El hombre que me tocó por dentro

El es el único hombre que me ha mirado por dentro. No me refiero a verme sin nada encima. O a mi yo «interior».

Desde que nací hasta ahora, con 36 años, ha habido un buen número de personas que me han visto sin ropa, física o emocional. O que me han tocado en maneras que creían especiales. O únicas.

Pero no.

El también ha contemplado mi cuerpo. Aparentemente como el resto. Pero no. Ha habido algo más. Me ha mirado de fuera a dentro, primero. Y luego al revés. Ese hombre ha sido el único que se ha aventurado en mi, para luego tocarme de una manera que sólo a él le permití. Como ningún otro ser humano, hombre o mujer, lo ha hecho. Porque puse mi vida en sus manos. Por eso me siento así.

Cuando le vi la primera vez y le miré a los ojos, no me pareció gran cosa. Debía estar con la cabeza perdida. O presa del miedo que produce la incertidumbre. O no me fijé en él como me fijo ahora.

Ahora me siento frente a la puerta en la consulta. En una silla de plástico, tan incómoda y fría. Pero pasa el tiempo sin darme cuenta. No me quejo. Tampoco tengo a quién. Ni me muevo para desentumecer los músculos. No quiero arriesgarme. Sólo estoy pendiente de un movimiento del manubrio. Como un depredador dispuesto a saltar sobre su pieza. Quiero verle aparecer. Tras la puerta. Aún sabiendo que ignora que estoy allí.

Y cuando lo hace, me siento desfallecer. Una y otra vez. Añoro lo que nunca tuve ni sentí. El tacto y los movimientos de sus manos en mi. Entrando, buscando, sintiendo, palpando, actuando. Sin embargo, me excita pensar que, a través de sus dedos, me metí en su cerebro.

Me produce escalofríos saber que las sensaciones que le provocó mi cuerpo están en algún rinconcito de su memoria.

Con ser eso para él, dentro de él, me conformo.

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