Por un nuevo mundo de dioses y monstruos

La ginebra era la única debilidad que se permitía. Pero siempre antes de irse a dormir. No toleraba perder el control. Y menos, que los demás lo supieran. El pulso a veces fallaba y el temblor ya sólo respondía al alcohol. Un secreto.

Había pasado una vida observando seres humanos. Altos, bajos, gordos, delgados, pobres o ricos. Horas para analizarles, entenderles, diagnosticarles y ayudar, en su justa medida, a cumplir sus ansias de un resultado distinto. Pero como mucho había conseguido retrasarlo.

Pensaba. Y repasaba. Uno tras otro.
La pregunta.
La duda.
La risa.
La esperanza.
La tristeza.
El dolor.
Las lágrimas.
La resignación.
La nada.

Nada había sido por casualidad. Todo tenía un fin. Bien era cierto que no siempre había conseguido descifrarlo. Y cuantos se habían cruzado por su vida no lo habían hecho sin propósito. No podía describir en qué les había cambiado a ellos. Pero en su caso, nunca fue igual después de conocerles.

Aunque seguía escapando del pasado, el pasado terminaría por vencer. Lo sabía. Demasiadas cicatrices en un mundo de cuerpos reconstruidos. Aún así, entraba y salía del quirófano día tras día. Semana a semana. Año tras año. Sólo para seguir brindando por un nuevo mundo de dioses y monstruos.

Lerdo

Piensan que es tonto.
O lerdo.
Todos sin excepción.
Porque nada le preocupa.
Ni nada necesita.
Le da igual.

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Nació sin prisa.
Se tomó su tiempo.
Casi ni lloró.
¿Para qué?.
Vive tranquilo.
Duerme sin miedos.
Y tiene tres lemas:
Pedir perdón antes que pedir permiso.
Todo lo que hacen los demás está bien.
Y el más importante: las ideas no son de nadie, usa las de otros a discreción.

El hombre que se salió del bronce

Cuando se sintió salir de la estatua de bronce, como por efecto de magia, lo primero que descubrió es que no tenía recuerdos.

Se vistió con lo primero que pudo.
Se arregló el pelo, se mesó la barba e inspeccionó el sitio.
No sabía dónde estaba.

Le rodeaban figuras humanas que permanecían inmóviles.
En posiciones imposibles.
Pero la que más le llamaba la atención era la suya propia.

¿Quién le metió ahí dentro?
¿Quién le hizo sólido? De metal.
¿Para qué?

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La altura de su yo de bronce era enorme.
Y la longitud de sus brazos. O el de sus piernas.
El de carne y hueso se notaba infinitesimal junto a su yo duro.
Rígido.
Paralizado.
Reducido a temporal carne su yo inmortal.

Labios rojos como la sangre

Avanzaba con paso lento por la habitación, acariciando con los dedos la tela de los butacones que la llenaban. Le gustaba el tacto.

Hasta que encontró uno. Perfecto de estado, suave, enfrentado a la puerta. El viejo estilo imperial. Viena.

Se fue a sentar. Con dos dedos, el pulgar y el índice, como dos pinzas, se sujetó los pantalones a la altura de las rodillas. Sentía una secreta pasión por la simetría.

Con inusual cuidado, se los subió levemente y se acomodó. Con las piernas separadas. Con pliegues astutamente plegados.

Y se recorrió con la mirada a si mismo, del pecho a los pies. Después, con un giro lento de lado a lado, lo hizo con la habitación.

Esperaba su entrada.

La puerta chirrió al entreabrirse. Un poco. Una pierna asomó. Nada más al principio. La piel blanca. Pero el tiempo se hacía interminable. Cada segundo era una nueva oleada de anticipación. Y detrás un cuerpo. El cuerpo. Dita. Pero del Este. Más del Este. Con una cabellera tan negra como la noche. Y labios rojos como la sangre.

Un cuerpo sin marca, sin defecto, sin grietas. Sin enfermedad.

Se le abrieron las pupilas. Monstruosamente. Como si no quedara luz para iluminarla. Como si su mirada quisiera absorberla, devorarla. Pero el resto quedó inmóvil. Ni una contracción muscular. Ni una mínima vasodilatación palpitante. No le galopó la respiración. Ni el corazón.

¿Qué se puede esperar de un hombre al que ya no le queda nada por vivir?

Sentirse bien.

El lobo se comió a caperucito

No sabía cómo llamar la atención.
Porque para algunos hombres nada es nunca suficiente.
Por eso dicen que existen los Ferraris. Porque hay hombres que creen que sus genitales no tienen el tamaño adecuado.

Así que se dedicó a gritar el nombre del lobo.
Para asustar.
Para que le miraran.

Gritó una y otra vez.
Hasta desgañitarse.
Hasta perder la voz.
Esperando que su abuelito le hiciera caso.
Hasta que el lobo se lo comió.
A él.

Eleanor Rigby, la gente solitaria y la historia clínica electrónica.

Eleanor Rigby entró por la gran puerta de urgencias del hospital. Desde allí miró a la gente solitaria que esperaba en una gran sala.

Cuando llegó su turno, recogió el bolso y se sentó frente al Dr. McKenzie. Ella le puso la cara que guardaba en un tarro, junto a la puerta. Nunca supo para quién la ponía.

Mientras, se preguntaba: Y toda esa gente solitaria, ¿de dónde viene? Y toda esa gente solitaria, ¿de dónde es?

El Dr. McKenzie levantó la mirada y leyó en su memoria las palabras «¿Qué le pasa?» «¿Desde cuándo?» «¿A qué lo atribuye?»

Y ella le respondió, mientras él miraba el teclado:

– Le contaré mi historia. Pero no quiero que la guarde en ese ordenador.

El Dr. McKenzie no pudo creerlo. No habían pensado en una historia clínica que no fuera electrónica. Y menos en una persona solitaria, que no quería su vida en ninguna base de datos automatizada. Pero la ley estaba de su parte. Ella podía negarse.

Eleanor Rigby murió en el hospital y la enterraron con su historia en papel. Nadie fue a su funeral. Excepto el Dr. McKenzie, que limpiaba una tumba donde se leía:

Eleanor Rigby, una persona solitaria, sin historia clínica electrónica.

Honestidad radical

Los impostores cometen imposturas.
Fingen y engañan adoptando una apariencia de sinceridad.
Incluso sus orgasmos son fingidos.

Gritan desgarradoramente.
Son plañideras.
Narran sus miserias como Julio César, mayestáticamente.

A la vez, los estúpidos corean la honestidad.
Reclaman la verdad.
Ellos nunca mienten.
Airadamente, como aquellos jóvenes británicos, exhiben su ingenio para señalar con el dedo los desmanes ajenos.
Mientras, esconden sus miserables comportamientos a los ojos de los demás.
Les excita la honestidad radical. Pero sólo la suya para con los demás. No la de los demás con ellos.

Los impostores se creen listos.
Los estúpidos se creen sinceros.
Los malvados se creen peores.

Culpa

Me han culpado de todo.
De la vida y de la muerte.
De la risa y del llanto.
Del placer y del dolor.

Nunca quise hacer daño.

Me han culpado de que haya luna en el cielo de la noche.
De tener sueños.
De querer volar.

Y aún así lo sigo intentando.
No me pregunto el porqué.
¿Puedo seguir soportando el peso en mis hombros?

Es sólo un intento.
Quiero entender.
Comprender.
Por poco tiempo ya.

¿Demasiado pronto?
¿Demasiado rápido?
¿Quise demasiado?

Me juzgarán.
Y me preguntaré si merece la pena seguir intentándolo.

Me culparán por todo.
Por la vida y la muerte.
Por haber reído y llorado.
Por haber sentido placer y dolor.

Seguiré sintiendo el peso de la culpa de los demás.
Pero degustaré la pasión de la aventura.
Pagaré el precio.
Tengo la señal preparada.

El hombre que se casó consigo mismo

Quizás mamá nunca le quiso demasiado. Quizás sus gustos eran elitistas. Quizás se sentía solo.

Lo cierto es que la persona a la que más admiraba era a él mismo.

No quería darle importancia al asunto. Incluso forzaba su discurso para no parecerlo. Pero resultaba inevitable.

Un pequeño gesto o un par de palabras inadecuadamente entonadas le delataban.

Intentaba ser caritativo a base de decirle a los demás lo equivocados que estaban al no ser como él.

En lo espiritual y en lo material, se sentía habilitado intelectual y éticamente para demostrar al mundo que él, y sólo él, podía mostrar el camino a una horda de almas perdidas en este mundo de información deslocalizada.

Su voz y su figura le acompañaban. Con una cándida languidez mostraba su desdén por un mundo que no le contuviera a él dentro. O que no cupiera en él.

Por eso daba igual lo que pensaran los otros. El era el hombre que se iba a casar consigo mismo.

Dolor

Iban vestidos de seda y cuero.

Negro.

O desnudos.

Desafiantes.

Listos para atacar.

Paseaban como depredadores.

Lentos.

Vigilando.

Sin casi luz.

Las pupilas dilatadas.

Buscando presas.

Y se escuchaban los gemidos de las víctimas.

Dolor.

Y placer.

Ellas eran ellos.

O ellos eran ellas.

Una pasión extraña.

Donde acababan los unos empezaban los otros.

Carne.

Y fluidos.

Y más carne.

El silencio de los corderos.

Y el sigilo de los lobos.

Un ritual extraño.

Cuerpos en la oscuridad.

Dolor, ¿me lo devolverás?