Un niño grande

Le clarea el cabello. Por eso se lo rapa. Tiene una barba corta, entre rubia y canosa, continuación sin solución del lanugo de la cabeza.

No es más que un niño, grande, que vive escondido, por miedo, dentro de un cuerpo que va madurando.

Mira a la gente como si fueran extraños. Les observa con mirada fija, como un buho, casi sin pestañear. Y toma nota de lo que dicen y hacen. Porque tiene miedo a perderse algo, aunque no es infundado. Hay muchas cosas que se le escapan. No las entiende porque le dan pavor. Quizá porque siente miedo de si mismo.

Le gustaría controlarlo todo, pero los que le rodean no le hacen suficiente caso. Nadie. No le toman en serio. «Demasiado transparente» se dice para los adentros.

Si pudiera sería un chico malo, provocador y transgresor. Con un gin-tonic en la mano. De esos que toma en bares de dudoso gusto, cuando sale a trabajar con sus compañeros. Y sería un seductor, como Errol Flynn.

Pero sólo es un hombre de familia. Un padrazo. Aunque depende de la fase y de sus miedos. Nunca termina de tenerlo claro. Porque es un niño, grande.

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