Todo lo que necesito es todo

Continuación…

No pudo evitarlo.
Salió corriendo con la mano izquierda cubriéndose la boca.
Se apoyó contra la esquina de un edificio.
Sintió una contracción en el estómago.
Un deseo de salir de si.
Y entre arcadas, vómito el desayuno.

«¡Cómo odio perder el control!» – se recordó.

Más que el asco, lo que le preocupaba era haberse manchado.
Ver que no le alivió.
Sin duda.

Más pálido y algo débil, pero sin la angustia, Klint continuó su visita.
Más como un caballero británico que como un estricto vienés.
Al servicio de su graciosa majestad con todos sus ceros.
Afortunadamente, el olfato iba acostumbrándose.
No así la dificultad para respirar vapor de agua.
Tibio.
Del que empaña los cristales de la ducha.
O los cristales de los coches aparcados en los descampados.
Aunque era ese olor, casi pútrido, de una estrella de mar corrompida, el que no podía soportar.

Klint pronto se percató de que su propia palidez no era llamativa.
Nada de nada al compararse con las caras de los jóvenes que se apretaban por las calles.
Una ausencia total de sangre en el rostro.
O de vida en su expresión.
Podrían haber sido muñecos y muñecas.
Como la suya.
La que tenía en casa de niño y con la que le gustaba jugar.
Peinarla.
Acariciarla.
Pero ahora de ojos rasgados.
U operados para parecer occidentales.

Recuperado, y sin miedo a perderse, pronto se aventuró por las callejuelas laterales.
Repletas de ancianos arrugados, sentados en cajones.
En las puertas de sus tiendas.
Donde todo parecía venderse a bajo precio

«Todo lo que quiero es todo» – murmuró

No iba a dejar de probarlo.

Continuará…

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