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Licencia para matar

…Continuación No había sido casualidad. Entrar en esa calle. Caminar esa acera. Sortear a los miles de cuerpos. Concentrados Por centímetro cuadrado. Llegar hasta aquel edificio. Encontrarse delante de “New York” Conocer la contraseña. Y entrar. Al karaoke. Y cantar. A Klint le dijeron que le encontraría allí Solía pasar las noches. Cuando hacia parada técnica, en sus vuelos con un Boeing 747. Encer
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Obsesionado

Continuación… I want to feel your heart and soul inside of me Let’s make a deal you roll, I lick And we can go flying into ecstasy Oh darling you and me Light my fire Blow my flame Take me, take me, take me away Y Gustavo siguió susurrando. Obsesionado. Haciendo las segundas voces. Para que no le escucharan detrás de las puertas. Hasta que la canción se apagó. Mientras aparecía un avance de la siguiente m
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Karaoke

Continuación… Al final, Gustavo encontró lo que buscaba por las calles de Kowloon. Cualquier observador hubiera creído que estaba desorientado. Eso parecía. Un turista accidental. Accidentado por el mal olor. Era un karaoke. Un karaoke en Hong Kong. ¿Un karaoke cualquiera? Se fijó en los anuncios de neón. Parpadeaban “New York”. No había duda. Eran llamativos. Mucho. En rojo. Verde. Azul. Amarillo.
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Todo lo que necesito es todo

Continuación… No pudo evitarlo. Salió corriendo con la mano izquierda cubriéndose la boca. Se apoyó contra la esquina de un edificio. Sintió una contracción en el estómago. Un deseo de salir de si. Y entre arcadas, vómito el desayuno. “¡Cómo odio perder el control!” – se recordó. Más que el asco, lo que le preocupaba era haberse manchado. Ver que no le alivió. Sin duda. Más pálido y algo débil
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Un paseo por Kowloon

Era agosto de 1993. Todavía bajo la tutela de la capital del Imperio. Gustavo Klint había llegado a Hong Kong vía Schipol, cansado y aturdido por el cambio horario. Iba a pasar dos semanas de aprendizaje. Con un reputado cirujano. Como una minoría. Pero con un ídolo para él. Desde que era residente y leía sus artículos en el British Journal of Surgery. Nadie obtenía tan grandes resultados en la cirugía esofágica. Ni
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Me dediqué a perderte

El Dr. Klint recibió una carta. No un correo electrónico. Ni una mensaje de texto. Ni un whatsapp. Un sobre, con letras escritas a mano. Con tinta azul. “Mala letra” – pensó para si – “Esto tiene que venir de un colega” No había remitente. Sólo un “Gustavo Klint MD PhD” y el resto de las señas de su domicilio. Se lo tomó con calma. Se preparó un Cardhu en vaso ancho. Co
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Brillaba como un diamante

…Continuación de Wien, Babylon Con el vaso en la mano, de Absolut “neat”, avancé de una habitación a otra. No había mucha luz. Intentaba mantener el equilibro sin chocar. Sin derramar ni una gota del líquido contenido en un vaso ancho y helado. On the rocks. Como mi alma. Pero con gotitas de líquido transparente chorreando. Como mis lágrimas. Como mi ropa, empapada por la lluvia. En Babylon. Vestido
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Wien – Babylon

Recorrí la Ringstrasse desde el Burggarten hasta Johannesgasse. Llovía intermitentemente, pero daba igual. Iba empapado. El pelo me caía, liso, sobre los ojos. Ni intentaba retirarlo. Y las gotas terminaban resbalando por la cara. Algo que odio. Me metí a la izquierda, por Johannesgsse. Atravesé Hegelgasse y Schellinggasse. No me crucé con nadie. Viena estaba muerta. Como todas las noches. Los edificios con sus color
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Klint, Gustavo Klint

El vuelo de 10:30 horas en un Airbus 340 desde Madrid a Sao Paulo me dio para conocer a mi compañera de asiento, una joven suiza que viajaba desde Ginebra. La conversación empezó por algo normal; al irme a pasar la comida, la azafata golpeó mi copa de Rioja y todo el vino se me derramó por encima de los pantalones. Empezaron las risas, las lamentaciones y los gestos de complicidad. Por supuesto que no dejé que me lim
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