Ciberseguridad: ¿datos?, ¿quién vende datos?

Obama se ha ido a Sillicon Valley a pedir ayuda a las grandes compañías tecnológicas en su lucha por la ciberseguridad. Eligió la Universidad de Stanford para celebrar la cumbre. Además, ha firmado un decreto para crear el Centro de Inteligencia Cibernética.

En Europa, la Comisión Europea también parece que está preocupada. Existe incluso el European Cybercrime Center. Pero la Comisión Europea no alcanza el éxito en la difusión de sus iniciativas entre la población general. Ni tiene la habilidad de poner los asuntos de manera tan visible en la agenda política.

Lo cierto es que cuando te pones escarbar en los problemas relacionados con la ciberseguridad, corres el riesgo de convertirte en un paranoide. El mundo te observa, te investiga, te ataca, te roba, te saca los datos y los vende expuestos en la plaza pública de internet como si no hubiera un mañana.

Pero parece que en este mundo digital también hay «bonos», comprometidos con el prójimo como el cantante irlandés. O el ex- (o no tanto) -político de Albacete.

Tim «Bono» Cook habló justo antes que el presidente. Ellos no lo hacen. Apple no vende datos de sus usuarios. Es decir, no vende mis datos. Sin embargo, otros parecen hacerlo. «¿Es ese el motivo por el que Google o Facebook no estaban en la reunión?» se pregunta Los Angeles Times

Destrucción creativa: rómpelo, reconstrúyelo, hazlo mejor

Schumpeter fue el que difundió un concepto que no era suyo: la destrucción creativa. Que luego aprovecho Topol para aplicarlo a la medicina.

Pero ya Clayton Christensen había dicho que la medicina norteamericana estaba enferma. Y empeorando. Para él, la única opción es la innovación disruptiva mediante «herramientas de colaboración y cambio».

Mientras, Michael Porter se empeña en trabajar la estrategia y su propuesta para luchar contra la crisis de los costes de la asistencia sanitaria es centrar el sistema en el «valor»

Pues si recogemos esas tres grandes líneas y las mezclamos con los 5 grandes problemas de los sistemas sanitarios definidos por Sir Muir Gray:

1. Variación no deseada en resultados y calidad
2. Daño a los pacientes
3. Inequidad por el deficiente uso de los recursos
4. Desperdicio de los recursos sin maximizar el valor
5. Fracaso en la prevención de la enfermedad

Nos encontramos con la propuesta definitiva ante cualquier situación compleja:

Rómpelo
Reconstrúyelo
Y hazlo mejor

Esta es la propuesta de los hackers de la medicina del MIT.

Y ese es el reto que el Consorcio MVision ha tomado por segunda vez en Madrid.

Aprovechando las instalaciones del Instituto Internacional, una puerta abierta entre Madrid y Boston desde el siglo XIX, y con el apoyo de la Embajada de los Estados Unidos y del Departamento de Estado a través de American Space, durante dos días desarrollamos Hacking Medicine Madrid.

El hackathon fue una fiesta de juventud, diversidad y colaboración. Los tres ingredientes de la innovación. Viendo los «pitches» de los distintos grupos participantes llegué a una conclusión:

Los españoles no tenemos nada en nuestro genoma, ni en el epigenoma, ni en nuestro carácter, que nos impida cambiar el estado de las cosas para mejorarlo.

Innovación: que nadie vaya a por la rubia

Es famosa esta escena de la película «Una mente maravillosa», en la que se cuestiona la tesis de Adam Smith.

John Nash, el premio nobel, formuló su: «para conseguir el mejor resultado cada miembro del grupo debe hacer lo mejor para él mismo y para el grupo»

Ese es un problema para la innovación competitiva dentro de un sistema regulado, cuando se intentan solucionar problemas que afectan a todos.

Los modelos de gestión de la I+D+i, especialmente en el ámbito tecnológico, exigen competición entre grupos: secreto, patentes, desarrollo, financiación, comercialización…

Aunque la innovación es importante para la supervivencia de los sistemas, a la vez trae sus problemas, tal como describió Nicholas Negroponte:

«La innovación es ineficiente. Con frecuencia, es indisciplinada, siempre lleva la contraria y es iconoclasta; se realimenta con la confusión y la contradicción.

En pocas palabras, ser innovador es todo lo contrario de lo que la mayoría de los padres quieren para sus hijos, los consejeros delegados para sus compañías y los jefes de estado para sus países.

Los innovadores son insoportables.

Y, sin embargo, sin innovación estamos condenados – por aburrimiento y por monotonía – a la decadencia«.

Pobre Esculapio

Hay un texto circulando por las redes sobre lo que significa ser médico. Como toda buena leyenda urbana lo atribuyen al «dios» griego de la medicina, Esculapio, hijo de Apolo y Coronis.

El pobre Esculapio debería revolverse por ser sometido a dos castigos. El primero, morir por un rayo lanzado por Zeus, que no estaba nada contento con sus labores de cirujano para restaurar la vida de los muertos. El segundo, atribuirle unas palabras a su hijo que nunca escribió.

Sin embargo, conviene releerlo porque algunas de las cosas que dice el texto siguen estando vigentes, a pesar de la evolución de la profesión médica.

”¿Quieres ser médico, hijo mío? Aspiración es ésta de un alma generosa, de un espíritu ávido de ciencia. ¿Deseas que los hombres te tengan por un Dios que alivia sus males y ahuyenta de ellos el espanto? Has pensado bien en lo que ha de ser tu vida? Tendrás que renunciar a la vida privada; mientras la mayoría de los ciudadanos pueden, terminada su tarea, aislarse de los importunos, tu puerta quedará siempre abierta a todos; a toda hora del día o de la noche vendrán a turbar tu descanso, tus placeres, tu meditación; ya no tendrás horas que dedicar a la familia, a la amistad o al estudio; ya no te pertenecerás. Los pobres, acostumbrados a padecer, no te llamarán sino en caso de urgencia; pero los ricos te tratarán como a esclavo encargado de remediar sus excesos. Habrás de mostrar interés por los detalles más vulgares de su existencia, decidir si han de comer ternera o cordero, si han de andar de tal o cual modo cuando se pasean. No podrás ir al teatro, ausentarte de la ciudad, ni estar enfermo; tendrás que estar siempre listo para acudir tan pronto como te llame tu amo.

Eras severo en la elección de tus amigos; buscabas la sociedad de los hombres de talento, de artistas, de almas delicadas; en adelante, no podrás desechar a los fastidiosos, a los escasos de inteligencia, a los despreciables. El malhechor tendrá tanto derecho a tu asistencia como el hombre honrado: prolongarás vidas nefastas, y el secreto de tu profesión te prohibirá impedir crímenes de los que serás testigo.

Tienes fe en tu trabajo para conquistarte una reputación: ten presente que te juzgarán, no por tu ciencia, sino por las casualidades del destino, por el corte de tu capa, por la apariencia de tu casa, por el número de tus criados, por la atención que dediques a las charlas y a los gustos de tu clientela. Los habrá que desconfiarán de ti si no usas barba, otros si no vienes de Asia; otros, si crees en los dioses; otros, si no crees en ellos. Te gusta la sencillez: habrás de tomar la actitud de un augur. Eres activo, sabes lo que vale el tiempo: no habrás de manifestar fastidio ni impaciencia; tendrás que soportar relatos que arranquen del principio de los tiempos para explicarte un cólico; ociosos te consultarán por el solo placer de charlar. Serás el vertedero de sus disgustos, de sus nimias vanidades. Sientes pasión por la verdad, ya no podrás decirla. Tendrás que ocultar a algunos la gravedad de su mal; a otros, su insignificancia, pues les molestaría. Habrás de ocultar secretos que posees, consentir en parecer burlado, ignorante, cómplice. Aunque la Medicina es una ciencia oscura, a quien los esfuerzos de sus fieles van iluminando de siglo en siglo, no te será permitido dudar nunca, so pena de perder todo crédito. Si no afirmas que conoces la naturaleza de la enfermedad, que posees un remedio infalible para curarla, el vulgo irá a charlatanes que venden la mentira que necesita. No cuentes con agradecimientos: cuando el enfermo sana, la curación es debida a su robustez; si muere, tú eres el que lo ha matado. Mientras está en peligro te trata como un dios, te suplica, te promete, te colma de halagos; no bien está en convalecencia, ya le estorbas, y cuando se trata de pagar los cuidados que le has prodigado, se enfada y te denigra. Te compadezco si sientes afán por la belleza: verás lo más feo y repugnante que hay en la especie humana, todos tus sentidos serán maltratados. Habrás de pegar tu oído contra el sudor de pechos sucios, respirar el olor de míseras viviendas, los perfumes harto subidos de las cortesanas, palpar tumores, curar llagas verdes de pus, fijar tu mirada y tu olfato en inmundicias, meter el dedo en muchos sitios. Cuantas veces, un día hermoso, lleno de sol y perfumado, o bien al salir del teatro, de una pieza de Sófocles, te llamarán para un hombre, que molestado por dolores de vientre, pondrá ante tus ojos un bacín nauseabundo; diciéndote satisfecho: “Gracias a que he tenido la precaución de no tirarlo”. Recuerda, entonces, que habrá de parecer que te interesa mucho aquella deyección.

Hasta la belleza misma de las mujeres, consuelo del hombre, se desvanecerá para ti. Las verás por la mañana desgreñadas, desencajadas, desprovistas de sus bellos colores y olvidando sobre los muebles parte de sus atractivos. Cesarán de ser diosas para convertirse en pobres seres afligidos de miserias sin gracia. Sentirás por ellas más compasión que deseos. Tu vida transcurrirá como a la sombra de la muerte, entre el dolor de los cuerpos y de las almas, entre los duelos y la hipocresía que calcula a la cabecera de los agonizantes: la raza humana es un Prometeo desgarrado por los buitres. Te verás solo en tus tristezas, solo en tus estudios, solo en medio del egoísmo humano. Ni siquiera encontrarás apoyo entre los médicos, que se hacen sorda guerra por interés o por orgullo.

Únicamente la conciencia de aliviar males podrá sostenerte en tus fatigas. Piensa mientras estás a tiempo; pero si, indiferente a la fortuna, a los placeres de la juventud; si sabiendo que te verás solo entre las fieras humanas, tienes un alma bastante estoica para satisfacerse con el deber cumplido sin ilusiones; si te juzgas bien pagado con la dicha de una madre, con una cara que sonríe porque ya no padece, o con la paz de un moribundo a quien le ocultas la llegada de su muerte: si ansías conocer, penetrar todo lo trágico de su destino, entonces sí… ¡Hazte médico, hijo mío!”.

Innovación en Cirugía en el British Journal of Surgery

Como miembro del Editorial Board de BJS, me siento especialmente satisfecho por los pasos que está dando la revista para estimular la difusión de la innovación.

En el mes de Enero se ha publicado un número especial, de acceso abierto, sobre innovación en cirugía. Puedes acceder a la revista aquí

Abren el número Dejong y Earnshaw y su resumen es que la innovación es «más necesaria que nunca». Y termina con una declaración de intenciones: «El mundo necesita innovadores que reten las creencias actuales y el BJS se alegra de proporcionar un foro para compartir sus ideas con la comunidad quirúrgica«.

Me han interesado especialmente los siguientes artículos:

Pinkey y Morton nos hablan sobre los nuevos ensayos de técnicas quirúrgicas y la evaluación de las nuevas tecnologías en cirugía.

Beggs y Dilworth revisan el papel de la cirugía en la era de las «ómicas».

Y Cook y Collins analizan el auge del análisis de las bases de datos y llaman la atención sobre sus limitaciones.

En definitiva, el BJS está claramente orientado a la innovación. Antes de nada en su propio modelo. Primero apuesta por el mundo digital y las redes sociales, como demuestra la cuenta en Twitter, @BJSurgery. Además, busca abandonar las fronteras anglosajonas y busca ampliar su impacto en el mundo hispanohablante. De hecho, ya se publican los resúmenes en nuestro idioma.

Saber hacer bien lo correcto

Muchos somos los que no estamos contentos con cómo se hacen las cosas. Sin embargo, no todos eligen luchar por cambiarlas. Otros proponen más de lo mismo. Repartir, prohibir, regular, incentivar, apoyar.

Algunos políticos, nuevos en la arena, tienden a creer que ellos son muy listos. Y que los «malos» son muy tontos. Nada más lejos de la realidad.

Cambiar no es fácil. Ya lo dijo Maquiavelo. Porque el que manda no quiere dejar de hacerlo. Y el que no manda, no tiene claro si en el nuevo orden mandará. O si, de nuevo, volverá a perder.

Dice Elvira Lindo, hoy en el El País, que a los humanos nos gusta poseer. Cierto. Lo que pasa es que actualmente nos gusta poseer cosas: dinero, casas, coches, smartphones….

Sin embargo, no somos capaces de desear, buscar, conseguir y celebrar la sabiduría. Y aún menos, la sabiduría práctica.

Cerrar el ciclo de la vida: sueños de la infancia

Randy Pausch fue, sin duda, un ejemplo excepcional de como algunos se enfrentan a la muerte.

A la certidumbre de que todo se acaba.

A la incertidumbre de qué pasará en la vida de los demás después.

Este hombre, en sus últimas charlas, nos dio un ejemplo de como vivir y disfrutar del «hoy».

Los sueños, los sueños de la niñez, cuando se completan, cierran el ciclo de la vida.

¿Cuál es su sueño de infancia?

El crío que abría juguetes.

El crío abría los juguetes.
Los destripaba para observar como eran por dentro.
Desmenuzaba su interior en piezas más pequeñas, hasta encontrar las que ya no se podían desmontar.

Pero cuando le mandaban aprenderse algo no lo hacía.
O hacía lo justo.
Para poder superar el corte.

Odiaba que le dieran clase.
Que le adoctrinaran.
Que le cerraran las opciones.
Odiaba el foco.
No quería enfocarse.
Odiaba que le dijeran lo que tenía que hacer.

Lo que le gustaba es que le enseñaran un camino distinto.
Nuevo.
O mejor.
When you come to a fork in the road, take it!
Que le retaran.
Que le invitaran a probar nuevas ideas.
A pensarlas.
A simularlas.
A diseminarlas.
Distribuirlas.
Experimentarlas.
Vivirlas.
Compartirlas.

El crío aprendió a vivir en la periferia de cualquier grupo.
A ser despreciado.
Aislado.
A fingir.
A superar las barreras.
Soñar.
Crear.
Ejecutar.
Triunfar.
A ser coherente.
Querer.
Amar.
Aprendió a vivir.

Choque cultural

Era el segundo día del mes de Agosto de 1999; un lunes para ser más preciso. El calor en el Hospital venía siendo insufrible, incluso para los que no estabamos enfermos, y la actividad se había reducido al mínimo. Todos buscabamos santuario contra el calor en el quirófano, donde el aire acondicionado es tan potente que hay quien tiene que ponerse bata para evitar las tiritonas.

Estando allí, a eso de las nueve de la mañana, recibí una llamada desde la Subdirección Médica. Era la secretaria de la Comisión de Docencia que, como hacía todos los años, quería que me hiciera cargo de cuatro estudiantes extranjeros que iban a pasar un mes entre nosotros. Evidentemente, no me asignaban a mí esta tarea por ser el profesor de mayor rango en el hospital – sólo era un profesor asociado -, sino porque era uno de los pocos que permanecían en la institución en aquellas fechas y que dominaba suficientemente el inglés como para que los estudiantes pudieran comunicarse.

Tras colgar el teléfono, salí de aquel oasis del quirófano para adentrarme en el torrido calor de los pasillos semivacios y dirigirme a la primera planta. Al entrar en el despacho de la Subdirección lo primero que me llamó la atención fue la disparidad física de los individuos que me habían sido asignados: una espectacular y sonriente mujer rubia, casi albina, de indudables rasgos nórdicos y tres chicos con cara de asustados y rasgos entre árabes y mediterráneos.

Les saludé uno por uno e, inmediatamente, me di cuenta de que ella se defendía perfectamente en inglés, de manera fluida y elocuente, mientras que ellos tenían más dificultades y solían expresarse con frases cortas o monosílabos ante mis preguntas. Ella era de Noruega. Ellos de Egipto. Yin y yang. Noche y día. Fuego y Tierra. Me lo temía, allí iban a saltar chispas.

Salimos del despacho y, cómo no, volvimos al quírófano. ¿Qué otra cosa podía hacer? Con tanto calor y siendo cirujanos con quienes pensaban hacer la rotación, lo lógico era llevarles al quirófano. Una vez dentro del área de médicos les interrogué por su experiencia con la Cirugía y dentro del área quirúrgica. La chica noruega inmediatamente me dijo que había hecho la rotación en Cirugía General ese mismo año y que su padre, con él que se veía de vez en cuando, era traumatólogo. Vamos, que estaba familiarizada con el ritual. De ellos, escasamente pude obtener un par de palabras que reflejaban más timidez que desconocimiento.

Llegado a este punto, me dispuse a entregarles un pijama de quirófano a cada uno para que se cambiaran y entraran conmigo a ver una cirugía. Uno tras otro fui poniéndoles en la mano aquella prenda que me pareció adecuada según su talla, mientras les indicaba donde estaba el cuarto de baño y la ducha para que se cambiaran.

Casi sin mediar palabra y sin que a los pobres chicos egipcios les diera tiempo a retirarse o a desviar la vista, la estudiante noruega cruzó los brazos por delante de su cuerpo, agarró el borde de su camiseta blanca y tiró hacia arriba hasta sacarla por la cabeza, dejando una bonita piel rosada a la mirada frontal de los otros tres.

A mí, que contemplaba la escena a espaldas de la chica y de frente a ellos, me pareció oir un crujido. Nunca supe si el sonido provenía de sus cerebros o de más abajo de su cintura. Pero recuerdo vivamente la descomunal apertura de las hendiduras palpebrales de los egipcios, que más parecían figuras pintadas, de esas que se ven en las galerías de las pirámides, que seres vivos.

El dos de agosto de 1999 no sólo lo ví sino que sentí como alguien estaba siendo golpeado por el Choque Cultural. Y comprendí la dificultad para la Alianza de Civilizaciones, incluso antes de que se inventara el término.

Mi complejo de superioridad es mejor que el tuyo

Le miró a los ojos por encima de la mascarilla, a cubierto por el gorro de quirófano que, a modo de chapela, se calzaba en la cabeza.

El era el asesino de leyendas.
O así le llamaban, porque en su delirio autorreferencial vivía convencido de que sus destrezas quirúrgicas, como disectores moleculares en la punta de sus dedos, podían terminar con el azote del cáncer.

“La cirugía es solo una muestra infinitesimal de mi desmesurado talento”.

Ella era su instrumentista.
Literalmente.
Cuidaba de sus instrumentos.
La novia de Frankenstein.

Su mirada le abandonó.
Por el final de su espalda.
De la de ella.
Y ella se sintió succionada por el vacío, como si ya no existiera.

El próximo objetivo era su ayudante.

“Sé lo que vas diciendo por ahí, pequeño traidor.
Pero mi complejo de superioridad es mejor que el tuyo”.

Y siguió desmontando a otro ser humano, como si no lo fuera.
Él.