El hombre que se casó consigo mismo

Quizás mamá nunca le quiso demasiado. Quizás sus gustos eran elitistas. Quizás se sentía solo.

Lo cierto es que la persona a la que más admiraba era a él mismo.

No quería darle importancia al asunto. Incluso forzaba su discurso para no parecerlo. Pero resultaba inevitable.

Un pequeño gesto o un par de palabras inadecuadamente entonadas le delataban.

Intentaba ser caritativo a base de decirle a los demás lo equivocados que estaban al no ser como él.

En lo espiritual y en lo material, se sentía habilitado intelectual y éticamente para demostrar al mundo que él, y sólo él, podía mostrar el camino a una horda de almas perdidas en este mundo de información deslocalizada.

Su voz y su figura le acompañaban. Con una cándida languidez mostraba su desdén por un mundo que no le contuviera a él dentro. O que no cupiera en él.

Por eso daba igual lo que pensaran los otros. El era el hombre que se iba a casar consigo mismo.

Dolor

Iban vestidos de seda y cuero.

Negro.

O desnudos.

Desafiantes.

Listos para atacar.

Paseaban como depredadores.

Lentos.

Vigilando.

Sin casi luz.

Las pupilas dilatadas.

Buscando presas.

Y se escuchaban los gemidos de las víctimas.

Dolor.

Y placer.

Ellas eran ellos.

O ellos eran ellas.

Una pasión extraña.

Donde acababan los unos empezaban los otros.

Carne.

Y fluidos.

Y más carne.

El silencio de los corderos.

Y el sigilo de los lobos.

Un ritual extraño.

Cuerpos en la oscuridad.

Dolor, ¿me lo devolverás?

Ciplotorio

Sicilio Silicio era tonto. De los cojones.

Y agente de inteligencia. Pero exactamente en ese orden. No en otro.

Se especula si esa combinación le llevó al Ministerio. Lucha antiterrorista. Servicios especiales.

El se creía especial. Sofisticado e inteligentíssssimo. Aunque lo más parecido a un silicon valley que había visto era al canalillo entre las tetas siliconadas de sus amigas. Del burdel. Porque era su destino preferido. Allí podía desahogarse y buscar información de los bajos fondos.

El desahogo era verbal. Pagaba por que le escucharan. Todos sus relatos era falsos. Pero eran su vida. Ellas le miraban, como idas, y él se vanagloriaba de ser ciplotorio. Como todos los agente secretos. Y las chicas parpadeaban levemente. No entendían nada. El tampoco.

En realidad era ciclotímico. Y lo largaba todo, poniendo en peligro cualquier acción.

O se encerraba en si mismo. Con su espiral de información y análisis. En una depresión borrascosa.

Deambulaba por lugares en los que no brilla el sol, con un abrigo de visón blanco. Los lomos peludos brillaban en la oscuridad. Y junto a su generoso volumen y perímetro, le convertían en un objetivo perfecto a la salida de cualquier restaurante, donde solía cenar con su lugarteniente, sus colegas, sus soplones y sus chicas.

Claro que como agente sólo acumuló fracasos. Sin fin. Sin límite. También tiros. Una docena en su cuerpo. Pero sólo lloró el día que le echaron.

El cese fue fulminante. Y eso que sus compañeros y superiores no eran 007. Ni el ministro M. Pero le encargaron ir al norte a neutralizar a la Tigresa. Y casi le destroza el circo al difunto Angel Cristo.

Le pegó fuego a las jaulas de los felinos.

Intentó recuperarse para la investigación privada. ¿Su trabajo? Maridos desolados, mujeres sospechosas. Y desapariciones, y estafas, y personajes públicos sodomizados en orgiasticas ceremonias.

Y con putas. Muchas putas. Porque era ciplotorio.

Autopromoción

Estamos en la era de la autopromoción. Las historias personales parecen lo más importante y constituyen el centro de todo el Mundo. Bueno, del nuestro, porque como no conocemos muchos más nos parece el único que existe. Con tanta calidad de vida y tanta comunicación, muchos han llegado a creer que tienen vidas excitantes, llenas de vivencias y conocimiento.

¿No están hartos de tanto oir eso de “soy especial?” Pero no se conforman con creerselo ellos, sino que nos intentan convencer a los demás de que son los únicos que tienen experiencias únicas, diferentes, “especiales”. Las leyendas urbanas se convierten en experiencias personales y siempre aparece un amigo, un conocido o un compañero que nos las cuenta en primera del singular.

¿Quieren historias de primera mano? Pues ayer estuve de guardia, así que aquí van algunas.

A las 21:30 traen a un chino, 31 años, cosido a navajazos. Tiene un par de heridas en el abdomen y por una se exterioriza el epiplón. En el TC toraco-abdominal, nada. El resto eran heridas de defensa en el antebrazo y brazo, y en el muslo izquierdos. Le metemos al quirófano, le reparamos las heridas y listo.

Una mujer de 28 años aparece en la Urgencia a las 23:00. Una residente, amiga de la mujer, me pregunta ¿Sabes coser una nariz? “Pues va a ser que sí”…

Resulta que practicando Kenjutsu se le ha metido la punta de la espada, con muy mala suerte, en la nariz. ¿Resultado? Sección del cartílago del ala nasal izquierda y herida incisa en la punta de la nariz. Ethilon 6-0.

A las 6:00 de la mañana, una chica de 22 años viene con una amiga. Dice que se ha caído y que ha perdido el conocimiento. ¿Se les ocurre alguna explicación? Tiene una herida en el mentón. “¿Me va a quedar cicatriz?” – Sí, hija mía, sí, pero no por mi sutura, sino por haberte caído y haberte hecho una herida en el mentón yendo cargada hasta las trancas de drogas – (pienso yo para mí, en silencio).

A las 6:15 un joven de 28 años que dice que ha venido de visita y se ha quedado a dormir a casa de un amigo (trabaja en el Reino Unido). Ha sonado un despertador, se ha levantado desorientado en la buhardilla de la casa de su amigo y se ha golpeado la ceja izquierda contra una viga – si la historia es cierta, mejor que no la hubiera contado así y que se hubiera invitado otra más interesante -. Unas cuantas grapas valen.

A las 6:30 un chico de 21 años. Vigoréxico. No se acuerda de nada. Estaba en Moncloa y cree que le deben haber pegado, porque tiene el labio partido, pero no se acuerda de nada. Parte al juez. “No tomo alcohol, no me gusta”. Pues vale. Con un par de puntos de Vicryl, todo solucionado.

A las 6:35 una chica de 28 años. Dice que unos skinheads le han pegado a la salida del metro de Islas Filipinas. Parte al juez. Tiene una pequeña herida en el labio superior que no precisa de sutura.

Si a eso le añadimos que ayer por la mañana estuve en el quirófano con lo ginecólogos para tratar por laparoscopia a una mujer joven con una endometriosis del tabique recto-vaginal y que luego me bajé a nuestro quirófano para realizar una esofagogastrectomía en un paciente de 45 años con un adenocarcinoma de la unión gastroesofágica, pues voy bien servido de experiencias por un día.

Porque lo de viajar por el mundo, codearse con gobernantes poderosos o delincuentes de las alcantarillas del Estado, cenar con estrellas de las revistas y participar en espectáculos o fiestas extravagantes, aunque morboso, es siempre mucho menos fascinante que las historias de la gente que un cirujano trata diariamente en un hospital.

(Disclaimer: cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia).

Lágrimas

Gozan dejando caer sus lágrimas, como gotas en la lluvia, sin poder distinguir las reales de las falsas.

Cuando sus amigos sufren, las plañideras se reúnen alrededor de la hoguera. Porque son profesionales.

Y con indignada aflicción exprimen sus lagrimales para ser quien más llora.

Los seres humanos podemos sentir un dolor sintético. Y orgasmos fingidos. E indignarnos artificialmente. Y llorar lágrimas de agua y sal. Como mares. Como océanos.

Pero si realmente lo sintieran, no seguirían derramando sus lágrimas en el charco.

Cicatrices en la oscuridad

Se miraba en el espejo, empañado por el vapor del agua que le habia hecho arder por fuera.

Arrugas y cicatrices.

Tenía de las dos.

En el rostro y en el resto del cuerpo.

Dicen que las arrugas en el rostro son el signo de la experiencia. Pero las cicatrices tienen siempre una mejor historia detrás. Su historia.

En el mentón sufrió la primera. Contra el suelo. Su padre la cogió en brazos. Le dijo que no llorara mientras la llevaba al quirófano. Se tumbó en la mesa. Le sujetaban pero ella no se pensaba mover. Papá le había dicho que no lo hiciera. Y ella sólo confiaba en su papá. Fue sintiendo la aguja. Con cada punto. Y luego el hilo. Con cada hebra. Sin anestesia. Papá le sonrió al terminar. Ella le dió un beso.

La segunda fue en el abdomen. Y la tercera.

Tuvieron dos hijos. Como dos soles. Pensaba ella. Le deformaron el cuerpo con cada cesárea. Y le alegraron la vida. Encontró un sentido. Una entrega sin recompensa. Sus hijos. Que después traerían nietos.

La cuarta fue en el pecho. Poco después de los treinta. Primero fue un bulto. Luego un tumor. Le hicieron una biopsia. Le quitaron parte de la mama. Se le deformó la silueta. Se le cayó el pelo. Y las cejas. Pero se levantó tras cada golpe. Por ellos. Por amor.

La quinta. La más dolorosa. La que nadie veía. A los cuarenta. Una gran cicatriz que le cruzaba el corazón. El amor perdido. La traición. La soledad.

No le guardaba rencor. Nunca tuvo valor. El sí. Sólo le dejó un dolor crónico.

Las cicatrices eran la historia de su vida.

Ahora el cristal le devolvía lo que le había dado.

Arrugas y cicatrices.

Y la belleza de la serenidad.

O la pena.

Soft Jazz, Hard Feelings

El ya fallecido Antonio Fernández, locutor en su día de Radio Juventud, es el culpable de muchos de mis gustos musicales.

Antonio tenía un programa inclasificable para los tiempos que corrían a finales de los 70 y primeros de los 80 en España.

Con él aprendí a apreciar los músicos de Los Angeles. Como a Bozz Scaggs con su «lowdown»

Y a Toto y demás músicos de estudio, con Steve Lukather a la cabeza. Y también a Michael McDonald, Kenny Loggins, George Benson…

La voz de Antonio Fernández continua viva en mi cabeza. Y también su imagen, el día que me entregó como premio el Toto IV, en el estudio de Diego de León, con Phil Collins sentado a su lado presentando Face Value

If you feel it, do it

El crío que abría juguetes.

El crío abría los juguetes.
Los destripaba para observar como eran por dentro.
Desmenuzaba su interior en piezas más pequeñas, hasta encontrar las que ya no se podían desmontar.

Pero cuando le mandaban aprenderse algo no lo hacía.
O hacía lo justo.
Para poder superar el corte.

Odiaba que le dieran clase.
Que le adoctrinaran.
Que le cerraran las opciones.
Odiaba el foco.
No quería enfocarse.
Odiaba que le dijeran lo que tenía que hacer.

Lo que le gustaba es que le enseñaran un camino distinto.
Nuevo.
O mejor.
When you come to a fork in the road, take it!
Que le retaran.
Que le invitaran a probar nuevas ideas.
A pensarlas.
A simularlas.
A diseminarlas.
Distribuirlas.
Experimentarlas.
Vivirlas.
Compartirlas.

El crío aprendió a vivir en la periferia de cualquier grupo.
A ser despreciado.
Aislado.
A fingir.
A superar las barreras.
Soñar.
Crear.
Ejecutar.
Triunfar.
A ser coherente.
Querer.
Amar.
Aprendió a vivir.

Choque cultural

Era el segundo día del mes de Agosto de 1999; un lunes para ser más preciso. El calor en el Hospital venía siendo insufrible, incluso para los que no estabamos enfermos, y la actividad se había reducido al mínimo. Todos buscabamos santuario contra el calor en el quirófano, donde el aire acondicionado es tan potente que hay quien tiene que ponerse bata para evitar las tiritonas.

Estando allí, a eso de las nueve de la mañana, recibí una llamada desde la Subdirección Médica. Era la secretaria de la Comisión de Docencia que, como hacía todos los años, quería que me hiciera cargo de cuatro estudiantes extranjeros que iban a pasar un mes entre nosotros. Evidentemente, no me asignaban a mí esta tarea por ser el profesor de mayor rango en el hospital – sólo era un profesor asociado -, sino porque era uno de los pocos que permanecían en la institución en aquellas fechas y que dominaba suficientemente el inglés como para que los estudiantes pudieran comunicarse.

Tras colgar el teléfono, salí de aquel oasis del quirófano para adentrarme en el torrido calor de los pasillos semivacios y dirigirme a la primera planta. Al entrar en el despacho de la Subdirección lo primero que me llamó la atención fue la disparidad física de los individuos que me habían sido asignados: una espectacular y sonriente mujer rubia, casi albina, de indudables rasgos nórdicos y tres chicos con cara de asustados y rasgos entre árabes y mediterráneos.

Les saludé uno por uno e, inmediatamente, me di cuenta de que ella se defendía perfectamente en inglés, de manera fluida y elocuente, mientras que ellos tenían más dificultades y solían expresarse con frases cortas o monosílabos ante mis preguntas. Ella era de Noruega. Ellos de Egipto. Yin y yang. Noche y día. Fuego y Tierra. Me lo temía, allí iban a saltar chispas.

Salimos del despacho y, cómo no, volvimos al quírófano. ¿Qué otra cosa podía hacer? Con tanto calor y siendo cirujanos con quienes pensaban hacer la rotación, lo lógico era llevarles al quirófano. Una vez dentro del área de médicos les interrogué por su experiencia con la Cirugía y dentro del área quirúrgica. La chica noruega inmediatamente me dijo que había hecho la rotación en Cirugía General ese mismo año y que su padre, con él que se veía de vez en cuando, era traumatólogo. Vamos, que estaba familiarizada con el ritual. De ellos, escasamente pude obtener un par de palabras que reflejaban más timidez que desconocimiento.

Llegado a este punto, me dispuse a entregarles un pijama de quirófano a cada uno para que se cambiaran y entraran conmigo a ver una cirugía. Uno tras otro fui poniéndoles en la mano aquella prenda que me pareció adecuada según su talla, mientras les indicaba donde estaba el cuarto de baño y la ducha para que se cambiaran.

Casi sin mediar palabra y sin que a los pobres chicos egipcios les diera tiempo a retirarse o a desviar la vista, la estudiante noruega cruzó los brazos por delante de su cuerpo, agarró el borde de su camiseta blanca y tiró hacia arriba hasta sacarla por la cabeza, dejando una bonita piel rosada a la mirada frontal de los otros tres.

A mí, que contemplaba la escena a espaldas de la chica y de frente a ellos, me pareció oir un crujido. Nunca supe si el sonido provenía de sus cerebros o de más abajo de su cintura. Pero recuerdo vivamente la descomunal apertura de las hendiduras palpebrales de los egipcios, que más parecían figuras pintadas, de esas que se ven en las galerías de las pirámides, que seres vivos.

El dos de agosto de 1999 no sólo lo ví sino que sentí como alguien estaba siendo golpeado por el Choque Cultural. Y comprendí la dificultad para la Alianza de Civilizaciones, incluso antes de que se inventara el término.

Mi complejo de superioridad es mejor que el tuyo

Le miró a los ojos por encima de la mascarilla, a cubierto por el gorro de quirófano que, a modo de chapela, se calzaba en la cabeza.

El era el asesino de leyendas.
O así le llamaban, porque en su delirio autorreferencial vivía convencido de que sus destrezas quirúrgicas, como disectores moleculares en la punta de sus dedos, podían terminar con el azote del cáncer.

“La cirugía es solo una muestra infinitesimal de mi desmesurado talento”.

Ella era su instrumentista.
Literalmente.
Cuidaba de sus instrumentos.
La novia de Frankenstein.

Su mirada le abandonó.
Por el final de su espalda.
De la de ella.
Y ella se sintió succionada por el vacío, como si ya no existiera.

El próximo objetivo era su ayudante.

“Sé lo que vas diciendo por ahí, pequeño traidor.
Pero mi complejo de superioridad es mejor que el tuyo”.

Y siguió desmontando a otro ser humano, como si no lo fuera.
Él.