No me creas, sólo miralo

El croasancito se mete en el probador.

La señora le sigue. Fashionable.

La camisa.

Se la va a regalar a su croasancito.

Camisa blanca.

Con un puño doble.

Hombros anchos.

Talle entallado.

Dolce palpando a Gabbana.

Se estira.

No le hace arrugas.

No como a ella.

El gesto le apergamina la comisura de los labios.

Los suyos.

Los de ella.

Los de la boca.

Tendrá que mojar en algo.

El croasancito

Tiempo

Tenía unas rutinas completamente embutidas en su software mental.
Y esa mañana de su debút televisivo no iban a cambiar.
Aunque se fuera a convertir en el presentador postmoderno de la «gran comunicadora».

Sus rutinas eran adictivas.
Y masturbatorias.
Necesitaba repetir y repetirlas, una tras otra, para sentir placer.

Había pasado horas y horas viendo televisión.
Para aprender.

Todos los días tenía que comer una manzana por el hierro y un platano (la fruta) por el potasio.
Y también una naranja, para la vitamina C.
Y una taza de té verde sin azúcar para prevenir la diabetes.

Se tomaba un mínimo de dos litros de agua distribuidos en sorbitos a lo largo de 24 horas.
(Sí. Y mearlos, que le llevaba el doble del tiempo que consumía tomándoselos).

Siguiendo los consejos de los dietistas que aparecían en las páginas de salud, se metía diariamente un yogurín para tener “L.Cassei Defensis”, que nadie sabe qué coño es, pero parece que si no ingieres un millón y medio de esos putos bichitos al día entras a ver a la gente como borrosa.

También cada día una aspirina, para prevenir los infartos.
Y el dolor de cabeza.
Además, un vaso de vino tinto, para lo mismo.
Y otro de blanco, para el sistema nervioso.
Y uno de cerveza, aunque ya ni recordaba para qué era.
Nunca había probado a tomárselo todo junto, aunque estaba seguro de si lo hacía le sobrevendría un derrame cerebral ahí mismo.

Por supuesto que todos los días tomaba grandes cantidades de fibra.
Mucha, muchísima fibra. Kiwis, plantaben, emuliken, cenat…

En una ocasión, haciendo fuerza sentado en la taza del baño, ejerció tal presión sobre sus cavidades que se le ingurgitaron las venas del cuello como si fuera un cantaor de flamenco y los ojos se le saltaron de las cuencas.
Al relajarse, tuvo la sensación de haber cagado un suéter de Oscar de la Renta.
Era su propia impresión 3D intestinal.

Estaba totalmente concienciado de que había que hacer entre cuatro y seis comidas diarias, livianas, sin olvidarse de masticar cien veces cada bocado.
Haciendo el cálculo, sólo en comer consumía unas cinco horitas.

¡Ah! y lavarse los dientes después. Después de cada comida se lavaba los dientes, o sea, después del yogurín los dientes, después de la manzana los dientes, después del plátano (la fruta) los dientes… y así hasta desgastárselos.
Y pasarse hilo dental, masajeador de encías, traguitos de Listerine…

El sueño reparador era otra de sus rutinas.
Siempre ocho horas.
Y ahora también trabajar otras ocho en la televisión, con esa gran periodista amante del color negro en sus libros.
Más las cinco que emplaba en comer, veintiuna.
Le iban a quedar tres para su libre disponibilidad.

Según las estadísticas, vemos tres horas diarias de televisión.
Bueno, él ya no podría.
Estaría dentro de ella.
Todos los días caminaba por lo menos media hora (Dato por experiencia: a los 15 minutos se daba la vuelta, si no la media hora se le hacía una).

Y luego cultivar las amistades, porque son como una planta: hay que regarlas a diario.
Y cuando te vas de vacaciones también.
Además, y más ahora, debía estar bien informado, por lo que leía por lo menos dos diarios, para contrastar la información.

No se olvidaba de lo importante que era tener sexo con la frecuencia adecuada, pero sin caer en la rutina.
Había que ser innovador, creativo, renovar la seducción.
Eso lleva su tiempo. ¡Y de sexo tántrico, ni hablar! (Al respecto, recordar que después de cada comida hay que cepillarse los dientes).

Visto lo visto, y que a quien realmente deseaba era a su yo interior, la masturbación (el amor propio) era lo más coste-eficiente.

Además, como vivía solo, siempre ahorraba tiempo para barrer, lavar la ropa, los platos.

En total, sus rutinas le llevaban 29 horas diarias.

El hombre que quería ser una mujer lesbiana

Dios no se portó bien con él. Porque era creyente.

Resultó evidente, desde un principio, que su vida sería un infierno. Así lo pensó la madre que lo parió mientras le sujetaba por primera vez entre los brazos.

Si la infancia fue dura de soportar, ante la crueldad vestida de inocencia de los demás niños del colegio, la adolescencia fue el infierno. Su cuerpo creció cada vez más deforme.

El se escondía mientras el deseo explotaba en su interior. Pero ellas solo se hubieran fijado para mofarse.

El pingüino con joroba. La mente de un dios encerrada en el cuerpo de una bestia.

Y llegó un momento en su vida, ya adulto, en que se atrevió a dar el paso. Se dejó el pelo largo, llegaron las mechas y los efectos de las hormonas. Las caderas se le ensancharon y las mamas tomaron un volumen suficiente para marcarlas bajo la ropa con lencería apropiada.

Se convirtió en lo que deseaba. En una mujer. Esos seres fascinantes a los que siempre había visto y deseado en la distancia.

Pero él nunca iba a ser una mujer cualquiera. Porque él sólo podía ser una mujer lesbiana.

Manos

Me gano la vida con las manos. Si perdiera mis manos….

Son unas manos muy comunes, nada especial. Cinco dedos en cada una, con sus palmas y sus dorsos.

Los dedos de mis manos han estado estado en sitios que para la mayoría de los humanos resultarían insólitos.

Mis palmas y mis dedos han palpado un corazón, el hígado, un esófago, un páncreas, los pulmones, un bazo, el colon, los ojos, una vagina, los ovarios con su útero, una próstata, el recto, los testículos, un pene, el cerebro, los riñones, la grasa mesentérica, el bazo, un niño naciendo, la sangre, un tiroides, la orina, una placenta, la mierda, el esputo, el pus…

A ciegas, sólo con tocar su consistencia y su forma, mis manos me dicen lo que es y donde está. Sé lo que hay detrás, a los lados y debajo de cada órgano y víscera. Porque cada vez que he tocado un cuerpo con mis dedos me he empeñado en dibujar las formas y la situación mentalmente. Poco a poco he ido aprehendiéndolo en la memoria.

Si me ponen un cuerpo delante, cierro los ojos, toco y sé donde estoy. Mis manos han guardado cada detalle en mi cerebro.

Can I touch there? Touch you deep inside..

iPhone 5

Me quedé mirándolo. No sabía qué hacer. Estaba con toda la ropa en la mano, intentando hacerme sitio en el probador. No podía apartar mi vista del flamante iPhone 5 que alguien había olvidado encima del taburete.

Decidido. Cogí el dispositivo y miré hacia atrás. Quería asegurarme de que nadie me veía. Nada, nadie, ni una cámara camuflada sería testigo. Pero, a la vez, el corazón amenazaba con abandonarme. Estaba a punto de cometer mi pequeño gran delito. Algo que cambiaría mi vida en formas y con consecuencias que entonces ignoraba.

Iba a vivir la vida del hombre al que le había robado el iPhone 5.

La tarjeta

Salí de la tienda lo más rápido que pude, sin dejar de mirar a mi alrededor, como sí así pudiera evitar que alguien se diera cuenta de que me había quedado con un iPhone 5 olvidado.

No pensaba devolverlo. Eso lo tuve claro desde que lo vi. No me importaba soportar esa leve sensación de culpabilidad. Era un pequeño precio a pagar. Muy pequeño si lo comparaba con los más de 600 euros en la Apple Store.

Una vez fuera, caminé deprisa poco más de 50 metros. Lo saqué del bolsillo y me lo puse en la palma de la mano. Me asaltó una duda: reiniciarlo con mi tarjeta o probar a usarlo tal como estaba.

Mi tarjeta no era micro. El móvil que llevaba era una birria. El 4s me lo había dejado en casa. Así qué esa opción descartada. Podía ir a que me hicieran un duplicado, pero me llevaría tiempo y estaba ansioso por hacerlo funcionar. Entonces pensé, “No pasará nada por usarlo tal como está. Para probarlo. Luego me deshago de la tarjeta y no podrán localizarme”.

Resbalé mi dedo pulgar por la pantalla. Estaba de suerte. No había ninguna contraseña de bloqueo. Aquella maravilla iba a ser toda mía.

Nunca había podido controlar bien mi curiosidad. Esta vez no iba a ser menos. Me fui directamente al icono de la cámara. Luego al carrete. Quería ver el mundo a través de otra mirada.

En ese preciso momento el iPhone 5 empezó a vibrar. No sonaba ninguna música, afortunadamente. Era un aviso de mensaje entrante.

“Ni se te ocurra manipularlo”

Whatsapp

En serio, esto tenía que ir en serio. El mensaje había sido enviado desde un teléfono público, de los pocos que quedan. Así que no era un error. O sí. Un error en una de esas teclas y el mensaje llegaba al terminal equivocado. No iba a ser la primera vez que, por error, alguien mandaba un texto improcedente a la persona menos indicada.

Una cosa si me quedaba clara. El remitente no quería ser reconocido. No había manera de contestar. No había manera de preguntarle si era el dueño y, cortésmente, anunciarle que estaba intentando localizarle para devolvérselo. Pero lo intenté. Me lo pensé un par de minutos. Devolví la llamada al número que aparecía en el mensaje. Pero nada. No había línea disponible con ese número.

También cabía la posibilidad de que yo no fuera el destinatario del mensaje. Podría ir dirigido a quien olvidó el iPhone 5 en H&M.

No se me ocurrió otra cosa que buscar en el iPhone alguna pista que me llevara al dueño. En la segunda pantalla vi whatsapp. Lo abrí.

Ajustes

Nada en whatsapp. Ni un mísero mensaje que diera una pista.

Me parecía más sorprendente aún.

Recordé que en “ajustes” estaba toda la información sobre el teléfono. Era donde podría encontrar algo que me ayudara a calmar la angustia que empezaba a sentir. Y sería más rápido que intentar deducir la identidad del propietario a través de sus contactos.

Claro que había corrido demasiado al deducir que el propietario era quien me enviaba el mensaje. Porque, ¿para qué iba a mandarme el propietario un mensaje desde una cabina para ocultar su identidad?
Me daba igual. ¡A la mierda el iPhone 5! Quería devolvérselo a su dueño y quería hacerlo ¡Ya!

Busqué “ajustes”, luego “general”… ¡Por fin! “información”. Apreté el icono con el pulpejo del pulgar derecho.

Nombre: iPhone
Red: vodafone
Canciones:0
Vídeos: 0
Fotos: 3
Aplicaciones: 23
Capacidad: 28,2 GB
Disponible: 27,5 GB
…….

El resto, como si fuera sánscrito. Ininteligible para mi. Un intento vano. Pero antes de que me diera tiempo a buscar alternativas, el iPhone 5 volvió a vibrar. Y está vez no importó la sorpresa; pasé a sentir miedo

Siri

No miré la pantalla. Me temblaban las manos, las piernas. No quería leer.

En ocasiones la ignorancia es una bendición. ¿Mi maldición? Haber sucumbido a la tentación. A la de hacerme con un iPhone 5, a la de hurtar lo que no me pertenecía, a la de intentar escapar con ello. Y lo estaba pagando.

Podía borrar el mensaje, apagar el terminal y esperar a tener mi microsim. Sólo tendría que cambiarla y me libraría de sentir la persecución de un extraño. Pero algo dentro me hizo superar el miedo. La curiosidad. O una tormenta en mi interior con leves toques de placer.

Quería saber más.

“Pregúntale a Siri”. Eso, sólo eso, decía el mensaje.

Bluetooth

“Pregúntale a Siri”. “Pregúntale a Siri”. “Pregúntale a Siri”. ¿Qué le tenía que preguntar a Siri?
Si fuera una persona, podría esperar respuestas. Pero tan sólo es una aplicación con funciones de asistente personal por reconocimiento de lenguaje natural. Poco más útil que teclear unas palabras en el buscador de Google. Así que ¿Qué me querría decir con “Pregúntale a Siri”?

Fui hasta el parking y, después de pagar en el cajero automático, me monté en el coche. Dejé el teléfono en un hueco junto al freno de mano, encendí la radio y puse el coche en marcha. No sabía muy bien qué hacer. Así que, a casa.

No dejaba de darle vueltas a todo cuanto me llevaba pasando desde que vi el iPhone 5 en el probador. Tenía que ser una broma, muy pesada. Pero no imaginaba a ninguno de mis amigos tomándose todas estas molestias. Tampoco había hecho yo nada lo suficientemente malo a nadie para que hubiera ideado todo esta tortura. O deseara causarme daño de alguna forma remota.

Y de repente, mientras estaba esperando en un semáforo, un sonido inconfundible resonó en el coche. Di un bote de sorpresa. Era el iPhone 5 con su clásico sonido de teléfono antiguo que, conectado mediante el BlueTooth, se escuchaba a través de los altavoces.

Operadora

Ni me lo pensé. Extendí la mano. Instintivamente.

Entre el nerviosismo y el miedo, que te hacen sudar, casi se me cae el iPhone 5 de las manos. Aún así, tuve reflejos para detener el coche en una zona de aparcamiento vigilado, mientras intentaba pegarme el teléfono a la oreja derecha.

Ni se me pasó por la cabeza que podía utilizar el manos libres.

¡Para manos libres estaba yo!

– ¿Hablo con el propietario de la línea?

¡Joder! Por primera vez me interesaba una llamada de una operadora de telefonía. Me habían llamado de día, de noche, mientras dormía, mientras follaba, o cuando estaba preparándome para… Vamos, siempre me habían llamado para molestarme. Pero esta vez, la voz femenina anónima, pero con acento, era mi única esperanza de escapar de la prisión sin paredes en la que me había metido.

Y, de repente, me asaltó la duda. Y la angustia de nuevo. ¿Qué digo? ¿Sí? ¿No? ¿Es de una amiga? ¿O de un amigo?

Gaga

– No, no soy el titular. Muchas gracias – le respondí con desgana. Quería colgar lo más rápido posible
– ¿A qué hora puedo encontrar…

Ya no escuché nada más. Había interrumpido la comunicación. Marqué con el intermitente mi intención de incorporarme al tráfico. Me dejaron pasar. Me alejé de Azca. Subí el volumen a tope. Quería no pensar.

Stop calling, Stop calling , I don’t wanna think anymore

Lo recordé de repente. Cuando busqué la información del iPhone 5 había visto que el dispositivo contenía tres fotografías. No me había dado tiempo a ver las fotos; pero ahora, quizás, podrían aportarme alguna información valiosa.

De nuevo, cogí el teléfono con la mano derecha, mientras esperaba en un semáforo en rojo. Deslicé el dedo pulgar y apareció la pantalla. En la esquina superior izquierda estaba el icono de la cámara y en la inferior derecha un icono con un girasol. Que digo yo que es un girasol. Porque no me parece una margarita. Todas las hojas amarillas. Y no sé si eso se le ocurrió a Steve Jobs o al capullo de Tim Cook. Me refiero a poner un girasol como símbolo de fotos.

Daba igual ahora. Apreté la pantalla y aparecieron tres fotografías reducidas, con tres fechas de días consecutivos.

Trust is like a mirror. You can fix it if it’s broke. But you can still see the cracks in the motherfucker reflection”

No era una estrella…

Pensó.
Una vez más.
Y de nuevo creyó que había pensado algo original.
Diríase que único.
Genial.
Pero sólo era otra mierda de pensamiento.

Un orgiastico enjambre de voces le hizo el coro.
Uno tras otro repitieron su mierda de pensamiento.
Como un martillo pilón.
Se le metió la idea en la cabeza.
Era una estrella.

Empezó a brillar.
Desde dentro.
Por fuera.
Y los cobardes se encendían con él.
Los miserables también.
Parapapapapa… Papara…
Parapapapapa… Papara…
No era una estrella.
Sólo un bombilla

Las mañanas de San Francisco

Cuando salió a la calle, decidí seguirla.

Como su sombra.

Desde el Mondrian.

En Union Square.

La mañana en San Francisco era clara y fría.

Como su sombra en mi cerebro.

Tomó Market Street.

A la derecha.

A Castro.

La calle estaba salpicada.

Gente que había perdido. La casa. La familia. El amor. O, simplemente, la razón.

Ella no paró. Hasta llegar a Castro Street.

She left a soul shadow on my mind…

La chica de Copacabana

A Hitchcock le perdía la curiosidad. Miraba siempre por su ventana indiscreta. A mi me encanta echar un vistazo por la mía.

Miren si no la foto que encabeza esta entrada. La chica de Copacabana.

¿Qué ven?

Una pensativa belleza brasileña vestida de negro, mesándose el cabello. Lo primero de todo. Pero pasan muchas más cosas en esa fotografía.

Un tipo con camiseta blanca y pantalón pirata gris camina por el paseo mientras habla por un teléfono móvil.

Otro mira para atrás a la búsqueda de alguien. Una pareja se besa en el borde entre la arena y el paseo marítimo.

Dos mulatos en bañador se encaminan hacia el mar. Una mujer en shorts y con una gorra roja parece hablar con otra persona oculta tras una farola y que lleva de la mano a un niño con un suéter carioca…

Les anuncio que el tipo de camiseta blanca y pantalón pirata gris se dirige al encuentro de una mujer morena, con gafas, y una cortísima falda blanca que fue el motivo de una entrada hace algún tiempo…

Pero en esa foto, en ese momento, pasaban otras cosas…

Dos mujeres estaban hablando animadamente con uno de los socorristas que patrulla la playa montado en un quad. Una de ellas mira lánguidamente a la cámara…

Un tipo con gafas oscuras se mete en la playa, dos personas sentadas en el chiringuito parecen discutir, otra pareja charla con una camarera que permanece de pie. A la derecha de una sombrilla blanca plegada se ha levantado un hombre con una camiseta azul oscuro. Mientras, en la barra del chiringuito, otro prepara algún tipo de brebaje….

La realidad es mucho más compleja de lo que se ve a primera vista.

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Turing

En mi conferencia en la Real Academia Nacional de Medicina sobre la salud digital…

«Siguiendo las aportaciones del lógico checo Kurt Gödel, uno de los padres de la computación digital moderna fue el prodigioso matemático, lógico, critpógrafo y filósofo británico Alan Mathison Turing, de cuyo nacimiento se cumplieron 100 años en 2012.

Turing, un niño prodigio del que se dice que aprendió a escribir por si mismo en apenas 3 semanas, fue capaz de crear las bases de la informática moderna y de la inteligencia artificial como consecuencia de una dolorosa experiencia.

En 1928, con catorce años, Alan Turing fue admitido en el sexto curso de la Sherborne School, para especializarse en matemáticas y ciencias. Casualmente, en ese internado coincidió con otro estudiante, Christopher Morcom, con el que estableció una intensa relación de amistad.

Desafortunadamente para Turing, un par de años después, en 1930, Christopher Morcom murió de una tuberculosis bovina adquirida por consumir leche contaminada. Fue tan devastadora la pérdida para el joven Turing que, tal como adelantó por carta a la madre de Morcom, dedicó el resto de su vida a intentar aplicar la lógica matemática al problema de la mente y la materia, creando la máquina de Turing, una construcción teórica que sustenta los ordenadores modernos y el Test de Turing, una prueba para determinar si una máquina piensa y siente.

Pero no es únicamente eso lo que le debemos. Una aportación clave para el éxito aliado en la Segunda Guerra Mundial fue la creación de la Bomba Turing, una maquina desarrollada en el centro de espionaje de Bletchley Park, junto con Colossus, con el objetivo de descifrar Enigma, el código del ejercito Nazi para ocultar las comunicaciones entre sus naves en el Atlántico.

Aún siendo una de las mentes más brillantes del Reino Unido, su condición sexual le llevó a ser procesado y condenado por la misma ley que había sido utilizada para encarcelar a Oscar Wilde. Tuvo que elegir entre entrar en prisión o someterse a la castración química. Tal castigo parece que le indujo a suicidarse ingiriendo cianuro el 7 de Junio de 1954.

Afortunadamente, los trabajos de Turing surtieron sus efectos y llevaron a otro matemático, John Von Neuman, a proponer la arquitectura de ordenador que hoy conocemos, basada en la combinación de elementos físicos (hardware) con elementos lógicos (software, programas).

El Doctor N y la enfermedad

Hoy he estado en mi hospital. Como usuario. Mejor dicho, acompañando a un usuario. Soy de MUFACE, pero elegí la sanidad pública. No pretendo explicar el porqué. Me llevaría una entrada exclusiva.

Mientras esperábamos para la filiación ante el mostrador de Urgencias, me he dado cuenta de que por la puerta entraba un conocido. Iba acompañado de su mujer.

– Hola Doctor N. ¿Qué tal estás?

– Me acaban de dar de alta – me ha respondido – Me operaron de un cáncer de próstata hace dos años. Luego de una eventración. Pero me acaban de dar de alta. Me han puesto una malla porque estoy incontinente. Me meo encima. Llevo pañales. Vengo a que me den un justificante.

– ¡Vaya! Es decir, que desde que te jubilaste…

– Pues sí. Nada más jubilarme empecé a tener problemas, y ahora se me ha olvidado que tuve un cáncer. Lo único que me preocupa es la incontinencia.

– Deberías quitártelo de la cabeza. No puedes hacer que eso sea toda tu vida ahora.

– Te has dado cuenta, ¿no? – ha apuntado su mujer, con cierta expresión de desesperación

– No puedo. Me preocupa tanto que el cáncer se me ha olvidado. Me gusta viajar, salir, entrar, y con la incontinencia me siento discapacitado socialmente. Ahora me planteo que me tenía que haber jubilado antes.

No sabía bien que decirle. Así que me he sentido aliviado cuando he oído mi apellido.

– Bueno, Doctor N. Te dejo que nos llaman. Dale un poco de tiempo a la malla que te han puesto. Mejorarás…

En el último siglo hemos sido excelentes reduciendo la mortalidad y aumentando la supervivencia. Pero no tan buenos en la morbilidad o en la discapacidad.

No hemos sido demasiado buenos escuchando los problemas de nuestros pacientes. Seguimos convencidos de que retrasar la muerte es tan valioso que todo lo demás queda en un segundo plano. Un gran error.