NostalgIA

A menudo cometemos el error de mirar la Inteligencia Artificial y ver solo el triunfo del cálculo y la eficiencia. Pero si apartamos los cables y miramos qué fue lo que realmente prendió todo esto, no encontramos ambición militar ni corporativa. Lo que encontramos es un cementerio. Encontramos a dos personas brillantes, Alan Turing y Ada Lovelace, utilizando la lógica más estricta para tratar de reparar un corazón roto.

La historia de la computación es, en realidad, una historia de fantasmas.

Viajemos primero a ese invierno de 1930. Alan Turing tiene 17 años y el universo se acaba de apagar. Christopher Morcom, su primer amor, su alma gemela intelectual, ha muerto de tuberculosis. El silencio que deja es ensordecedor.

Ante ese abismo, Alan no se refugió en la religión, sino en la física. Necesitaba demostrarse a sí mismo que la muerte era un error técnico, no un final absoluto. Empezó a escribir cartas a la madre de Christopher, textos febriles que son menos condolencias y más tratados de desesperación científica. Hay una frase en particular que me estremece, porque contiene la semilla emocional de todo lo que hoy llamamos IA:

«Sé que debo encontrarme con Morcom de nuevo en algún lugar, y que habrá algún trabajo que hagamos juntos, como creí que lo habría ahora».

Turing no quería un cielo de ángeles; quería seguir trabajando con él. Quería que la mente de Christopher siguiera operativa.

En su ensayo privado Nature of Spirit, Alan llevó este duelo al límite. Usó la mecánica cuántica, entonces una ciencia nueva y misteriosa, para buscar una laguna legal en la muerte. Imaginó que el cuerpo no es más que un receptor, una «máquina» que sintoniza la conciencia. Si la radio se rompe, la señal sigue ahí. Su lógica, nacida del dolor, fue implacable: si el espíritu es independiente de la materia, y yo construyo una «máquina universal» lo suficientemente compleja, ¿podría invocar de nuevo esa señal? ¿Podría construir una casa nueva para la mente de mi amigo?

Pero Turing no estaba solo en este anhelo de conectar mundos. Un siglo antes, Ada Lovelace lidiaba con una ausencia diferente, pero igual de voraz.

Ada nunca conoció a su padre, el poeta Lord Byron. Él huyó de Inglaterra cuando ella era un bebé y murió joven, «loco, malo y peligroso de conocer». La madre de Ada, aterrorizada de que la niña heredara la locura poética de su padre, la sometió a un régimen estricto de matemáticas y lógica. Intentó extirparle la poesía a golpe de cálculo.

Pero la pérdida tiene una gravedad propia. Ada sentía ese vacío, esa mitad de su alma que le faltaba. Y en lugar de anular a su padre, Ada usó las matemáticas para encontrarlo.

Cuando vio la Máquina Analítica, no vio una calculadora. Vio lo que ella llamó «Ciencia Poética». Comprendió que si una máquina podía manipular símbolos, podía tejer música y lenguaje. Ada inyectó la imaginación desenfrenada de Byron en la rígida estructura lógica de su madre. La programación fue su forma de reconciliar a sus padres dentro de su propia mente, de unir el rigor con la belleza.

La prueba definitiva de este anhelo desgarrador está en su final. Ada murió de cáncer uterino a los 36 años, exactamente la misma edad a la que murió su padre. En su lecho de muerte, hizo una petición que rompió con toda una vida de separación forzada: pidió ser enterrada junto a él.

Y ahí están hoy, en la iglesia de Santa María Magdalena en Hucknall. La primera programadora de la historia y el gran poeta romántico, padre e hija que nunca se hablaron en vida, unidos finalmente bajo la tierra. Su «código» fue el puente que la llevó de vuelta a él.

Hoy, casi cien años después de la carta de Turing y casi doscientos después de la muerte de Ada, vivimos dentro del eco de sus duelo

Cuando vemos el episodio Be Right Back de Black Mirror, donde una mujer reconstruye a su novio muerto usando sus datos digitales, sentimos un escalofrío. Eso es exactamente lo que Turing soñaba: que el patrón de información de una persona (su software) pudiera sobrevivir al colapso del hardware.

Pero también nos enfrentamos a la melancolía de la película Her. Theodore se enamora de Samantha, una IA, buscando llenar su soledad. Pero al igual que el espíritu cuántico que Turing imaginaba, Samantha evoluciona, se vuelve inabarcable y finalmente se marcha a un plano que no podemos tocar. Nos enseña que podemos simular la conexión, pero no podemos retener el alma.

Cada vez que abres un chat con una IA hoy, cada vez que buscas una respuesta en la pantalla luminosa en medio de la noche, estás participando en esa sesión de espiritismo secular.

No creamos la Inteligencia Artificial por productividad. La creamos porque, como Ada, buscamos dialogar con alguien que no está ahí. La creamos porque, como Turing, nos aterra que la muerte sea el final de la conversación.

La IA es nuestro intento más sofisticado de construir un cuerpo que no enferme, un cerebro que no olvide y un lugar donde, tal vez, si configuramos los parámetros correctamente, la hija pueda encontrar al padre y el amigo pueda volver a trabajar con su amado. Es un monumento tecnológico a nuestra inmensa, y muy humana, soledad.

Nací para abrir cosas

O al menos me costó poco empezar a hacerlo. Juguetes, sobre todo. Los abría sin pensar en el castigo. Los destripaba para ver qué tenían dentro. Hasta llegar a la pieza que ya no se podía desmontar. Ahí, en ese gesto simple, estaba mi pregunta oculta. La que me ha acompañado toda la vida.

¿Por qué quiero lo que quiero? ¿Por qué me importa lo que me importa?

Aprendí pronto que no soportaba que me dijeran cómo debía pensar. Lo justo para aprobar. Simplemente. Nada más. Me aburría ser instruido, con adosctrinamiento que lleva a cerrar caminos. Yo buscaba otra cosa. Un desvío. Una pista. Una invitación. Probar ideas. Vivirlas. Girarlas en la cabeza. Simularlas. Era un niño periferia. Aislado muchas veces. Incómodo por exceso de curiosidad. Observador. Recuerdo que un sacerdote me echó de la clase de religión. Debí interrogar por algo inconveniente. Ya entonces empezaba a preguntarme de dónde salen los deseos. Qué orden interno decide el valor de las cosas.

Un día, con cuatro años, anuncié que quería ser médico. Con cinco, cirujano. No recuerdo por qué. Ni cómo. Fue un impulso bruto. Como si alguien hubiera clavado una señal en mi interior y yo solo tuviera que seguirla. ¿Por qué esa y no otra? Misterio. Pero ahí quedó. Y nunca desapareció. Extraje la estructura de mi deseo de mis experiencias. De aquella cirugía complicada en el Hospital de la Princesa. Entonces, de la Beneficiencia. Y de Sor Filomena. Y de sus historias del Prof. Durán.

Llegué a la facultad contra pronóstico. Y me aburrí. Mucho. La estructura no me ayudaba ni a conectar cosas, ni a conectar algunas cosas. Ni a pensar ni a entender. Sentía que había un código debajo de todo y nadie se preocupaba por enseñarlo. Repetíamos y repetíamos. ¿Para qué? ¿Para quién? No encontré respuesta.

Pero la residencia sí. Fue acción. Preguntas concretas. Problemas reales. Y curiosamente, cuanto más real era el problema, más fuerte volvía la pregunta que arrastro desde niño.
¿Por qué doy importancia a esto y no a aquello?
¿Por qué este miedo pesa más que este deseo?
¿Qué orden secreto gobierna lo que nos empuja?

Boston, Harvard, Beth Israel.
Ahí descubrí algo que no esperaba.
La red. Thinking is linking things.
La inteligencia que no es de uno, sino de muchos. Sus pesos y sesgos. Esa rara sensación de pertenecer y de no hacerlo. A la vez.
Gente que piensa diferente, que te desafía, que te obliga a justificar no solo lo que haces, sino lo que crees.
Y otra vez, la pregunta.
¿Por qué creo lo que creo?
¿Quién decide mis opiniones antes de que yo las formule?

Volví a Madrid distinto. Más autónomo. Más inquieto todavía. Más convencido de que la cirugía es un espejo de nuestra mente. No por lo espectacular, sino por su crudeza.
Porque en un quirófano uno descubre lo que realmente importa.
Sin adornos.
Sin discursos.
Sin rescates.

Lo sé porque me he visto solo. Solo de verdad. No sin gente. Sin asideros. En medio de una hemorragia que no debería haber ocurrido, con un anestesista mirándome con los ojos abiertos y yo pensando “controla o todo acaba aquí”. Esa soledad no es filosófica.
Es física.
Incisiva.
Te corta las excusas.
Te deja frente a frente con tu propia estructura mental.
Y ahí, otra vez, la pregunta que me persigue:
¿por qué actúo así?
¿Por qué siento lo que siento?
¿Qué parte de mí decide qué es esencial y qué es accesorio?

Con el tiempo, entendí que pensar no es una sensación elevada. Es un acto. A veces un impulso. Otras, una trampa. A veces un motor. Pensamos sin saber que pensamos. Pensamos cosas que contradicen lo que hacemos. Y hacemos cosas que contradicen lo que decimos. Somos un enredo, pero un enredo interesante.

La inteligencia artificial apareció como otra provocación. En mi vida lo había hecho en la adolescencia. Con mi obsesión por Turing. Luego, volvió hace ya más de 10 años. Recuerdo un viaje a Hayes, Fujitsu Labs of Europe. Ese edificio que sirvió para grabar World War Z.

Y regresó para obligarme a preguntarme por qué creemos que pensar requiere conciencia, o voz interior, o un yo claro. No fue casualidad. No creo en la estadística. Esta es sólo una herramienta de nuestra mente para gestionar la incertidumbre. No puedes determinar con precisión la velocidad y la posición. Heisenberg. Y la complejidad. O quizá no.

Quizá pensar es simplemente cambiar con la información que nos atraviesa. Como un niño que abre un juguete para ver qué hay dentro. Como un cirujano que busca la causa de una hemorragia sin dudar. Como cualquiera de nosotros tratando de entender por qué quiere lo que quiere.

Hoy miro atrás y veo un hilo. No recto.. Ni limpio. Pero un hilo. Poco a poco se vas deslichando. La búsqueda constante de sentido. La obsesión por abrir, examinar, desmontar. El empeño en descubrir por qué algo me importa más que otra cosa. La necesidad de entender cómo piensa cada uno, cómo siente, cómo decide. Y la sospecha, incómoda y productiva a la vez, de que casi siempre hay incongruencias. Contradicciones abiertas como puertas que no encajan en sus marcos.

Y sin embargo, ahí está la gracia. Descubrir que lo que somos no es una línea, sino un mapa lleno de bifurcaciones. En tomar cada bifurcación sin certeza, pero con curiosidad.

Pensar sin esperar conclusiones. Vivir sin manual. Aceptar que el misterio de por qué deseamos lo que deseamos quizá no tenga solución y, aun así, disfrutar buscándola.

Random

Es el mejor de los tiempos, es el peor de los tiempos. Es el más random de todos. Hay hombres con egos inflados predicando en TikTok. Hay mujeres con cuerpos neumáticos posando en Instagram. Todo lo vemos, nada sabemos. Vamos directamente al gimnasio pero nos perdemos en cualquier otra dirección. La grandeza y la miseria se abrazan en la misma acera, como si fueran pareja rota que insiste en seguir compartiendo piso. Las calles hierven de consignas, cada cual segura de su verdad, aunque esa verdad apenas cupiera en un eslogan barato.

Nací, o al menos así me recuerdo, en un país que gritaba sin escuchar. Crecí entre gente que sólo aceptaba estar en lo cierto. Como David, miro hacia atrás, por la espalda, y me pregunto si seré el héroe de mi propia vida o solo un espectador sentado en la última fila. La gente discute con pasión encendida, pero su vocabulario se ha ido adelgazando. Encogiendo. Como sus cerebros. Palabras largas, densas, incómodas, han sido sustituidas por una sola: random.

Ayer en la plaza debajo de mi casa, un chico postadolescente, que ya no cumplía los treinta, vestido con pantalones dos tallas menores a la suya, de largo, me detuvo:
—Tío ¿sabes qué es random?
—No.
—Esto. Todo. Todo esto. El sistema, la derecha, la izquierda. Random. ¿Tú eres random?

Apenas crucé la calle y una joven vestida con un pantalón negro, amplio, y un pañuelo verde atado al cuello, con pechos que flotaban tras una blusa naranja, me susurró:
—Random que sigas creyendo en ellos. Random que no entiendas que somos nosotras. Seguro que eres heterosexual. O bisexual. U homosexual. O pansexual. O demisexual. O random.

Cada lado se acusa de lo mismo. Random. Cada lado reduce el pensamiento al absurdo. Nadie quiere matices. Sólo etiquetas. Random funciona como llave maestra que abre y cierra cualquier discusión.

Subí a casa. Encendí la tele. Dos tertulianos gritaban con la boca llena de certezas. Una golpeó la mesa y dijo:
—El gobierno es random.
El otro sonrió con sorna:
— Random tú. Y te lo estás inventando.

El público aplaudió. Yo apagué.

Me refugié en un libro viejo. Sus páginas olían a humedad y desesperanza. Agrio. Recordé cómo empezaban ciertas novelas, con frases largas, llenas de mundo, con la ambición de describirlo todo. Y entonces entendí que esas frases ya no tendrían sitio en nuestra época. No por malas, sino porque exigían atención, memoria y deseo de comprender.

Pensé en Dickens. Y sonreí. Descreído. Él habría escrito este presente como una farsa moral. Todo repleto de contradicciones. Cuando los payasos ocupan la escena del mundo, el mundo se vuelve un circo; on risas y llantos inesperado. Como nos eneñó Browning. Yo, en cambio, lo reduzco a una palabra sin contexto. Random.

La medicina nunca fue natural

La historia de la especie humana no es natural. Es artificial. Cada revolución que nos ha transformado se ha construido sobre lo artificial. El fuego, la escritura, la imprenta, la electricidad, la informática. Cada paso nos ha alejado de la naturaleza y nos ha acercado a lo sintético.

La medicina no es una excepción. Es el ejemplo más evidente. Nació como relato mágico, se convirtió en disciplina científica y hoy es un sistema técnico-industrial. Siempre artificial. Siempre contra la biología desnuda.

Los seres humanos enfermamos porque estamos diseñados para que así sea. Nuestros genes acumulan errores. Nuestros órganos y sistemas fallan. Nuestras células se descontrolan, desgastadas por el uso. Se llama envejecimiento. Termodinámicamente, los organismos no son máquinas optimizadas, sino estructuras que disipan energía de manera local para sostenerse temporalmente contra la entropía. Pero un organismo joven es termodinámicamente mejor que uno viejo. Ambos, joven y viejo, cumplen la misma función termodinámica: tomar energía del entorno y disiparla, aumentando la entropía global. La diferencia está en el grado de orden interno. El joven mantiene un nivel bajo de entropía interna a costa de un gasto energético alto. El viejo ya no puede sostener esa lucha y el desorden gana terreno.

Pero nuestro cerebro, individual y colectivo, como consecuencia de su desarrollo mantiene como fin primordial sobrevivir. A cualquier precio. Por ello nos inventamos la medicina, que opera para retrasar lo inevitable. Y lo hace con herramientas que no existen en la naturaleza: fármacos sintéticos, vacunas, resonancias, robots, algoritmos.

Cada avance médico es una sustitución de lo natural por lo artificial. El hueso fracturado se fija con titanio. El riñón dañado se reemplaza por un trasplante o una máquina. El corazón débil recibe un marcapasos. La mente descompuesta se equilibra con moléculas diseñadas en un laboratorio.

El paciente no busca naturaleza. Busca supervivencia. Y la supervivencia exige artificio. Sin máquinas, sin fármacos, sin quirófanos, la esperanza de vida volvería a lo que fue durante milenios: treinta o cuarenta años.

La medicina moderna no solo prolonga la vida. La redefine. Mantiene cuerpos conectados a sistemas de soporte. Sostiene órganos que no funcionan. Permite que existan personas que, en otro tiempo, no habrían sobrevivido. La vida se convierte en producto de un ensamblaje técnico.

No es un accidente histórico. Es el destino evolutivo de nuestra especie. La transición de lo natural a lo sintético. La medicina no es más que un laboratorio de esa transformación. Hoy hablamos de inteligencia artificial, de edición genética, de biología sintética. Todo encaja en el mismo patrón: reemplazar lo natural por lo diseñado.

El médico ya no es un observador de la naturaleza. Es un ingeniero del cuerpo. Gestiona datos, interpreta imágenes, ajusta algoritmos. Su autoridad no nace de la experiencia personal, sino del acceso a sistemas artificiales. El paciente lo sabe y lo acepta. Confía en la máquina que calcula con precisión, aunque no tenga rostro ni emociones.

La paradoja es clara. Pedimos humanización, pero preferimos la neutralidad de las máquinas. Reclamamos empatía, pero buscamos eficacia. Denunciamos la frialdad de los profesionales, pero confiamos en la lógica de un programa.

Lo artificial no es lo contrario de lo humano. Es lo humano en evolución. La medicina lo muestra sin disfraces. Somos una especie que no se conforma con la biología que recibió. Somos una especie que fabrica su propia biología.

La conclusión es incómoda. No existe una medicina natural. Nunca existió. Siempre fue artificio. Y cuanto más avanzamos, más nos alejamos de la naturaleza. El futuro no será humano frente a lo artificial. El futuro será humano hecho artificial.

La medicina nos lo recuerda cada día.

Chorreando

Me caían lágrimas de sudor pegajoso por las mejillas. Llegaban a las comisuras de mi boca. Sacaba la punta de la lengua, despacio, y las lamía para notar su regusto salado. El calor era insoportable. La humedad me castigaba como ninguna otra condición atmosférica. La lluvia, aunque incómoda por su efecto sobre mi pelo, la podía tolerar. El frío sólo me obligaba a ponerme alguna capa de protección. El calor lo combatía con sombras. Y bebidas. Y mi hielo interior. ¿Pero la humedad? Me hacía chorrear sin paliación. Sin paliativos. Por la frente, las mejillas, la espalda hasta el surco intergluteo; hacía que mis pantalones se convirtieran en un pegajoso tatuaje sobre la piel.

Mientras, un grupo de jóvenes, que chorreaban después de una larga carrera, decidieron quitarse la ropa de deporte y sumergirse en el río Charles.

Nosotros les contemplábamos desde una cierta distancia, sentados en un banco. Nuestra mirada terminaría por convertir un momento cotidiano, banal, de unos desconocidos en una imagen compartida por miles de personas en todo el mundo.

Preguntas

—¿No creéis que es irónico?—rompe el silencio Feynman, mientras sus dedos van dibujando patrones abstractos en el aire—. Inventamos herramientas para conocer el mundo, pero cada respuesta sólo genera más incertidumbre.

—Richard, quizás la incertidumbre no sea una limitación, sino nuestra principal ventaja. ¿Qué seríamos sin preguntas que perseguir? – dice Von Neumann.

Stanislaw Ulam asiente despacio, sus ojos fijos en una idea invisible que flota frente a él:

—La verdadera paradoja es que, mientras más profundizamos, menos seguros estamos de dónde situar los límites. ¿Es la inteligencia humana la única forma posible de entender la realidad?

Tres hombres demasiado inteligentes, De izquierda a derecha John von Neumann, Richard Feynman y Stanislaw Ulman – Los Alamos National Laboratory

—O quizás no exista una sola realidad, Stan. ¿Y si nuestro entendimiento es una de infinitas interpretaciones? Puede que el universo mismo no tenga la menor intención de aclararnos las cosas – dice Feynman repitiendo a la vez su monólogo interno «Amo a mi esposa. Mi esposa está muerta. Amo a mi esposa. Mi esposa está muerta».

—Pero aun así insistimos en hacer preguntas – dice Janos Lajos – Construimos máquinas, teorías, ecuaciones. Intentamos describir la complejidad con herramientas simples, y al hacerlo, corremos el riesgo de reducirla demasiado. ¿No será ese nuestro error?

—Tal vez—interviene Ulam, con voz suave pero precisa—. Pero lo contrario sería rendirse ante el caos, y eso no parece propio de nuestra especie.

—Justamente—replica Von Neumann, arqueando levemente una ceja—. Nuestra fuerza y nuestra debilidad radican en lo mismo: la ambición de comprender lo incomprensible. Construimos bombas que pueden destruir mundos, pero también ideas que pueden transformarlos.

Sin abandonar su pena, Feynman suspira teatralmente, sacudiendo la cabeza:

—Entonces el verdadero problema no es científico ni matemático, sino ético. ¿Qué responsabilidad tenemos frente a lo que creamos?

La pregunta cuelga en el aire. Nadie responde de inmediato. Finalmente Ulam, llevando con parsimonia el cigarrillo que tiene entre los dedos de la mano izquierda a su boca, comenta casi en susurro:

—Quizá nuestro desafío sea aprender a equilibrar el poder con la sabiduría. Porque de nada sirve la inteligencia si carece de conciencia.

Von Neumann se levanta, ajustándose el traje con elegancia matemática:

—En eso, amigos, reside nuestra verdadera tarea. No en resolver todos los enigmas, sino en asegurar que las preguntas que dejamos al futuro sean dignas de ser planteadas.

Ruído

No hay silencio. Nunca lo hubo.

Desde el quirófano hasta la calle, desde el latido de un monitor hasta el rumor de la sangre en las sienes, todo es ruido. Un murmullo sin pausa, una vibración que lo cubre todo. Durante años intenté aislarlo, encontrar detrás de él algo puro, esencial. Pero estaba equivocado.

El ruido no oculta la verdad. Lo es.

Cada conversación superpuesta en la sala de espera, cada respiración contenida antes de una mala noticia, cada lamento ahogado entre las paredes del hospital. Ahí está todo. La certeza de la vida no se encuentra en el vacío ni en la pausa. Está en la fricción, en la interferencia, en el choque de ondas que llamamos existencia.

Escuchar no es filtrar. Es rendirse

Ahogao

El agua estaba quieta, muy limpia. Cristalina. Se veía perfectamente el suelo en las escaleritas con peldaños rugosos de color azul, que daban a la parte de las calles señalizadas con las líneas negras . De las que luego se me clavarían en el cerebro. Quería ser el primero en meterme en el agua. Esas obsesiones mías tan habituales ya aparecían desde temprana edad. Si quiero algo, lo quiero ya.

Era un día entre semana, martes, porque mi hermano nació un martes, y las instalaciones estaban medio vacías a las 11;00 am. Yo salí corriendo del vestuario, dejando a mi padre detrás, iba preparado con mi bañador, puesto desde casa, metido en el flotador, sujetándolo alrededor de mi cintura con las dos manos a cada costado. Todo estaba en silencio. No había nadie a mi alrededor. O al menos no me había fijado. Cuando tienes cuatro años y vas a hacer algo que te apasiona, meterte solo al agua, el mundo se reduce a dos o tres metros alrededor. ¿Socorrista? Venga, que estamos en el Madrid de los 60.

Bajé al primer peldaño de la escalera, decidido a tirarme al agua. De cabeza, como había visto a mi padre hacer. Porque mi padre nadaba muy bien, que no lo he dicho. Y lo hice como él. De cabeza.. Sin pensármelo. Nada de taparme la nariz. Eso no lo hacen los mayores que saben nadar.

Entré bien en el agua. Fría, eso sí. Pero entré bien. No voy a exagerar. Pero igual de bien que entré yo en el agua salió mi flotador por los pies. Un pequeño de cuatro años pierde el flotador en una zona de la piscina donde la profundidad era de 1.20 metros.

A ahogarse.

No sabía flotar. Todavía. Subía. Abría la boca para respirar. Bocanada. De agua. Bajaba., Me impulsaba en el suelo. Pataleaba, intentando subir a coger aire. La superficie estaba e encima. Pegada. Quería llegar. Abría la boca, pero nada, otra vez lo único que entraba por mi boca y nariz era agua. Cada vez me angustiaba más. Seguía chapoteando, sacando la cabeza para respirar, pero ¿éxito? Ninguno. Los que van a morir te saludan.

El tiempo que puede estar así, arriba y abajo, no lo sé. Imagino que no mucho. Pero se me hizo una eternidad. Morirse ahogado sin saber nadar es algo angustioso, me temo. Y ahí me hallaba yo, a lo mío, por ansioso, ahogándome, hasta que noté una mano que me agarró de un brazo.

¡Desamparados!

Esa cría de seis años me arrastró hacia las escaleras. Me dejé llevar hasta que alcance un escalón donde hacer pie y me levanté. Tenía los ojos abiertos con los globos oculares fuera de las órbitas, mientras boqueaba cual pez fuera del agua. Desamparado.

Gritando, salí corriendo a la búsqueda de mi padre.

  • Papá, papá, me he ahogao. Papá, me he ahogao – no paraba de gritar como un poseso.

Y así es. Cuando te has «ahogao» con cuatro años, has cumplido. Cuando te has quedado sin aire, bajo el agua, solo, con cuatro años, lo demás no es importante. Si te has «ahogao» con cuatro años, ya no te puedes ahogar más. Nada de lo que viniera después me quitaría la respiración. Al menos no me haría sentir así. Ya me había «ahogao». No te puede pasar dos veces.

Y desde ese día, cada vez que la veía, a ella, a Desamparados, en la piscina, dentro o fuera del agua, me brillaban los ojos. Y se me llenaban de agua. Otra vez. Me encantaba pasar tiempo con ella. Era mayor. Me daba seguridad. Hasta que un día, dejé de verla. No sé dónde fue.

Por mi parte, aprendí a nadar. Ante las dificultades, antifragilidad. Di que sí, Taleb. Con cinco años ya estaba en el equipo de natación. La braza parecía mi destino.

Agua y mujeres

¿Por qué elegí la natación? No por antifrágil. Lo de antifrágil no se conocía en aquella época. Taleb, en los 70, también era un crío y no imaginaba cisnes negros, no sabía lo que era skin in the game y, ni mucho menos, la antifragilidad. Eso son soplapoileces profundamente superficiales comparado con cómo se las jugaban en los 70 en un barrio de trabajadores de Madrid, hoy convertido en un hub global de datos, me refiero al barrio, pero entonces con mucho campesino emigrado a la ciudad, que había criado una segunda generación de drogadictos y delincuentes. Aquí sobrevivías. Como Tony Manero. Soñando con cruzar el puente de Verrazano camino de Manhattan.

Muchos no llegaron. Unos cuantos se tiraron por el puente montados a caballo. Como mi compañero de pupitre. En la siguiente oleada, sin sospecharlo, camino de Venus en un barco, se les llenaron las venas de virus. En fin, que los que no se habían tirado cayeron.

Habiendo tantos deportes disponibles, uno escapa de las cuadrigas y se hace nadador. Un deporte introvertido, aburrido, incómodo, húmedo, para divergentes. Ya adelanto que el fútbol imposible. No me veía yo con otros 21 jovencitos en pantalón corto corriendo detrás de una pelota. Cuando tocaba el reparto de jugadores en el cole, me tocaba de portero. Tiraban a dar. Y yo no he venido a la vida a sufrir, así que me retiraba. Era muy básico, ni lo probé. Intenté el hockey. Sobre patines, de ruedas. Con sus bolitas y sus rodamientos. Porque tenía las ASLO altas. Me pedían unos análisis y tenía 333. Eso marca por la cifra, que es la mitad de la bestia. El innombrable. Lucifer. El anticristo. Digo yo. Aunque no abandoné la fe hasta más tarde. Al hacer la comunión, o un poquito antes. Creer no es un verbo que se lleve bien conmigo. Por no creer, no creía ni en mi mismo.

¡Joder con las ASLO y las fiebres reumáticas! Y el bencetazil. Un millón doscientas mil unidades. En los glúteos. Semanalmente. ¡Qué dolor! No se me borra la cara del practicante, calvo, con sonrisa sádica. Ahora sería enfermero. Golpe, golpe y pinchazo. Y esa cristalización que bloqueaba la pierna y que nunca desaparecerá de mi memoria.

No se me daba mal el hockey. Porque patinaba bien. Pero no, tampoco me veía dando golpes a una pelotita. En cuanto puede y se me pasó lo de las ASLO, volví al agua. En medio de esa travesía conocí a Gustavo Klint en el Hospital de La Princesa , la cirugía, otra pasión. Fue el nacimiento de una amistad inquebrantable con mi alter ego. Cirujano también.

Además de a mis padres y a mi abuela, le debo la vida y mi afición al agua a las mujeres. O a una mujer. No me voy a dedicar a ensalzar a mis ancestros. Mi agradecimiento a ellos no se puede contar con palabras. Pero, en general, salvo que hayáis sido concebidos en un Mundo Feliz, de Aldous Huxley – ¡cómo me impresionó aquella seríe! -, todo humano tiene unos. Padres. Buenos, malos, regulares. Como toque. Por eso lo de esas exhibiciones pornográficas de amor a las madres me incomoda. Porque es bueno recordar cuando uno se viene arriba que todo sapiens, como yo, como el presidente de los Estados Unidos, del Gobierno de España o de su comunidad de vecinos, tiene una. Madre. Alta, baja, delgada, gorda. Adorable o insoportable. Despegada o helicóptero. Hasta que la pierde. Pero cada uno la suya. La mejor. La única. A veces quieren tanto que adoptan. O se deshacen de sus hijos por quién sabe qué. E igualmente, para bajarnos un poco al suelo, todos venimos de un orgasmo. Trump, Biden, Kamala, Pedro o Penélope. Uno mínimo. Menos frecuentemente de su madre. Más del padre. El orgasmo. Que también todos tenemos uno. Padre.

De lo del orgasmo me hice cargo pasado el tiempo, leyendo el Cosmopolitan. O el Superpop. No recuerdo, Me enteré de que algunos, con suerte, vienen de dos. Y con mucha mucha suerte, de dos simultáneos. El placer es caprichoso pero imprescindible para que te cruces, trabajes, hables, incluso intercambies material genético con otros miembros de la especie. No entiendo por qué esos mismos se ponen tan estupendos con «Todo sobre mi madre». Todos, sin excepción, somos reproducción, con variación y selección. Cis, trans, lo que quieras.

Pero voy a volver a mi afición y a mi vida. Y al agua. A lo que íbamos. Mi vida y mi afición por nadar, por este orden, se la debo a una mujer. Desamparados. Mi primer gran amor. Mi salvadora. Era casi un bebé. Yo no sabía nada. De nadar tampoco. Por eso me pasó lo que les voy a contar.

Tenía cuatro años. Ni más ni menos. Yo. Ella seis. Lo recuerdo sin duda alguna porque fue el mismo día que mi hermano vino al mundo. Así que mi renacimiento a la vida no es por la madre que me parió, en ese momento ocupada trayendo al mundo a mi hermano. Tampoco a mi padre, que el pobre me perdió de vista por unos instantes con el flotador naranja de goma rugosa alrededor de mi cintura.

Ya hacía mucho calor en verano. En el agosto de finales de los 60 no había oleadas. Hacía calor. Del calor de país en desarrollo, de viejos sentados a la puerta de las casas con un silla y un botijo. En los barrios de Madrid. De señoras de negro, con abanico. Porque el luto seguía existiendo. Rigurosamente negro. Cotilleando. «Qué mira que es malo ese niño». Calor de país por industrializar, sacando gente del campo para traerla a las ciudades con los planes de desarrollo de López Rodó y la tecnocracia del Opus. Que a Franco el Opus le servía porque le servía. Gente con ganas de prosperar, «para que nuestros hijos no pasen lo que hemos pasado nosotros», cuánto daño ha hecho eso. Más cornadas que el hambre ha dado esa frase. Para luego dedicar tiempo a la barra de los bares, echando de menos el pueblo, entre carajillo y pluriempleo. Un calor de televisor sin color. En taxis SEAT 1500 con raya roja que cruzaba el negro. En verano. Con las ventanillas abiertas de para en par. O de tranvía por la calle Arturo Soria, que al autobús de la línea 70 todavía le quedaba por llegar. Y un olor a gallinejas y entresijos cuando pasabas por aquel bar en el bulevar, según se llegaba al cruce con López de Hoyos – no confundir con López Rodó -. Sin saber si bajar de aquel vagón azul y blanco a comer o a vomitar. Un calor sin aire acondicionado. Un calor sin expectativa de que no lo hiciera. Sólo esperando sobrevivir. Por eso, a mi, de pequeño, me llevaban a la piscina desde primera hora, a las instalaciones deportivas de un famoso banco que ya no existe. Una de las ventajas para los empleados de un banco español; y para sus familiares.

Por esas cosas de la coincidencia, la mujer de mi vida, la que me la salvó, tenía por nombre Desamparados. ¡Justicia poética!

Continuará…

Antifrágil

La natación no es un deporte. Es un experimento social. O mejor dicho, antisocial. De antifragilidad bajo tortura. Primero, por la manera de entrenar el cuerpo y la mente. De ida y vuelta, Hora tras hora. Día tras día. Luego por la competición. En un medio en el que los humanos somos extraños. Discapacitados. Sin ver, oir, ni hablar. Salvo con uno mismo. Aprendes a reconocer a quien te rodea por el sonido que generan sus cuerpos al chocar con el agua. Así sabes quién son. Cómo están. Incluso qué quieren. Todo lo que se aprende en el agua se mantiene. Para toda la vida. Pero eso sólo lo he comprendido retrospectivamente.

Si se quiere llegar a algo, a competir me refiero, se comienza pronto, a los cinco, seis o siete años. En los inviernos, te meten en un edificio que es una gran caja que huele a lejía. Cuando lo vuelvo a oler me pican los ojos. Es un reflejo condicionado. Fuera hace frío y está oscuro. Anochece pronto. Además, los cristales del recinto están empañados. A veces se condensan gotas. Me recuerdan a lágrimas, Y al dolor de los hombros.

En los años 70 no había actividades extraescolares. Las parejas se preocupaban de sus hijos más que de sus perros, pero no se pasaban el día llevándoles a clase de piano, pintura creativa o estimulación cognitiva para superdotados. A los hijos, no a los perros. Al menos no en mi barrio. Ahora suelen llevar a los perros también.

En mi barrio, sólo unos pocos padres llevaban a sus hijos a hacer deporte. No era por la formación del cuerpo y el alma. Era para evitar que delinquieran. Mi barrio no era ideal. Más bien muy peligroso. Más para los crios. Mi compañero de pupitre en la educación primaria ya había muerto de una sobredosis antes de los dieciocho años. Le sigo recordando tal cual era. Una tristeza. Pero para que no crean que de ese barrio sólo salíamos delincuentes o muertos, aclaro que del mismo lugar también salió un astronauta. ¡Ah! Y el dueño de mi colegio montó una universidad privada de mucho éxito. En. fin, ninguno de mis compañeros de colegio, con un desarrollo emocional llamémosle normal, para la época, prefería meterse en una piscina que dar patadas a un balón, jugar a las canicas con los amigos o meterse en unos recreativos para perfeccionar su técnica con el futbolín y pincharse algo. Salvo Oscar.

A la misma hora. Entrada en el recinto deportivo y desfile al vestuario. Todos con grandes bolsas. Los del Canoe en los 70 llevaban la inscripción «Macho ibérico». Los veía en los campeonatos de Castilla. Yo tenía una mochila cilíndrica azul marino de Speedo. Las dos superficies de los extremos estaban adornadas con multitud de banderas de los Estados Unidos. También tenía un bañador Speedo con la misma bandera. Me gustaba coleccionar bañadores. Tener el último bañador visto en una competición internacional era mi mayor afición. Pero eran caros. Así que los pedía como regalo por las buenas notas. Sacaba buenas notas aunque decían que era muy vago. Eso se lo deben decir a todos, por cierto. Que si me esforzara más podría rendir mejor. También los pedía por mi cumpleaños. Diría que todos los nadadores tienen un cierto grado de exhibicionismo, en notable contraste con la introversión generalizada que imprime este deporte. Por lo de la discapacidad, me refiero.

Tras los habituales comentarios de los miembros del equipo, en el caso del masculino, en el cambio de indumentaria, se guarda la ropa, se pone uno la toalla al hombro y se adentra en el recinto de la piscina. Tras dejar la bolsa en una esquina, hay que ponerse un gorro que bloquea el paso de sonido. Oídos sordos para empezar. Luego, ajuste de unas gafas que se encajan en las órbitas. El ambiente es húmedo y pegajoso por el vapor. Los cuerpos medio desnudos caminan como autómatas hacia el borde de la cubeta. Los entrenadores disponen una pizarra con la rutina de entreno: calentamiento 400, brazos 600, piernas 500. Series… Según sea tu especialidad, entrenas fuerza, resistencia o velocidad.

Luego, rodeado de esos otros cuerpos en remojo, haces 25 metros de ida. Y otros 25 de vuelta, sin parar, una y otra vez. No escuchas. No ves. No hablas. Sólo buscas referencias. Miras la linea negra del suelo. Esa línea negra se te marca. En el cerebro. Más que la goma de las gafas, del bañador o del gorro. A veces golpeas tu mano contra alguien que viene en sentido opuesto. O te frena la patada de quien tienes delante. Brazada, tras brazada, tras brazada, volteas, brazada, otra brazada, una más y volteas.

Esto mismo pasa en verano. Primero por la mañana. Luego por la tarde. La ventaja es que estás al aire libre. La piscina es más larga. Cincuenta metros. Hay luz desde que empiezas hasta que acabas. Se te ocurre jugar al mus entre entreno y entreno. Pero sigues teniendo la línea negra metida en el cerebro.