En 2018…

Haré algunas cosas mejor y otras peor
Intentaré cometer menos errores pero cometeré otros distintos
Haré daño
Lo intentaré evitar
Terminaré otro libro de Gustavo Klint
Seguiré sin saber tocar música
Me enfadaré menos
Conoceré más gente
Tendré menos tiempo para unas cosas y más para otras
Aprenderé lo que ignoro
Me creeré menos de lo que sé
Buscaré quien me sustituya
Buscaré a quien sustituir
Reiré
Sonreiré
Lloraré
Echaré de menos
Provocaré
Irritaré
Tendré nuevos proyectos
Amaré rápido
Quizá sea el último
En resumen, viviré hasta donde se pueda.

¿Es un crimen?

Disimulé el temblor apoyándome contra la pared. Me esforcé por compensarlo y busqué formas de no desequilibrarme, pero la debilidad me recorría desde las caderas a las rodillas, lo me que traía la terrible sensación de que, inminentemente, me fallarían las fuerzas y las piernas dejarían de sujetarme, porque se doblarían convirtiéndome, finalmente, en una marioneta. Caería como un trapo, informe, sobre mi mismo.

Sostenía el teléfono a la altura de mi rostro. Lo apartaba y lo aproximaba de nuevo. Leía y releía, como si al hacerlo mucho, y rápidamente, pudiera ocurrir el milagro y, mágicamente, cambiara el significado de las palabras que me habían entrado por los ojos y que, ardiendo, estaban a punto de explotar.

Gustavo, ha sido un terrible accidente
Qué ha pasado? √√
No me vuelvas a escribir nunca más

Esperaba y desesperé. Deseaba no saber, ignorarlo todo, como si nada nunca antes hubiera ocurrido. Quería que el tiempo pasado retornara al comienzo y en el presente se borrara lo que lamentaba. En vano.

– ¿Te ocurre algo? Tienes mala cara.

– ¡Déjame en paz! No quiero hablar.

Tuve asco del mundo y de mi propia existencia, a la vez. Cualquier ser humano a mi alrededor, o una voz, o todo, desataba una exasperante descarga que recorría todas las terminaciones nerviosas, en cualquier punto de mi cuerpo.

Sería mi cerebro debatiéndose en una lucha asimétrica, pero cuando me intentaron abrazar para confortarme me dolió la piel. Me quemaba por dentro la angustia, entre náuseas y un enorme peso en el pecho, como si toneladas de culpa reposaran en él antes de aplastarme el corazón.

– Por favor, déjame. Prefiero estar solo.

Agotado

Todos los días son sólo otro día.
Y otro día.
Y otro más.

Mientras, el cansancio se va apoderando de mi.
Desgasta.
Consume.
Derrota.

Me acuesto agotado después de no hacer nada especial.
Y me despierto temprano, mucho antes de que amanezca.
Ya no me importa la luz.
Sólo hay paz en las tinieblas.

Cierro los ojos.
Intento no caer, pero no puedo.
La escucho.
La veo.
La siento.

Clasificación de las Hemorragias

Hoy me han recordado este post que Gustavo Klint escribió en el blog «Panorama desde el Puente», coincidiendo con un viaje a Colombia en Diciembre de 2008.

4 de diciembre de 2008 – Bogotá

Hoy Mayol ha estado a lo suyo. Después de la conferencia sobre hemorragias intraoperatorias, ha sido entrevistado para un canal de televisión en Bogotá. Y luego, mientras visitábamos el Museo del Oro, de nuevo hemos tenido que interrumpir la visita para que fuera entrevistado telefónicamente para Radio Caracol.

Pero eso no es lo que venía a contarles.

Lo interesante ha sido ver la reacción de sus colegas cirujanos cardiovasculares colombianos ante la denominada Clasificación de Mayol de la Hemorragias Intraoperatorias, que básicamente se divide en cuatro grandes grupos:

Grado I: Quién me mandaría operar a este paciente
Grado II: Quién me mandaría venir hoy
Grado III: Quién me mandaría hacerme cirujano
Grado IV: Quién me mandaría nacer…

Esta clasificación ha sido modificada, durante su conferencia, en lo que vendremos a llamar Clasificación de Mayol Modificada o Clasificación de Bogotá de la Hemorragia Intraoperatoria, para contemplar un quinto y dramático grado:

Grado V: Qué pena no haberme muerto chiquito.

Bueno, dejando las bromas a parte, empiezo a estar cansado.

Mayol no parece sufrir pero yo ahora puedo entender como se siente la gente que sale de gira.

Cada día una cara nueva, una actividad nueva, un hotel diferente, una sonrisa más que marcar en la cara…

Alexandra

Pensé en llamar a Alexandra.

Tan desesperado estaba como para que se me ocurriera hacerme con uno de los móviles de mis compañeros de huída, que ahora también eran mis secuestradores, discretamente, y marcar su número, que sólo guardo en la memoria para que nadie más lo conozca. Luego restauraría el teléfono a su configuración original. Seguro que levantaba sospechas, pero no podía arriesgarme a que cualquiera de ellos revisara el historial de llamadas y pudiera identificarla.

Afortunadamente, no había posibilidad de que no recordara las cifras. No las olvidaría nunca. Ese teléfono era para nuestro uso exclusivo. Nadie más conocía su existencia. Y prometimos usarlo en situaciones desesperadas. Pero ¿acaso esta no lo era?

¿Y qué le diría? «Dile a tu marido que hable con el Cónsul o con el Embajador y que sepan que me han secuestrado, pero no del todo. O no secuestrado, sino retenido en contra de mi voluntad» no me parecía apropiado. «Llama a tu amiga, la mujer del Cónsul, y dile que necesito cobijo en la embajada de Austria» era un doble tiro en el estómago. O una ruleta rusa, porque era mejor que no supiera que la mujer del Cónsul me conocía, ni que yo estaba al tanto de los juegos que se traía Andrea con el bronceado embajador austriaco.

Rápidamente, concluí que de decidirme por algo era mejor escapar y fracasar, o morir acribillado en un callejón romano, que hacerla pasar por eso.

Nadie podía albergar la más mínima sospecha de que Alexandra della Rovere y yo nos conociéramos, más allá de ver como nos dábamos unos breves besos protocolarios, cuando coincidíamos en la Embajada de España en Roma durante alguna de las fiestas. Ella siempre aparecía ingrávida, envuelta en sorprendentes vestidos largos, monocromáticos, negros, o rojos o blancos, con un largo pelo castaño apoyado sobre uno de sus hombros hasta el pecho, el cuello alargado y esbelto, el rostro simétrico con ojos brillantes y claros, y esos voluptuosos y prominentes pómulos, su boca de amplios labios rosados marcada por una sonrisa. Sería ingenuo pensar que alguien podría fijarse en mi estando en su presencia. Yo sólo me acercaba a ella, apoyaba mis mejillas en las suyas, alternándolas, y susurraba en su oído, «Te amo». Su cuerpo no respondía con gestos reconocibles para nadie de los que nos rodeaban. Ni siquiera su marido. O eso me parecía. En ocasiones, me convencía a mi mismo que Valeria me superaba en la capacidad de control emocional. En otras ocasiones dudaba; cabía la posibilidad de que no se contuviese en absoluto y que, simplemente, no me amase a mi.

Esa mujer no era una persona convencional, aunque sí una dedicada madre con tres guapísimos críos tras diez años de matrimonio con el agregado cultural, un abogado experto en arte, de una familia española muy tradicional. Los della Rovere descendían de una estirpe noble cuyos orígenes estaban en la ciudad de Savona. Y solía contar, orgullosa, que entre sus antepasados estaba el Papa Julio II, Giuliano della Rovere. Eso les abrió las puertas del Vaticano para su boda. Subió las escalinatas con un vestido blanco marfil con una cola de dos metros. La bajó con un anillo marcado con su nombre y la fecha. A la familia de él la trajeron desde España. Los de ella vinieron de todos los rincones de Italia. Y lo celebraron durante dos días y dos noches, sin descanso.

Pero sobre todo y primero de nada, Alexandra era la única persona que me ayudaba secretamente a no desesperar, a cualquier hora, en cualquier situación, en cualquier lugar del mundo. No había en ella nada más bello que lo que me transmitía con su voz, como música para mi alma en tiempos de insoportable soledad. Mi gusto por el tono y el ritmo de las voces femeninas viene, sin duda, de las tardes que pasamos en la Opera de Viena, cuando mis padres me obligaban a acompañarles y luego íbamos al café del Hotel Sacher, justo enfrente, a comer tarta. El chocolate me encantaba y de ello daban fe mis mofletes embadurnados de negro, pero no soportaba las conversaciones de mis padres sobre las actuaciones de las divas. Me parecían horrendas. Es más, nunca he sabido identificar los distintos tipos de voces, ni diferenciar una contralto de una mezzosoprano o de una soprano. O me seducían o me parecían estridentes. Como con Valeria. En su caso, lo único importantes es que al escucharla se calmaba mi ansiedad y se aclaraban mis ideas. Las ordenaba casi espontáneamente. El sonido de sus palabras aumentaba mi amor por ella y su imagen en mi fantasía se expandía ilimitadamente.

Nuestro primer encuentro fue por pura casualidad. O una broma del destino.

– ¿Me podría indicar dónde está la Embajada de España? – pregunté, sin esforzarme lo más mínimo en intentar hacerlo en italiano, a una mujer vestida toda de negro y con el pelo recogido en un moño tirante, que resaltaba la perfección de sus rasgos. Me crucé con ella en la vía dei Due Macelli. Me habían indicado que la Embajada se encontraba por allí.

– ¿La Embajada de España en la República Italiana o ante la Santa Sede? – y al escucharla responder en castellano me desconcerté.

– Pues, la de la República Italiana – dudé al contestar

– Entonces acompáñeme. Tenemos que ir a la Piazza Borghese – y con su mirada me provocó une escalofrío que aún se repite en las noches en que recibo alguno de sus mensajes de voz.

Mientras recorríamos los 700 metros de distancia que separaban ambas plazas a lo largo de la vía Condotti, nos presentamos. Más bien, ella se presentó y yo la admiré.

– Y usted, señor Klint, ¿a qué se dedica? – susurró. Y como Dickens en David Cooperfield, le narré que nací y crecí, me hice cirujano, me manché las manos de sangre…. pero no supe lo que era la vida hasta encontrarla a ella.

– Dr. Klint es usted un zalamero. ¡No hace ni diez minutos que nos conocemos! Seguro que con su aspecto austriaco y sus palabras envenenadas, habrá miles de señoras Klint por el mundo pensando «¿Seré yo señor, seré yo?» y dispuestas a seguirle hasta el infinito y más allá, como repite mi hijo mayor cuando termina de ver Toy Story.

Al verla caminar por la estrecha acera de Condotti, mientras me regañaba por mi atrevimiento, me preguntaba a mi mismo cómo Alexandra della Rovere podía mantener el equilibrio con unos zapatos de tacón de alfiler. Pronto me di cuenta de que no los apoyaba. Casi flotaba, de puntillas. La falda, muy estrecha, le impedía dar pasos largos.

También me pregunté, mientras se despedía de mi, cómo podría seguir viéndola. O cómo no verla nunca más y no volverme loco.

Pasó el tiempo rápido, entre visitas a escondidas, llamadas sin rastro, VPNs que derivaban mi señal de internet para que nadie pudiera rastrear desde donde le mandaba mis mensajes, y mucho deseo contenido, al menos por mi parte. Pasó el tiempo hasta llegar a hoy. Y no me he vuelto loco, porque me contuve como nunca hubiera hecho una diva de cualquier ópera de Giacomo Puccini. Lo primero. Y porque no nos dejamos de ver ya nunca, desde ese primer encuentro.

Alexandra se convirtió en mi guía por el mundo de la diplomacia en Roma y en el Vaticano, y en mi fuente de información, sensible e insensible, que resultaba imprescindible para simplificar mi plan de acoso y derribo al gobierno italiano. Esa tarea que tanto me excitó terminó siendo la pesadilla que me tenía ahora sujeto por cuerdas invisibles, como una marioneta, manejada por el Il Cavaliere y los suyos.

Mientras estaba en esa situación, retenido, prefería evitar sus recuerdos, cualquier mínimo detalle que me hiciera echarla de menos. Porque lo intenté obstinadamente, le fui sincero. No cabía duda, por ella lo hubiera dejado todo. Le di la oportunidad de retirarme, sólo tenía que hacer una señal. Y no quiso. Ella cargará con la culpa de todo el sufrimiento que se desató. Durante el resto de sus días. Porque reconozco que fui yo quien la convirtió en la medida de todas las cosas. Pero a partir de ese momento, no dejé de preguntarme si alguna vez había sido amado.

De repente, me di cuenta de que estaba bloqueado, metido en un círculo que sólo empeoraba con cada nuevo pensamiento. Me dije a mi mismo «No pienses en ella. Cuenta.. uno, dos, tres, cuatro… Elimina los recuerdos» Lo hacía desde pequeño, y eso me daba un toque frío y calculador. Pero o los borraba o sería muy improbable que saliera de ésta. Era momento de pensar y luchar por la supervivencia, porque los otros tres, Pietro, Chiara y Michaella, no parecían tan perturbados por el asunto como a mi me parecía que debieran.

La Casa di Patty

– ¿Me vais a contar algo?

– Deja de quejarte – dijo Chiara

– No me estoy quejando – contesté sin levantar la voz – Simplemente quiero saber qué hago en esta situación y por qué vamos de un lado a otro de Roma.

– Eres libre para marchar cuando quieras – me contestó Michaella

– ¿Irme? ¿A dónde?

– Puedes volver al hotel, recoger tus cosas y dirigirte a Fuimicino para tomar tu avión a Madrid – me dijo Pietro, volviéndose hacia la izquierda para mirarme fijamente, desde su asiento delantero. Su rostro esbozaba una medio sonrisa que me hacía desconfiar.

– ¿Seguro?

– Seguro que puedes. Lo que no estoy seguro es de que llegues vivo a la puerta de embarque – y explotó en carcajadas.

Michaella conducía de memoria. No necesitaba indicaciones. Y Pietro y Chiara parecían confiar completamente en ella. Eso me hacía reforzar mi sospecha de que todo aquello no era un asunto circunstancial, sino que los tres lo habían planeado todo. O al menos sabían lo que estaban haciendo y qué iba a pasar.

Cuando quise darme cuenta, subíamos por la Vía Cavour en dirección a la Piazza dei Cinquento y Roma Termini, pero giramos a la derecha antes de llegar. Nos metimos por la Vía Napoleone III y Michaella detuvo el coche ante el portal de La Casa di Patty, un hotel tradicional con una gran puerta de madera de roble, enmarcada entre dos columnas de granito que sujetaban un estrecho balcón de piedra. Ese aspecto tan tradicional romano contrastaba con la deteriorada y ramplona decoración de las dos pequeñas tiendas que lo flanqueaban.

Bajamos los cuatro a la vez, Michaella cerró el vehículo y, después de atravesar la puerta de madera entreabierta, nos dirigimos a la recepción. Era tarde y todo el personal se reducía a un hombre de mediana edad, vestido de negro, jugueteando con el ordenador tras un mostrador de mármol. No hizo ni un gesto al vernos.

– Buenas noches Don Pietro.

– Buenas noches Tomasso. Encárgate del coche.

– Inmediatamente – y aquel hombre inició una carrerita hacia la calle.

– ¿La habitación? – preguntó Pietro.

– La de siempre – contestó discretamente el recepcionista, alejándose.

Pietro fue hacia el ascensor, le siguieron Chiara y Michaella. Y después, yo.

Continuará…

Dolce & Gabbana

Nos sobresaltó el golpeteo melódico de un teléfono sobre la pequeña mesa que había junto a la puerta de la cocina. El terminal iba desplazándose con la vibración y amenazaba con caer, pero Pietro, que estaba al lado, con el plato humeante en la mano, se las arregló para cogerlo a tiempo y contestar. Yo, prácticamente desnudo, y Chiara y Michaella en silencio desde el sofá, le observábamos como en una decadente composición de un anuncio de Dolce y Gabbana.

Pese a mis esfuerzos por seguir la conversación, la velocidad con la que hablaba Pietro me impedía entender el motivo de su enérgica reacción. Daba gritos a quien estuviera al otro lado y agitaba su mano derecha, con los dedos juntos en forma de pirámide apuntada hacia su pecho.

Me empezaba a sentir angustiado, mucho, secuestrado virtualmente por las tres personas que me acompañaban, pero sin que fueran ellos quienes me retenían. Lo hacía mi miedo a dar un paso en falso y que lo que Michaella me había contado fuera cierto. Hay que ser un imbécil o un inconsciente si después de haber manipulado a los políticos italianos para que derrocaran a Prodi y que, en un incidente en el que sólo había sido testigo, hubieran muerto varios miembros de un grupo próximo al todopoderoso Cavaliere, uno no percibiera un inminente riesgo vital.

– Vístete, ¡deprisa! – me gritó Pietro

– ¿Por qué? – pregunté innecesariamente

– Tenemos que irnos ya. Vienen a por nosotros

Fui al baño, cogí la ropa y me la fui poniendo mientras Chiara me empujaba para que saliera a la escalera. Bajamos a trompicones y, una vez en la calle, corrimos hasta el coche guiados por Michaella.

Continuará…

Una mentira perfecta

– ¿Me estoy perdiendo algo? – resonó la voz de Pietro desde la cocina

– ¿Qué tal si me dais una explicación? – respondí preguntándole, recriminándole.

Chiara aprovechó para escurrirse de entre mis brazos. Me giré para seguirla con la mirada según se tumbaba en el sofá, apoyando su mejilla derecha en el regazo de Michaella, que permanecía confortablemente sentada, y flexionando ligeramente las rodillas para caber a lo largo. Pietro salió de la cocina con un plato humeante en la mano izquierda y un tenedor en la derecha. Aquella comida, contuviera lo que contuviera, centraba su atención. No retiraba ni desviaba la mirada, ni por mi ni por nadie. Sería la seducción del olor, que prometía un sabor gratificante. Mientras, me sorprendía que siguiera impecablemente vestido y peinado, como siempre, incluso después de matar a sangre fría y escapar corriendo. Yo, en cambio, estaba prácticamente desnudo.

– Eras tú el que me envidiabas porque te tenía – me respondió Michaella con las palabras de mi despedida en el Grand Hotel de la Minerve – Ahora te tenemos los tres. Puedes salir, marcharte, volver a Madrid o dar la vuelta al mundo si quieres. Pero ya no puedes escapar de nosotros.

Era el cazador cazado. O el seductor seducido. ¿Cómo podía haber sido tan cándido para caer en una trampa tan simple? Una mentira perfecta.

Continuará…

Mi secuestro

Salí del baño desnudo, chorreando y restregándome con una toalla blanca que casi no secaba, con el pelo revuelto y la mirada perdida. En ese preciso momento no me importaba nada lo que ocurriera al resto del mundo. Me bastaba con lo mío: no retrasarme en el regreso a Madrid y tener éxito en mi misión. Por eso no dejaba repasar mentalmente las opciones, aunque podría ser que los últimos acontecimientos interfirieran en ambos asuntos.

El piso estaba inundado de silencios. Ninguno de mis tres acompañantes se esforzaba en pronunciar una palabra para comentar nada. Aquello parecía casi un secuestro. ¿Mi secuestro? No había reparado en ello.

– ¡Tenías que hacerlo! – escuché el reproche de Michaella.

– ¿Hacer qué? No sé de qué me hablas – contesté después de enroscarme la toalla alrededor de la cintura.

– Ahora estarán buscándote. Te culparán de las muertes de sus amigos

– ¿A mi? No puede ser. Fueron Chiara y Pietro los que dispararon – repliqué como si estuviera comentando algo cotidiano.

– ¿Estás seguro? Y eso ¿quién lo sabe?

Y tenía razón. Sólo quedábamos tres testigos de los hechos. Pero si ellos no sabían que yo estaba allí..

– Pues no veo la forma ¿Cómo pueden relacionarme a mi con ese lugar y esos hechos? – pregunté inocentemente.

– ¿Tú crees que alguien conectado con Il Cavaliere va a una reunión sin informar a sus superiores?

– Pero fuimos allí por casualidad. Nadie, salvo Pietro, sabía que íbamos a la Ostería.

– Salvo Pietro. ¿Y yo? – apuntó Chiara, que se había acercado sin yo verla, por mi espalda, y me había puesto las manos en los hombros. «¿Habían hecho todo aquello a pesar de mi? ¿O por mi? ¿Para tener un excusa que me retuviese?» Lo de mi permiso sabático era secundario. Me empezaron a preocupar otras cosas.

Me di la vuelta, rápidamente. Le sujeté por la cintura, con fuerza. Forzó la inspiración y me desafió con la mirada.

Continuará…

Due Ladroni

Me vi arrastrado por Pietro y Chiara hacia la puerta. No opuse resistencia, quería salir de allí aunque no supiera hacia dónde. Ella abrió y ambos me empujaron en el asiento trasero de un coche que estaba aparcado a un par de metros. Cada uno se metió por uno de los lados del vehículo y me dejaron en medio.

El coche arrancó. No me había dado cuenta de que al volante había alguien a quien conocía.

– Hola querido doctor Klint – dijo Michaella, mirándome por el retrovisor.

– ¿Tú tambien, Michaella? – pregunté, como el César a su preferido al ser apuñalado.

Salimos a la Vía del Babuino y de allí a la Piazza del Popolo. Me sentía mareado, con ganas de vomitar. Los vaivenes y cambios bruscos de carril a la que nos sometía la agresiva conducción de Michaella no hacían más que empeorar la situación. Tomamos la Vía di Rippeta, dejamos a la izquierda el Mausoleo di Augusto y nos detuvimos a la altura del 141. Chiara y Pietro me sacaron del coche y sin decir palabra, Michaella continuó.

Estaba sudando, pero tenía frío. Me sentía muy mareado, tan mal que no sabía cuanto tiempo podría contenerme. Inspiraba profundamente para intentar compensar las náuseas, pero sin éxito. Vomité en la acera.

– Gustavo, no sabía que eras un espíritu tan sensible. ¿Te molesta la sangre? – rió Pietro

– Mientras no sea mía no tengo problema. Pero me mareo en los coches si no conduzco, ¡joder! – y extendí la mano esperando un pañuelo. No me hicieron ni caso.

Pietro marcó un código en la cerradura electrónica en una puerta de madera verde, en un edificio de cuatro plantas, de color grisáceo, salpicado de largas y estrechas ventanas cubiertas por persianas de madera de doble hoja. Sonó un engranaje y se liberó el cierre. Chiara empujó. Entramos. Me subieron casi a rastras hasta el primer piso, por una escalera que crujía cada vez que pisábamos un escalón. Al final, entramos en una gran habitación con una enorme cama con un cabecero de hierro forjado y un sofá. Parecía que aquel era nuestro destino esa noche.

– Desnúdate, hueles a vómito.

– Sí, doctor Klint, apestas – agregó Pietro

Me quité la chaqueta, la camisa y la corbata. Luego busqué un sitio donde dejarla y encontré un baño. Allí me metí y me propuse lavarme la cara con agua fresca y limpiar las manchas de vómito de la ropa de la que me había despojado con un poco de jabón y abundante agua. Al abrir el grifo, las tuberías sonaron como si fuera la primera vez que eran usadas. Eso me impidió escuchar que alguien más había llegado. Sólo al salir supe que ya no éramos tres, sino cuatro. Michaella se había unido a nosotros.

– ¿Quieres comer, Gustavo? – me preguntó Michaella.

– No, gracias – contesté con una mueca de asco.

– Pues yo sí – dijo Chiara

– Pediré algo al Ristorante Due Ladroni. Están aquí al lado, en la Piazza Nicosia – replicó Pietro. Sacó el teléfono y marcó un número.

Su actitud debería haberme extrañado, pero no. No sólo no sentían miedo o remordimiento después de haber matado a toda aquella gente, sino que se les había abierto el apetito. Eso sí, Pietro y Chiara habían asesinado a sangre fría sin perder ni un miligramo de elegancia.

Decidí volver a encerrarme en el baño. Una vez dentro, me desnudé y me metí en la ducha. Abrí los grifos y las tuberías volvieron a gritar. Los chorros que caían encima de mi cabeza eran intermitentes, pero de intensidad suficiente para limpiarme por completo. Me restregué el jabón por el pelo. Luego me enjaboné entero. Sentía el impulso irrefrenable de depurarme, después de todo lo que había pasado. Y sin que tuviera sentido tampoco, empezó a preocuparme que la estancia en Roma se alargara inoportunamente. Mi permiso sin sueldo como profesor visitante en Tor Vergata se estaba acabando.

Tampoco me sorprendió la velocidad con la que mi cerebro superó la tragedia ajena y pasó a centrarse en mis pequeños asuntos personales.

Continuará…