Zron

De repente, Pietro se olvidó de los «negocios» y comenzó a burlarse cruelmente de Vicenzo, de sus andanzas por la ciudad, de los accidentes de tráfico que acabaron con la vida de respetables miembros de la sociedad y la política italiana, de los robos y estafas que había llevado a cabo un hombre tan imbécil.

– ¡Mira que intentar meterte en la cárcel por seis millones de euros! ¡Con todos los delitos que has cometido!

Y Vicenzo descomponía su ya ridícula expresión facial entre carcajada y carcajada. Su fealdad resaltaba más aún cuando se acercaba a Pietro, que mantenía una pérfida elegancia. Vicenzo no se ofendía, más bien se regocijaba en su estupidez.

– ¡Por el futuro! ¡Por lo que nos queda por disfrutar! – y levantaba de nuevo la copa entre risotadas.

Según bebía más y más champán, nos contaba nuevos casos con toda una variedad de detalles. Alardeó de aquella vez en que, junto con otros dos amigos venidos de fuera de la citá, se dedicó a patear al hijo de un famoso empresario automovilístico, quien se negaba a donar fondos para sostener las actividades de un político en alza. Al chico le tuvieron que operar de urgencia en el Agostino Gemelli para salvarle la vida, porque le habían reventado el hígado y el bazo. Para Vicenzo era divertido, una forma de vivir y ganarse la vida. También nos contó los trabajos de Francesca que, efectivamente, había estado en una canal de televisión en España como animadora. Ella solía aprovechar los contactos de su exmarido para frecuentar la compañía de algunos importantes caballeros con negocios en el Banco Vaticano.

– ¡Por el doctor Klint! – gritó Pietro – ¡Y por los votos que ha conseguido cambiar! – De nuevo, sentí un beso en mi frente.
– ¡Por el nuevo gobierno! – replicaron todos

Las conversaciones aumentaron en el contenido violento de sus historias, desgarradoras en algún caso para mi que no soporto la agresión física. Y mientras, el tiempo se había parado, o al menos no avanzaba al ritmo y en la dirección que yo hubiera deseado. Aquella fiesta parecía no tener un fin. Y se hacía más insoportable porque no encontraba en mi cabeza, habitualmente fría, un recurso para acabar con aquella situación de la mejor manera posible para mi.

El alcohol ingerido sin medida aumentaba las probabilidades de que alguien eligiera de manera equivocada. Me parecía que las luces del lugar habían perdido potencia. Estábamos casi a oscuras o era el alcohol en mi sistema nervioso. Las lámparas ya no alumbraban como antes. Tampoco hablábamos en voz baja. Al menos no Vicenzo. Pietro tenía sentada a su derecha a Zron, o Chiara, a la que acariciaba la cara interna del muslo derecho como si estuviera tocando una guitarra. Las otras dos parejas se mantenían en silencio. Sólo me miraban. Francesca permanecía muda. Y los dos revólveres seguían estando encima de la mesa, entre las cuatro botellas de champán y alguna copa.

– Pietro ¿nos ayudará «il dottore»? – preguntó Vicenzo

– Seguro. Es el mejor cirujano y un seductor – contestó Pietro mirando a Zron. Ese seguía siendo su nombre para mi, aunque fuera Chiara.

En ese momento, ella me miraba a mi y le daba espalda. Sin esperarlo, Pietro agarró enérgicamente a Chiara por el cuello, apretó, la giró y arrastró hacía él y la besó. Hubo un súbito silencio, interrumpido segundos después por la voz desagradable de Vicenzo y de los otros dos hombres, que jaleaban a un Pietro absolutamente borracho. Zron se resistía, gruñía, intentaba soltarse, pero Pietro ejercía más fuerza, Vicenzo bramaba como un animal, secundado por los otros dos. Las manos de Pietro eran como cepos. Yo mismo lo había comprobado en la Piazza Navona. Ahora estaba desconcertado y no sabía que hacer. Miraba la escena como si fuera una pesadilla, flotando en las alturas. Las armas seguían encima de la mesa. Francesca se abrazaba a Vicenzo, le susurraba algo al oído. Las otras dos chicas se escondieron en la oscuridad.

Chiara consiguió zafarse de Pietro retorciéndole el brazo. Se tiró encima de la mesa. Di un paso atrás. No vi bien lo que pasaba, pero las copas cayeron y reventaron en mil pedazos contra el suelo. Me fijé en sus ojos, en su mirada enfocada en un punto…

Continuará…

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