Francesca y Vincenzo

– La mejor, y yo diría única, manera de dominar a un hombre, cualquier hombre, no es el deporte, o los coches, o el trabajo, o el sexo – le susurré antes de llevarme una lámina de carne a la boca. Nadie nos miraba. Y continué – Si quieres acaparar su atención y tener una opción para controlar su voluntad, háblale con indisimulada admiración de él mismo. Aunque sea mentira, invéntate cualidades, atribúyeselas, y él, a cambio, hará cualquier cosa para estar a la altura.

– ¿Pero cómo se sabe hablar a alguien de si mismo? ¿Cómo lo conseguiste con los senadores? – preguntó Pietro.

– Hay que investigar un poco antes para poder tener información básica sobre el objetivo.

No me dio tiempo a decir más. Sonó un ruido de sillas arrastradas sobre el suelo y la pareja que estaba más alejada de nosotros, cenando en silencio, se levantó de su mesa y, en vez de abandonar el local, se aproximaron hasta nosotros.

– ¿Nos permitís? – y, más que una pregunta, aquello fue una orden.

– Por supuesto – dijo Pietro en un tono que me llevó a asumir que no le eran desconocidos.

– Somos Francesca y Vicenzo. Encantados, doctor Klint – me saludaron con la mano extendida.

Les di la mía, con gesto de irme a levantar, cosa que no hice. Parecía que mi encuentro con Pietro iba a avanzar por caminos que no había planeado. Tonto de mi. No había hecho con él lo que hacía con todos, manipularle para que me lo contara todo antes de que pasara.

Francesca era morena, con pelo largo y liso, pero con un tono azulado que delataba el uso de tintes para ocultar las canas. Me recordaba vagamente a una presentadora de programas juveniles de televisión en España. Al fijarme en sus facciones, rápidamente deduje que era víctima de algún Miguel Angel de la cirugía estética. No debía tener más de cuarenta años, pero de tanto pasar por el quirófano, ya sólo le quedaban dos o tres intervenciones para ser un híbrido entre Liberace y una bailarina de VIP Noche.

Vicenzo era un tonel de edad indefinida, sin pelo, sonriente, que podría confundirse con cualquier actor de las películas de Pierino. O alguno de esos obscenos personajes de una película de Tinto Brass.

Continuará…

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