La mujer que le puso voz a la app

Iba sentada en un tren.
Con destino a ninguna parte.
Un teléfono sonó justo detrás de su asiento.
Como esos miles y miles de teléfonos que suenan en los trenes.

Y sus propietarios los toman en la mano. Y los acarician.
Como no lo hacen con ella.
Y los tocan.
Como no se lo hacen a ella.
Con pasión. O con cariño.
Porque ya no se ve.
Porque ella misma cree que es invisible.

Esta vez el propietario del dispositivo no contestó.
El teléfono continuó sonando hasta el aburrimiento.
No debía estar interesado.
O estaba ocupado en otra tarea.
O era una llamada equivocada.
A ella le daba igual.
Por fin, paró.

-¿Quiere seguir jugando?

Esa pregunta le sobresaltó. Casi le hizo temblar.
Como si viniera del mundo de los no vivos, escuchó su voz.
Su propia voz.
Justo detrás de ella.
¿Se estaba hablando a si misma?

Pero de repente recordó.
Hace años, cuando era más joven.
Y menos invisible.
Grabó una serie de frases.
Para un juego.
Para una app.
Para una productora.
Para una compañía.

Y el propietario del teléfono, que no había contestado la llamada, respondió.

– ¡Claro! Con tal de que me sigas hablando, haré lo que sea.

Y sonrió. Ella. Porque era humana. Y era audible.

Los hombres no lloran

Se bajó del coche.
Se aflojó la corbata.
El botón del cuello ¡a la mierda!
Tenía que llamar.
Se metió en una cabina.
Nadie debía enterarse de nada.

“¿Dónde?
¿En una habitación de un hotel?
Otra nueva novia. Aja
¿Cuántas van?”

Llovía fuera.
El lloraba.
A mares.
Sin dejar que se notara.
Los hombres no lloran

“¿Que si yo me siento sólo?
Desde que te fuiste.
¿Qué me echas de menos?
Ya”

“No podemos seguir.
Intenté dejarte ir.
Y no te resististe”.

Y le salió una canción.

Los hombres no lloran.
Los hombres ven fútbol.
Beben cerveza.
Eructan.
Se quedan calvos y engordan.
Los hombres no se pueden querer.

Excepto en el Reino Unido

Soy como un animal

Una vez, para empezar una oposición, puse eso de Churchill «Exito es ir de fracaso en fracaso…» – Me cargaron (por darles pistas)

En otra oposición puse como primera diapositiva «All the world is a stage and all the men and women merely players» – Me cargaron (de nuevo)

En una tercera oposición puse «hay que destruir la universidad tal y como es» – Me volvieron a cargar. Lo entiendo

Me presenté a jefe de servicio del Hospital de Fuenlabrada. Me suspendieron… ¡La entrevista! – La gerenta no tuvo ninguna duda. Me dejo excluido del concurso. Ella ahora ya no está en esto de la sanidad.

En el ejercicio de jefe de servicio de Guadalajara, me dijeron: «eres muy joven y el proyecto es demasiado ambicioso» – Me cargaron – En Toledo lo arreglaron todo. Afortunadamente.

El pepino era el relleno

A propósito de un caso.

Puede ser cualquier caso.

Un respetable individuo con una vida convencional. Como cualquier otro ciudadano de bien.

Puede ser un ejecutivo, un ministro, de cualquier gobierno, un agente del orden, un servidor público, un juez, un camarero, un tendero, un albañil, un fontanero, un electricista. Hasta un médico.

Heterosexual.

Homosexual.

Bisexual.

Pansexual.

Un día abre el frigorífico.

Mete la mano y saca un pepino.

Lo mira atentamente. Ve su color verde, sus rugosidades, algunas estrías en la corteza. Y le fascina su perfil.

Un perfil de formas suaves pero enérgicas.

Sólido.

Determinado.

Consistente.

Vigoroso.

El pepino.

Y un día tiene que presentarse en Urgencias por estreñimiento agudo. Lleva tres días sin poder defecar.

Recuerden, puede ser un ejecutivo, un ministro, de cualquier gobierno, un agente del orden, un servidor público, un juez, un camarero, un tendero, un albañil, un fontanero, un electricista. Hasta un médico.

La historia relatada por el hombre no es exactamente igual a la realidad. Pero ¿Qué más da? Ahora tiene el pepino metido en el culo. Hasta dentro.

Sin aliño.

Sin aceite ni vinagre ni sal.

Un pepino con rugosidades, con toda su corteza, como un misil balístico.

Estratégico.

Clavado en su recto.

Un día quiso probar. Y se convirtió en un hombre relleno de pepino.

Ahora está en posición de litotomía. Con las piernas separadas.

Expuesto.

Desarmado.

Esperando a que le saquen el relleno.

El hombre que me tocó por dentro

El es el único hombre que me ha mirado por dentro. No me refiero a verme sin nada encima. O a mi yo «interior».

Desde que nací hasta ahora, con 36 años, ha habido un buen número de personas que me han visto sin ropa, física o emocional. O que me han tocado en maneras que creían especiales. O únicas.

Pero no.

El también ha contemplado mi cuerpo. Aparentemente como el resto. Pero no. Ha habido algo más. Me ha mirado de fuera a dentro, primero. Y luego al revés. Ese hombre ha sido el único que se ha aventurado en mi, para luego tocarme de una manera que sólo a él le permití. Como ningún otro ser humano, hombre o mujer, lo ha hecho. Porque puse mi vida en sus manos. Por eso me siento así.

Cuando le vi la primera vez y le miré a los ojos, no me pareció gran cosa. Debía estar con la cabeza perdida. O presa del miedo que produce la incertidumbre. O no me fijé en él como me fijo ahora.

Ahora me siento frente a la puerta en la consulta. En una silla de plástico, tan incómoda y fría. Pero pasa el tiempo sin darme cuenta. No me quejo. Tampoco tengo a quién. Ni me muevo para desentumecer los músculos. No quiero arriesgarme. Sólo estoy pendiente de un movimiento del manubrio. Como un depredador dispuesto a saltar sobre su pieza. Quiero verle aparecer. Tras la puerta. Aún sabiendo que ignora que estoy allí.

Y cuando lo hace, me siento desfallecer. Una y otra vez. Añoro lo que nunca tuve ni sentí. El tacto y los movimientos de sus manos en mi. Entrando, buscando, sintiendo, palpando, actuando. Sin embargo, me excita pensar que, a través de sus dedos, me metí en su cerebro.

Me produce escalofríos saber que las sensaciones que le provocó mi cuerpo están en algún rinconcito de su memoria.

Con ser eso para él, dentro de él, me conformo.

No soy una bambola

“Para ti yo soy, para ti yo soy solamente una bambola” decia mientras se miraba en el espejo sin saber qué hacer.

Estaba desnuda, con la mitad de la cabeza rapada y con la otra cubierta por una melena rizada.

“No muchacho no, no muchacho no, yo no soy una bambola”.

El pecho distrofico por la ingesta crónica de estrogenos aparecía cubierto por un abundante vello grisáceo. La máscara de pestañas tiznaba las lagrimas que le descendían por los pómulos.

“No te acuerdas cuando lloro, cuando estoy muy triste y sola. Tu, solo piensas en ti…” volvió a gritar desgarradamente a la imagen reflejada en el espejo. El hombre que veía en el cristal había intentado escapar de su cuerpo y su destino, eligiendo otra opción.

Pero la naturaleza es grotesca. Y sin piedad. Había sido una torsión excesiva para el orden. Ni siquiera así había conseguido el amor.

“No muchacho no, tu no conseguirás que yo sea una más de quien te puedas burlar”.

Quería ser feliz. Solo hubiera necesitado el amor. Pero la naturaleza se burló deformemente de él. Y él había intentado devolverle la jugada.

Fracasó.

Sin noticias de Obi Wan

Estoy cansado. ¡Y harto! Me van a reventar las pelotas con tanto midicloriano.

Llevo aquí un par de días. El viaje fue largo e incómodo. Y solo. Ni un alma.

Me recorro la galaxia y ¿qué me encuentro? ¡Qué esto es un puto desierto!

Y sigo sin noticias.

Me mandan aquí para que ”crezca”. Y me dicen que si lo voy a hacer, que lo haga bien.

“Eres nuestra esperanza. Escucha tu interior” me dicen.

¡Una mierda!

Mi interior ya me lo conozco. Lo que necesito es otra cosa.

Podría hacerle feliz con lo único que no ha tenido.
Y sigue sin llamarme.
Ni se acuerda.
Ni un mensaje.
Ni una mala telepatía para por lo menos decirme “Anakin, ¿cómo estás? Me paso por Tatooine y hacemos merienda-cena”.

Seré bueno o seré malo, Obi Wan. Pero ¿sabes lo que te digo? ¡Qué te den!.

Luego vendrán los llantos y las madres mías. Que si Padme por aquí, que se Padme por allá. Y tú con ese puto enano reumático y hepatópata. Qué es como un macaco.

«El apego lleva a los celos. El apego lleva a los celos. El apego lleva a los celos» –

Te quejarás cuando me pase al lado oscuro. Pero te lo tienes merecido. Por ingrato.

Alguien tiene que limpiar las cloacas del estado

Sí, soy limpiador. ¡A mucha honra!

Llevo años limpiando las cloacas del Estado y las he dejado relucientes.

Hubo un ex-ministro que dijo que todo estado necesita sus cloacas. «Y sus limpiadores», añadí yo en voz baja.

Somos gente que recoge la basura y la recicla para que no se note.

Si había testigos, yo los arrojaba en el cubo correcto. Los papeles los convertia en pasta. Y el dinero pasaba a ser ladrillo en Coral Gables. Incluso al sexo le sacaba buenos frutos.

Lo malo de ser un limpiador de cloacas del estado es que de vez en cuando a los jefes les da por ser íntegros y tiran todos de la cadena a la vez.

Y la corriente te arrastra y borra las huellas de tus servicios.

Así que ahora estoy aquí, en el lodo y sin rumbo.

Pero si tu me dices ven, lo dejo todo.

Papá, ¡cómprame algo!

El soniquete era insoportable: Papá, ¡cómprame algo!

Y le compró un banco.
Con su consejo de administración.
Con sus accionistas y su consejero delegado.
Tambén muchas oficinas.
Empleados incluidos.
Todo para que se callara y le dejara en paz.

La reputación la compró en efectivo.
Su libertad, en cómodos plazos.

Wien – Babylon

Recorrí la Ringstrasse desde el Burggarten hasta Johannesgasse.
Llovía intermitentemente, pero daba igual.
Iba empapado.
El pelo me caía, liso, sobre los ojos.
Ni intentaba retirarlo.
Y las gotas terminaban resbalando por la cara.
Algo que odio.

Me metí a la izquierda, por Johannesgsse. Atravesé Hegelgasse y Schellinggasse.
No me crucé con nadie.

Viena estaba muerta.
Como todas las noches.
Los edificios con sus colores claros, pero sin vida.
Yo, totalmente de negro.
Con la piel morena.
Como todo vienés jovialmente expuesto a los rayos UVA.
Por algo me llamo Gustavo Klint.
El traje de lana en remojo.
La camisa de algodón, de cuello rígido y amplio.
Entre diseñador italiano y cirujano plástico español.

Cuando llegué a Seillerstätte, giré a la derecha.
En el número 1 estaba Babylon.
Llamé a la puerta.
Repetidamente.
Nadie contestaba.
Mientras, seguía lloviendo y yo seguía empapándome.
No soy un hombre tranquilo.
Me empezaba a impacientar.
Porque estaba seguro de que dentro había alguien.
Había gente.
Mujeres y hombres.
En Babylon.

Después de que un ojo se dejara ver detrás de una rejilla, la puerta se abrió.
¡Por fin!

La decadente atmósfera imperial estaba allí encerrada.
Sin sorprenderme, excepto por la música de Prince o de Sheena Easton.
O Whitney.
Era todo tan..kitsch.
Y ese olor, ese fuerte olor…

La barra parecía un sitio seguro para alguien como yo.
Me senté en un taburete.
Apoyé los codos y levanté un dedo.
El camarero no tardó en acercarse y preguntarme, en un alemán con acento turco, qué deseaba beber.

– Soda

De repente, noté que alguien se movía a mi lado.
Me estaba rozando.
Giré la cabeza.
Una mujer practicaba un lap dance sin ninguna pasión.
Con desgana.
De vez en cuando, dos tipos de cabeza rapada le metían billetes de diez euros debajo del conjunto que seguro que Victoria’s Secret había diseñado y vendido.

El camarero llegó con una botella y un vaso.
Le pagué, los cogí y me fui de allí, a dar una vuelta por el local.
Aquel triste espectáculo no conseguía quitarme el frío del cuerpo…

Continuará…