El cuerpo medicalizado o el retorno de Frankenstein

Este artículo me lo publicaron en 2011 en la revista Barcelona Metrópolis, gracias a la invitación de una gran amiga, la historiadora del arte Estrella de Diego….

La medicalización del cuerpo humano en los países occidentales se inició en el siglo XVIII con la medicina urbana, tal como lo describió Michel Foucault en su Historia de la medicalización, para culminar en la última mitad del siglo XX, impulsada desde el corazón de las urbes globales.

Los ciudadanos se han entregado a la promoción y el desarrollo del conocimiento biomédico y de la cultura centrada en la potenciación biológica del individuo. Todos andamos a la búsqueda de un Shangri-La del perfecto bienestar, garantizado por la medicina moderna. El concepto de “salud total”, que se puso por escrito en la declaración de Alma Ata de 1978 (primera Conferencia Internacional sobre Atención Primaria de Salud), ha sido una de las características culturales definitorias del moderno proceso global de urbanización, que hace tiempo que dejó de ser una mera acumulación demográfica y de recursos para pasar a ser un conglomerado de difusión de estilos culturales y redes sociales.

“[…] la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solo la ausencia de enfermedad; es un derecho humano fundamental y la consecución del nivel de salud más alto posible […] es un objetivo social prioritario en todo el mundo, cuya realización requiere la acción de muchos otros sectores sociales y económicos, además del sector sanitario”.

Solo hay que observar el corazón de las urbes desde las que se dictan las tendencias culturales. En todas encontramos masivas ciudades sanitarias y tupidas redes de atención primaria en las que se acumulan cerebros de obra y biotecnología. Todo ello ofrece al ciudadano posibilidades nunca imaginadas previamente para atender sus necesidades, que se pretenden extender a todo el planeta bajo el lema de “salud para todos”.

El paradigma occidental de salud se construye en esas grandes ciudades que marcan tendencia. Allí, las necesidades humanas han ido evolucionando en divergencia con las del medio rural. No sólo se busca la prolongación de la vida productiva luchando contra la enfermedad. Existe el deseo de adquirir un físico vibrante y en continua remodelación. Se persigue obtener un cuerpo urbano cuyas funciones y pulsiones internas se sincronicen con la apariencia exterior; un cuerpo que se mimetice con el asfalto cuando nos convenga. O sobresalga en él, cuando se persiga la notoriedad.

Ahora, cuando vas andando por una calle en cualquier ciudad, te cruzas con otras personas aparentemente iguales. Van con prisa, hablando por sus teléfonos, con unos pequeños artilugios metidos en las orejas o discutiendo con sus acompañantes. Se miran entre ellas. Como se han mirado siempre. Se reconocen como miembros de una misma especie. Una persona, un cuerpo. Una persona, un sexo. Una persona es una identidad corporal singular, en constante deterioro hasta el final. O eso era antes. Ya no lo será nunca más. Las urbes actuales, que extienden su influencia cultural a través de los medios de comunicación de masas, hasta la aniquilación de lo rural, han convertido el cuerpo humano en una quimera, como el animal mitológico, hijo de Tifón y Equidna, formado por partes de otros tres seres: un león, un macho cabrío y un dragón.

Aunque las bases se sentaron antes, el primer gran hito en la carrera hacia la medicalización masiva del cuerpo tomó forma en una de esas ciudades globales, definidas como aquellas que tienen capacidad para influir no solo socioeconómica, sino también cultural y políticamente. En los años cincuenta del pasado siglo, en Boston, también conocida como The Hub of the Universe, los cirujanos del hospital Peter Bent Brigham, de la Facultad de Medicina de Harvard, crearon la primera quimera viable. El complejo biosanitario conocido como Longwood Medical Area ha sido la fuente del saber médico occidental durante todo el siglo XX.

En aquella empresa de síntesis corporal se embarcaron dos mujeres, dos hermanas gemelas. Eran dos cuerpos de lo más idéntico que se podía conseguir. Una donó una víscera a la otra para que supliera su falta de función en los riñones. Fue el sueño del doctor Frankenstein hecho realidad y convertido en premio Nobel de Medicina para el doctor Murray. Desde entonces, no ha habido fin. Para los urbanitas, la muerte aparenta no existir. Ya no siempre es el final de un organismo. Puede ser el comienzo de un nuevo cuerpo multiorgánico.

Desde esas ciudades globales distribuidas por todo el planeta, Nueva York, Londres, París, Barcelona o Madrid, y desde las grandes industrias biosanitarias que las vertebran hasta constituir uno de sus motores socioeconómicos más poderosos, los médicos nos hemos puesto a producir un nuevo orden. Hebra a hebra de hilo sintético, a base de polímeros de hidrocarburos, cosemos dos cuerpos diferentes con la intención de conseguir la funcionalidad de uno solo. Nos aplicamos por la fuerza a unir singularidades que habitualmente, después de reconocerse como distintas, tienden a rechazarse. Pero a pesar de la tensión aplicada para unirlos, nuestra fuerza no es suficiente para mantener varios individuos en uno. Y crece la insurrección. La batalla entre organismos distintos ocurre sin trincheras a escala celular. Sin prisioneros. Hasta el exterminio final. Si les dejáramos, los cuerpos se eliminarían entre ellos. No solo lucha el cuerpo receptor contra el cuerpo injertado, sino que también este rechaza a su huésped (graft-vs-host disease). Así que ha habido que desarrollar drogas capaces de engañarles. El sistema inmune del cuerpo receptor es el objetivo de los fármacos inmunosupresores, que lo adormecen hasta suprimir su capacidad de reconocer el origen ajeno de las células del nuevo cuerpo injertado. Pero no todo son ventajas, porque aunque la reacción de rechazo ha sido domada, los medicamentos no la han podido eliminar. Es necesario establecer tratamientos crónicos que conllevan riesgos, tanto para el huésped como para el injerto, debido a la toxicidad de los fármacos utilizados.

Aun con ese alto precio a pagar, después de los riñones siguieron otras partes corporales trasplantadas. Algunas de ellas tienen un significado casi espiritual. Al contrario que Woody Allen, estamos reconstruyendo a un “multiHarry” con otros trozos de corazón, hígado, pulmones, córneas, páncreas o el intestino. Los trasplantes multiorgánicos son hoy en día una realidad y se asocian los trasplantes hepáticos e intestinales, de corazón y pulmón, o de riñón y páncreas.

Y tenía que ser en California, la fábrica de los sueños, desde donde se iniciara la búsqueda de una solución creativa para esta lucha contra el deterioro anatómico y funcional del cuerpo, dirigiendo nuestra imaginación hacia los xenoinjertos. Como en King Kong, los ciudadanos de la megápolis intentan dominar al gran mono. Con todo el poder de cualquier otra superproducción salida de los estudios cinematográficos, baby Fae, una recién nacida con un defecto cardiaco incompatible con la vida, fue el primer ser humano que sobrevivió unos días con el corazón de un babuino en Loma Linda, en los años ochenta.

Treinta años después del primer fracaso, los avances en la biotecnología permiten la manipulación genética celular, lo que ha llevado a los científicos a proponer la modificación de otros animales que hagan que su cuerpo sea compatible con la especie humana. Anhelamos tener una granja permanente para el gran consumo de órganos dedicados a la reparación de nuestros cuerpos: las quimeras transgénicas.

Otro ejemplo de un área en la que la influencia urbana ha forzado la medicalización del cuerpo es en la de la apariencia externa y el vigor sexual. Desde dos de las grandes ciudades en las que reside el imperio de los sentidos, Río de Janeiro y São Paulo, se ha cultivado la reparación del cuerpo para potenciar la apariencia física y el atractivo. Ahora esa necesidad se extiende por todo el planeta.

Tell me what you don’t like about yourself” (Dime qué es lo que no te gusta de ti mismo) era la pregunta que dos cirujanos plásticos de una serie televisiva de ficción urbana dirigían a sus clientes cuando acudían a su consulta, primero en Miami y luego en Los Angeles. El culto al cuerpo. Porque en nuestras ciudades, la apariencia contiene elementos de validación propia y externa. Sin necesidad de superar la incomunicación galopante que nos amenaza, la medicina y la cirugía estética pueden divinizar el cuerpo hasta convertirlo no solo en la mejor, sino en la única tarjeta de presentación. Nos libramos a una suerte de exteriorismo quirúrgico.

Es parte de la cultura popular el uso de los implantes de biomateriales para aumentar el tamaño de las mamas, de los glúteos o de los labios. Los cuerpos siliconados abundan en los gimnasios de nuestras ciudades, en los que el individuo luce sus atributos, pagados a golpe de préstamo si es necesario, ante los ojos ajenos. Se potencia la percepción del yo exterior, tanto por parte de mujeres como de hombres. La voluptuosidad de las curvas se crea mediante prótesis colocadas quirúrgicamente en lugares estratégicos de la anatomía.

La medicalización del cuerpo llega incluso a la genitalidad. En este caso es el interiorismo quirúrgico. Hasta el rejuvenecimiento vaginal va ganando adeptas que narran sus experiencias en Youtube. Y proliferan los centros dedicados a ofrecer soluciones al problema en todas las grandes ciudades occidentales. Si no te gustan tus labios menores, si necesitas revitalizar tu vagina, un cirujano estético se ocupará de esculpir una nueva intimidad. Si tu pene es pequeño, un mínimo corte allí, una prótesis puesta allá, aumentarán tu autoestima. Incluso la disfunción eréctil, simbólico ejemplo del declive y ocaso del macho dentro del grupo, puede ser compensada o eliminada mediante el uso de biomateriales cuando la farmacología no ofrece una solución.

Finalmente, la modificación de la identidad sexual es el último paso en el cuerpo medicalizado. Cuando uno no se siente adecuadamente representado por el fenotipo, es decir, por la apariencia externa de sus genitales, la cirugía y la medicina pueden reasignarle un género. La combinación de hormonas exógenas y de reconstrucción corporal posibilitan una adecuada sincronización psíquica y fenotípica. Es decir, lo que uno siente y lo que uno parece externamente pasan a coincidir gracias a la ciencia médica.

Los trasplantes, los cuerpos reparados con biomateriales o la reasignación de sexo son tres ejemplos del avance imparable del cuerpo medicalizado en el siglo XXI. Forman parte de una historia de éxito en la investigación biomédica, en la medicina organicista, que se ha cultivado en las ciudades durante los últimos tres siglos y que desde ellas se ha sembrado por el planeta mediante la difusión a través de los medios de comunicación de masas. Ahora, cuando nos cruzamos con otros individuos por esta “aldea global”, su cuerpo ya raramente es un solo cuerpo. Incluso cuando un individuo no contenga ninguna parte ajena, los medicamentos llevarán tiempo circulando y ocupando sus dianas terapéuticas para tratar un complejo sistema expuesto a un proceso continuo y natural de deterioro. Los avances cientificotécnicos están convirtiendo los sueños en realidad y al cuerpo humano del ciudadano actual en una quimera. Luchamos por retrasar el envejecimiento y la muerte casi a cualquier precio. Aun así, uno no puede dejar de hacerse preguntas que raramente encuentran respuesta: ¿Hasta dónde queremos llegar? ¿Para qué?

La digestión del talento

Esta es otra de mis tribunas. La publicó Diario Médico el 27 de Marzo de 2008. Han pasado 7 años. Uno detrás de otro.

Si las consejerías de sanidad se funden gran parte del presupuesto de formación para financiar la difusión del EFQM entre los profesionales del sistema, en un viaje sin hoja de ruta pero con un utópico destino en la excelencia, ¿por qué tenemos tantos problemas dentro del Sistema Nacional de Salud con la formación de residentes, en atención primaria, con los recursos humanos, con la investigación, con la eficiencia, etc? Pues más que por la disfunción es por la digestión del talento.

Una característica de nuestro sistema de salud es que ocupa a gran número de individuos con un perfil personal e intelectual muy sesgado. La Administración ha invertido, durante varias décadas, ingentes cantidades de dinero para educarnos y convertirnos en líderes médicos y científicos.

Como grupo, debemos poseer una mayor capacidad intelectual que el resto. ¿Por qué? Pues porque para llegar a obtener una plaza de facultativo hay que demostrar un nivel superior durante la época preuniversitaria, en la selectividad y durante la carrera. Además, luego pasas por otro proceso selectivo -mientras que el director general de Recursos Humanos del Ministerio de Sanidad de turno no dicte resoluciones contrarias-, te especializas durante 4 ó 5 años e incluso muchos se doctoran. En resumen, los profesionales médicos del SNS son un grupo “excesivamente entrenado” para sobresalir. De hecho, ningún otro profesional, dentro de ningún escalafón del Estado, ha pasado tantos filtros de verificación de su capacidad intelectual. No es una recriminación, sólo constato los hechos.

Y ¿qué pasa diariamente? Pues que gente con un elevado nivel de talento, siendo alguno sobresaliente, afronta casi continuamente situaciones de frustración personal y profesional, como parte constitutiva de un sistema absolutamente “poco inteligente” (definida la inteligencia como la capacidad para adecuarse a situaciones nuevas mediante la interacción con el medio en el que se actúa.). Vamos, que la mayoría de las veces los médicos están mucho más dotados que los que les mandan.

La incongruencia entre administradores y administrados llega a ser de tal magnitud que al final estalla el conflicto. Así no hay excelencia que valga. De entrada, la mayoría de los facultativos carecen de retos a la altura de sus expectativas. Nada de torres de marfil del conocimiento; todo es mucho más mundano. Nos rompemos la cabeza intentando compaginar las guardias con la asistencia a congresos o las peonadas con la investigación. Y lo que es peor, los que consiguen generarse sus propios retos soportan las limitaciones burocráticas y la roma gestión por parte de los administradores, que no suelen estar a la altura de sus administrados. De manera que te conviertes en una especie de Juan Palomo:”¿Quieres excelencia? ¿Sí? Pues te la buscas tú”. Finalmente, todo choca contra la inseguridad legal derivada de la “necesaria estabilidad legal del sistema”. Siempre se presupone que la Administración actúa “de buena fe”, de manera que incluso si intentas combatir pobres decisiones -es un eufemismo- del menos que capaz administrador de turno, no del sistema, te ves abocado a una eterna lucha contra molinos de viento.

Causar frustración sistemática a personas inteligentes no es gratuito. De hecho, es un grave error, de lamentables consecuencias para la propia organización, porque los brown-eaters terminan por revelarse. Como recompensa a la pésima gestión del talento por parte de los administradores de nuestro sistema sanitario se consigue que los médicos, en quienes se han invertido tantos fondos, desarrollen cuatro grandes patrones de comportamiento claramente contrarios a la excelencia: retirada, huida, pasividad/agresividad y, finalmente, conductas peligrosas. Y no olvidemos que cuanto más inteligente es un individuo, mayor riesgo conllevan sus reacciones.

Así la retirada es la respuesta más primitiva, por la que los profesionales, que llevan años luchando sin éxito por cultivar unas capacidades muy especializadas, desisten y deciden que pasan, que les da todo lo mismo, que se dedican a comportarse como empleados por cuenta ajena y no como profesionales.

La huida, sin embargo, supone una conducta activa por parte del médico, que no está dispuesto a desaprovechar los años que ha dedicado a fomentar unas cualidades tan sobresalientes. Como no puede desarrollar sus intereses, orienta su mira hacia la ganancia económica, así que decide abandonar el sistema e irse a otro país, otra comunidad o dedicarse al ejercicio privado.

La actitud pasiva/agresiva es aún peor. En este caso, la frustración lleva a utilizar la inteligencia no sólo para evitar cumplir los naturales objetivos marcados, sino para obstaculizarlos y minar la moral de todos los que les rodean.

Finalmente, la más penosa reacción a la digestión del talento viene definida por desordenes conductuales, que suelen desembocar en actividades potencialmente lesivas: el consumo desmedido de drogas, situaciones de riesgo con los pacientes e incluso comisión de delitos dentro de la organización.

Promover el talento y reclutarlo para el sistema son medidas necesarias. Pero deben acompañarse de una gestión acorde con la calidad y el grado de exigencia que se demanda. Es decir, no sólo deben ser “excelentes” los médicos; también los gestores y los políticos. Porque si no es así, recuerden que los chicos prodigiosos pueden convertirse en jóvenes airados.

Atheism vs Religion

I must confess I enjoy Richard Dawkins’ debates and talks on atheism and religion.

Whether he is an atheist, non-theist, non-believer, or agnostic, he knows that irritation is the best kind of stimulation.

I find Dawkins highly entertaining, but there are some arguments he never uses when denying the existence of god: an omniscient, omnipotent and omnipresent god should be intellectually approachable by any means. If reason does not work to explain God… a contradiction in terms arises…

Eleanor Rigby, la gente solitaria y la historia clínica electrónica.

Eleanor Rigby entró por la gran puerta de urgencias del hospital. Desde allí miró a la gente solitaria que esperaba en una gran sala.

Cuando llegó su turno, recogió el bolso y se sentó frente al Dr. McKenzie. Ella le puso la cara que guardaba en un tarro, junto a la puerta. Nunca supo para quién la ponía.

Mientras, se preguntaba: Y toda esa gente solitaria, ¿de dónde viene? Y toda esa gente solitaria, ¿de dónde es?

El Dr. McKenzie levantó la mirada y leyó en su memoria las palabras «¿Qué le pasa?» «¿Desde cuándo?» «¿A qué lo atribuye?»

Y ella le respondió, mientras él miraba el teclado:

– Le contaré mi historia. Pero no quiero que la guarde en ese ordenador.

El Dr. McKenzie no pudo creerlo. No habían pensado en una historia clínica que no fuera electrónica. Y menos en una persona solitaria, que no quería su vida en ninguna base de datos automatizada. Pero la ley estaba de su parte. Ella podía negarse.

Eleanor Rigby murió en el hospital y la enterraron con su historia en papel. Nadie fue a su funeral. Excepto el Dr. McKenzie, que limpiaba una tumba donde se leía:

Eleanor Rigby, una persona solitaria, sin historia clínica electrónica.

¿Sigue la medicina científica basada en la fe?

Muchos hemos sido los que abrazamos la «medicina basada en la evidencia» como modelo científico del ejercicio de la medicina. Y eso a pesar de que en 1996 The Lancet se manifestó en contra.

No creencias. No prejuicios. No saltos de fe. Sólo y únicamente datos objetivos obtenidos en un modelo «cuasi-experimental».

Sin embargo, incluso la «medicina basada en la evidencia» tiene serios defectos que la convierten en una «semi-religión».

Voy a resumir cuatro grandes problemas apuntados, entre otros, por John Ioannidis:

1. La mayoría de la práctica médica no está fundamentada en datos obtenidos en estudios prospectivos aleatorizados.

2. Gran parte de la «evidencia» que apoya la práctica médica tiene defectos metodológicos

3. La mayoría de la «ciencia médica» obtenida a partir ensayos prospectivos aleatorizados no cumple los principios del método científico (raramente es reproducible)

4. Se produce un salto de fe cuando se asume que los resultados obtenidos en un ensayo clínico prospectivo aleatorizado, en unas determinadas condiciones, son exactamente los mismos resultados que se obtienen en la realidad (con otras condiciones, otros pacientes con otras comorbilidades, otros profesionales, otra institución…)

La motivación de descubrir

Hay gente que desea, busca fervientemente, necesita tener una certeza. Ya sea un dios, o un motivo, o un fin, para poder tolerar su propia existencia.

Otros, los menos, sólo tienen como necesidad la de conocer, descubrir, encontrar explicaciones transitorias que sirven para ser desacreditadas por otras nuevas. Aman la certidumbre de la incertidumbre. Es la manera de seguir avanzando.

Incentivos y motivación

Los incentivos monetarios son usados con mucha frecuencia, mucha mucha frecuencia, por políticos y gestores. Tienen el convencimiento de que así motivan a la gente para que trabaje mejor.

En la sanidad hemos tenido numerosos ejemplos: peonadas, jornadas extraordinarias, planes…

Sin embargo, la mayoría de las veces los resultados no han sido espectaculares. Incluso podría decirse que, con el paso del tiempo, han sido negativos.

En trabajos complejos, la motivación no viene de los incentivos externos. La motivación es interna. Se entronca con el deseo de los «cerebros de obra» de obtener las metas que se plantean.

Una tarde con James Costos

Acabo de llegar del Instituto Internacional, donde el embajador James Costos ha inaugurado el American Space Madrid.

En un formato de entrevista guiada por Jean Choi, el antiguo vicepresidente de HBO nos ha contado como ha sido su vida, desde su nacimiento en 1963 en Lowell, Massachusetts, en el seno de una familia de clase media baja a ser embajador de los Estados Unidos de América en España y Andorra, puesto para el que fue propuesto por el Presidente Obama.

Durante una hora ha narrado su paso de Lowell a Nueva York y de allí a Los Angeles, de un trabajo pagado a dos dólares la hora, a la creación de su propia empresa, el trabajo en una tienda de lujo los fines de semana y su viaje a Los Angeles, donde la directora de marketing de Dreamworks le ayudó a encontrar un nuevo camino laboral.

Dentro de la narración, las cuatro claves que James Costos ha resaltado a lo largo de su desarrollo profesional y personal son:

1. La interacción con otras personas
2. La superación del miedo al fracaso
3. El trabajo duro
4. Devolver a la sociedad parte de lo que se ha obtenido

Siendo alguien nacido unos pocos días antes que el embajador Costos en una familia de clase media baja en un barrio pobre de Madrid, coincido en esas cuatro ideas como esenciales, y no específicamente norteamericanas. Son principios comunes a una generación que comparte muchos referentes.

Sin ningún genero de dudas, apoyar a la juventud para que trabaje duro por sus sueños, promover la diversidad y fomentar la colaboración es la única de salir nosotros y de contribuir a sacar a nuestra sociedad de cualquier situación adversa.

Cierto que en mi caso ese punto de vista puede estar sesgado por la fuerte influencia que la cultura norteamericana ha tenido a lo largo de mi carrera profesional. Pero sigo creyendo firmemente en ellos. A veces puede parecer que soy un norteamericano con pasaporte español.

Experto en personas

Hay gente que se ve muy capaz de relacionarse.

Miran sus estadísticas, sus miles de seguidores y lectores en las redes sociales, sus RTs, sus interacciones, sus favoritos, sus «jajaja» y llegan a la conclusión de que son «expertos en personas».

Llaman a los demás por sus nombres. Son untuosos. Y se cuelan por las grietas de las personalidades de los demás, para intentar formar parte de ellos.

Y toman copas, por las noches, y se aproximan a tu oído. Derecho o izquierdo. Y te cuentan lo importante que eres para ellos…