El amor

El tráfico no es intenso. Es una mañana calurosa en Madrid. Lo normal para estas fechas.

Ellos llevan pantalones por debajo de las rodillas. Bombachos. Con cuerdas o hebillas que los fruncen sobre sus pantorrillas. Las camisetas son dos tallas más pequeñas de lo adecuado. No son italianos, sin embargo. Chanclas. Los bolsitos cuelgan sobre sus caderas derechas, cruzados, desde sus hombros izquierdos. Ellas casi sin ropa, con vestidos cortos y translucidos.

Lo que no se intuye simplemente se ve. La tentación y la carne ya no son directamente proporcionales. A más carne, menos tentación. La pasión ya no vive aquí.

Menos para este hombre que trabaja bajo el sol. Su piel está curtida. No se ha afeitado. Una coleta le recoge el pelo sobre la nuca. Una cola de caballo. Lleva un pantalón de lona con un sueter de colores fosforescentes encima. Sujeta con su mano derecha una manguera, que expulsa por su extremo un fuerte chorro de agua. Al contacto con su dedo pulgar, el chorro se abre en un abanico disperso que riega el césped.

Pasa una mujer transparentándose entera bajo un vaporoso vestido blanco. Prietas las filas. Cautivo y desarmado el enemigo, ha alcanzado su mirada el objetivo. Entonces su cuerpo gira paso a paso, llevando en su mano derecha la manguera. La necesidad de mantener la visión descompesa su línea de equilibrio y el chorro, que antes empapaba el suelo, se desplaza, elevándose en altura hasta caer desde el cenit, y mojarle. Y a las dos mujeres, que distraídas, pasean al lado del jardinero.

Una va sentada en una silla de ruedas, que es empujada por la otra. Las dos han cruzado juntas una vida multicapas. Verticales y horizontales. De la mano. Por debajo y por encima de la mesa. Han viajado mucho, las dos de pie, hasta llegar a empaparse con este chorro refrescante de pasión matinal de un jardinero madrileño.

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