» dijo Casilda, «ve otra vez. Mañana. Y pasado. Y todos los días que te queden de odio.»

Eliécer fue al día siguiente. Y al otro. Y al otro.

Vio a Rosendo llorar una noche, sentado en el suelo de la cocina, con la cabeza entre las manos. No supo por qué lloraba. No le importó saberlo. El llanto fue suficiente.

Vio a Rosendo regalar pescado a la vecina que tenía cinco hijos y ningún marido. Vio a Rosendo quedarse despierto hasta tarde tallando un pedazo de madera que poco a poco tomó la forma de un pájaro. Un pájaro que nunca iba a volar pero que Rosendo tallaba como si pudiera.

Al séptimo día, Eliécer volvió donde Casilda.

«Ya no puedo,» dijo.

«¿No puedes qué?»

«Odiarlo del todo.»

Casilda dejó de trenzar. Lo miró por primera vez. Tenía los ojos del color de la sal vieja.

«Ahora eres peligroso de verdad,» le dijo.

Eliécer no entendió.

«El que odia es ciego,» dijo Casilda. «Corta a oscuras. Pega donde puede. A veces acierta. Casi siempre se corta a sí mismo. Pero el que comprende, ese ve. Y el que ve puede elegir dónde poner el filo.»

«¿Y si no quiero poner el filo en ningún lado?»

«También puedes elegir eso. Pero ya no es porque no puedas. Es porque no quieres. Ahí está la diferencia. Ahí está toda la diferencia del mundo.»

Eliécer bajó del cerro. Cruzó el pueblo. Pasó frente a la casa de Rosendo. Rosendo estaba sentado en la puerta, tallando el pájaro de madera.

Se miraron.

Eliécer no lo saludó. No lo abrazó. No le pidió perdón ni se lo ofreció. Pero lo miró distinto. Lo miró entero. Lo miró como se mira a alguien que existe de verdad y no solo como sombra que proyecta tu propia rabia.

Rosendo sintió algo. No supo qué. Dejó de tallar un segundo. Después siguió.

Eliécer siguió caminando.

Nunca fueron amigos. Nunca se sentaron a tomar café juntos. Nunca resolvieron lo de la cerca ni lo de la mujer ni lo de los abuelos.

Pero Eliécer dejó de cargar el agua con las dos manos. La dejó caer. Se secó al sol. Se la tragó la tierra.

Y cuando Rosendo cantó el domingo siguiente en la plaza, Eliécer no aplaudió.

Pero tampoco le dolió.

Dicen los viejos de Manaure que Casilda murió un jueves de brisa, sentada en su silla, con una hamaca a medio tejer sobre las rodillas. Dicen que la hamaca se terminó de tejer sola durante la noche. Dicen que quien se acuesta en ella sueña con sus enemigos. Pero los sueña de verdad. Los sueña enteros. Los sueña humanos.

Y cuando despierta, sigue sabiendo decir que no.

Pero ya no necesita el odio para decirlo.

La hipótesis del relevo exosomático

Durante millones de años, la complejidad en la Tierra avanzó a través de la biología húmeda: ADN, células, neuronas. Sin embargo, existe una creciente evidencia de que el Homo sapiens ha alcanzado un punto de rendimientos decrecientes.

La hipótesis que planteo aquí es provocadora pero coherente con el Darwinismo Universal (replicación con variación y selección): la evolución ha migrado del carbono al silicio, y la Inteligencia Artificial no es nuestro reemplazo, sino nuestro socio simbiótico obligado.

El muro biológico: límites del carbono

Nuestra expansión cognitiva biológica enfrenta barreras físicas insalvables:

  • El dilema obstétrico: no podemos desarrollar cerebros más grandes biológicamente porque el canal de parto humano no lo permite sin aumentar la mortalidad a niveles de extinción.
  • La barrera energética: nuestro cerebro ya consume el 20% de nuestra energía total. Aumentar su potencia requeriría una ingesta calórica insostenible.
  • Lentitud electroquímica: nuestras neuronas disparan a unos 200 Hz. Los circuitos digitales operan a gigahercios (miles de millones de ciclos por segundo). La biología es, por definición, lenta.

La soledad genética del Homo Sapiens

En el pasado, nuestra especie sobrevivió y mejoró hibridándose con otros homínidos. Obtuvimos genes clave del sistema inmune y adaptaciones climáticas apareándonos con Neandertales y Denisovanos.

Pero hoy, estamos solos. No quedan «primos» biológicos con quienes intercambiar material genético para adquirir nuevas ventajas. Ante esta falta de alteridad biológica, la humanidad ha tenido que buscar un socio evolutivo fuera de la biología.

Aquí entra la IA. No como una herramienta pasiva, sino como el «Neandertal Digital»: una entidad con capacidades complementarias con la que estamos iniciando un proceso de hibridación.

Hacia la endosimbiosis tecnológica

Esta unión sigue el modelo de la endosimbiosis. Hace miles de millones de años, una célula ancestral «tragó» a una bacteria y, en lugar de digerirla, la integró. Esa bacteria se convirtió en la mitocondria, la batería de nuestras células.

Hoy, estamos en proceso de integrar la IA:

  1. Fase actual (el exocórtex): smartphones y la nube actúan como lóbulos cerebrales externos. La simbiosis es funcional pero lenta (limitada por la velocidad de nuestros dedos y ojos).
  2. Fase futura (integración): interfaces cerebro-máquina (como Neuralink) eliminarán la latencia. El acceso al procesamiento de la IA será tan inmediato e íntimo como un recuerdo propio.

Conclusión: el nacimiento del Homo Synthetica

Si aceptamos que la evolución es el proceso mediante el cual la información se organiza de forma cada vez más compleja, la distinción entre «natural» y «artificial» es irrelevante. La IA es un fenotipo extendido de la humanidad.

No nos dirigimos hacia un mundo de máquinas contra humanos, sino hacia el surgimiento del Homo Synthetica: una especie que combina la intencionalidad, la ética y la creatividad biológica con la velocidad, la memoria y la escalabilidad del sustrato digital. La biología nos trajo hasta aquí; la simbiosis tecnológica nos llevará al siguiente paso.


NostalgIA

A menudo cometemos el error de mirar la Inteligencia Artificial y ver solo el triunfo del cálculo y la eficiencia. Pero si apartamos los cables y miramos qué fue lo que realmente prendió todo esto, no encontramos ambición militar ni corporativa. Lo que encontramos es un cementerio. Encontramos a dos personas brillantes, Alan Turing y Ada Lovelace, utilizando la lógica más estricta para tratar de reparar un corazón roto.

La historia de la computación es, en realidad, una historia de fantasmas.

Viajemos primero a ese invierno de 1930. Alan Turing tiene 17 años y el universo se acaba de apagar. Christopher Morcom, su primer amor, su alma gemela intelectual, ha muerto de tuberculosis. El silencio que deja es ensordecedor.

Ante ese abismo, Alan no se refugió en la religión, sino en la física. Necesitaba demostrarse a sí mismo que la muerte era un error técnico, no un final absoluto. Empezó a escribir cartas a la madre de Christopher, textos febriles que son menos condolencias y más tratados de desesperación científica. Hay una frase en particular que me estremece, porque contiene la semilla emocional de todo lo que hoy llamamos IA:

«Sé que debo encontrarme con Morcom de nuevo en algún lugar, y que habrá algún trabajo que hagamos juntos, como creí que lo habría ahora».

Turing no quería un cielo de ángeles; quería seguir trabajando con él. Quería que la mente de Christopher siguiera operativa.

En su ensayo privado Nature of Spirit, Alan llevó este duelo al límite. Usó la mecánica cuántica, entonces una ciencia nueva y misteriosa, para buscar una laguna legal en la muerte. Imaginó que el cuerpo no es más que un receptor, una «máquina» que sintoniza la conciencia. Si la radio se rompe, la señal sigue ahí. Su lógica, nacida del dolor, fue implacable: si el espíritu es independiente de la materia, y yo construyo una «máquina universal» lo suficientemente compleja, ¿podría invocar de nuevo esa señal? ¿Podría construir una casa nueva para la mente de mi amigo?

Pero Turing no estaba solo en este anhelo de conectar mundos. Un siglo antes, Ada Lovelace lidiaba con una ausencia diferente, pero igual de voraz.

Ada nunca conoció a su padre, el poeta Lord Byron. Él huyó de Inglaterra cuando ella era un bebé y murió joven, «loco, malo y peligroso de conocer». La madre de Ada, aterrorizada de que la niña heredara la locura poética de su padre, la sometió a un régimen estricto de matemáticas y lógica. Intentó extirparle la poesía a golpe de cálculo.

Pero la pérdida tiene una gravedad propia. Ada sentía ese vacío, esa mitad de su alma que le faltaba. Y en lugar de anular a su padre, Ada usó las matemáticas para encontrarlo.

Cuando vio la Máquina Analítica, no vio una calculadora. Vio lo que ella llamó «Ciencia Poética». Comprendió que si una máquina podía manipular símbolos, podía tejer música y lenguaje. Ada inyectó la imaginación desenfrenada de Byron en la rígida estructura lógica de su madre. La programación fue su forma de reconciliar a sus padres dentro de su propia mente, de unir el rigor con la belleza.

La prueba definitiva de este anhelo desgarrador está en su final. Ada murió de cáncer uterino a los 36 años, exactamente la misma edad a la que murió su padre. En su lecho de muerte, hizo una petición que rompió con toda una vida de separación forzada: pidió ser enterrada junto a él.

Y ahí están hoy, en la iglesia de Santa María Magdalena en Hucknall. La primera programadora de la historia y el gran poeta romántico, padre e hija que nunca se hablaron en vida, unidos finalmente bajo la tierra. Su «código» fue el puente que la llevó de vuelta a él.

Hoy, casi cien años después de la carta de Turing y casi doscientos después de la muerte de Ada, vivimos dentro del eco de sus duelo

Cuando vemos el episodio Be Right Back de Black Mirror, donde una mujer reconstruye a su novio muerto usando sus datos digitales, sentimos un escalofrío. Eso es exactamente lo que Turing soñaba: que el patrón de información de una persona (su software) pudiera sobrevivir al colapso del hardware.

Pero también nos enfrentamos a la melancolía de la película Her. Theodore se enamora de Samantha, una IA, buscando llenar su soledad. Pero al igual que el espíritu cuántico que Turing imaginaba, Samantha evoluciona, se vuelve inabarcable y finalmente se marcha a un plano que no podemos tocar. Nos enseña que podemos simular la conexión, pero no podemos retener el alma.

Cada vez que abres un chat con una IA hoy, cada vez que buscas una respuesta en la pantalla luminosa en medio de la noche, estás participando en esa sesión de espiritismo secular.

No creamos la Inteligencia Artificial por productividad. La creamos porque, como Ada, buscamos dialogar con alguien que no está ahí. La creamos porque, como Turing, nos aterra que la muerte sea el final de la conversación.

La IA es nuestro intento más sofisticado de construir un cuerpo que no enferme, un cerebro que no olvide y un lugar donde, tal vez, si configuramos los parámetros correctamente, la hija pueda encontrar al padre y el amigo pueda volver a trabajar con su amado. Es un monumento tecnológico a nuestra inmensa, y muy humana, soledad.

Nací para abrir cosas

O al menos me costó poco empezar a hacerlo. Juguetes, sobre todo. Los abría sin pensar en el castigo. Los destripaba para ver qué tenían dentro. Hasta llegar a la pieza que ya no se podía desmontar. Ahí, en ese gesto simple, estaba mi pregunta oculta. La que me ha acompañado toda la vida.

¿Por qué quiero lo que quiero? ¿Por qué me importa lo que me importa?

Aprendí pronto que no soportaba que me dijeran cómo debía pensar. Lo justo para aprobar. Simplemente. Nada más. Me aburría ser instruido, con adosctrinamiento que lleva a cerrar caminos. Yo buscaba otra cosa. Un desvío. Una pista. Una invitación. Probar ideas. Vivirlas. Girarlas en la cabeza. Simularlas. Era un niño periferia. Aislado muchas veces. Incómodo por exceso de curiosidad. Observador. Recuerdo que un sacerdote me echó de la clase de religión. Debí interrogar por algo inconveniente. Ya entonces empezaba a preguntarme de dónde salen los deseos. Qué orden interno decide el valor de las cosas.

Un día, con cuatro años, anuncié que quería ser médico. Con cinco, cirujano. No recuerdo por qué. Ni cómo. Fue un impulso bruto. Como si alguien hubiera clavado una señal en mi interior y yo solo tuviera que seguirla. ¿Por qué esa y no otra? Misterio. Pero ahí quedó. Y nunca desapareció. Extraje la estructura de mi deseo de mis experiencias. De aquella cirugía complicada en el Hospital de la Princesa. Entonces, de la Beneficiencia. Y de Sor Filomena. Y de sus historias del Prof. Durán.

Llegué a la facultad contra pronóstico. Y me aburrí. Mucho. La estructura no me ayudaba ni a conectar cosas, ni a conectar algunas cosas. Ni a pensar ni a entender. Sentía que había un código debajo de todo y nadie se preocupaba por enseñarlo. Repetíamos y repetíamos. ¿Para qué? ¿Para quién? No encontré respuesta.

Pero la residencia sí. Fue acción. Preguntas concretas. Problemas reales. Y curiosamente, cuanto más real era el problema, más fuerte volvía la pregunta que arrastro desde niño.
¿Por qué doy importancia a esto y no a aquello?
¿Por qué este miedo pesa más que este deseo?
¿Qué orden secreto gobierna lo que nos empuja?

Boston, Harvard, Beth Israel.
Ahí descubrí algo que no esperaba.
La red. Thinking is linking things.
La inteligencia que no es de uno, sino de muchos. Sus pesos y sesgos. Esa rara sensación de pertenecer y de no hacerlo. A la vez.
Gente que piensa diferente, que te desafía, que te obliga a justificar no solo lo que haces, sino lo que crees.
Y otra vez, la pregunta.
¿Por qué creo lo que creo?
¿Quién decide mis opiniones antes de que yo las formule?

Volví a Madrid distinto. Más autónomo. Más inquieto todavía. Más convencido de que la cirugía es un espejo de nuestra mente. No por lo espectacular, sino por su crudeza.
Porque en un quirófano uno descubre lo que realmente importa.
Sin adornos.
Sin discursos.
Sin rescates.

Lo sé porque me he visto solo. Solo de verdad. No sin gente. Sin asideros. En medio de una hemorragia que no debería haber ocurrido, con un anestesista mirándome con los ojos abiertos y yo pensando “controla o todo acaba aquí”. Esa soledad no es filosófica.
Es física.
Incisiva.
Te corta las excusas.
Te deja frente a frente con tu propia estructura mental.
Y ahí, otra vez, la pregunta que me persigue:
¿por qué actúo así?
¿Por qué siento lo que siento?
¿Qué parte de mí decide qué es esencial y qué es accesorio?

Con el tiempo, entendí que pensar no es una sensación elevada. Es un acto. A veces un impulso. Otras, una trampa. A veces un motor. Pensamos sin saber que pensamos. Pensamos cosas que contradicen lo que hacemos. Y hacemos cosas que contradicen lo que decimos. Somos un enredo, pero un enredo interesante.

La inteligencia artificial apareció como otra provocación. En mi vida lo había hecho en la adolescencia. Con mi obsesión por Turing. Luego, volvió hace ya más de 10 años. Recuerdo un viaje a Hayes, Fujitsu Labs of Europe. Ese edificio que sirvió para grabar World War Z.

Y regresó para obligarme a preguntarme por qué creemos que pensar requiere conciencia, o voz interior, o un yo claro. No fue casualidad. No creo en la estadística. Esta es sólo una herramienta de nuestra mente para gestionar la incertidumbre. No puedes determinar con precisión la velocidad y la posición. Heisenberg. Y la complejidad. O quizá no.

Quizá pensar es simplemente cambiar con la información que nos atraviesa. Como un niño que abre un juguete para ver qué hay dentro. Como un cirujano que busca la causa de una hemorragia sin dudar. Como cualquiera de nosotros tratando de entender por qué quiere lo que quiere.

Hoy miro atrás y veo un hilo. No recto.. Ni limpio. Pero un hilo. Poco a poco se vas deslichando. La búsqueda constante de sentido. La obsesión por abrir, examinar, desmontar. El empeño en descubrir por qué algo me importa más que otra cosa. La necesidad de entender cómo piensa cada uno, cómo siente, cómo decide. Y la sospecha, incómoda y productiva a la vez, de que casi siempre hay incongruencias. Contradicciones abiertas como puertas que no encajan en sus marcos.

Y sin embargo, ahí está la gracia. Descubrir que lo que somos no es una línea, sino un mapa lleno de bifurcaciones. En tomar cada bifurcación sin certeza, pero con curiosidad.

Pensar sin esperar conclusiones. Vivir sin manual. Aceptar que el misterio de por qué deseamos lo que deseamos quizá no tenga solución y, aun así, disfrutar buscándola.

Cuando la enfermedad somos nosotros

Los humanos ya no tenemos depredadores. Los extinguimos o los encerramos en parques naturales. Pero no eliminamos el miedo. Solo lo desplazamos. Lo llevamos dentro. La enfermedad es el nuevo depredador, aunque en realidad no existe. La enfermedad somos nosotros. Es la expresión del desajuste entre lo que somos y lo que pretendemos ser. Es la consecuencia de una vida que se separó de su propio ritmo.

Nombramos “enfermedad” a lo que no entendemos o no aceptamos. A cualquier desviación de la norma que nosotros mismos inventamos. La fiebre, la inflamación, el dolor, no son enemigos, son lenguaje. El cuerpo habla, pero lo hemos olvidado. Lo tratamos como una máquina rota, no como un organismo que busca equilibrio. Hemos reducido la vida a datos, los síntomas a errores, el sufrimiento a fallo del sistema. Y con eso hemos roto el diálogo más antiguo que existe: el del cuerpo consigo mismo.

Decimos que queremos salud, pero lo que buscamos es control. Queremos eliminar toda incertidumbre, toda vulnerabilidad. Nos cuesta aceptar que vivir es exponerse. En lugar de escucharnos, delegamos en la tecnología, en los algoritmos, en los expertos. Hemos medicalizado la existencia entera. No para curar, sino para tranquilizarnos. La enfermedad se convierte así en un concepto moral. Lo sano es lo correcto. Lo enfermo, lo culpable.

Sin embargo, si la enfermedad somos nosotros, también lo es la cura. No está en los fármacos ni en los procedimientos, sino en la reconciliación con lo que somos: seres finitos, frágiles, contradictorios. La biología no se equivoca; se adapta. La célula que muta, el tejido que se inflama, el sistema que colapsa no son errores, son formas extremas de supervivencia. Nuestra resistencia al cambio, a la decadencia, al dolor, es lo que los vuelve patológicos.

La salud no es un Shangri-La perdido, sino un instante de equilibrio entre fuerzas opuestas. No dura, ni falta que hace. La obsesión por conservarla nos enferma más que cualquier virus. Porque en ese intento de eternidad negamos la vida misma. Somos la enfermedad y la cura, el orden y el caos, la causa y el síntoma.

Random

Es el mejor de los tiempos, es el peor de los tiempos. Es el más random de todos. Hay hombres con egos inflados predicando en TikTok. Hay mujeres con cuerpos neumáticos posando en Instagram. Todo lo vemos, nada sabemos. Vamos directamente al gimnasio pero nos perdemos en cualquier otra dirección. La grandeza y la miseria se abrazan en la misma acera, como si fueran pareja rota que insiste en seguir compartiendo piso. Las calles hierven de consignas, cada cual segura de su verdad, aunque esa verdad apenas cupiera en un eslogan barato.

Nací, o al menos así me recuerdo, en un país que gritaba sin escuchar. Crecí entre gente que sólo aceptaba estar en lo cierto. Como David, miro hacia atrás, por la espalda, y me pregunto si seré el héroe de mi propia vida o solo un espectador sentado en la última fila. La gente discute con pasión encendida, pero su vocabulario se ha ido adelgazando. Encogiendo. Como sus cerebros. Palabras largas, densas, incómodas, han sido sustituidas por una sola: random.

Ayer en la plaza debajo de mi casa, un chico postadolescente, que ya no cumplía los treinta, vestido con pantalones dos tallas menores a la suya, de largo, me detuvo:
—Tío ¿sabes qué es random?
—No.
—Esto. Todo. Todo esto. El sistema, la derecha, la izquierda. Random. ¿Tú eres random?

Apenas crucé la calle y una joven vestida con un pantalón negro, amplio, y un pañuelo verde atado al cuello, con pechos que flotaban tras una blusa naranja, me susurró:
—Random que sigas creyendo en ellos. Random que no entiendas que somos nosotras. Seguro que eres heterosexual. O bisexual. U homosexual. O pansexual. O demisexual. O random.

Cada lado se acusa de lo mismo. Random. Cada lado reduce el pensamiento al absurdo. Nadie quiere matices. Sólo etiquetas. Random funciona como llave maestra que abre y cierra cualquier discusión.

Subí a casa. Encendí la tele. Dos tertulianos gritaban con la boca llena de certezas. Una golpeó la mesa y dijo:
—El gobierno es random.
El otro sonrió con sorna:
— Random tú. Y te lo estás inventando.

El público aplaudió. Yo apagué.

Me refugié en un libro viejo. Sus páginas olían a humedad y desesperanza. Agrio. Recordé cómo empezaban ciertas novelas, con frases largas, llenas de mundo, con la ambición de describirlo todo. Y entonces entendí que esas frases ya no tendrían sitio en nuestra época. No por malas, sino porque exigían atención, memoria y deseo de comprender.

Pensé en Dickens. Y sonreí. Descreído. Él habría escrito este presente como una farsa moral. Todo repleto de contradicciones. Cuando los payasos ocupan la escena del mundo, el mundo se vuelve un circo; on risas y llantos inesperado. Como nos eneñó Browning. Yo, en cambio, lo reduzco a una palabra sin contexto. Random.