Hablemos en voz baja

Vicenzo hizo un gesto con su mano derecha en el aire. Le miré desconcertado. No entendía que significaba aquello. Debí ser el único, porque inmediata y simultáneamente, la camarera que nos había atendido se aproximó a la puerta para cerrarla desde dentro y las dos parejas dejaron de hablar entre ellos, se levantaron de su mesa y se sentaron en la nuestra.

– Noi parliamo en bassa voce – me advirtió.

Il Professore, Giorgio Napolitano, Il Cavaliere, Michaella en Tor Vergata, los senadores, Pietro, Francesca, Vicenzo, la camarera, las dos parejas y un «speak softly». Hubiera sido muy cándido si hubiera precisado más detalles para entender, sin más, con quien estaba cenando en la Osteria Margutta. Ni Pietro era sólo un miembro del equipo de Romano Prodi, ni yo había entendido quién y para qué me había contratado. Creí que era algo rutinario, sólo un trabajo político. Mero transfugismo. Pero no. Aquello iba a resultar mucho más.

– Hablemos de negocios – continuó Pietro, como si no hubiera pasado nada. Su voz retumbó en mis oídos y sus ojos me parecieron más brillantes que nunca.

– ¿Qué negocios? – respondí inocentemente, casi como una defensa, para ganar tiempo, porque la situación me había sobrepasado. Nunca había imaginado como sería una reunión de la «familia» pero, indudablemente, me encontraba en el centro de una.

– No juegues conmigo, Gustavo. Te admiro mucho – me repitió – No juegues conmigo – y sentí, de nuevo en mi frente, el beso que me dio en la Piazza Navona y la firme presión de sus manos sobre mis temporales.

Pietro y Vicenzo, casi a la vez, se hurgaron en los bolsillos interiores de las chaquetas, sacaron dos armas cortas y las colocaron encima de la mesa. Yo temblé igual que un crío aterrorizado y sin control. El cuerpo no me respondía, el cerebro tampoco. No conseguía retirar la mirada de aquellos dos revólveres relucientes.

Nunca había corrido tanto peligro como en esta ocasión, encerrado y sin escapatoria a la vista. En estas circunstancias, la fuerza no era una opción. Estaba claramente en desventaja. Sólo cabía entrar al juego, un juego que no fuera de suma cero: ellos ganan, yo pierdo. Habría que encontrar la manera de que todos ganáramos. Pero ¿qué?

«Zron», la camarera rubia, aproximó una silla a Pietro y se sentó junto a él. Le mostró un teléfono y, aparentemente, Pietro leyó un mensaje, para luego asentir. Ella se levantó, se alejó de nosotros y marcó un número. No podía escucharla, pero parecía dar órdenes a quien estuviera al otro lado de la línea.

Pensándolo detenidamente, no sé que podría haber hecho diferente, por mucho que hubiera percibido que se conocían de antes. No era indicativo de nada peligroso. Pietro podía ser un cliente habitual. No era motivo suficiente para no aceptar la invitación y marcharme.

– No Pietro. Hablo en serio. Necesito entender qué andáis buscando de mi.

Continuará…

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